miércoles, 23 de agosto de 2017

Los dientes de Trino Rojo



Los hijos son nuestro trabajo más importante, la tarea en la que más empeño deberíamos poner al cabo del día, todos los días. Por eso, no se trata simplemente de invitarlos a venir a este mundo sino que hemos de esforzarnos para que su existencia dentro de él resulte lo más plena y alegre: acostumbrarlos a que sigan una alimentación sana y equilibrada, educarlos con respeto y cariño, animarlos para que realicen actividades físicas adecuadas a su edad y, por supuesto, adiestrarlos en los caminos de la higiene, para que su salud se mantenga en las mejores condiciones durante el máximo tiempo posible.
Marta Zafrilla se centra en este último aspecto en su trabajo Los dientes de Trino Rojo, un álbum ilustrado que le publica Cuento de Luz y que, editado con papel de piedra (para evitar la tala de árboles y el consumo de agua y cloro), cuenta con las magníficas aportaciones gráficas de la alemana Sonja Wimmer. En sus páginas se nos relata la historia de un pajarito de nombre sinestésico que se obsesiona con la idea de cómo cuidarse la dentadura. Ha visto a su amiga humana hacerlo y se muere de curiosidad por imitarla, de ahí que inicie una investigación para descubrir cómo cumplen esa medida higiénica otros animales, con resultados tan graciosos como educativos.
Tras haber sido galardonada hace unos años en los premios Moonbeam Children's Book Awards de Estados Unidos (obtuvo la Medalla de Plata al Mejor Libro Español por Hijito pollito y la Medalla de Oro al Mejor Libro sobre Salud por Los despistes del abuelo Pedro), Marta Zafrilla vuelve a sumergirse en una historia simpática, tierna y llena de sentido del humor, que nos permitirá mostrar a nuestros hijos más pequeños los beneficios de la buena salud bucodental. Y todo ello contado con un lenguaje sencillo y con un gran despliegue didáctico, que convierte este álbum en lectura obligada no solamente en las casas sino también en la consulta de los mejores odontopediatras.

De forma simultánea a su edición en español, el sello Cuento de Luz lanza también una deliciosa versión en inglés (Chirpy Charlie’s Teeth) para el mercado norteamericano.

lunes, 21 de agosto de 2017

Recetas para astronautas



Ser un excelente teórico de la literatura y ser un delicioso y eficaz creador no son atributos que suelan confluir de ordinario en la misma persona, porque la naturaleza no transige con demasiadas vulneraciones al código de la normalidad. Pero Basilio Pujante (Murcia, 1982) constituye en el mundo del microrrelato una de esas gozosas excepciones: se doctoró con una tesis relacionada con el tema y, en 2016, publicó con el sello Balduque esta maravilla que hoy comento y que se titula Recetas para astronautas.
En sus páginas descubrimos el desasosiego por vía intravenosa (“Cuestión de confianza”), la inquietud que siembra en nuestro corazón un relato casi tenebroso (“El bebé del 3º A”), la trivialidad que nos rodea y que se puede subvertir en apenas unos segundos (“Siempre saludaba”), la increíble habilidad del autor para trazar el retrato de una vida en apenas un folio (“Miss Pedanía”) o la posibilidad de que los dioses no tengan la forma que solemos atribuirles (“Dios. Una historia de amor”), entre otros.
Y, como colofón del volumen, tres relatos de mayor extensión, protagonizados por un bibliófilo obsesionado por coleccionar primeras ediciones firmadas por sus autores (“El ladrón de libros”), por una niña que vive una jornada mucho más traumática que festiva (“Comunión”) y por un joven aspirante a profesor universitario que se verá envuelto en Suiza en una situación rocambolesca (“El tema del doble”).
Brillante el lenguaje de Basilio, brillante la selección de diapositivas que pone ante nuestros ojos, brillante su amplitud temática, brillantes sus cierres. Todo en este tomo contribuye a que el lector salga encandilado, puesto en pie, con los ojos echándole chispas y con las manos rojas de aplaudir.

