jueves, 26 de abril de 2018

La hermana pequeña




Laura se fue desde Huesca a Madrid por una causa (apartarse de la nueva mujer de su padre) y con un objetivo (convertirse en actriz). Pero en la capital sigue encontrándose con nuevos motivos de zozobra: un hombre al que ama, pero que prefiere abandonarla para irse a América a cumplir sus propios sueños; una pensión de medio pelo, en la que malvive rodeada de lo indispensable; un chico que la ronda (Gonzalo), pero con el que no transige en formalizar la relación… Y, por si todos esos ingredientes no resultaran lo suficientemente perturbadores o desasosegantes, recibe una carta de su hermana pequeña donde le anuncia que, fallecidos el padre y la madre, se desplaza a Madrid para empezar una nueva vida. Eso, como intuye Laura, la obligará a ejercer de madre, hermana, cuidadora, aclimatadora y consoladora. Demasiados compromisos para quien sólo anhela la libertad.
Con el paso del tiempo, las sorpresas se irán abatiendo sobre ambas hermanas: personas que retornan de un modo inesperado y que formulan propuestas más bien inaceptables; ambientes que sofocan y terminan por hartar; amores y desamores, que atraviesan sus almas con inusitada fiereza… Y, por fin, un final lánguido o esperanzador (según quiera interpretarse), donde ambas redescubren sus lazos y la fortaleza íntima que atesoraban, quizá sin saberlo.
Un texto que Carmen Martín Gaite redactó pensando en la actriz Lali Soldevila pero que durante años no pasó de ser un proyecto que almacenaba polvo en un cajón, hasta que Anagrama decidió ofrecerlo a los lectores españoles.

martes, 24 de abril de 2018

El librero de la Atlántida




Sentía curiosidad, desde hace algunos años, por sumergirme en alguna novela de Manuel Pimentel, pero reconozco que nunca había activado el resorte de salir a buscarla premeditadamente en una librería. Me ocurre con algunos autores y no tiene más explicación. Es así y he aprendido a aceptar esa especie de “expectación surrealista”, como si confiase en que el azar obrara el milagro del encuentro. Por fin, adquirido el volumen El librero de la Atlántida, he podido cumplir con él la ceremonia de la lectura.
En síntesis, diré que me ha resultado entretenida, pero que no creo que se trate de un volumen valioso desde el punto de vista literario. La idea de que los restos de la Atlántida se encuentren en Andalucía, arrasados por una crecida marítima que convirtió la floreciente ciudad en una ciénaga y, posteriormente, en una zona sepultada de tierra, es sugerente; y Pimentel aporta numerosas referencias del mundo arqueológico, literario y cultural que parecen darle un aire de credibilidad a su tesis. Además, construye una trama solvente, donde la acción se desarrolla en dos planos (presente y pasado) y observamos en ambos una serie de elementos de intriga, de amor, de ambición y de misterio bien organizados. Hasta ahí, sin problema.
Pero el panorama se enturbia bastante cuando la obra es juzgada desde el punto de vista estético: los diálogos resultan muchas veces forzados o incluso pedantes (discursos llenos de referencias eruditas que desde luego sirven para informar al lector pero que no resultan creíbles en boca de los personajes), la construcción de las escenas es manifiestamente mejorable y, sobre todo, incurre en anonadantes fallos: disparatada utilización de algunos verbos (“infrinja” por “inflija”), mal uso de las preposiciones (“sentados en una mesa”), frecuentes galicismos (“operación a firmar”, “partido a jugar”), expresiones erróneas (“El despertador tocó a arrebato”), desconocimiento de la conjugación de los imperativos (“No dañadla con vuestros golpes”) e incluso algún “detrás tuya” que abofetea las pupilas de los lectores. En ese plano se cabecea afirmativamente menos veces y se traga saliva muchas más.
Ignoro si en el futuro volveré a bucear en otra de sus novelas. Si lo hago, tengo clarísimo que en el caso de encontrar en las primeras páginas una barbaridad del tipo de las arriba indicadas no me molestaré en seguir leyendo.

domingo, 22 de abril de 2018

Cartas (1604-1633)



La correspondencia de una persona nos permite conocer, muchas veces, aspectos íntimos de ella que no se vierten en su faceta pública y que pueden llegar a ser sumamente reveladores.  Y cuando esa persona es Lope de Vega Carpio, el más famoso dramaturgo de la historia de España, la publicación de dichas líneas ya adquiere rango de auténtico acontecimiento. La editorial Cátedra, de la mano de Antonio Carreño, acaba de poner en manos de los lectores el grueso volumen Cartas (1604-1633), en el que se reúnen, anotan y explican más de trescientas misivas del Fénix de los Ingenios, la mayor parte de las cuales están dirigidas al duque de Sessa.
En el apartado de los juicios literarios, Lope se muestra tan sincero como contundente: elogia hiperbólicamente a Francisco de Quevedo, desdeña la valía del Manco de Lepanto (“Ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”, carta 1), pone reparos a dramaturgos como Aristófanes (“Yo no le hallo tan gracioso como la Antigüedad le celebra. Débense de haber resfriado los donaires con el mucho tiempo que ha que los dijo”, carta 16) y, sobre todo, se ensaña contra Góngora, cuyas Soledades juzga como “un cuaderno de versos desiguales y consonantes erráticas” (carta 75), y al que no tiene problemas en dirigirse con estas palabras durísimas: “Homero y Virgilio fueron poetas heroicos; Horacio y Píndaro, líricos; Juvenal y Marcial, satíricos; Terencio y Plauto, cómicos; vuesa merced y Merlín Cocaio, ridículos” (carta 83).
En el apartado de sus peripecias vitales descubrimos detalles tan curiosos como que Lope fue asaltado por unos desconocidos en diciembre de 1611, salvándose de la muerte de puro milagro (carta 52); que fue acusado de hereje a finales de 1616 y tuvo que defenderse minuciosa y enérgicamente (carta 138); que sufrió un grave robo en su domicilio en agosto de 1617 (carta 215); o que necesita con cierta urgencia una sotana nueva, porque la actual ya está muy raída (carta 245).
Pero las anotaciones más impactantes (también las más bochornosas) son aquellas en las que Lope se obstina en prosternarse ante el duque, como si fuera un felpudo. Una y otra vez le repite en sus cartas que está a su entera disposición y que es su esclavo, pero en ocasiones trasciende los límites retóricos e incurre en afirmaciones tan aparatosas como cuando reconoce que se disciplina todas las noches para que Dios bendiga al duque (carta 37) o incluso que “si mi sangre fuese necesaria a un caballo de vuestra excelencia, no dudaría sacármela toda” (carta 13).
Una obra indispensable para adentrarse en el pensamiento y en la vida del potro más gallardo del teatro español de todos los tiempos.

viernes, 20 de abril de 2018

EP (Poemas de Salinger)




El peruano Roberto Valdivia (Lima, 1995) acaba de ver publicada en el sello Liliputienses su obra EP (Poemas de Salinger), que contiene todos los elementos esperables en un libro de autor tan joven: intrepidez en la forma, autobiografismo (real o ficticio), modernidad temática… Nos explicará, por ejemplo, que su habitación “será el gran hermano / yo instalé las cámaras”, que desea escribir “poemas que no se parezcan a absolutamente nada”, que está contemplando una nube que se parece a Freddy Mercury, que acaricia junto a su amada la idea de elaborar “una lista larga de escenas de películas clásicas que hemos perdido mientras nos besábamos” o que a veces siente que se le va a caer la cabeza y que tendrá que recogerla “como un niño de cuatro años intentando recoger sus canicas del suelo antes que acaben de rebotar”.
Es decir, que aquí parece estar habitando un poeta potencialmente interesante.
Pero (y el “pero” también hay que indicarlo, porque es justo) aún deberá pulir ciertas carencias gramaticales y ortográficas, que emborronan sus líneas. Acudir a la fórmula “en base a” (p.20); anotar que “mi cabeza no tiene porque vestirme” (p.25); equivocar manejos verbales (“pensé que si tú estarías a mi costado”, p.53); o, en fin, referirse a “nieztche” (p.39) o “sartre y simone beauvier” (p.58), constituyen chirridos demasiado aparatosos para ser aceptados como rupturas vanguardistas.
En todo caso, es evidente que Liliputienses ha realizado una apuesta literaria, y eso siempre resulta un hecho admirable en el mundo cultural que nos rodea, tan conservador y tan centrado en las figuras consagradas. Es un detalle que les honra.

