jueves, 30 de noviembre de 2017

El balneario



La meta que se impone Carmen Martín Gaite en este libro es tan sencilla de entender como difícil de cumplir: la edificación de una atmósfera. Desarrollar un argumento lo hace cualquier escritor, incluso los mediocres; trazar con tino y belleza el dibujo interior de los protagonistas es un ámbito en el que solamente brillan los buenos; concebir y trasladar atmósferas es ya tarea de maestros. Lo hizo Kafka en El proceso; lo hizo Jünger en Eumeswil; lo hizo Miguel Espinosa en Escuela de mandarines.
En estas páginas nos encontramos con una serie de personajes que se hospedan en un balneario, pero el efecto psicológico que consigue la escritora salmantina es mucho más rotundo: parece que vivan desde siempre en el balneario. Parece que sean el balneario. Están tan integrados en sus pasillos, en sus ventanales, en sus jardines lánguidos, en sus sillas colocadas al sol, en su personal de servicio que aparece y desaparece por los sitios más inesperados, que se nos antojan actores sobre un escenario simbólico, rodeado por la niebla. De esa forma, lo que menos importa al final es qué ocurre argumentalmente, porque  nos está mostrando (esculpiendo, diríamos) un universo paralelo, distinto, en el que los sucesos adquieren una dimensión especial, anómala. Los visitantes son siempre percibidos con ojos de extrañeza, con una cierta prevención hostil, porque no constituyen el balneario.

Un experimento narrativo, resuelto con eficacia, por el que la novelista obtuvo el premio Café Gijón en 1954.

martes, 28 de noviembre de 2017

Correspondencia íntima



Durante varias semanas he ido releyendo a rachas la Correspondencia íntima, de Gustave Flaubert, que me traduce Emma Calatayud (Ediciones B, Barcelona, 1988), un volumen de extraordinario interés donde el novelista galo muestra sus sentimientos y sus pensamientos a Louise Colet, su amada casi platónica durante años. (Y digo “casi platónica” porque, por lo que puede deducirse de las cartas, se vieron pocas veces y siempre de modo trompicado). Me fascinan las revelaciones espirituales de esta correspondencia, en la cual he visto a un Flaubert analítico, fríamente amoroso, más preocupado por el estilo de sus cartas que por la efusión verdadera. Él se defiende diciendo que ama a Louise, pero pone cien mil excusas a la hora de ir a verla (¡todo un adulto justificándose con frases del estilo de “cómo le digo a mamá que tengo que ausentarme”!); y, cuando ella le dice que no la ama con pasión suficiente, él responde que el amor no ocupa el primer lugar de sus prioridades vitales, pero que sí es amor lo que siente. Qué curioso, este personaje, y qué juego el amor en sus manos: un sentimiento confortable, que nunca debe estorbar al usuario, y que se reduce a verse dos veces al año (siempre que no haya otra cosa por medio), escribirse largas cartas melancólicas y hablar de Arte. Es obvio que la razón la tiene Louise, al quejarse; pero la hipocresía y la puerilidad de las explicaciones del autor de madame Bovary están tan bellamente expresadas que dan ganas de disculparlo, sólo por el placer estilístico que nos proporciona. En estas cartas he encontrado a un auténtico monstruo: del corazón (negativo) y de la literatura (positivo).

“Los niños a quienes se acarició demasiado cuando eran pequeños mueren jóvenes”. “He asistido ya a mil funerales interiores”. “Viajo por dentro de mí como por un país desconocido”. “Siempre se continúa amando a quienes no creemos amar ya”. “La pasión por lo perfecto nos hace aborrecer incluso aquello que se le aproxima”. “Lo superfluo es la primera de las necesidades”. “No temo a los leones, ni a las heridas que puede hacerme un sable, sino a las ratas y a los pinchazos de los alfileres”. “No desprecio la gloria: no se desprecia lo que no se puede alcanzar”. “Negar la existencia de los sentimientos tibios sólo porque son tibios es como negar la existencia del sol mientras no es mediodía”. “Le pusieron una venda al amor, porque sus ojos son difíciles de reproducir”. “Hazte vieja para mi vejez”. “La Musa es una virgen que tiene un virgo de bronce, y hay que ser un barbián para...”