Memorable.

sábado, 19 de agosto de 2017

Las máscaras del héroe



Novela larga, juvenil y perfecta, que leí y reseñé en la prensa murciana allá por septiembre de 1996: Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada (Valdemar, Madrid, 1996). La releo ahora con más reposo, pero con el mismo deslumbramiento estilístico que entonces. En ella, Fernando Navales nos cuenta las peripecias reales o inventadas de Pedro Luis de Gálvez, poeta olvidado del primer tercio de nuestro siglo, que recayó desde la niñez difícil y la juventud bohemia hasta la infamia y el crimen. Con un estilo brillante, sinuoso de metáforas, imaginativo y fértil, Juan Manuel de Prada se adentraba por los vericuetos de la novela con un increíble primer paso, de extraña e incontestable perfección. Además, y por si todo lo ya expuesto no se antojara suficiente, la amenidad preside sus líneas cuando nos habla de las correrías nocturnas de aquellos vividores que poblaron el Madrid de los años veinte y treinta; del asesinato de Canalejas (en el que Gálvez actuó como cómplice, según Prada, y teniendo a Ramón Gómez de la Serna como encubridor ignorante del asesino); del intento de desvirgar a Jorge Luis Borges en un prostíbulo (Navales es quien, según propia confesión, llega a abrirle la bragueta); de un concurso de pedos en la célebre Residencia de Estudiantes; del saqueo nocturno de un camposanto; del nacimiento de la Falange; de un atentado frustrado contra José Antonio Primo de Rivera; etc.
Otro detalle que llama la atención es la advertencia final de Prada, en el sentido de que los personajes del volumen, aun los históricos, han sido tratados con perfecta creatividad literaria. Me gusta que estas frases figuren al final del tomo, y no al principio: le añade verosimilitud, porque nos “desengaña” cuando ya hemos salido de la historia, y no a priori.

“Con demasiada frecuencia, la verdad sólo encubre la falta de imaginación”. “Mejorar la vida de la Humanidad no es obra de una generación, sino de muchas y de muchos esfuerzos”. “El escritor de raza se distingue del diletante por su instinto asesino, lo cual no quiere decir que escriba mejor o peor”. “La pornografía es otra forma de la taxidermia”. “Los espejos no reflejan la realidad, sino que la anticipan”. “Para ser un humorista cabal, hay que padecer algún desarreglo gástrico”. “Un escritor se fortalece perseverando en sus errores”. “Nada tan socorrido como atribuir las calamidades de la patria a un gobernante extinto”. “El remordimiento es una especie de cobardía retrospectiva”

jueves, 17 de agosto de 2017

Madame Bovary



Releo esta obra maestra de Gustave Flaubert que es Madame Bovary (Bruguera, Barcelona, 1982), en la traducción de Carmen Martín Gaite. Y diré que pertenezco a la estirpe de quienes (lo sospeché en la primera lectura y lo confirmo ahora) odian a Emma, la figura central de la novela. Proveniente de una familia nada rica, me parecen de todo punto impropios los finos humos que se da y el desprecio que prodiga a Charles, su marido. Cierto que es un pusilánime, y un mediocre médico de pueblo, pero ambas cosas las corrige con su amor obnubilado por ella: la mima, la idolatra, la tiene en un pedestal, paga todos sus caprichos, confía en ella ciegamente, etc. No es digno de las humillaciones que ella le reserva. Emma, además, es manirrota, lúbrica, infiel, desagradecida e imprudente. La cercan oportunistas como Rodolphe (plano emocional) y Lheureux (plano económico), pero es su atolondrado espíritu el que en sus manos la abandona. He acabado la narración encandilado con Flaubert, pero abominando de esta criatura falsaria, veleidosa, inconstante y egoísta que es Emma Bovary.
Literariamente, por supuesto, me quito el cráneo con Flaubert, como siempre.
Una escena de todo punto memorable: ese carruaje que vuela con León y la adúltera, en el primer capítulo de la tercera parte, y cuyas cortinillas dejan ver una mano que esparce al viento los trozos de una inútil carta de ruptura.
Una crítica amable a la traductora: las metáforas (y menos aún las evidentes) no se explican (en la página 123, comenta en nota al pie que el “abrigo de pino” que necesitará un moribundo es el ataúd).

