miércoles, 23 de agosto de 2017

Los dientes de Trino Rojo



Los hijos son nuestro trabajo más importante, la tarea en la que más empeño deberíamos poner al cabo del día, todos los días. Por eso, no se trata simplemente de invitarlos a venir a este mundo sino que hemos de esforzarnos para que su existencia dentro de él resulte lo más plena y alegre: acostumbrarlos a que sigan una alimentación sana y equilibrada, educarlos con respeto y cariño, animarlos para que realicen actividades físicas adecuadas a su edad y, por supuesto, adiestrarlos en los caminos de la higiene, para que su salud se mantenga en las mejores condiciones durante el máximo tiempo posible.
Marta Zafrilla se centra en este último aspecto en su trabajo Los dientes de Trino Rojo, un álbum ilustrado que le publica Cuento de Luz y que, editado con papel de piedra (para evitar la tala de árboles y el consumo de agua y cloro), cuenta con las magníficas aportaciones gráficas de la alemana Sonja Wimmer. En sus páginas se nos relata la historia de un pajarito de nombre sinestésico que se obsesiona con la idea de cómo cuidarse la dentadura. Ha visto a su amiga humana hacerlo y se muere de curiosidad por imitarla, de ahí que inicie una investigación para descubrir cómo cumplen esa medida higiénica otros animales, con resultados tan graciosos como educativos.
Tras haber sido galardonada hace unos años en los premios Moonbeam Children's Book Awards de Estados Unidos (obtuvo la Medalla de Plata al Mejor Libro Español por Hijito pollito y la Medalla de Oro al Mejor Libro sobre Salud por Los despistes del abuelo Pedro), Marta Zafrilla vuelve a sumergirse en una historia simpática, tierna y llena de sentido del humor, que nos permitirá mostrar a nuestros hijos más pequeños los beneficios de la buena salud bucodental. Y todo ello contado con un lenguaje sencillo y con un gran despliegue didáctico, que convierte este álbum en lectura obligada no solamente en las casas sino también en la consulta de los mejores odontopediatras.

De forma simultánea a su edición en español, el sello Cuento de Luz lanza también una deliciosa versión en inglés (Chirpy Charlie’s Teeth) para el mercado norteamericano.

lunes, 21 de agosto de 2017

Recetas para astronautas



Ser un excelente teórico de la literatura y ser un delicioso y eficaz creador no son atributos que suelan confluir de ordinario en la misma persona, porque la naturaleza no transige con demasiadas vulneraciones al código de la normalidad. Pero Basilio Pujante (Murcia, 1982) constituye en el mundo del microrrelato una de esas gozosas excepciones: se doctoró con una tesis relacionada con el tema y, en 2016, publicó con el sello Balduque esta maravilla que hoy comento y que se titula Recetas para astronautas.
En sus páginas descubrimos el desasosiego por vía intravenosa (“Cuestión de confianza”), la inquietud que siembra en nuestro corazón un relato casi tenebroso (“El bebé del 3º A”), la trivialidad que nos rodea y que se puede subvertir en apenas unos segundos (“Siempre saludaba”), la increíble habilidad del autor para trazar el retrato de una vida en apenas un folio (“Miss Pedanía”) o la posibilidad de que los dioses no tengan la forma que solemos atribuirles (“Dios. Una historia de amor”), entre otros.
Y, como colofón del volumen, tres relatos de mayor extensión, protagonizados por un bibliófilo obsesionado por coleccionar primeras ediciones firmadas por sus autores (“El ladrón de libros”), por una niña que vive una jornada mucho más traumática que festiva (“Comunión”) y por un joven aspirante a profesor universitario que se verá envuelto en Suiza en una situación rocambolesca (“El tema del doble”).
Brillante el lenguaje de Basilio, brillante la selección de diapositivas que pone ante nuestros ojos, brillante su amplitud temática, brillantes sus cierres. Todo en este tomo contribuye a que el lector salga encandilado, puesto en pie, con los ojos echándole chispas y con las manos rojas de aplaudir.

Memorable.

sábado, 19 de agosto de 2017

Las máscaras del héroe



Novela larga, juvenil y perfecta, que leí y reseñé en la prensa murciana allá por septiembre de 1996: Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada (Valdemar, Madrid, 1996). La releo ahora con más reposo, pero con el mismo deslumbramiento estilístico que entonces. En ella, Fernando Navales nos cuenta las peripecias reales o inventadas de Pedro Luis de Gálvez, poeta olvidado del primer tercio de nuestro siglo, que recayó desde la niñez difícil y la juventud bohemia hasta la infamia y el crimen. Con un estilo brillante, sinuoso de metáforas, imaginativo y fértil, Juan Manuel de Prada se adentraba por los vericuetos de la novela con un increíble primer paso, de extraña e incontestable perfección. Además, y por si todo lo ya expuesto no se antojara suficiente, la amenidad preside sus líneas cuando nos habla de las correrías nocturnas de aquellos vividores que poblaron el Madrid de los años veinte y treinta; del asesinato de Canalejas (en el que Gálvez actuó como cómplice, según Prada, y teniendo a Ramón Gómez de la Serna como encubridor ignorante del asesino); del intento de desvirgar a Jorge Luis Borges en un prostíbulo (Navales es quien, según propia confesión, llega a abrirle la bragueta); de un concurso de pedos en la célebre Residencia de Estudiantes; del saqueo nocturno de un camposanto; del nacimiento de la Falange; de un atentado frustrado contra José Antonio Primo de Rivera; etc.
Otro detalle que llama la atención es la advertencia final de Prada, en el sentido de que los personajes del volumen, aun los históricos, han sido tratados con perfecta creatividad literaria. Me gusta que estas frases figuren al final del tomo, y no al principio: le añade verosimilitud, porque nos “desengaña” cuando ya hemos salido de la historia, y no a priori.