domingo, 26 de noviembre de 2017

La deriva de la educación superior



Vivimos —y David Cerdá nos lo explica con profusión de datos en las páginas de este libro— una época muy preocupante para la universidad. El asedio de las tecnologías, la influencia mastodóntica del mundo económico, la idea corrupta de que se trata de una mera fábrica de expedición de títulos de cara al mercado de trabajo, el desprecio gravitacional por las humanidades… Son vectores que la desgarran, la erosionan y están provocando en ella una distorsión durísima pero, a juicio del ensayista, reversible.
La absurda consideración de que su tarea consiste en crear “una productiva armada de soldados para el entramado empresarial de un país” supone de hecho “confundir demanda social con valor social”. Porque lo que realmente tiene que ser la universidad es un espacio de preparación multidisciplinar, donde se forje la mente y el temperamento de los estudiantes, para convertirlos en personas formadas, críticas, dialogantes, versátiles, sensatas y desprendidas que sirvan como “dique contra la barbarie que siempre ha amenazado a Europa, y a cualquier sociedad que se sueñe libre, próspera y moral”.
Para alcanzar esa meta se deben cohesionar esfuerzos por parte de todos los estamentos sociales (desde el político que legisla hasta el padre que colabora, desde el profesor que enseña con entusiasmo hasta el alumno que se implica con esfuerzo en el proceso de aprendizaje), porque necesitamos personas formadas que sepan distinguir en todo momento “lo importante de lo secundario, y lo secundario de lo superficial, en un mundo que les entremezcla todas las sensaciones, todos los valores y todas las precedencias”. En ese sentido constituye un error rebajar el nivel para “democratizar” el proceso. Antes bien, todas las partes deben exigirse a sí mismas el máximo rigor, para que la zafiedad, la achicoria y la grisura no impregnen el ámbito universitario en el que ahora “tenemos muchos estudiantes soñolientos y necesitamos muchos soñadores”.
Escrito con una amenidad muy elogiable, con un aparato de citas tan contundente como bien seleccionado y con una lucidez digna de aplauso, La deriva de la educación superior es un volumen que debería ser de lectura obligatoria para todo profesor y todo estudiante en nuestros campus. Porque, como muy bien explican las dos líneas finales del tomo, "en nuestras manos está que se produzca un cambio. Gaudeamus igitur".

viernes, 24 de noviembre de 2017

Las alas en el aire



Eliodoro Puche se quitó la H del nombre como homenaje a su madre, que no la escribía. Y nos dejó escritos algunos poemas realmente hermosos, que sufrieron una difusión menos notable de la que quizá hubiera sido justa. Ya muerto el autor (nos dejó en 1964), hemos tenido la suerte de que algunas de sus obras fuesen publicadas en libro, para poder gozar de ellas.
El volumen que ahora manejo (editado por la Obra Cultural de CajaMurcia) me ha permitido conocer Las alas en el aire, ochenta páginas de versos sencillos, de desnudez maravillosa, donde burbujea la voz pura del escritor lorquino. No se somete a métrica ni a rimas, de tal manera que el río sereno de su voz fluye con naturalidad dulce, para modular poemas íntimos, filosóficos, amorosos y, en algún caso, incluso juanramonianos (“El cuadro interior”) o nerudianos (“La casa de tu amor”).

Eliodoro Puche nos va dejando en los ojos, página tras página, sus confesiones estilísticas (“Mi sencillez es tal que es complicada”), sentimentales (“Con qué avaricia / atesoré para tu invierno / lo más precioso de mi amor”) y vitales (“Soy un coleccionista de horizontes”). Al final, sentimos que este conjunto de textos constituyen casi una audición: es como si el poeta se hubiera sentado junto a nosotros y, con voz lenta y sabia, nos susurrase sus corolarios de vida. Tan sólo por ese detalle (y por poemas como “Belleza”, que llena de luz la página 24) ya habría merecido la pena acercarse hasta sus versos.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