“Ese rictus fijo que suele fruncir la cara de las solteronas y de los fracasados en su ambición”. “En provincias, la ventana es como un sucedáneo del teatro y del paseo”. “La exuberancia del alma rebasa muchas veces las metáforas”. “La palabra humana es como una especie de caldero roto con el que tocamos una música para hacer bailar a los osos, cuando lo que nos gustaría es conmover a las estrellas con su son”. “A los ídolos es mejor no tocarlos porque algo de la pintura dorada que los recubría se nos queda siempre entre las manos”. “Todos los notarios llevan dentro de sí las ruinas de un poeta”. “Cuando muere una persona, siempre sobreviene una especie de estupor, por lo difícil que es aceptar esta irrupción de la nada y prestarle credibilidad”.  

martes, 15 de agosto de 2017

Ojo de pez



Antonio J. Ruiz Munuera no obtuvo el XX premio Nostromo (que ahora publica la editorial Juventud) con una novela temáticamente complaciente. Ni mucho menos. Por el contrario, eligió la vía de la denuncia, del humor negro, de la crudeza, para poner ante los ojos de los lectores una situación insostenible que, pese a todo, muchos se empeñan en maquillar, camuflar o desmentir: la atroz contaminación que durante décadas ha destrozado las costas de Cartagena por culpa de unas empresas químicas y mineras que han operado a su antojo, sin que ninguna haya sido sancionada ejemplarmente por tal motivo.
Tampoco eligió (bien evidente resulta) unos personajes convencionales, sino que se decantó por propuestas arriesgadas: un inspector, Lucas Daireh, que posee un “cuerpo escombro” y cuyo padre es magrebí de Alhucemas; unos mandos de la Benemérita que producen más asco que respeto; un dueño de la empresa Peñarroja que vive como el rajá de Kapurtala y actúa con amenazas mafiosas; una forense con muy mal humor (apellidada Escarbajal) que se empeña en llamar “morito” al inspector; y unos ecologistas de Greenpeace que son calificados por sus oponentes como “hippies” y “melenudos”.
Pero el resultado final es una pieza muy bien equilibrada, redactada con limpieza y que consigue mantener la atención del lector durante sus dieciocho capítulos, bien porque nos muestra acciones sobrecogedoras (como la autopsia de una chica que ha aparecido muerta y violada), bien por su sentido del humor (“El sol, ocupado en momificar a los turistas centroeuropeos que renegaban de su condición de sapiens, se regodeaba en la arena con sus cuerpos de mojama. Vistos desde lejos e impasibles a los elementos, eran parte del decorado veraniego, flemáticos insectos palo mudando la piel”), bien por sus reflexiones sobre el deplorable influjo que los seres humanos ejercemos sobre nuestro entorno natural.

Si con su anterior obra (La luz de Yosemite) el autor lorquino llegó a ser finalista del premio Desnivel de Literatura (2014) y del premio Setenil (2015), con ésta ha logrado el máximo galardón del certamen Nostromo, que convoca anualmente el Museo Marítimo de Barcelona. La solidez de estos primeros pasos augura un futuro muy prometedor para Antonio J. Ruiz Munuera.

lunes, 14 de agosto de 2017

Refranes vascongados



Quienes me conocen saben de mi poco afecto por los refranes, ese catálogo de vaciedades, vacuidades, perogrulladas, sandeces o maldades que se han ido consolidando con el paso del tiempo. Pero no he podido resistir la tentación de leerme el breve trabajo Refranes vascongados, de Esteban de Garibay y Camalloa (Imprenta de José Rodríguez, Madrid, 1854; facsímil de Librerías París-Valencia, 1995). Las sentencias que contiene no son, en sí, mejores que las castellanas, pero lo que me ha llamado la atención han sido dos apreciaciones contenidas en el prólogo y en el epílogo. Ninguna de las dos tiene por qué convencerme desde el punto de vista filológico, pero he de reconocer que son muy singulares, si las miramos desde un enfoque poético.
La primera, obra de Garibay, dice así: “La lengua bascongada es una de las setenta y dos de la confusion de la torre de Babilonia, y la que traxeron á España Tubal, hijo de Jafet y nieto de Noe, y sus compañeros quando vinieron á poblarla, 142 años despues del diluvio universal, y 2,163 años antes del nacimiento de Nuestro Señor”. ¿No querías precisión? Pues toma: dos tazas.
Y la segunda, igualmente chocante, sale de la mano de don José de Aizquível, cuando expone con total seriedad que “Lo que creo firmemente es que los Euskaldunes vinieron á Europa, y la bautizaron con este nombre por el gran sequio que hubo en Asia; Euri-opa (deseo de lluvia) y en ninguna lengua se encuentra su etimologia mas que en el Vascuence”.