miércoles, 18 de abril de 2018

Monte Sinaí




Ser quebradizos forma parte de la condición humana. Francisco Umbral escribió una vez que, dada la multimillonaria cifra de nuestras células, nervios, conexiones neuronales, hormonas, órganos y vasos sanguíneos, lo sorprendente era estar sano. Tenía, desde luego, razón. Y como los peajes hay que aceptarlos con la resignación mansa de la inteligencia, he aquí que el escritor José Luis Sampedro nos ofrece en las páginas de este Monte Sinaí su experiencia en el mundo hospitalario norteamericano, en el que tuvo que buscar auxilio cuando sus problemas cardíacos comenzaron a dar síntomas de que el final pudiera estar próximo.
Acompañado por su hija y puesto en manos de los doctores del centro, el novelista barcelonés nos va detallando la crónica de su estancia, que comenzó de forma atropellada (“Tan pronto estaba tapado como semidesnudo, yacente como incorporado, en mi cama o rodando hacia un electro o un ecocardiograma”) pero que luego, en los momentos de silencio y de pausa, le permitió rememorar su niñez y realizar un inevitable balance de todo lo que llevaba vivido.
Tras una lectura de José de Sigüenza, en la que este pensador divide la vida en diez setenarios, Sampedro trata de localizar los puntos de inflexión que han ido marcando las etapas de su propia existencia y llega a la conclusión de que su paso por el Monte Sinaí abrirá sin duda la última, evidencia que no le provoca ningún desánimo, sino una aceptación estoica.
Salpicado de interesantes ideas sobre las relaciones humanas, sobre religión (“La misma idea de ‘pecado’ es falsa en su origen: si Dios existe, pensar que el hombre puede ofenderle es rebajarle mucho a Él y sobrevalorar demasiado al hombre”) y sobre el sentido de la lucha (“Ya he escrito las novelas que llevaba dentro y he viajado a todos mis orígenes […]. Y cuando mi vida me parece cumplida y rematada, ¿para qué la libertad? ¿para qué la vida misma?”), este breve texto, donde narración, reflexión y recapitulación se mezclan inextricablemente, adquiere un delicado valor como testimonio prefinal del autor de La sonrisa etrusca. Una lectura sin duda aconsejable.

lunes, 16 de abril de 2018

Eclipse




Alexander Cleave era un joven que soñaba fervorosamente con ser actor y que se casó con Leah, hija del dueño de un hotel. Al cabo de los años, las circunstancias de su vivir se han alterado mucho: la relación con su esposa se ha deteriorado; la hija que han tenido en común (Cass) muestra una personalidad compleja, con algunos desequilibrios psíquicos (le provocan miedo todas las cosas del mundo, salvo “la pasta de dientes, las escaleras y los pájaros”); y su carrera teatral, que se ha desarrollado con éxito durante mucho tiempo, se encuentra ahora en franco declive, después de que incluso tuviese crisis de llanto y lagunas de memoria en escena.
Para poner orden en su cabeza y tratar de retomar el control de sus últimos años, Cleave vuelve a la vieja casa de su madre, donde busca el silencio, la soledad, los paisajes de su infancia y el bastón reconfortante del whisky.
Pero no le resultará tan sencillo: las visitas y llamadas de su esposa, la presencia en la casa del administrador Quirke y de su hija Lily y la sensación de que los fantasmas de aquel viejo caserón intentan decirle algo cercarán el ánimo y los días del desmoronado actor. Él, que pretendía recomponerse a solas, se siente agredido por tantas presencias y tantas interrupciones (“Encuentras un rincón tranquilo donde aposentarte en paz, y al momento ya los tienes ahí, apelotonados a tu alrededor con sus gorros de cotillón, soplándote sus matasuegras a la cara e insistiendo en que te levantes y te unas a la farra. Estoy harto de todos”).
Lírica, inquietante, neblinosa, con rememoraciones minuciosas y un toque final desgarrador en el que se produce la muerte de uno de los personajes principales, la novela de John Banville (que traduce Damià Alou para el sello Alfaguara) nos presenta aquí los mejores ingredientes de la prosa del celebrado autor irlandés, uno de los más exitosos del panorama internacional.

sábado, 14 de abril de 2018

Ventana de emergencias



Hace años que leo con admiración y con aplauso a Ángel Manuel Gómez Espada (Murcia, 1972), sobre todo en el ámbito de la poesía, así que mientras espero la aparición de su trabajo Postales en un cajón de galletas (premio Dionisia García del año 2014. ¿Ninguna editorial se ofrece para publicarla?) he tenido el placer de devorar las páginas de Ventana de emergencias, que acaba de salir bajo el sello Huerga & Fierro.
Allí, después de prorrumpir en una irónica invocación inversa (“No vengas, Inspiración, esta mañana”), el escritor medita en profundidad, analiza el mundo que nos rodea, percibe sus ignominias, rescata su belleza, alza el dedo y toma la palabra para formular sus preguntas o para comunicarnos sus conclusiones. ¿Por qué nos dejamos engañar creyendo que la vida es todo aquello que nos vomitan los informativos de televisión, con su macabra urgencia dirigida? ¿Por qué nos creemos su panoplia de mentiras interesadas? ¿Por qué no comprendemos que estar aturdidos es el primer paso de estar controlados? A veces, basta con apartar los ojos de la “realidad” que nos quieren imponer para que ésta quede anulada (“No hay fronteras / cuando cerramos los ojos”). El silencio o la pasividad de las víctimas posibilita que los más brutos, los más ineptos o los más miserables se alcen con la victoria y perturben el mundo con sus miasmas. Por eso hay que mantener una actitud vigilante ante los mezquinos y, sobre todo, ante los idiotas, porque “tus dudas les conceden el poder”.
Los ciudadanos normales y corrientes (usted o yo) representamos para el Poder lo que san Sebastián para los arqueros romanos: un blanco cómodo que no ofrece movilidad ni resistencia. Así que sus representantes invierten enormes dosis de dinero y propaganda para hacernos creer que las cosas funcionan bien y que no deben ser alteradas. Un miedo sabiamente manipulado nos ha convertido en residuos: “Lo dicen las estadísticas: /el noventa y nueve por ciento somos spam. / Bienvenido al nuevo orden mundial. / Bienvenido a su bandeja de indeseados”.
Recurriendo al humor, al análisis lúcido y exhaustivo, a la mirada limpia de prejuicios, a la disidencia del observador inteligente, el poeta nos deja bien claro en estas páginas magistrales que conviene mantener la mente despierta y, sobre todo, un dedo siempre enarbolado: el índice (para preguntar) o el medio (para disentir). Cuando los dos estén enhiestos sabremos que hemos conseguido nuestros objetivos.

