jueves, 22 de febrero de 2018

El origen del hombre




Para darle un giro a la temática habitual de mis lecturas, me introduzco en un libro donde se estudia la evolución de la especie humana. Está escrito por Manuel Seara Valero, y lleva por título El origen del hombre (Anaya, Madrid, 1999). Y aunque no estoy capacitado para saber si los datos que en esta obra se ofrecen son fidedignos o están expuestos sesgadamente, si es una obra rigurosa o sólo divulgativa, yo lo he pasado muy bien leyéndola. He tenido noticia de la multiplicidad ingente de ramas que se unen y bifurcan a lo largo de los milenios para formar a este bípedo que ahora teclea; y aunque el frondor resulta un poco (o un mucho) estupefaciente, en el libro está expuesto con razonable claridad. Me consta que con cada nuevo descubrimiento que se realiza, con cada fósil anómalo o revolucionario que se exhuma, cambian los parámetros y las conclusiones; pero entiendo que eso le añade grandeza a los autores que tratan de explicárnoslo con sencillez amena. Me ha hecho gracia, también, enterarme de que la homínida Lucy (hallada en 1974) se llama así porque sus descubridores (el equipo de Donald Johanson) estaban escuchando esa noche la canción “Lucy in the sky with diamonds”, de los Beatles. Y he apuntado una frase para la reflexión: “Un hombre de Cro-Magnon vestido a la última no destacaría en absoluto del resto de los viandantes de cualquier ciudad europea”. Un libro distraído y recomendable.

martes, 20 de febrero de 2018

La manipulación publicitaria




Me termino de leer un libro con el que estuve mariposeando durante los días navideños: La manipulación publicitaria, del cartagenero Joaquín Navarro Valls (Dopesa, Barcelona, 1971), que me ha parecido un plastazo de muy considerable volumen. Parece mentira que con tan sugerente tema se pueda propinar al lector tamaño conjunto de bostezos, a través de una prosa reiterativa, sin vuelo, plúmbea a más no poder. Repite cada cosa media docena de veces, “estirando” lo que no es, en síntesis, más que un opúsculo de chata redacción. Qué pena. Además, creo que en mi ejemplar faltan láminas, lo cual termina de entorpecer (no creo que mucho) la lectura. Qué insufribles pueden llegar a ser, en literatura, los torpes.
“El anuncio publicitario es la piel de nuestra época”. “Ernest Dichter aconsejaba a los fabricantes de calzado: A las mujeres no les vendan zapatos, véndanles pies bonitos”. “La publicidad, indirectamente, aumenta el sentimiento de falta de plenitud que acompañará al hombre mientras haya historia”. “Quien asegura ver demasiadas novedades a su alrededor no suele saber historia”.

domingo, 18 de febrero de 2018

Apuntes 1992-1993




Continúo con la lectura de Elias Canetti. Son ahora los Apuntes 1992-1993, en la traducción de Juan José del Solar (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997). Pero esta vez, por desgracia, no me ha gustado. La cantidad de informaciones y de reflexiones que me han llegado de su lectura se han reducido muchísimo con respecto al volumen anterior, que reseñé hace poco. ¿Se fue volviendo Canetti más y más críptico con la vejez? ¿Recortó demasiado la conexión lógica de sus pensamientos? ¿Se enclaustró en un cierto autismo autorreferencial? No lo sé. Sólo sé que me paro a meditar los aforismos y soy incapaz de desentrañarlos y saber a qué se refiere. Obviamente, eso reduce el placer lector y anula (al décimo o vigésimo reto “traductor” frustrado) todo interés para mí. Se impone un barbecho con este autor.
“(La psicología) Amplía los enigmas que pretende resolver”. “Uno se enamora de una mujer para destruirle su pasado”. “Nada desea tanto el viejo como impartir consejos”. “Es indiferente lo que lea, siempre quiere decir algo él mismo”. “Sólo cuenta el saber vacilante”. “¿Cómo puede querer pasar por sabio alguien que se conoce?”. “El hombre es un leño que se arroja él mismo al fuego”. “Los inadaptados son la sal de la Tierra”. “De quien mucho dice se olvida incluso lo poco que podría quedar”.