O sea, que la lengua vasca ya se usó en la torre de Babel y que el nombre mismo de nuestro continente es también obra suya. ¿Qué se puede añadir, después de estas dos humildes declaraciones?

sábado, 12 de agosto de 2017

Utopía



Perplejo, doy fin a la lectura de Utopía, de Tomás Moro, que traduce el profesor Joaquim Mallafré Gavaldá (Planeta, Barcelona, 1984). Y comienzo con ese adjetivo porque el volumen me ha pasmado. ¿Esta bobada es la que pasa por ser núcleo vertebrador de todas las “utopías” ideales del mundo? Pues menuda mierda. Se nos describe una isla claustrofóbica, atenazada por la geometría más férrea, donde se tolera y fomenta la esclavitud, nadie tiene propiedades y nadie goza tampoco de libre albedrío. Como guarnición del plato, justifica sus expansiones coloniales advirtiendo que la tierra es de todos. Y como salsa para acompañar, soborna a los enemigos, utiliza mercenarios para la guerra, niega la libertad de desplazamiento a sus ciudadanos, propone una riqueza agrícola jamás mitigada por el clima ni por los desastres naturales, condena con brutal exageración la sexualidad llevada a cabo antes del matrimonio, etc. El ser humano es, pues, una máquina para cumplir objetivos (¿quinquenales?); y la sociedad, una fábrica silenciosa y bien lubricada, llena de aquiescentes maquinitas. Patético, ingenuo, cruel, pueril y orwelliano. Bobada supina.

“Por naturaleza todos los hombres sobrevaloran las propias ocurrencias”. “No dejéis que tantos se eduquen en la ociosidad”. “¿No es como una locura estar orgulloso de vanos e inútiles honores? Pues ¿qué natural o auténtico placer encuentras en la cabeza descubierta o en las rodillas dobladas de otros hombres? ¿Aliviará esto el dolor de tus rodillas o remediará tu jaqueca?”. “Es más propio del hombre prudente evitar la enfermedad que querer medicinas”. “Pensó que era una cosa inadecuada y estúpida y una señal de arrogante presunción obligar a todos los demás con la violencia y las amenazas a estar de acuerdo con aquello que uno cree que es verdadero”. “Los muertos conviven realmente con los vivos como observadores y testigos de todas sus palabras y hechos”. “Los ricos, tanto por fraude particular como por las leyes públicas, cada día esquilman y arrebatan al pobre parte de sus medios de vida diarios”. “Aquella misma apreciada princesa, doña Moneda”.

jueves, 10 de agosto de 2017

Tirante el Blanco



Agotadísimo, pero enriquecido, doy fin a la lectura del Tirante el Blanco de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba, voluminosa novela que edita en varios tomos Martín de Riquer (Espasa-Calpe, Madrid, 1974). No hay duda de que su longitud es tan prolongada como su calidad, aunque ciertas digresiones se me han hecho cuesta arriba. Quizá sin ellas la narración no se hubiera visto demasiado deteriorada. Varoyque, Diafebus, Carmesina, todos los reyes que van desfilando por la ciclópea historia, salpican de curiosidades su conjunto, y yo tendría que emplear veinte folios para dar cuenta de todos los elementos que me han llamado la atención, cosa que no haré por respeto a los posibles lectores de la reseña. Pero no quiero dejar pasar un detalle que me ha sorprendido, como me sorprendió en cierta novela de Jara Carrillo: la obsesión por los pechos femeninos (afición alocada que comparto plenamente). Tanto Tirante como su íntimo amigo Diafebus son dos “tetófilos” empedernidos. Para Tirante, los pechos de Carmesina son “dos mançanas de paraýso” (cap.118); Diafebus se acerca a Estefanía y “metióle las manos en los pechos tocándole las tetas y todo lo que pudo” (cap.146); una vez, Tirante besa los senos de la princesa (cap.163), y repite la operación a petición de la chica (cap.175), y luego ya como rutina erótica (cap.189); etc.
En suma, una narración con la que he disfrutado y que me temo que no releeré por la atroz facundia de su autor.