jueves, 12 de abril de 2018

Órbita




Me zambullo en los relatos de Órbita, de Miguel Serrano Larraz, que llevaba un tiempo queriendo leer y que no me han defraudado, ni mucho menos. Curiosamente, siendo yo un lector tan cortazariano, los que menos interés me han producido son los dos donde más se advierte la influencia del argentino: “Shaman’s Blues” y “Estrategia del aplauso” (sobre todo este último, donde me parece que el pastiche resulta un poco excesivo). Ese detalle, en todo caso, no disminuye el valor de esta obra, que me parece notable. Miguel Serrano sabe controlar los mecanismos narrativos, el ritmo del relato y la alternancia de voces, que pone al servicio de unos argumentos muy llamativos: un adolescente con superdotación intelectual que está convencido de que cierto divulgador científico de gran renombre escribe solamente para comunicarse con él (“Órbita”); un estudiante que muere a los veintidós años por un comportamiento estúpido y que se reencarna en un elemento insospechado (“Perspectivas”); una curiosa colección de cartas que un chica va recibiendo de forma anónima en su buzón (“Y sólo del amor queda el veneno”); un excéntrico matemático que descubre la prueba de la existencia de Dios y que ve peligrar su vida a partir de entonces (“Y así sucesivamente”); etc.
Poderosos, solventes y bien desarrollados, los relatos de Órbita ofrecen a los lectores un prisma heptagonal al que difícilmente se aproximarán sin aplauso y del que guardarán un buen recuerdo. Lo distinto, cuando está impregnado de calidad, se transforma en memorable.

martes, 10 de abril de 2018

Del tiempo y la memoria




Me regalo por primavera la relectura del volumen Del tiempo y la memoria, cuyo autor es Francisco Sánchez Bautista (Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, 1986). Es un libro típico de don Francisco; o sea, cuidado exquisitamente en su contenido y en sus formas. Yo creo que Sánchez Bautista es un genio de las letras, un meticuloso y dotadísimo orfebre cuya obra, si no ha trascendido más fuera de las fronteras regionales, es porque Murcia ha sido durante demasiado tiempo un cero a la izquierda en materia cultural. Se me ocurren los nombres de muchas medianías que, publicando en Madrid o Barcelona y no llegándole a las corvas a don Francisco, han sido galardonados con más adjetivos elogiosos que él. Una grave injusticia, sin duda.
Hay en este tomo (que me gusta entero) un grupo de poemas sencillamente magníficos: “Inútil búsqueda en el tiempo”, “El deshabitado”, “Lázaro calla”, etc. El homenaje que le dedica a Quevedo entre las páginas 127 y 129, en cambio, se me ha hecho un poco fatigoso. Es el único “desfallecimiento” que aprecio en un tomo admirable.
“¿Será el tiempo volver al sitio donde / uno fue niño y nadie le recuerda?”. “Al mundo (...) le falto casi yo”. “Hay un sabor a tierra en cuanto digo”. “Vivir ajeno al tiempo es lo que pido / y es el don que los dioses me han negado. / La memoria me tiene esclavizado / y el impasible tiempo sometido”. “Vivir es navegar un mar de daños”. “Me estimula la duda, ella me guía”. “Los que hoy somos aún supervivientes”. “En pulpa acaba lo que en flor empieza”.

domingo, 8 de abril de 2018

Los "paseados" con Lorca




Después de haber leído algunos trabajos de Ian Gibson (bastantes trabajos, en realidad) dedicados a la memoria de Federico García Lorca, sabía perfectamente que fue fusilado en agosto de 1936 junto a un maestro y dos banderilleros; y que con ellos fue enterrado en el barranco de Víznar, en medio de un secretismo cuyos detalles nunca han sido del todo aclarados. Forzando la memoria, acudían a mi mente el nombre del maestro (Dióscoro Galindo) y el apellido de uno de los dos anarquistas taurinos (Galadí), pero poco más. Así que descubrir el volumen Los “paseados” con Lorca, de Francisco Vigueras y leérmelo, todo ha sido uno.
Me he enterado en sus páginas de que don Dióscoro perdió una pierna cuando se le enredó la capa al bajar de un tranvía y éste le atrapó la extremidad contra los raíles, teniendo finalmente que amputársela para evitar la temida gangrena. Y que cambió varias veces de destino como maestro. Y que se preocupaba mucho por enseñar a leer y escribir a sus alumnos, casi todos provenientes de familias desfavorecidas. Y que varios años después de haber sido fusilado las autoridades franquistas continuaban la farsa de abrirle un expediente de depuración para apartarlo de la docencia.
Y he descubierto también que los dos banderilleros (Francisco Galadí y Joaquín Arcollas) era activos sindicalistas vinculados a la CNT, y que se dedicaron a vigilar al comandante José Valdés, quien luego sería máximo representante de la represión fascista en la provincia de Granada, para detectar en él movimientos golpistas previos al 18 de julio de 1936.
Un nutrido caudal de fotografías de descendientes y testigos de aquellos hechos completa un volumen lleno de interés, que se cierra con una exposición y un análisis muy amplios de la interminable polémica protagonizada por la familia Lorca, refractaria a que se busquen y exhumen los restos de Federico.

sábado, 7 de abril de 2018

Lisboa




Leo los relatos contenidos en el breve tomo Lisboa, que Javier Morales Ortiz vio publicados por la Editora Regional de Extremadura, y no me parece que sean excesivamente notables. En el ámbito del lenguaje anotaré que el autor ignora la diferencia entre “espirar” y “expirar” (y digo que ignora porque el error se comete dos o tres veces en el tomo, lo cual elimina la posibilidad del lapsus), y que tampoco parece tener muy claro el uso correcto de algunas preposiciones (nos habla de una persona “sentada en una de las mesas”, en la página 41). Este tipo de chirridos podrían quedar contrarrestados con adjetivaciones fulgurantes o con una sintaxis espectacular, pero no he logrado ejemplos para aducir.
¿Y qué ocurre con las historias que cuenta? Pues que al terminar la última línea te preguntas a dónde nos lleva, realmente, el autor. No hay “sorpresa final” al estilo Cortázar, pero tampoco hay “brillo durante” al estilo Chéjov. Son unas propuestas, según mi parecer, con mejor planteamiento que resolución; y en las que quizá se abusa del cliché de la mujer infiel (o al menos coqueteando con la infidelidad): Laura, en “Todo lo que sé de William Faulkner”; Sara, en “Reiki”; Ruth, en “Fecundación”; etc.
No obstante, si vuelvo a encontrarme con algún libro de Javier Morales estoy convencido de que me sumergiré en él. Algo en su textura narrativa me dice que por aquí hay madera, aunque en este volumen concreto no lo haya terminado de concretar.

viernes, 6 de abril de 2018

Un señor muy respetable




Me acerco hasta una novela del egipcio Naguib Mahfuz, del que todo lo que he leído me ha parecido interesante: se trata de Un señor muy respetable, que me traduce con amabilidad María Luisa Prieto (Plaza & Janés, Barcelona, 1994). Cuenta la historia de un pobre muchacho que se obsesiona con el escalafón burocrático y que convierte su existencia en un absurdo maratón extenuante, en el que renuncia a todo (amor, felicidad) con tal de ir subiendo en las gradas administrativas. Al final, con ironía bastante cruel, termina fracasando “vitalmente”, pero también “burocráticamente”.
Mahfuz se ha reído (quizá con ternura, quizá con conmiseración) de este pobre engañado, de este desnortado esencial. Me ha parecido una narración estupenda, dignísima, de estilo sobrio y exquisito, resuelta con innegable talento. Quizá me tendría que ocupar con más frecuencia de este narrador.
“Toda la vida puede resumirse en dos palabras: hola y adiós”. “Odiaba los sermones que incitaban a la indolencia, los consideraba una blasfemia contra Dios”. “Uno se siente relativamente seguro porque cree que la muerte es lógica, que opera sobre la base de premisas y conclusiones, pero muchas veces la muerte nos sorprende sin avisar, como un terremoto”. “La felicidad existe, pero el camino no siempre es llano”. “Hasta ahora había creído que las personas sabias eran felices”. “Uno comete errores tan a menudo como respira”.