jueves, 15 de febrero de 2018

Espíritu de la letra




Acabo la miscelánea Espíritu de la letra, de José Ortega y Gasset (Espasa-Calpe, Madrid, 1965), del que me fatiga la pedantería intelectual (los que no piensan como él andan errados, y al resto lo llama vulgo), su infantilismo exhibicionista (“acuña” la forma léxica ‘rigoroso’ y, por si no nos habíamos fijado bien, la sacude en todos los escritos del volumen, tenaz y cansino como una gotera estruendosa) y su frustración por no haber nacido en Alemania. Me gustan, eso sí, algunas observaciones, como el carácter donjuanesco de Ulises; o la tesis de Westenhofer (p.73) de que es el mono quien deriva del hombre. Pero no mucho más. He notado demasiadas veces la irritación de estar leyendo a quien pretende (y se adivina falso) saberlo todo. Esta vez, don José, no puedo aplaudirle.
“Se es intelectual en la medida en que se sea voluptuoso de problemas teóricos, de ideas”. “Ciencia es aquello sobre lo cual cabe siempre discusión”. “Siempre es más fecunda una ilusión que un deber”. “Avanzamos siempre por la vida entre el misterio innumerable de las amistades y enemistades desconocidas”. “De todo cabe una beatería”. “El consejo de quien nos es muy próximo es el más peligroso, porque solemos atenderlo y con ello desviarnos de nuestro destino”. “Mientras yo no sepa lo que es el universo, mi vida no tiene sentido”. “El termita del autoanálisis”.

lunes, 12 de febrero de 2018

El animal moribundo




David Kepesh es un profesor universitario que, además de ser muy conocido por sus intervenciones televisivas y periodísticas, se singulariza por un detalle algo más escabroso: es un coleccionista de alumnas. Las cataloga, las evalúa, las tasa y, por supuesto, se acuesta frecuentemente con ellas. En público y en privado se deshace en elogios hacia la revolución sexual de los 70 que, en su opinión, ha ido creando “una generación de asombrosas expertas en felaciones” (16). Tampoco tiene empacho en admitir que cuando establece un diálogo intelectual con alguna de esas alumnas hay un motivo más que evidente: “Siento curiosidad por su manera de ser porque quiero follármela” (22).
Cuando ya tiene 62 años, en 1992, Kepesh se encuentra en su aula con Consuelo Castillo, una cubana de 24 años a la que define con voluptuosidad y de la que le embriagan sus pechos, que define como grandes y perfectos. A partir de ese día, y desplegando a su alrededor todas sus artimañas donjuanescas, se obsesionará con la idea de hacerla suya. Este despliegue lo acompaña con reflexiones sobre el paso del tiempo (“¿Qué haces si tienes sesenta y dos años y te das cuenta de que todos esos órganos invisibles hasta ahora (riñones, pulmones, venas, arterias, cerebro, intestinos, próstata, corazón) están a punto de hacerse penosamente evidentes, mientras que el órgano más sobresaliente durante tu vida está condenado a reducirse hasta la insignificancia?”, 34) y también sobre la muerte (“El sexo no es solo fricción y diversión superficial. El sexo es también la venganza contra la muerte. No te olvides de la muerte. No la olvides jamás”, 60).
Convirtió a Consuelo en su amante durante “poco más de año y medio” (75), pero la huella que dejó en él fue tan honda que, cuando apareció para hacerle una revelación terrible, aún seguía obsesionado con ella.
Novela explícita (por momentos lírica, por momentos incómoda) en la que Roth se sumerge bajo la piel de un libertino moderno que explica intelectualmente su posición y que alza su bandera por encima de convencionalismos, normas y otros engranajes de la hipocresía social.