España invertebrada



Muy hondas reflexiones provoca o sugiere el ensayo España invertebrada, de José Ortega y Gasset. Nos habla de la imprudente descoordinación (y hasta desconfianza y odio altanero) que existe en nuestro país entre las clases sociales y los grupos. Nadie cree necesitar de verdad a nadie, y de ahí la “autarquía de acción” que todos exhiben. La otra idea del tomo es que los problemas de España provienen de que su “masa” no acepta la rección de una clase superior, que la encauce y dote de sentido. Pero, claro, lo que Ortega y Gasset no explica es cómo se reconoce a esas minorías superiores, a esa elite egregia. Estoy dispuesto a admitir que tiene razón desde el punto de vista teórico, pero el problema surge en la forma en que esto se podría llevar a la práctica. Si la masa sigue a alguien equivocado (Hitler, por ejemplo), el desastre puede ser inaudito. ¿Cómo se mide a los “mejores”? O, dicho de un modo más realista, ¿quién identifica a los “mejores” y los señala como tales a la “masa”? Mientras no se analice ese extremo estamos en la pura elucubración, más brillante quizá que efectiva.

“Mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar, sino una exquisita mixtura de ambas cosas”. “No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí; esa cohesión a priori sólo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado [...] no conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo”. “Todo el que en política y en historia se rija por lo que se dice, errará lamentablemente”. “La queja del enfermo no es el nombre de su enfermedad”. “El valor social de los hombres directores depende de la capacidad de entusiasmo que posea la masa”. “El pueblo español [...], cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios”. “Un pueblo no puede elegir entre varios estilos de vida: o vive conforme al suyo, o no vive”. “Cuando en nuestra tierra aparecen individuos privilegiados, la “masa” no sabe aprovecharlos y a menudo los aniquila”.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Literatura y generaciones



Recorro con pausa deleitada —qué gran estilista clarísimo su autor: transparente como un cristal, contundente como el martillo de Thor, luminoso como un halógeno en la noche— el bello libro Literatura y generaciones, del vallisoletano Julián Marías (Espasa-Calpe, Madrid, 1975). Leo en él con gusto y enriqueciéndome, aunque me irritan algunos detalles: que se obceque tanto con su rígida teoría generacional y que se autocite de forma tan constante. Yo no sé si ha caído en la cuenta de que proponer, sistemáticamente, una nueva generación cada 15 años es una bobada: no puede haber rigideces hablando de “arte” (voluble) y de “vidas humanas” (inestables). El tiempo de cocción de los garbanzos no depende sólo de éstos, sino del recipiente que los cobija, de la mayor o menor contundencia del fuego aplicado, y del tipo de agua en que éstos flotan. Creo que me explico. En cuanto a la autocita... ¿Qué cabe pensar de alguien que remite en un libro a otros ¡13! libros suyos? También se me antoja quebradiza la fuerza argumentativa de esta frase: “El drama pide su representación, como las almas desencarnadas claman por el cuerpo” (p.206). Nunca se ha escuchado pedir nada a un alma flotante, que yo sepa. Por lo demás, el libro es magnífico. Me encanta el giro irónico que crea Marías cuando dice que el ser humano se rige por la frase “Homo homini vulpes” (p.36), es decir, que utiliza la astucia picaresca del zorro, más que nada. Y me ha estremecido esa frase temblorosa que le susurró un ya ancianísimo Menéndez Pidal, al borde de entrar en la muerte: “¿Cree usted, Marías, que podré ver a los juglares?” (p.119). Y es muy cierta la frase de que aquello que nos rodea es el “mundo ambiente”, y no el “medio ambiente” (p.176): no somos libébulas ni cedros, sino seres histórico-sociales. Estoy muy satisfecho de haber leído esta obra. “La única manera de superar el pasado no es romper con él, sino subirse encima de sus hombros. No hay más modo humano de empezar que seguir”. “Con los jóvenes no se debe estar de acuerdo, sino en concordia”. “En la vida intelectual, al revés que en la vida civil, es el hijo quien reconoce al padre”. “La literatura no tiene escalafones, aunque ciertamente tiene jerarquías”. “Hasta los veinte años todo el mundo hace versos; después, los poetas y los indiscretos”. “(Ciertos autores) Se ahogan tan pronto como deja de hacérseles la respiración artificial; no viven en el mundo, sino en el pulmón de acero de la propaganda”.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Las ataduras