martes, 3 de abril de 2018

El Robinson urbano




Afirma una vieja sentencia popular que lo que se va a ser se va siendo, lo cual equivale a expresar con sencillez admirable algo que los genetistas y Aristóteles no ignoran: que la semilla ya contiene en potencia al árbol. Por ese motivo, viajar por las páginas de El Robinson urbano supone acceder a un territorio en el que ya podemos ir intuyendo algunos de los rasgos estilísticos que con el paso de los años se irían aquilatando y formarían la actual prosa de Antonio Muñoz Molina. Como es lógico, estos mecanismos aún no se encuentran del todo en su plenitud (estamos ante los textos periodísticos que el escritor de Úbeda escribió y publicó entre los veintiséis y los veintisiete años en la prensa granadina), y en ocasiones se aprecia en ellos alguna zona gris, un cambio de rasante demasiado brusco o un enfoque narrativo mejorable. Pero también están las metáforas espléndidas, los usos anonadantes de los adjetivos, el ritmo sintáctico. Percutiendo por todos los rincones de este libro nos encontramos a Robinson, y a Apolodoro, y a María Alaminos, y los libros, y el alcohol, y las noches que empapan la Alhambra, y el rumor de los paseos al amanecer, y el intrincado laberinto del Albayzín. Está el deambular sin rumbo por una ciudad pequeña, ambigua, que te envuelve “en un amor plural, una pasión de espejos y poligamias visuales”; está la pereza sublime que asalta al protagonista a las once de la mañana, “que es la mejor hora del día para no hacer nada”; están los seres que sufren “el asedio inhóspito de la realidad” y que practican “el minoritario placer de no ir a ninguna parte”; están los tristes borrachos que “acumulan trienios de taberna” y aquellos que con singular clarividencia “están arrepentidos de su porvenir”; y, sobre todo, están las criaturas erráticas que desgastan las calles y que “llevan escrita en la frente una señal de ceniza, y su sola presencia desgarra las normas de la realidad y de la luz del día, abriendo en las calles fosos de locura y túneles de soledad”…
El Robinson urbano constituye una de esas primeras obras que ya contienen insinuado el perfume de la plenitud, y eso las convierte en documentos de bella factura.

domingo, 1 de abril de 2018

Everest. Porque está ahí




La mítica expedición que George Mallory y Andrew Irvine protagonizaron en 1924 para intentar coronar la cima del monte Everest ha dado lugar a miles de interpretaciones, opiniones y anécdotas a lo largo de los últimos noventa años. Unas, más centradas en los aspectos técnicos o científicos; otras, en los aspectos deportivos; otras, en los misteriosos y aun esotéricos; y otras, en fin, en los puramente literarios. ¿Llegaron (o llegó al menos uno de los dos) a la cumbre, convirtiéndose así en el primer ser humano del que se tiene constancia que lo haya logrado?
Ion Berasategi (Legazpi, 1969) es el autor de la última experiencia novelística centrada en esos personajes, que se titula Everest. Porque está ahí y que obtuvo el premio Desnivel de literatura en 2017. Pero la novela, lejos de constreñirse a narrarnos aquella espectacular aventura, plantea una arquitectura mucho más sugerente, mostrándonos dos historias paralelas. Por un lado, los sucesos de 1924, en los cuales varía el nombre de los personajes e introduce tantos datos históricos como imaginativos; del otro lado, el proyecto que inician en 2013 dos escaladores de amplia experiencia para conseguir llegar también al techo del mundo. Elegantemente astuto, Ion Berasategi introduce en ambas un elemento curioso, que las dota de tanto exotismo como justicia: una mujer. En la expedición de 1924, y sin que los escrupulosos miembros del British Mountain Committee sean informados, se admite a Anne-Lise Edwards, hija del maestro de Darjeeling y dotada de tanta energía física como fuerza de voluntad: camina al ritmo de los varones, destripa animales sin aparente asco, soporta los rigores del frío como sus compañeros y no teme a las inclemencias meteorológicas. En la expedición de 2013 la sorpresa será Pema, de quien se nos explica en la página 43 que era “una preciosa mujer con unos rasgos tibetanos muy marcados: sus ojos, de párpados ocultos, eran negros como el basalto, igual que su largo cabello. Su nariz era redonda, simétrica, perfecta. Y sus mejillas, cuarteadas por el frío viento del norte, presentaban un color rojo muy seductor”. Como añadido tierno, a esta última expedición se une también un enorme perro vagabundo, bonachón y fiel, al que los escaladores Kurdo y Karpov bautizan con el nombre de Do-khy…
Con un estilo narrativo sólido, Berasategi nos va ofreciendo en esta fascinante novela multitud de paisajes, descripciones técnicas, detalles culturales y emociones, que te consiguen mantener atrapado hasta el final… incluso para saber cómo termina la partida de ajedrez que Karpov mantiene por teléfono con el cubano Boris Dimitri.

viernes, 30 de marzo de 2018

La pajarodia




Revisito, veinte años después de mi primera lectura, un libro de don Francisco Sánchez Bautista, que su autor me dedicó y regaló. Se trata del tomo La pajarodia (Real Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, 1997), un manojo de fábulas que tienen como protagonistas a las aves, y que él trata de usar como fustigación contra poetitos, poetitas, poetastros y poetuchos (amén de contra ciertos políticos y otras voladoras carroñerías).
Continuamente me he reído, por la cantidad tan enorme de aciertos irónicos que el libro contiene. ¡Qué soberbia imaginación la de este hombre, qué meritorio caudal de lanzazos sonrientes y bien merecidos, por parte de las víctimas! En algunos textos, y a pesar de los años transcurridos, me ha parecido reconocer a estas “víctimas”: Victorino Polo, los miembros de L’Arrejuntaera, José Perona, Dionisia García, etc. Tal vez me equivoque en las adjudicaciones, pero yo creo que no. En todo caso, Paco Sánchez Bautista sabe jugar bien con la ironía, y domina un léxico musical y cazurro, que dota a estos textos de una jugosa almendra.
“El más necio hace ripios, que acumula / al currículum vitae, por si hay premio”. “Los poetisos clónicos, / las poetastras frígidas”. “¿Quién de gratis el arte no disfruta?”. “Y es que existen en Fauna / algunos emplumados / que una vez conocidos/ es mejor olvidarlos”. “Pues la Musa burla a quien / mucho abarca y poco aprieta / y pretende ser el Único / en las Artes y en las Letras”. “El más original es quien plagia antes”.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Soliloquios




Termino, fatigado de sintagmas tediosos, el volumen Soliloquios, del que es autor Agustín de Hipona, y que ha sido traducido del idioma latino por Pedro de Ribadeneyra (Atlas, Madrid, 1944). Yo creía que este hombre era mucho más “literario”, pero me he encontrado con una prosa dubitativa, de avance lento, espiral, reiterativa y geminada, donde todo se repite una y mil veces, con terquedad incomprensible. Es como si el santo tuviese tres o cuatro conceptos claros, y los fuera repitiendo cíclicamente, con voluntad de hacerlos grabar en la memoria o en la fe del que leyere. Infantil procedimiento. Produce enojo, sobre todo, porque tiene uno la sensación de no avanzar, de ir siempre dando vueltas alrededor de lo mismo, distintamente dicho. Una pesadez.
Hay, claro, reflexiones interesantes; y juicios que, de manera aislada, llaman mucho la atención. Por ejemplo, cuando en el capítulo XXI afirma que si Dios ha dado tanta belleza y primores a un mundo donde viven los buenos y los malos, ¿qué no tendrá reservado para el Cielo, donde sólo habitarán los buenos? Ingenuo, pero delicioso.
“El que ama al mundo, se hace enemigo de Dios”. “No es posible tener contentos en esta vida y en la otra, ni gozar aquí y allá”. “Yo no sé lo que Vos tenéis escrito de mí en vuestro libro”. “Cuando hacemos bien, los ángeles se alegran y los demonios se entristecen”. “No hay hombre vivo sobre la tierra que esté seguro”.