“La felicidad no se puede ganar sino mediante las virtudes”. “El señor o capitán, por gran adversidad que le venga, no deve mostrar el jesto triste, porque no desmaye su gente”. “Cavalleros ay que tienen más gana de buscar que de hallar”. “Muchas vezes contesce que uno es loado de virtud y tiene muy poca”. “Quien olvida lo passado olvida a ssí mismo”. “Veo andar este miserable mundo rodando de mal en peor”. “Ninguno puede saber el pensamiento de la persona, pero conócelo por las señales que de fuera se manifiestan”.

martes, 8 de agosto de 2017

Revolución



Muchos artistas han sentido, a lo largo de la Historia, que su palabra o sus imágenes tenían que ser puestas momentánea o perennemente al servicio de una causa política (y coloco el vocablo en cursiva para que sea leído en su sentido más aristotélico). Que el tiempo de las flores es compatible con el puñetazo en la mesa, con el grito de rabia, con la barbilla alzada en señal de desafío o de combate. O, para decirlo con la voz de Gabriel Celaya, que hay ocasiones en que debemos repudiar “la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales”. En esos tiempos en que arde el corazón, en que las injusticias se amontonan en los periódicos y en los ojos, en que la ignominia se sirve con sonrisas y corbatas, es legítimo que el creador apriete el puño, porque es “fieramente humano” y porque no tiene que avergonzarse de su indignación.
El poeta José Cantabella (Murcia, 1963) y la artista plástica Carmen Molina Cantabella (Murcia, 1977) unen sus voces en este volumen que lleva por título Revolución, en el que dejan bien clara su postura disconforme con el mundo que nos rodea, tejido con represiones, corruptelas, mentiras interesadas, fascismos de diseño y mucha manipulación publicitaria, en el que los peatones son siempre carne de cañón, marionetas incautas a las que se conforma con unas leves migajas de libertad. Pero, como decían los Rolling Stones, ha llegado el verano y es el momento de bailar en la calle. José, en el primer verso del volumen, nos dice que “Amanece en la ciudad”; y Carmen, en la primera imagen del mismo, nos presenta en un cartel a una muchacha con los ojos vendados, tras la que se alza un edificio en construcción. Sí, metáforas inequívocas de un engaño larguísimo al que ahora debe ponerse remedio con el despertar de las conciencias.
Arrojemos lejos las vendas, arrojemos lejos las mordazas. Embadurnados los rostros y tiznadas las almas con la mugre que los políticos venales y corruptos nos han vertido encima en los últimos tiempos, la poesía y la imagen (haz y envés de una moneda purísima) se dan la mano para abrir las ventanas y dejar que el oxígeno irrumpa en la estancia, liberándonos de miedos y permitiéndonos una sonrisa de esperanza. Porque es bonito anhelar. Porque es hermoso sentir que no todo está perdido. Porque es necesario que la sangre circule por las venas sin que el colesterol de la corrupción las atore. Los policías y los guardias civiles que aparecen en las imágenes de Carmen Molina Cantabella (siempre con los rostros vueltos o tapados) representan esa zona oscura que debemos iluminar; sus toros y caballos nos trasladan simbologías picassianas o libertarias. Y los versos de José Cantabella, puros, enérgicos, esbeltos, llenan de vigor los oídos de quienes los pronuncian en voz alta.

lunes, 7 de agosto de 2017

Desertores



“Soy lo que hay detrás de mí”, nos dice Pablo Vizcaíno a través de los labios de tinta de Julia Clendra, para abrir su volumen lírico Desertores. “Mi aliento sabe a barro”, insistirá después, con verbo taciturno. “He vivido como han querido que viviera”, concluye con desolación. Pero después de esta voz desgarrada, lúcida, que lanza golpes de sombra y que devana amarguras, aparecen los versos de Robles, autor de poemas largos donde burbujea el desaliento (“Me pasé la vida esperando un salvoconducto”) y donde se asume el hecho terrible de que son los demás quienes a veces deciden nuestro papel en el mundo (“Ya echaron las cartas por mí”) y que apenas nos queda la posibilidad de adaptarnos al ritmo impuesto, porque de lo contrario estamos prácticamente condenados a la nada.
En tercer lugar toma la palabra el fotógrafo y poeta Edgar Reyes para hablarnos de bosques que se pegan a la piel, de locos sentados al borde del abismo y de gritos silenciosos que desgarran la garganta mientras permaneces en medio de la multitud. A continuación nos encontramos con Castro de Bethancourt o Bravo Quinn (“un robot de aspecto juvenil que se aleja de la civilización, cansado, con la idea de vagar simplemente y al que sus hacedores ya dan por perdido”), el cual nos sitúa desde una óptica alienada ante la gran pregunta: “Qué nos trajo presos a este mundo”. Los habitantes de la aldea lo consideran un dios, pero ignoran su oculto latido doloroso. Y cierran el ciclo los versos de Bárbara C., que provocaban curiosidad en los demás por su troquelación impetuosa (“Nos dábamos cuenta de cómo rompía la linealidad temporal en sus poemas, de cómo desfragmentaba sus poemas para ser varios o ninguno”).