La mayor parte de nosotros somos, aunque no lo queramos reconocer, seres desvalidos, personas cercadas o amenazadas por la soledad, la decepción, el fracaso o el miedo. Y el gran proyecto acometido por algunos escritores consiste, precisamente, en dar voz a esa carne sufriente, en explicarnos cómo es la vida de quienes no brillan, de los náufragos sociales, de —para decirlo con Mariano Azuela— “los de abajo”.
Carmen Martín Gaite, en su colección de relatos Las ataduras, nos acerca a siete de estas situaciones con un enfoque empático, con un “objetivismo compasivo” (si se me permite la fórmula). En apariencia, se limita a exponernos unos hechos, a hacernos llegar unas historias tristes, lamentables, injustas; pero de su visión no se deriva la asepsia sino la ternura agazapada, que impregna el fondo de sus párrafos. “Compadecer” no revela en la escritora salmantina un pensamiento de superioridad, ni una mirada que se lance hacia abajo, sino la voluntad humanista —y rigurosamente etimológica— de “padecer con”. Aceptando ese modus operandi entenderemos mucho mejor a Alina (que salió de un pueblo de Orense y cumplió su sueño de vivir en París para, a la postre, no alcanzar la dicha), a Juan (el niño diferente, que sobrevivió a una meningitis y que espera el retorno de su único amigo), a Emilia (que se ha convertido en la segunda esposa de un hombre adusto que no le permite mantener relación con su hermana, por juzgarla una “perdida”), a Ascensión (una cuidadora de niños que vive alienada y sin merecer el respeto de quienes la han contratado), a María (que perdió a su única hija y no encuentra ya alicientes en su vivir cotidiano), a Milagros (que malvive en una chabola y ve en el médico don Mariano la única salida hacia la dignidad) o a Pedro (desdeñoso marido que, tras el abandono de su esposa, descubrirá el vértigo del vacío).

Espíritus heridos, vidas maltrechas y una narradora excepcional conforman un volumen memorable, al que conviene acudir.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Manual de jardinería (para gente sin jardín)



Hay libros ante los cuales el crítico se queda pensando sobre qué decir de la obra y, al final, se rinde ante una idea muy sencilla: lo único que quiere explicar en realidad es que está fascinado, que le ha parecido muy buena, que ha disfrutado, que se ha emocionado, que le irritó que se acabase. Así de simple. (Quizá se trate de la crítica menos profesional o menos erudita, pero también es posible que se trate de la más sincera o adecuada).
A mí me ocurre con Manual de jardinería (para gente sin jardín), que la editorial Relee le publicó a Daniel Monedero. Nada más sumergirme en las páginas líricas de “Universos paralelos” o en ese hermoso relato crepuscular sobre un Huck Finn que no ha dejado nunca de añorar a Tom Sawyer y que en su vejez lo rememora y busca (“Llamadme Mississippi”) ya supe que estaba ante un volumen especial, seductor y magnético. Pero es que luego vinieron “Manual de jardinería” (ese voluminoso chico negro que descubre en su interior el alma de una poeta polaca de gran fama internacional) o “Último verano en Seattle” (deliciosa crónica lánguida del final de la adolescencia, que me hizo recordar inmediatamente algunos textos de Los pobres desgraciados hijos de perra de Carlos Marzal) y ya me rendí: estaba ante uno de esos libros. Uno de esos libros.