lunes, 26 de marzo de 2018

Las bicicletas son para el verano




Después de haber visto no pocas de sus películas y de haber devorado con gran admiración sus memorias, me acerco hasta el teatro escrito por el actor Fernando Fernán-Gómez, y doy con Las bicicletas son para el verano, una pieza que me ha resultado tan hermosa como espeluznante. No sé por qué (ignoro si se tratará de conmiseración o de morbo malsano), pero me gusta leer ficciones ambientadas en la guerra civil española de 1936; o en la inmediata y dura postguerra. Todas las imágenes que me contaba mi abuela se unen a los vagos recuerdos de mis padres, a la lectura de San Camilo, 1936, a la de La larga marcha, y a tantos otros artículos y relatos que, a lo largo del tiempo, me han ido informando sobre aquel tiempo amargo, lleno de claudicaciones, bajezas y renuncias.
Fernán-Gómez ha sabido comunicar muy bien todo este cúmulo de insanias, y con ello ha producido una hermosa pieza literaria. Dos momentos destacaré de la obra. El primero, cuando una mujer niega a su hija la posibilidad de salir a la calle para recoger pan, pues piensa que puede peligrar su existencia, añadiendo luego a la criada: “Asómate tú, Josefa”. A ella da igual que la frían a balazos, o que la masacren con una bomba: crueldad de madre, tal vez impensada. El segundo momento, es cuando don Luis pronuncia una frase tan repetida después (yo la leí varias veces en libros de Francisco Umbral) como perturbadora: “No ha llegado la paz, Luisito: ha llegado la victoria”. Gran y monstruosa verdad.

sábado, 24 de marzo de 2018

Sacristanes y proxenetas




Recuerdo que, allá por 1998, entré a la emisora de radio Onda Regional de Murcia para participar como crítico en un programa de literatura, y me presentaron a un profesor de filosofía que, tímido y desconocido, aguardaba allí para ser entrevistado por la publicación de su libro Sacristanes y proxenetas, una novela con la que obtuvo unos meses antes el accésit del premio Vargas Llosa, y que acababa de ser publicada en el sello Libertarias.
Ahora, veinte años después, releo aquellas páginas con la misma satisfacción con la que entonces lo hice. La obra nos narra las peripecias de Colomer, un profesor de filosofía que se ve envuelto a su pesar en una serie de crímenes donde interviene una secta de católicos ultramontanos, y en la que parecen estar enredados otros poderes fácticos. Contiene un buen manojo de escenas divertidas (esa descripción de los libros que hay en la biblioteca del casino de Murcia, cap.I; la jocosa manera en que se libra de unas pesadas proselitistas religiosas en un bar, cap.III; la huida que el protagonista tiene que ejecutar, desnudo y por un balcón, para evitar que lo capturen unos asesinos, cap.IX; o el exabrupto dirigido a un carpintero maloliente y maleducado, que ni siquiera se entera, cap.X), así como auténticas perlas líricas (“Los dátiles maduros colgaban como lágrimas amarillas de las palmeras”, p.71) y parlamentos de una ironía incendiaria (“En los períodos más decentes de la historia de España, hasta las amas de casa sabían cuál era el procedimiento más indicado para descuajaringar a su párroco. Hoy día, sin embargo, es difícil saber cómo se puede matar a un cura, porque ese sano ejercicio ya no lo practica casi nadie”, p.157).
Si no conocen la obra les aconsejo que se acerquen hasta ella. Van a disfrutar del humor, de la prosa y del atrevimiento de un narrador magnífico.

jueves, 22 de marzo de 2018

El disparate en la literatura española




Me acerco hasta las páginas de José Bergamín, escritor a quien no he frecuentado demasiado, y hacia el que dudo que cambie de actitud, porque me marea y decepciona. Esta vez he recorrido su obra El disparate en la literatura española (Renacimiento, Sevilla, 2005), que me ha provocado un grave estrabismo mental y guiños frecuentes de desaprobación. Creo que Bergamín era una especie de “palíndromo intelectual”; es decir, un pensador que leía al derecho, que interpretaba en diagonal y que escribía al revés. Total, un galimatías para los lectores. Acierta de vez en cuando, porque es imposible no acertar cuando se dice todo; pero no le veo atractivo por lado alguno, por más que me esfuerce. Para escritores paradójicos con más talento ya tenemos a don Miguel de Unamuno, francamente. Me ha gustado que utilice, para definir al licenciado Vidriera de Cervantes, la fórmula “paradójico suicida inmortal” (p.42), aunque entiendo que le cuadraría mejor al filósofo Cioran. Y ya está. El resto es una pura fanfarria de petardos, pingaletas y memeces, que lo mismo pueden ser verdad que mentira. O quizá al revés. Hacen falta mejores ideas y mejor expresadas para provocar mi admiración. Y para que repita con un prosista. “La escopeta es el instrumento de la bala”.

martes, 20 de marzo de 2018

Fragmentos de un libro futuro




Me dedico hoy a una exploración por el mundo poético de José Ángel Valente, por su volumen Fragmentos de un libro futuro (Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2000). Es un libro que me ha parecido heterogéneo, pues junto a poemas de honda belleza (como el que dedica a Cernuda en la p.28) alinea textos que yo, francamente, no alcanzo a percibir como meritorios. Nunca me ha gustado demasiado ese tipo de poesía que camina entre el zen y el aforismo tartamudo. Puede ser (no lo descarto) una limitación mía. Yo creo que el poeta debe darnos la suficiente belleza (o la suficiente sugerencia estética) como para entregarnos su don, sin necesidad de pedirnos que nos convirtamos en mineros especializados.
Pero, claro, cuando uno se tropieza con poemas como el que inscribe en la página 39, se da cuenta de que está ante un privilegiado de la palabra. Lo voy a copiar entero, para cuando relea estas hojas dentro de unos años: “Si después de morir nos levantamos,/ si después de morir/ vengo hacia ti como venía antes/ y hay algo en mí que tú no reconoces/ porque no soy el mismo,/ qué dolor el morir, saber que nunca/ alcanzaré los bordes/ del ser que fuiste para mí tan dentro/ de mí mismo,/ si tú eras yo y entero me invadías/ por qué tan ciega ahora esta frontera,/ tan aciago este muro de palabras/ súbitamente heladas/ cuando más te requiero,/ te digo ven y a veces/ todavía me miras con ternura/ nacida sólo del recuerdo./ Qué dolor el morir, llegar a ti, besarte/ desesperadamente/ y sentir que el espejo/ no refleja mi rostro/ ni sientes tú,/ a quien tanto he amado,/ mi anhelante impresencia”. Dios, qué espeluzno. Qué prodigio. Para releerlo veinte veces.
“El tiempo es como el mar. Nos va gastando hasta que somos transparentes”. “Nada tiene más fuego que la ausencia”. “Lloradme nunca”. “Los límites perfectos de tu piel”.

domingo, 18 de marzo de 2018

Soy tú




Joaquín García Box es alguien especial. Muy especial. Este hombre que ama el teatro y el baloncesto, que se involucra con las fiestas de moros y cristianos, que se ha acercado al mundo templario y que estudió arquitectura técnica, se caracteriza por una voluntad tenaz de aprender cada día más cosas en el mundo de la escritura. Hace unos años descubrió que tenía ganas de contar historias, de poner por escrito aquellos argumentos que le martilleaban la cabeza, y un buen día se animó con Los 96. Luego dejó que el humor empapara sus páginas y nos relató las aventuras de Santa Claus en la Villa Olímpica. Y un poco después se animó con los relatos, variopintos y sorprendentes, que aparecen en De cofres, virtudes y otros pecados.
Pero como las locomotoras no se detienen así como así, en la Navidad de 2017 se ha descolgado con una novela cuántica, compleja, tentacular y llena de guiños y laberintos, que lleva por título Soy tú y para la que el artista Álvaro Peña planeó una impactante imagen de cubierta.
El resultado son 350 páginas en las que ustedes deberían sumergirse, para ver si son capaces de desentrañar las propuestas novelescas del autor murciano. Lean la contraportada y después, sin dejar que el miedo los paralice, tomen aire con fuerza y adéntrense en el libro. No es una novela fácil, sépanlo. No es una novela convencional. Es un texto exigente, pero les aseguro que la experiencia les va a parecer muy llamativa.