Ésta es la carta de presentación editorial con la que Pablo Vizcaíno Guillén (Cartagena, 1991) se incorpora al mundo de la literatura, tras haber conseguido el I Premio de poesía convocado por la librería La Montaña Mágica, regentada por el exquisito Vicente Velasco. Sea bienvenido. Seguiremos leyendo sus versos.

sábado, 5 de agosto de 2017

Electra



Resulta curioso comprobar la manera en que los adelantos científicos pueden llegar a desbaratar los argumentos y las tensiones emocionales de algunas obras literarias. Si nadie se ha entretenido en elaborar un estudio sistemático sobre esa línea le animo a que se ponga: podría resultar muy ilustrativo. Por ejemplo, en el caso de Electra, la pieza dramática que Benito Pérez Galdós estrenó en 1901, con extremadas reacciones entre el público.
Nos encontramos con una protagonista joven, locuela y pizpireta (Electra), que vive acogida en casa de los García Yuste. Su madre fue una mujer de vida disipada que acabó sus horas en un convento; y de su padre no hay constancia fehaciente. El virtuoso matrimonio, de amplios poderes económicos y nobles intenciones, considera tarea primordial arroparla para que no siga el infecto camino de su progenitora, pero en ese afán interfieren también algunos amigos de la familia, como el agente de bolsa Leonardo Cuesta o el marqués de Ronda. Y, como elemento sentimental, la presencia de Máximo, un científico viudo de 35 años ante el que brillan los ojos de la muchacha… Pero don Salvador de Pantoja (quien se encarga de encarrilar y vigilar estrechamente a Electra) no ve con buenos ojos esta relación y desliza en los oídos de la joven la insidiosa información de que ella y Máximo comparten sin saberlo el mismo padre. Como es natural, se produce en el ánimo de la protagonista una violenta explosión, que la lleva a ingresar en el mismo convento donde murió su madre.
No desvelaré la continuación de la trama, ni sus exquisitos pormenores teatrales y psicológicos, ni el final que Benito Pérez Galdós dispuso para sus personajes, pero sí una consideración general: ¿cómo juzgamos hoy en día (cuando apenas un análisis de sangre permite confirmar o desmentir este tipo de afirmaciones) piezas como Electra? Una respuesta apresurada nos llevaría a desdeñarlas, por obsoletas. Pero de inmediato brota una rectificación: no, de ninguna manera. La finura exhaustiva con la que se disecciona el corazón de los protagonistas, la red oscura o purísima de sus intereses, el perfecto ritmo de su prosa, la crítica acerba pero justificada hacia los estamentos económicos y religiosos de su tiempo, hacen de este drama una obra imperecedera, airosa y firme, que ha quedado en los anales de nuestro teatro.