sábado, 10 de febrero de 2018

Todo lo que no te pude decir



En las relaciones humanas no todo se puede decir. Siempre queda (tiene que quedar) un fondo oscuro, clausurado, estanco; una bodega a la que no dejamos acceder a las demás personas, porque intuimos que en ella encontrarían detalles de nosotros que las defraudarían o espantarían. Y esta verdad psicológica alcanza mucha mayor intensidad en las relaciones amorosas, allí donde hay secretos que no constituyen mentira sino protección, y silencios que se erigen en fortalezas dentro de las cuales vivir o sobrevivir.
La hispanouruguaya Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) nos propone en su último libro, Todo lo que no te pude decir, una reflexión pulposa sobre ese tipo de relaciones en las que encontraremos mil detalles asombrosos: tatuajes cuyo origen resulta tan doloroso para su propietaria que se niega a explicarlos; inclinaciones sexuales que los demás contemplarán con espanto, pero que los protagonistas sienten latir en sus corazones y en sus cuerpos; mulatas que saben de tratos sentimentales para sobrevivir y protegerse de la soledad; mujeres que huyen de militares violadores y que buscan en puertos lejanos un espacio donde habitar la luz de otra forma; o cuidadores del zoo que se ven implicados en una relación erótica con una mona. En todas las narraciones que conforman el volumen se aprecian hilos, suturas, engarces que los unen entre sí, formando una malla que los asemeja a una estructura híbrida entre los cuentos y la novela, tan rica como poliédrica.
En ese tejido (que, siguiendo la idea del caravaqueño Miguel Espinosa, podríamos llamar “libro”, sin necesidad de más etiquetas) nos encontraremos con Suárez, el investigador en psicología de primates; con el comisario Fonseca, divorciado y a punto de jubilarse; con la prostituta Silvia, tan hermosa como enigmática; con Laura, que se enamora tumultuosamente y que quiere desentrañar todos los detalles sobre el pasado de la persona amada; con Flor, una isleña cuya capacidad de seducción está ligada a su inteligencia, y no tanto a su cuerpo; o a la psicóloga “madura, más bien fornida y con gafas de miope” que atiende a un personaje en las páginas finales del volumen, que tratará de sanarlo de sus obsesiones.
Cristina Peri Rossi, elegante, eficaz, habilidosa, consigue que todas las historias contenidas en este trabajo (en las cuales siempre existe un desequilibro evidente entre las partes de la pareja) encajen y se completen, hasta formar una red de enorme intensidad y de notable belleza.

jueves, 8 de febrero de 2018

Aquí y ahora




A veces tenemos tan cerca lo grandioso que no reparamos en sus peculiaridades, y pasamos a su lado con ojos ciegos, como si sospecháramos que la brillantez no habita sino lejos en el espacio o en el tiempo. Pero el escritor murciano Víctor M. Mirete, reacio a admitir estas suposiciones, ha tenido la espléndida idea de elaborar una biografía, muy ágil y muy amena, sobre el actor Juan Bastida Arce, que no nació en Madrid o Barcelona, sino en Beniaján; y que no creció durante los años turbulentos del siglo XVII, sino que vino al mundo en 1953.
Y en estas páginas descubrimos a una persona y a un personaje, magníficamente resumidos por el biógrafo, que nos entrega una voz cálida, sincera, arrasadora, llena de rápidos y de meandros, como un río existencial que se va contando a sí mismo a través de infinitos detalles: un padre exmilitar de la República; una niñez en la que pronto descubrió el desconcierto de la sexualidad (un vecino de apenas catorce años lo masturbaba, teniendo él seis o siete); una temprana afición por la música, truncada por un desgraciado accidente laboral que le amputó parte de sus dedos; un fervor tumultuoso por el mundo de los escenarios (que se comenzó a consolidar cuando en 1975, apenas acabado el servicio militar, se matriculó en la Escuela de Arte Dramático de Murcia y comenzó a relacionarse con Jacobo Fernández Aguilar y después con César Oliva); y una exultante dedicación a las bellas gimnasias del sexo, que durante toda su vida lo llevaron a camas femeninas y masculinas.
A través de anécdotas chispeantemente narradas Víctor M. Mirete consigue que nuestra atención lectora no decaiga ni una sola vez y que el libro, editado por el sello Dokusou, se convierta en un homenaje a la alegría de vivir, a través de sus mejores manifestaciones: el teatro, la amistad, la honestidad, la risa, el sexo, los viajes, la cultura.
Qué hermoso homenaje, pardiez.