sábado, 17 de marzo de 2018

La caída en el tiempo




Leo La caída en el tiempo, de E.M. Cioran, en la traducción de Esther Seligson (Monte Ávila Editores, Caracas, 1977). Y vuelvo a encontrarme con el pensador terriblemente atractivo pero que devasta, porque no tolera ni un solo minuto de sosiego. Nada tiene colores; nada tiene esperanza; no hay luces en el horizonte. Cioran se plantea un implacable recorrido por la Historia y por el Hombre, y calcina toda posibilidad de dicha o alegría. Si Freud era un psicoanalista del individuo, podríamos decir que Cioran es el psicoanalista de la especie. Ambos incurren, como es fácil deducir, en notorias hipérboles, que llenan de dolor sus análisis. Pero al menos Cioran incurre también en la buena prosa, lo que no es poco. Sé (y digo ) que leeré más libros suyos.
“No son nunca los fuertes, sino los débiles, los que aspiran al poder”. “(El hombre) Nunca se acercará a las fuentes invioladas de la vida si sigue pactando con las palabras”. “Nunca se es tan hombre como cuando duele serlo”. “En cuanto alguien se deja envolver por una certeza, envidia en otros las opiniones flotantes”. “El psicoanálisis, terapéutica sádica, preocupada más por irritar nuestros males que por calmarlos, y singularmente experta en el arte de sustituir nuestros ingenuos malestares por malestares alambicados”. “De nada sirve someter al universo y apropiárnoslo: mientras no hayamos triunfado sobre el tiempo, seguiremos siendo esclavos”. “A tal punto la duda sobre sí mismos carcome a los humanos que han inventado el amor, pacto tácito entre dos desgraciados para sobrestimarse, para alabarse sin vergüenza”. “Se muere con mayor facilidad por el exceso de virtudes que por exceso de vicios”. “La enfermedad es la apostasía de los órganos”. “La sensatez ocupa el primer lugar entre los factores de esterilidad”. “(La cólera) Una crisis de demencia que nos preserva de la demencia”. “En un universo explicado sólo la locura tendría sentido”. “Saber que se es mortal es, en realidad, morir (...) todas las veces que uno sabe que debe morir”.

jueves, 15 de marzo de 2018

Vida de Rafael de Urbino




Leo la breve pero exquisita biografía que Giorgio Vasari compuso sobre uno de los grandes pintores y arquitectos de su tiempo (Vida de Rafael de Urbino), que edita el sello Cátedra en su colección Cuadernos Arte. La traducción corre a cargo de María Teresa Méndez Baiges y Juan Montijano García.
Delicado, respetuoso y admirativo, Vasari nos va mostrando a través de sus palabras los primores que el pintor fue disponiendo con sus colores y con sus perspectivas. Y lo hace con un texto cuyo arranque no me resisto a copiar aquí, por lo que tiene de admirable: “Cuán generoso y benigno se muestra a veces el cielo depositando o, mejor dicho, reponiendo y acumulando en una única persona las infinitas riquezas de sus grandes gracias y tesoros, y todos esos raros dones que por mucho tiempo solía repartir entre varios individuos pudieron verse en el no menos ilustre que dotado de gracia Rafael Sanzio de Urbino”. ¿Se puede esmaltar elogio más bien trenzado ni apreciación más justa? Añade más adelante el comentarista que en Rafael “resplandecían brillantemente todas las egregias virtudes del espíritu”, que sus padres lo criaron “con lo único que poseían: las mejores costumbres posibles” y que la naturaleza hizo el resto, otorgándole “el don de representar los rostros con un aspecto dulce y lleno de gracia”.
Y aunque en la página 65 Vasari se atribuye una modestia impotente para dar cuenta de todo el esplendor que Rafael fue capaz de obtener con sus pinceles (“No es posible realmente contar con todo detalle los hermosos recursos que empleó este ingenioso artista”), lo cierto es que casi todo el volumen constituye un encantador paseo descriptivo por obras de Rafael, las cuales pueden verse, bellamente retratadas, en el tomo. Ir leyendo a Vasari e ir contemplando la elegante majestad sobrehumana de las figuras rafaelescas. ¿Se le puede pedir más a una biografía de este tipo?

martes, 13 de marzo de 2018

En la ardiente oscuridad




Otra vez sumergido (no me gusta apartarme demasiado de ningún género) en el mundo teatral. Y con un autor de garantía, el inigualable Antonio Buero Vallejo, de quien releo En la ardiente oscuridad (Espasa-Calpe, Madrid, 2001), que tuve en las manos por primera vez durante mi etapa universitaria y que me dejó un fuerte sabor de boca.
No hay palabras. De qué modo tan turbador nos pone ante los ojos el desgarro íntimo de Ignacio, quien vive torturado por una pregunta esencial, metafísica, honda: ¿por qué yo? ¿Por qué la ceguera? La verdad es que he estado un par de horas con la cabeza bullendo de interrogantes (quizá más que durante la primera lectura: será que me hago viejo). Sabemos que hay dolor, y desgracia, y angustias. Pero no sé hasta qué punto estaríamos capacitados para asumir la carga de uno de esos fardos pesadísimos. El pobre Ignacio se tortura repitiéndose la certeza de su desgracia, y lanza su odio y su rencor de animal herido contra todo y contra todos. Es el personaje más humano de la obra, porque es el más consciente. Carece de ese conformismo borgiano del ciego que se resigna. Es el más enrabietado, el más lleno de úlceras, el leproso de alma, el megáfono espiritual que vocifera su angustia en medio de la comedia risueña (falsamente risueña) de los otros. Es el nazareno ciego, porque carga con la cruz de todos, sin que ellos lo sepan o lo quieran admitir. Qué terrible lucidez la suya, qué aciago destino el de la videncia sin ojos.
“No tenéis derecho a vivir, porque os empeñáis en no sufrir”. “Estoy ardiendo por dentro; ardiendo con un fuego terrible, que no me deja vivir y que puede haceros arder a todos”. “Puede que la muerte sea la única forma de conseguir la definitiva visión”.

sábado, 10 de marzo de 2018

Nunca mires atrás



La editorial Menoscuarto ha puesto en marcha una idea muy tentadora para los amantes de la novela negra: una serie protagonizada por una joven y sensual detective, Sonia Ruiz, cuyas peripecias sean narradas, en volúmenes sucesivos, por escritores diferentes. La han bautizado con el nombre de SeisDoble (ficha de dominó que, como sabemos, inaugura las partidas) y fue iniciada por Lorenzo Silva (Nada sucio), continuada por Andreu Martín (El lado oscuro), consolidada por Esteban Navarro (El club de la élite) y, ahora, alcanza su cuarto episodio de la mano del autor yeclano Claudio Cerdán, quien elabora una propuesta muy interesante.
El punto de partida lo tenemos en un contenedor de basura (imagen que Miguel Navia utiliza de forma impactante para la cubierta del libro), donde yace el cuerpo desmayado de una mujer, que ha bebido mucho y que se encuentra sin ropa interior. Se trata de nuestra protagonista, Sonia Ruiz, quien no logra recordar cómo demonios ha terminado en ese nauseabundo emplazamiento, qué hace vestida de un modo tan provocativo y, sobre todo, dónde ha podido perder o dejar sus bragas. Por suerte, una mujer llamada Mila, que se presenta como una antigua compañera del instituto, consigue sacarla de allí antes de que pase el camión de recogida; y le propone un caso para que lo resuelva: la desaparición de su marido, un forofo del Real Madrid que no ha tenido mejor idea que abandonarla de la noche a la mañana, dejándole tan sólo las deudas derivadas de la hipoteca.
A partir de ese instante nos encontramos con todos los ingredientes de una ágil novela negra: un miembro del CNI que ayuda a la protagonista, unos mafiosos rusos que le siguen los pasos muy de cerca, ambientes poco recomendables para acudir a tomarse una copa, una grabación subida de tono, un incendio en el que muere un hombre después de haber sido brutalmente torturado, un policía con un comportamiento sexual y moral menos respetable de lo que supondríamos o quisiéramos en un agente del orden… Y todo servido con una prosa eficaz, con un ritmo adecuadamente rápido y con la solidez que los lectores de Claudio Cerdán ya estamos acostumbrados a detectar en sus libros.
No me cabe la menor duda de que la cuarta entrega de SeisDoble será un éxito.