Me resisto a aplicar a estos relatos las habituales categorías del crítico literario que en el fondo no soy, así que me limitaré a ponerme en pie, aplaudir e invitar a todos para que acudan a este libro. Es mágico. Es brillante. No les defraudará.

martes, 14 de noviembre de 2017

Guerra y pan



Jesús Zomeño lo ha vuelto a hacer. Tras publicar aquel libro excepcional de relatos titulado De este pan y de esta guerra (Contrabando), que nos trasladaba al mundo de la Primera Guerra Mundial y por el que recibió el premio de la Crítica Valenciana, amplía ahora el ciclo con Guerra y pan, que no desmerece ni un ápice del anterior.
Los protagonistas de estas nueve historias vuelven a ser combatientes ingenuos o tristes, mutilados de guerra o viudas arañadas por la melancolía. Seres, en suma, heridos por la ignominia bélica, que sobreviven como buenamente pueden: unos consiguen quedar protegidos por la amnesia (como en el relato anafórico del soldado Rusty); otros se envolverán en un humor triste, tras el que se esconde una lección espeluznante (Marcel Galliard); y otros, en fin, cazarán moscas en las trincheras, para matar el tiempo y soportar la vileza y el horror que los cercan.
De las nueve historias, que están magníficamente construidas y donde el lirismo aflora en los lugares más insospechados (la estructura epitafial de “Hablemos de la belleza” es sobrecogedora), dos sobresalen a mi entender por encima de las demás: “Máscaras” y “Moneda francesa”. En el primer texto asistimos al diálogo entre dos mutilados faciales, un inglés y un alemán, que abordan temas como el odio, la conmiseración o la divinidad y que culmina con un cierre de brutal intensidad psicológica; en el segundo veremos a un mendigo que recibe con amargura las monedas galas que una berlinesa deposita junto a él, y que acabará siguiendo a la mujer para descubrir el misterio que porta en sus ojos.

Libro duro. Libro magnífico. Libro canónico. De los que se pueden releer cada cierto tiempo para descubrir nuevas aristas y nuevos brillos. Guerra y pan confirma la calidad exquisita de este narrador albaceteño afincado en Alicante.

lunes, 13 de noviembre de 2017

La Cofradía de la Luz de Gas



Escribir para niños y jóvenes no es tarea en absoluto sencilla porque, como muy bien se ha indicado, este grupo constituye el segmento más crítico de la masa lectora: jamás maquillan su decepción con afeites moderados; jamás incurren en el elogio cortés; jamás renuncian a decir en voz alta su verdad. Por tanto, quien ose presentarse ante ellos con una novela se arriesga a enfrentarse con el público más exigente y sincero.
Carlos de la Fé lo hizo en La Cofradía de la Luz de Gas, que obtuvo en 2011 el premio Francisco González Díaz de novela juvenil y que fue publicada por Anroart Ediciones en 2013. En estas simpáticas páginas nos encontramos con María del Pino, una niña que se ve forzada a pasar unas vacaciones veraniegas en la Villa de Teror, en la casa de sus abuelos, y que se verá envuelta allí en unos extraños sucesos. Años atrás, la iglesia local sufrió un espectacular robo, que supuso la desaparición de todas las joyas de la Virgen, sobre todo una rana de oro con cuatro esmeraldas que donó al templo, en 1691, doña Luisa Antonia Trujillo y Figueroa. Pero ahora, tras leer una vieja carta dirigida a su abuelo, la niña comienza a sospechar que dicha rana podría haber sido robada por alguien de la familia.
Con la ayuda de algunos niños de Teror (Néstor, Jacinto, Anita) comenzará sus investigaciones, que la llevarán a un descubrimiento más que sorprendente.

Ágil en las descripciones, fluido en la composición y certero en los diálogos, Carlos de la Fé logra una novela muy estimable, que se lee con agrado y que deja un estupendo sabor de boca.