jueves, 3 de agosto de 2017

Historia del rey Arturo



El rey Arturo. La Tabla Redonda. Excalibur. La reina Ginebra y sus amores con Lanzarote. El castillo de Camelot. La misteriosa isla de Avalon. Morgana… Pocas historias han dado tanto de sí en el mundo de la literatura, del cine, del ensayo, del cómic, como el ciclo artúrico, formado por un conjunto de leyendas e historias de variada procedencia que se fueron compactando literariamente hacia el siglo XII.
El estudioso Carlos García Gual se aproxima a esta materia con afán divulgativo y compone Historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda (Alianza Editorial), una obra escrita con enorme sabiduría y con enorme amenidad donde nos explica que existen indicios que permiten sospechar la existencia histórica de un guerrero que quizá sirvió como base para crear la figura mítica de Arturo. Era “un posible caudillo militar de finales del siglo V” sobre el que se superpusieron adherencias clásicas y religiosas, hasta que Geoffrey de Monmouth unificó y llenó de fantasía la historia.
Lentamente se va configurando la silueta de un monarca liberal, generoso, justo e idílico que, primus inter pares, se sienta a la Tabla Redonda con sus nobles y organiza a su alrededor un espacio novelesco de singular armonía.
En este proceso ocupa un papel preponderante Chrétien de Troyes, uno de los primeros novelistas europeos, muy interesado en la historia de Tristán e Isolda y que redacta sus textos en pareados octosílabos. Carlos García Gual lo elogia diciendo que “es mucho más que un buen narrador, es un poeta y un educador”. Él introduce en el ciclo artúrico el Grial, que no es en sus orígenes más que un plato ancho (“gradalis”). Robert de Boron desarrollará después la parte religiosa identificándolo con el cáliz usado por Jesús en la Última Cena. Y resulta evidente que “la senda que lleva al Santo Grial es un sendero de perfección ascética cuyo ritual es preciso y supone tanto una ascesis interior como la práctica de los sacramentos”.

Con una prosa sobria y con una documentación exhaustiva, García Gual nos va desgranando las diferentes versiones que se han popularizado sobre las historias artúricas, desde sus orígenes hasta la versión musical wagneriana o la revisión paródica de Mark Twain (Un yanqui de Connecticut en la corte del rey Arturo, 1889). Muy interesante.

martes, 1 de agosto de 2017

De princesas a esclavas



Todos vivimos en la ficticia convicción de que sabemos quiénes somos, hasta que un examen más concienzudo o más sincero desmorona nuestras certidumbres. Habitamos el mundo con los hombros, la frente y el pecho llenos de etiquetas ideológicas, sexuales, religiosas y humanas hasta que una luz llena de oscuridad los pasillos interiores y consigue que se tambaleen las creencias en las que nos arrellanábamos muellemente. La inscripción en el templo de Apolo era tan clara y tan sencilla que casi nunca ha sido tenida en cuenta: “Conócete a ti mismo”. Y todo lo que sirva para ayudarnos en ese conocimiento debería ser aplaudido.
La psicopedagoga Alfonsa García Armenteros nos propone en su ágil ensayo De princesas a esclavas (MurciaLibro) una serie de reflexiones sobre el machismo y el feminismo, que se extienden a todos los órdenes de nuestra vida (el espacio doméstico, la sexualidad, el mundo del trabajo, la educación de los hijos, las fiestas familiares, los viajes, la jerarquía de funciones). Pero no lo hace desde un enfoque agrio o virulento (posiciones que suelen enfangar estilísticamente la mayor parte de libros de esta temática), sino que adopta una posición ecléctica e integradora. “Mi pensamiento gira en torno al equilibrio”, escribe la autora, intuyendo que la firmeza y la verdad no tienen por qué defenderse siempre con el rictus tenso y los puños apretados.
Por el contrario, Alfonsa García elabora un análisis ponderado, sensato, realista e inteligente, donde nos vuelve a poner ante los ojos algo clarísimo: que la mujer se encarga de casi todo en la casa, que se ocupa de la intendencia y de la organización, que es quien carga sobre su espalda las mil tareas que sería mucho más justo repartir equitativamente, pero que después de estar todo el tiempo dándolo todo “llega un momento en que se cansa, se satura y necesita recibir”. Es tan evidente que produce bochorno tener que repetirlo. Pero la autora (y todas las mujeres y hombres inteligentes) saben que hay que seguir haciéndolo, porque la conversión educativa es lenta pero imprescindible.
En estas páginas, Alfonsa García no dice nada nuevo; y eso es lo terrible: nos habla (con amenidad, con solvencia y con sentido del humor) de cosas muy viejas, muy sabidas… pero que llevan siglos sin ser solucionadas o disminuidas. “A pesar de todo lo que ha evolucionado esta sociedad, en la que ya estamos pensando en colonizar Marte, la mujer no ha conseguido conquistar aún el espacio que le corresponde en la Tierra”.

Un libro de lectura imprescindible para quien desee escuchar opiniones sólidas sobre el arraigo psicológico de los roles, aprender a superar ese estadio evolutivo de la especie y mejorar nuestra vida común con al apoyo de todos.