martes, 6 de marzo de 2018

Desgarrados y excéntricos



Es más que evidente. Se puede discrepar (yo discrepo) de las posturas ideológicas y religiosas de Juan Manuel de Prada. Se puede considerar que ha conducido su actividad articulística por senderos no del todo razonables. Pero lo que también me parece evidente es que el cabronazo escribe como Dios. Una de las demostraciones palmarias es su muy voluminosa obra Desgarrados y excéntricos (Seix Barral, Barcelona, 2001), con la que he disfrutado por segunda vez y que, también por segunda vez, me ha estremecido. He disfrutado con los primores de la sintaxis y el léxico de Prada; y me he estremecido pensando en la crudeza que puede mostrar el mundo de las letras con los ilusionados advenedizos que llegan a él con las alforjas no demasiado repletas de talento (o quizá sí repletas, pero careciendo de instinto depredador).
Las vidas de estos pobres mediocres son terribles, y también ilustrativas, y también llorosas. Hay en ellos (aunque pueda parecer lo contrario) muchas lecciones que aprender, quizá porque fueron los últimos ilusos. Lo único que yo le reprocharía a Juan Manuel de Prada es que haya abordado la crónica de sus existencias y de sus obras con ese despiadado tono general que adopta, y que lo acerca a la crueldad umbraliana. Un leve cachondeo es admisible (o puede serlo); una ligera mirada cínica puede ser aplaudida por los lectores. Pero el ensañamiento sistemático (se disfrace de lo que se disfrace) es poco amable.
Dicho eso, la obra es literariamente soberbia. No me supone ningún problema reconocerlo y pregonarlo.

“La literatura también se construye con la mampostería del olvido, y no sólo con las vigas maestras de la celebridad”. “En España las noticias se construyen con rumores, y no con la sustancia aburrida de la verdad”. “Sus palabras, como las de cualquier hombre libre, pastorean de todas las ideologías y de ninguna”. “En España el pensamiento no encauzado siempre ha provocado ronchas y sabañones”. “Todo odio constituye, en el fondo, una expresión amarga de la veneración”.

domingo, 4 de marzo de 2018

El tamaño de mi esperanza




Releo un libro más de Jorge Luis Borges, que reposa muy cerca de mi mesa desde que hace unos años me lo regaló la pintora Francisca Fe Montoya: El tamaño de mi esperanza (Seix Barral, Barcelona, 1994). Me ha encandilado, una vez más, la brillantez (algo alambicada) de la dicción borgiana; y la tormentosa arrogancia de sus adjetivos y verbos. Pero me ha decepcionado la temática que justifica y alienta el volumen. Salvo algunos apuntes dignos de recuerdo, hay fruslerías abominables (“Ejercicio de análisis”), bobadas que fomentan el bostezo (“Examen de un soneto de Góngora”) o páginas hechas de desinterés y nada (“Reverencia del árbol en la otra banda”). De golpe, te asalta el esplendor en sus líneas, quién lo negará; pero yo creo que esencialmente es un libro prescindible. Me he sonreído con alguna jactancia camuflada de humor (“Mientras yo viva, no me faltará quien me alabe”, p.24) y con tres poemitas anónimos españoles que Borges recoge, cuyos textos apunto aquí: “Se lamentaba un fraile/ de dormir solo./ ¡Quién pudiera en la celda/ meterle un toro!”. “¡Quién tuviera la dicha/ de ver un fraile/ en la boca de un pozo/ y arrempujarle!”. “Veinte palillos/ tiene una silla./ ¿Quieres que te la rompa/ en las costillas?”. Un tomo que se disfruta por algunos aromas que exhala, pero no, ay, por el guiso en sí.
“Esperanza, memoria del futuro”. “Toda aventura es norma venidera; toda actuación tiende a inevitarse en costumbre”. “Alegato para lo eterno son los versos de veras”. “¿Qué es eso de perfección? Un redondel es forma perfecta y, al ratito de mirarlo, ya nos aburre”. “La rima tiene un pecado original: su ambiente de engaño”.

sábado, 3 de marzo de 2018

Esperanza en la oscuridad




Sólo hace falta mirar unos instantes a nuestro alrededor para comprender que el mundo en el que vivimos está infestado de agresiones al clima, devastación de los recursos naturales, injusticias, inquietudes y miles de motivos para la congoja. Pero cometeríamos un error si nos amparásemos en ese panorama terrible para justificar nuestra parálisis, nuestra decepción, nuestro inmovilismo. Inquieta por esta posibilidad, la ensayista Rebecca Solnit nos muestra en este libro un enérgico manifiesto por la esperanza, que consiste según ella en “abrazar lo desconocido y lo incognoscible, una alternativa a la certeza tanto de los optimistas como de los pesimistas”. No se trata de mirar y lamentar; no se trata de mirar e ignorar; no se trata de mirar y confiar. Se trata de implicarse en un cambio activo, por pequeño que resulte. Ningún problema es solventado si no nos enfrentamos con él con determinación, con constancia, con ilusiones. En ese sentido, nos explica que no debemos concebir la esperanza como un billete de lotería (algo pasivo, en suma), sino como un hacha para derribar puertas,
Desde el poder y sus adláteres se nos pregona machaconamente que los movimientos de protesta, las manifestaciones o los gestos simbólicos no sirven para nada, pero Rebecca Solnit discrepa con esa explicación interesada y manipuladora (“Aquellos que pongan en duda la importancia de estos momentos deberían observar lo aterrorizadas que se sienten las autoridades y las élites cuando estallan”). Resignarse es un modo de contribuir al triunfo del desastre, y por eso son tan importantes y tan necesarias las indicaciones de la pensadora y activista estadounidense, partidaria de ese “hacer camino al andar”, que propusiera Antonio Machado.
En esta obra nos presenta la crónica de varias pequeñas batallas imprescindibles, de diminutas rebeliones que cambiaron cosas y que conviene tener muy presentes, “porque las derrotas y los desastres ya están suficientemente documentados”: grupos que evitaron vertidos tóxicos, que lograron cambiar leyes estatales, que coordinaron labores solidarias después del 11-S o del huracán Katrina, etc. En esos momentos críticos, en esos puntos de inflexión de la cotidianeidad hay que estar convencidos de que “los muros pueden justificar que estemos bloqueados; las puertas exigen paso”, lo que nos servirá como acicate y como impulso. Rendirse no es una opción cuando nos estamos jugando el porvenir de nuestros hijos, así que conviene limpiar nuestro corazón de fatigas, perezas o mentiras piadosas. El trayecto será difícil y apenas nos mostrará cambios infinitesimales, pero merece la pena. “El activismo (dice Solnit en la página 98 del volumen) no es un viaje a la tienda de la esquina, es una zambullida en lo desconocido. El futuro siempre está oscuro”. Los mecanismos de construcción de un nuevo horizonte han de combinar energía e imaginación, así como estar bien empapados de tenacidad, porque los mecanismos disuasorios que tratarán de desmoralizarnos son tan fuertes como evidentes. Y la respuesta final es “no”: no lograremos el triunfo absoluto. Nunca. Ha pasado el tiempo de las grandes revoluciones utópicas, que preconizaban un mundo idílico carente de chirridos, fricciones y manchas. Aspirar al “todo o nada” es tan absurdo como contraproducente, porque usando la vara de medir de la perfección todo se antoja corto o desilusionante. La ensayista de Bridgeport nos lo deja claro en un párrafo magnífico: “Esto es la tierra. Nunca será el cielo. Siempre habrá crueldad, siempre habrá violencia, siempre habrá destrucción. Ahora mismo se está produciendo una tremenda devastación. En el tiempo que se tarda en leer este libro desaparecerán acres de selva tropical, se extinguirá una especie, gente será violada, asesinada, despojada o morirá por causas fácilmente prevenibles. No podemos eliminar para siempre toda la devastación, pero podemos reducirla, prohibirla, reducir sus causas y socavar sus bases: esto son victorias. Un mundo mejor, sí; un mundo perfecto, jamás”.
Ha llegado el momento de tomar partido.