sábado, 11 de noviembre de 2017

La hipótesis Saint-Germain



Lo dijo William Shakespeare, por la boca del príncipe Hamlet: “Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que han sido soñadas por tu filosofía”. Y lo podríamos repetir después de terminar esta novela de Manuel Moyano, que se titula La hipótesis Saint-Germain y que obtuvo hace no muchos meses el XVII premio Carolina Coronado de novela.
Desde el principio, con esa capacidad mágica que tiene el escritor cordobés para erigir atmósferas de la más delicada y convincente textura, nos vemos inmersos en una asombrosa concatenación de sucesos: el editor Daniel Bagao, director de la revista esotérica Mundo Oculto, recibe la visita del desmañado Ismael Koblin, quien asegura haber descubierto la actual identidad del escurridizo conde de Saint-Germain, aquel personaje que, desde el siglo XVIII, ha sido visto en varios países y por diferentes personas, y a quien se atribuye el don de la eterna juventud. Según afirma, ahora se hace llamar Joseph Curran, y es un conocido y misterioso multimillonario que vive en Estados Unidos, alejado de cualquier forma de publicidad. Bagao, que se muestra escéptico ante estas revelaciones pero que no pierde su olfato comercial, le concede un cierto margen de maniobra a su estrafalario visitante, para que prosiga sus investigaciones. Pero muy pronto comenzarán a acumularse las perplejidades, los nuevos descubrimientos… y las contundentes amenazas de Curran, a través de uno de sus sicarios.
Decir que la novela es magnética se antoja insuficiente: es un maravilloso reloj narrativo, en el que Manuel Moyano ha vertido sus mejores habilidades como documentalista, como ingeniero de la trama y como prestidigitador de la intriga. Y todo ello, huelga precisarlo, con la prosa excepcional que ya conocemos por sus libros anteriores.
Durante las primeras doscientas treinta páginas, el lector queda hechizado por la inquietante solidez del argumento, que apenas concede (y es un elogio) respiros. Pero cuando se adentra en las cuarenta últimas es cuando el novelista lo deja clavado al asiento y sin poder apartar los ojos de las líneas. Es tal el despliegue de fantasía y la magnitud científica e histórica de lo que cuenta Manuel Moyano que lo sumerge en un crescendo difícilmente superable, del que emerge como dijo Julio Cortázar que salió de las páginas de Paradiso: con los pulmones a punto de explotar.
Insisto e insistiré: por su imaginación, por su léxico siempre luminoso, por su sintaxis fluente, por la sabiduría de su ritmo novelesco, Manuel Moyano es uno de los mejores narradores vivos de nuestro idioma. Dicho queda.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Cuaderno de Sarajevo



Un libro terrible y que mete la impertinencia del dedo en el dolor sangrante de la llaga. Hablo del Cuaderno de Sarajevo, de Juan Goytisolo (El País/Aguilar, Madrid, 1993), que lleva el clarificador subtítulo de “Anotaciones de un viaje a la barbarie”. Describe en él la brutal matanza que los serbios perpetran contra los bosnios, ante la pasividad (o con la connivencia callada) del mundo “civilizado”. Goytisolo amontona palabras espantosas e imágenes impactantes para denunciar la atrocidad, pero hay cosas que en esta actitud suya me disuenan. Por ejemplo, se burla de que un tal general Morillon regalase a los niños destrozados de un hospital “un gran oso de felpa” (p.35), pues le parece un gesto vacío, gratuito y tontucio; pero, en cambio, sí ve muy normal lo que él hace: proponer al poeta Abdulah Sidran, en medio de los terribles bombardeos y los francotiradores, elaborar “una antología literaria bosnia” (p.104). No sé, ese tipo de intelectualismos snobs.

Por otro lado, el libro escarba en la herida más cruel de todas: el doloroso desentendimiento de un mundo rico que no se implica en los problemas que no afectan a su cartera. Pero que Goytisolo descubriese eso a la altura de 1993 se me antoja de una ingenuidad infantiloide. Un tomo, en fin, para la reflexión.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Impacto narrativo



Se ha vuelto a hacer. Después de las monumentales aproximaciones a la literatura murciana elaboradas por Francisco Javier Díez de Revenga, Mariano de Paco, Santiago Delgado o Ramón Jiménez Madrid, la investigadora Consuelo Mengual ha decidido sumarse a esa línea, tan exigente como ambiciosa, y ha publicado en el sello La Fea Burguesía su trabajo Impacto narrativo (Ecos de un meteorito), donde lejos de concentrar sus energías críticas en los autores de Molina de Segura (como parece deducirse del título) ha tenido la generosidad y el ímpetu de expandirlas a todos los rincones de la Región de Murcia.
De tal manera que ha incluido en este recorrido a un elevado número de autores de procedencia o de radicación regional, de quienes deja en estas páginas unas completas notas bio-bibliográficas, muy útiles para situarlos en el panorama literario. Y todo ello enmarcado por unas reflexiones teóricas de gran interés, que fueron el núcleo de su investigador doctoral y que ahora, por suerte para los lectores, salen del mundo universitario para incorporarse a las bibliotecas, donde podrán ser conocidas y valoradas por el gran público.