lunes, 5 de febrero de 2018

Los misterios de Madrid



Cuando el mancebo de la farmacia Mataró recibe la visita del intrépido Lorencito Quesada, corresponsal de Singladura en Mágina, lejos se encuentra de imaginar los asombrosos acontecimientos que éste va a referirle para que él, aspirante a escritor, los refleje en letra impresa, únicamente en caso de que a Lorencito se le cruce en su vida “algún percance”. Con esta información, que Antonio Muñoz Molina no nos entrega hasta la página última de Los misterios de Madrid, cobra un significado especial todo lo que le ocurre al apocado Lorencito, con vértigo y sorpresa, desde que don Sebastián Guadalimar lo llamó una noche para explicarle la terrible situación que estaba viviendo el pueblo en secreto: alguien había robado el Santo Cristo de la Greña de la iglesia donde se veneraba y todos los indicios apuntaban a un culpable, Matías Antequera, cantante folclórico nacido en Mágina y radicado profesionalmente en Madrid. 
Con esos datos, Lorencito es comisionado para que se desplace a la capital, localice al artista y recupere la insigne talla. Durante los días en que deba permanecer en la ciudad del Manzanares, lejos de su trabajo como dependiente en El Sistema Métrico y de sus reuniones de la Adoración Nocturna, el candoroso muchacho (que pese al diminuto y a su condición virginal frisa los cuarenta años) tendrá que vérselas con secuaces malencarados, un japonés que lo persigue con su cámara de fotos, bailarinas de flamenco, drogadictos que lo rodean, tribus urbanas, millonarios excéntricos, paisanos que ahora triunfan en el mundo del management o mendigos virulentos, a la vez que atraviesa paisajes anómalos, que lo aturden o maravillan: el Rastro, un local de espectáculos pornográficos, el Viaducto, la Torre Picasso… 
Después de vivir todas esas experiencias, Lorencito volverá a Mágina convertido en una persona diferente, con la virginidad extraviada, el corazón conmovido y su temple lleno de fisuras. Toda la ingenuidad un poco bobalicona que lo adornada en sus años anteriores (su ingenuidad de mesa camilla, huevos hervidos para cenar, madre anciana, artículos insustanciales en la prensa local, inquietudes chatas) se vendrá abajo y tendrá que aprestarse a ser otro, a mitad de camino entre la lucidez y la decepción… 
Con un lenguaje excepcional y con un desarrollo de la trama que no presenta altibajos, Muñoz Molina nos presenta aquí un relato irónico, juguetón y folletinesco (fue publicado por entregas durante el final del verano de 1992, en las páginas de El País), deliciosamente humorístico, que evidencia su dominio narrativo. Quizá Los misterios de Madrid sea la mejor puerta para entrar en el elegante, variado y rico territorio de su obra

sábado, 3 de febrero de 2018

Un libro de mártires americanos



Los monstruos de la fe… Utilizo una cruda aseveración que aparece en la página 485 de esta descomunal novela para iniciar mi comentario: “La fe los ha convertido en monstruos, y también eso lo aceptan”. Y aunque la frase pueda llegar a estremecer o se deslice hacia ámbitos polémicos, lo cierto es que define magníficamente el último volumen de la neoyorkina Joyce Carol Oates, que ha publicado el sello Alfaguara gracias a la traducción de José Luis López Muñoz.
En él nos encontramos a dos protagonistas esenciales, que sirven como columnas para el arranque de la obra: Luther Dunphy y Augustus Voorhees. El primero es un techador con escaso coeficiente de inteligencia que, movido por sus creencias religiosas, mantiene una actitud muy beligerante contra el aborto; el segundo es un ginecólogo que, en el Ohio de 1999, practica interrupciones voluntarias del embarazo porque cree en el derecho de las mujeres a elegir ese camino o, al menos, recurrir a esa opción cuando así lo exijan las circunstancias. Y estos dos personajes antagónicos quedarán vinculados trágicamente cuando Dunphy, tras rumiar bovinamente su decisión, dispare contra Voorhees y acabe con su vida. A partir de ese brutal episodio, la autora norteamericana dedica sus mejores esfuerzos no a desarrollar una línea argumental sólida, que lo hace, sino a profundizar en el corazón y el cerebro de todos los personajes familiares conexos: las esposas de los protagonistas, sus hijos.
En ese viaje terrible por el mundo íntimo de sus emociones descubriremos el horror, la tristeza, el afán por entender u olvidar; y, sobre todo, observaremos cómo todos los implicados se aprestan a la tarea de seguir viviendo: Luther Amos Dunphy, mientras pasa los meses en el corredor de la muerte esperando la ejecución de la sentencia; Edna Mae, su esposa, hundiéndose en un mundo de fármacos y ayudas económicas por parte de diversas asociaciones cristianas, que aplauden la acción de su marido; Jenna, la viuda del doctor Voorhees, impartiendo charlas y publicando escritos acerca del derecho al aborto.
Pero el gran peso de la segunda parte de la novela recae sobre dos figuras antitéticas, a las que el Destino terminará por unir: Naomi Voorhees, que sueña con ser documentalista cinematográfica y que recopila miles de documentos sobre su padre (algunos de los cuales le sirven para desmitificarlo y para descubrir pequeñas miserias suyas); y Dawn Dunphy, una chica poco agraciada físicamente y que canaliza toda su agresividad hacia el boxeo, donde irá obteniendo triunfos cada vez más notables.

Una novela intensa, extensa, que nos conduce hacia profundas reflexiones sobre el ser humano, sus grandezas y sus mezquindades y que está llamada a convertirse en uno de los libros emblemáticos en la trayectoria de Joyce Carol Oates.