jueves, 1 de marzo de 2018

Beltenebros




Aunque lo ignoremos (o finjamos ignorarlo, porque nos asusta o nos conviene), la mayor parte de los seres humanos somos prisioneros del ayer. Unos barrotes invisibles formados por nuestras equivocaciones, nuestras ignominias, nuestros despropósitos o nuestras torpezas se yerguen alrededor de nuestra mente para mantenernos encarcelados. Quizá durante años no seamos conscientes de ese aherrojamiento y vivamos aparentemente libres, incluso dichosos, pero un simple gesto, la repetición de un suceso que creíamos sepultado por el olvido puede ser suficiente para gangrenar nuestra calma y desmoronarnos. 
En la localidad de Brighton, regentando una pequeña tienda de libros y grabados antiguos, vive un español. A pesar de su apariencia tranquila y de sus costumbres flemáticas, se trata de un antiguo capitán del ejército republicano, derrotado en la guerra civil española de 1936. Su apellido es Darman y, desde hace décadas, realiza trabajos inconfesables como ejecutor de traidores. Le llega la indicación de quién debe ser eliminado y él, sin que su familia sospeche de sus actividades sangrientas, toma aviones, se desplaza a las ciudades indicadas, localiza a su víctima y realiza el encargo con la frialdad más espeluznante: lo mismo hunde sus dedos en unos globos oculares que estrangula con sus manos o borra un rostro de un balazo a quemarropa. Es el mejor en su terreno. O al menos lo ha sido, porque ahora los años han depositado en él una pátina de descreimiento que le hace dudar de la justicia o la rectitud de quienes cursan las órdenes. 
Veinte años después de haber ido a Madrid para matar a un traidor llamado Walter, recibe instrucciones para volver a la misma ciudad y encargarse de Andrade, quien al parecer está haciendo que todos los miembros de la organización clandestina caigan en manos de la policía franquista. Pero el capitán Darman descubrirá en la capital de España que el pasado se agazapa en los pliegues más insospechados del Destino. Si junto a Walter se encontraba Rebeca Osorio, a la que Darman deseó desde el principio y junto a la que no pudo quedarse porque la atrocidad de su crimen lo había convertido a sus ojos en un engendro, ahora junto a Andrade se encuentra una chica sorprendentemente igual a ella, que responde también al nombre de Rebeca Osorio. Esta simetría perturbadora e inquietante empapará de inquietud muchas de las páginas de la novela. Y por detrás del capitán Darman, persiguiéndolo o acechándolo como un espectro, notará la caliginosa figura del comisario Ugarte, a quien nadie ha visto nunca con nitidez (se esconde siempre entre las sombras) y al que se identifica con el sobrenombre de Beltenebros, el Príncipe de las Tinieblas.
Una novela cuya densidad emocional y cuyo rigor semántico son tan notables que ha de ser leída con mucha lentitud, para no perderse ni uno solo de sus matices. La experiencia literaria es inigualablemente enriquecedora.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Poetas de Lisboa




No soy muy amigo de antologías, francamente, porque considero que la mejor antología es la que cada cual se hace en su mente con los textos que va leyendo, sin depender del criterio ajeno, siempre tan discutible. Pero estos Poetas de Lisboa me llegan de la mano de mi mejor amiga, que me trajo el libro desde Portugal; y ahí no existe discusión: se lee y se disfruta con el embeleso que le dedico a las cosas que mis amigos me regalan.
Aquí, ordenados cronológicamente y traducidos por María Matta, encuentro los versos deliciosos, magníficos, de Luís de Camões, Cesário Verde, Mário de Sá-Carneiro, Florbela Espanca y Fernando Pessoa.
De Camões pueden leerse varios sonetos y algún fragmento de su colosal producción Los Lusíadas, gloria de las letras portuguesas y universales.
De Verde disfrutamos en sus versos de amor, tan apasionados como refractarios al matrimonio (“¡Imposible!”); en sus hermosos retratos urbanos (“En un barrio moderno”); o en sus líneas de elegante sentimentalidad (“Flores viejas”).
Sá-Carneiro nos aporta algunas reflexiones políticamente incorrectas (o cuando menos peculiares) sobre la condición de las mujeres (“Femenina”); indagaciones donde buceo por su propio espíritu (“Dispersión”); o indicaciones para el modo en que debe realizarse su funeral (“Fin”).
Florbela Espanca es todo delicadeza, suspiros de palabras, palabras suspiradas, aroma de adjetivos y flores, explicándonos que las mujeres siempre encierran algún secreto inconfesable, más puro cuanto más oculto (“Que la boca de mujer siempre es mejor / si dentro guarda un verso que no dice”).
Y Fernando Pessoa (¿será necesario recordarlo una vez más?) vuelve a seducirme con su esplendor inigualado, con sus dolores íntimos, con su soledad sonora, con su tristeza, con su fracaso asumido. Para mí no hay poeta más grande que él. A su altura quizá; más arriba no.
La gran pregunta que siempre me hago. ¿Por qué no leemos, conocemos, frecuentamos, amamos más la literatura portuguesa, la pintura portuguesa, la música portuguesa, con lo cerquita que estamos? Yo adoro ese país y su arte.

lunes, 26 de febrero de 2018

El informe Stein




Leo hoy la breve novela El informe Stein, de José Carlos Llop (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1995). Y no sé si decir que me ha gustado, o que me ha disgustado. Desde luego, es distinta. Crea una atmósfera peculiar, inconfundible. No sé si Llop escribirá siempre de la misma manera. En todo caso, hay como un tic “javiermariano” que no me termina de convencer, y que consiste en una cierta morosidad concéntrica narrativa, una prosa tartamuda, morosa o autista que lo lleva a incurrir en secuencias como ésta: “Los jueves por la tarde yo no iba al colegio, ninguno de nosotros iba al colegio porque una de las costumbres de los jesuitas era cerrar el jueves por la tarde y no los sábados, como el resto de los colegios. Y los sábados por la tarde todos nosotros íbamos al colegio y el colegio estaba abierto, no como los demás colegios, que permanecían cerrados los sábados por la tarde” (páginas 36-37). Hay que admitir que, estructuralmente, queda cuando menos extraño.
De todas formas, como soy perseverante y no rechazo de plano ninguna prosa al primer intento, es probable que decida acercarme a alguno de sus otros libros.
“El padre Cristino conocía a la perfección a quién iba a suspender la vida, a quién iba a aprobarlo y a quién a darle un notable. Porque el padre Cristino sabía que la vida no regalaba jamás un sobresaliente”. “La lluvia parecía un ejercicio de caligrafía sobre las páginas del aire”.