Una estructura perfectamente organizada, una selección de informaciones muy cuidadosa y unas citas siempre plásticas y atinadas son detalles que convierten esta obra en un documento excepcional para los amantes de la literatura.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Amapola entre espigas



Voy hasta la novela corta Amapola entre espigas, de Eugenio Noel (Emiliano Escolar, editor; Madrid, 1980), y es realmente pasmoso el número de errores gramaticales, fallos rítmicos, desajustes psicológicos, parlamentos de plastilina e ingenuidades ideológicas que el volumen contiene. Qué narrador más torpe, Dios mío. Primero, nos planta ante los ojos a la señorita Marga, angelical, bella, dulce, inteligente, alegre, seductora y candorosa; luego, nos muestra sin transición a sus dos pretendientes: Pedro Juan (fino, educado y culto) y Nicolasón (un bruto analfabeto cargado de millones); más tarde, ella “pigmalionea” al segundo y, una vez desbastado, se decanta por él; y como colofón blando y chorreante de melaza le dice que todas sus tierras (ahora ya comunes) deben dárselas a los campesinos, pues ellos sólo precisan para vivir de su mutuo amor. Cágate, lorito. Y si se pretende decir que Marga es un símbolo del intelectual regeneracionista, y que Nicolasón es la España protocultivada de principios del siglo XX, yo digo que tururú. Alguien con esta prosa no pudo cobijar ideas tan hondas (y si lo hizo, las formuló de auténtica pena). Hay, eso sí, algún instante estilísticamente llamativo, como cuando dice de las manos de Nicolasón, para indicarnos su enormidad: “corridas de toros podía haber en ellas y sobraba sitio” (p.72). O cuando alude a “la cima escabrosa de los treinta años” (p.70). Pero, en bloque, esta obra no pasa de ser una trama absurda hilvanada con personajes insostenibles.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Viajeros y estables



Me aproximo a otra obra de Andrés Trapiello, titulada Viajeros y estables (Valdemar, Madrid, 1998). Y me ocurre con ella lo que con otras piezas ensayísticas misceláneas suyas: que no he leído nada de la mayoría de los autores tratados, pero que me subyuga su estilo. Siempre hay un enfoque, una idea, un aforismo que encierran altas porciones de belleza o de sagacidad, por las que se disfruta enormemente. No sé cómo escribirán Francis Jammes o Ponge, pero tras escuchar a Trapiello dan ganas de buscar sus libros y leerlos. Eso es, desde luego, un logro. Son estos escritos un catálogo de espléndidas puertas para habitaciones que me son desconocidas.

“Escribir sólo es posible hacerlo con escepticismo; en cambio leer, si no es con entusiasmo, es mejor dejarlo”. “Los hermanos Marx, Karl y Engels”. “El hombre puede escoger el bien, pero el mal lo elige a él y lo persigue”. “Los mayores blasfemos se cuentan entre los grandes creyentes”. “Tanto como la luz pintan las sombras”. “Quien ha conocido una vez la soledad jamás podrá vivir lejos de ella, tanto para aborrecerla como para desearla”. “Los académicos sólo cuentan mientras están vivos. A los artistas sólo empieza a entendérseles cuando ya han muerto”. “Lo que primero caduca en un escritor son los noes. Los síes permanecen más, duran más”. “Puede considerarse maduro tanto a un hombre como a un escritor cuando ambos han aprendido a no tomar demasiado en serio aquello que los rodea”. “Ser viejo no es otra cosa que recordar la infancia. Ser sabio es aceptarla”. “Un hombre arrogante consigue menos que uno astuto”. “Hay que ponerse a salvo de la gente que está dispuesta a entregar su vida por una causa”.

viernes, 3 de noviembre de 2017

El político



Yerrará quien, engañado por el título resumido de este volumen (El político), se aproxime a sus páginas imaginando que encontrará en ellas un manual de rango sociológico o filosófico. Cuando pase la cubierta y llegue a la portada descubrirá que el marbete auténtico y completo de la obra es El político don Fernando el Católico, un tratado panegírico que Baltasar Gracián compuso en 1640 y que, leído casi cuatrocientos años después, ha perdido casi por entero su atractivo intelectual y ha visto erosionadas sus magras virtudes estilísticas.
Nos dice el jesuita zaragozano que, a su entender, “fundó Fernando la mayor monarquía hasta hoy en religión, gobierno, valor, estados y riquezas” y que eso lo convirtió en “el mayor rey hasta hoy”. Con morosidad y deleite, nos va glosando sus infinitas virtudes, tanto en los aspectos militares como administrativos, tanto en sus primores anímicos como en sus sapiencias legislativas. Y llega a redactar un párrafo que hoy no puede ser leído sin notable bochorno: “Más célebre hizo a Fernando el haber fundado el integérrimo, el celador, el Sacro Tribunal de la Inquisición, que por haber establecido su monarquía. Y ganó más con haber echado de España a los judíos que con haberla hecho señora de tantas naciones”.

En suma, un panegírico guiado por la roña del servilismo y redactado con una prosa que deja bastante que desear. Literalmente olvidable.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Los ojos del lobo



Todas las hijas (sobre todo las hijas, seamos sinceros) llevan escuchando el mismo discurso de labios de sus padres desde hace décadas: no debes frecuentar las calles de noche, no debes volver demasiado tarde a casa, los peligros acechan, no se sabe con quién te puedes encontrar a esas horas, desconfía de quien se arrime por sorpresa o te formule preguntas extrañas, mantente alerta… 
Laura, desde luego, no puede ser una excepción. Es una muchacha como cualquier otra de su edad, que tiene un amor en la mente, con quien no se termina de sincerar (Nacho); una amiga más coqueta de lo que a ella le parece prudente (Inés); y una madre que, desde el abandono paterno, se muestra aún más protectora (Blanca). En ese ambiente, y sin que nada anticipe el horror, una noche le esperará una sorpresa cuando vuelva a casa después de una fiesta: un coche que se aproxima por su espalda, una voz que reclama su atención, un golpe despiadado en la cabeza y, por fin, sentirse cogida, introducida en el vehículo y transportada en mitad de la oscuridad hacia quién sabe dónde. 
Se inicia así una pesadilla en la que varios personajes se irán implicando con rapidez: una cartomante de 22 años que comienza a tener visiones sobre los avatares del secuestro; el director de un instituto de enseñanza (“IES Hipólito G. Navarro”, lo rotula la autora, como homenaje al excelente cuentista onubense), que lleva años enamorado de la madre de Laura; un sargento de la guardia civil que se muestra dispuesto a seguir cualquier pista para resolver los casos; un falso vidente cuyo peculiar nombre (“Mágico Bermúdez”) ya esconde en sí mismo la semilla de lo patético; un alcalde tan noble como querido por sus conciudadanos (Paco García); el médico forense Sebastián Figueras, espectador de los hechos; y hasta un escritor (guiño para seguidores) que está construyendo la historia novelesca de una chica llamada Irina... 
Con todos ellos compone Care Santos una novela donde se aborda una temática tan espantosa, inquietante y de cruel actualidad que resulta difícil no cambiar en nuestra mente el nombre de la protagonista por el de su más reciente actualización periodística. Dos avisos importantes: el primero, que nadie olvide durante la lectura la cita con que se abre la obra (“Hay personas, entre las que me cuento, que detestan los finales felices. Nos sentimos engañados. El mal es la norma”. Vladimir Nabokov); el segundo, que no desdeñe las páginas últimas, donde se ofrece un resumen del futuro de todos los personajes que aparecen en la obra. No constituye un simple añadido, sino un complemento riquísimo desde el punto de vista argumental y psicológico… 
Como es lógico, los miembros del jurado del premio Gran Angular del año 2004 no tuvieron demasiadas dudas a la hora de concederle el máximo galardón. Y acertaron.