“Con demasiada frecuencia, la verdad sólo encubre la falta de imaginación”. “Mejorar la vida de la Humanidad no es obra de una generación, sino de muchas y de muchos esfuerzos”. “El escritor de raza se distingue del diletante por su instinto asesino, lo cual no quiere decir que escriba mejor o peor”. “La pornografía es otra forma de la taxidermia”. “Los espejos no reflejan la realidad, sino que la anticipan”. “Para ser un humorista cabal, hay que padecer algún desarreglo gástrico”. “Un escritor se fortalece perseverando en sus errores”. “Nada tan socorrido como atribuir las calamidades de la patria a un gobernante extinto”. “El remordimiento es una especie de cobardía retrospectiva”

jueves, 17 de agosto de 2017

Madame Bovary



Releo esta obra maestra de Gustave Flaubert que es Madame Bovary (Bruguera, Barcelona, 1982), en la traducción de Carmen Martín Gaite. Y diré que pertenezco a la estirpe de quienes (lo sospeché en la primera lectura y lo confirmo ahora) odian a Emma, la figura central de la novela. Proveniente de una familia nada rica, me parecen de todo punto impropios los finos humos que se da y el desprecio que prodiga a Charles, su marido. Cierto que es un pusilánime, y un mediocre médico de pueblo, pero ambas cosas las corrige con su amor obnubilado por ella: la mima, la idolatra, la tiene en un pedestal, paga todos sus caprichos, confía en ella ciegamente, etc. No es digno de las humillaciones que ella le reserva. Emma, además, es manirrota, lúbrica, infiel, desagradecida e imprudente. La cercan oportunistas como Rodolphe (plano emocional) y Lheureux (plano económico), pero es su atolondrado espíritu el que en sus manos la abandona. He acabado la narración encandilado con Flaubert, pero abominando de esta criatura falsaria, veleidosa, inconstante y egoísta que es Emma Bovary.
Literariamente, por supuesto, me quito el cráneo con Flaubert, como siempre.
Una escena de todo punto memorable: ese carruaje que vuela con León y la adúltera, en el primer capítulo de la tercera parte, y cuyas cortinillas dejan ver una mano que esparce al viento los trozos de una inútil carta de ruptura.
Una crítica amable a la traductora: las metáforas (y menos aún las evidentes) no se explican (en la página 123, comenta en nota al pie que el “abrigo de pino” que necesitará un moribundo es el ataúd).

“Ese rictus fijo que suele fruncir la cara de las solteronas y de los fracasados en su ambición”. “En provincias, la ventana es como un sucedáneo del teatro y del paseo”. “La exuberancia del alma rebasa muchas veces las metáforas”. “La palabra humana es como una especie de caldero roto con el que tocamos una música para hacer bailar a los osos, cuando lo que nos gustaría es conmover a las estrellas con su son”. “A los ídolos es mejor no tocarlos porque algo de la pintura dorada que los recubría se nos queda siempre entre las manos”. “Todos los notarios llevan dentro de sí las ruinas de un poeta”. “Cuando muere una persona, siempre sobreviene una especie de estupor, por lo difícil que es aceptar esta irrupción de la nada y prestarle credibilidad”.  

martes, 15 de agosto de 2017

Ojo de pez



Antonio J. Ruiz Munuera no obtuvo el XX premio Nostromo (que ahora publica la editorial Juventud) con una novela temáticamente complaciente. Ni mucho menos. Por el contrario, eligió la vía de la denuncia, del humor negro, de la crudeza, para poner ante los ojos de los lectores una situación insostenible que, pese a todo, muchos se empeñan en maquillar, camuflar o desmentir: la atroz contaminación que durante décadas ha destrozado las costas de Cartagena por culpa de unas empresas químicas y mineras que han operado a su antojo, sin que ninguna haya sido sancionada ejemplarmente por tal motivo.
Tampoco eligió (bien evidente resulta) unos personajes convencionales, sino que se decantó por propuestas arriesgadas: un inspector, Lucas Daireh, que posee un “cuerpo escombro” y cuyo padre es magrebí de Alhucemas; unos mandos de la Benemérita que producen más asco que respeto; un dueño de la empresa Peñarroja que vive como el rajá de Kapurtala y actúa con amenazas mafiosas; una forense con muy mal humor (apellidada Escarbajal) que se empeña en llamar “morito” al inspector; y unos ecologistas de Greenpeace que son calificados por sus oponentes como “hippies” y “melenudos”.
Pero el resultado final es una pieza muy bien equilibrada, redactada con limpieza y que consigue mantener la atención del lector durante sus dieciocho capítulos, bien porque nos muestra acciones sobrecogedoras (como la autopsia de una chica que ha aparecido muerta y violada), bien por su sentido del humor (“El sol, ocupado en momificar a los turistas centroeuropeos que renegaban de su condición de sapiens, se regodeaba en la arena con sus cuerpos de mojama. Vistos desde lejos e impasibles a los elementos, eran parte del decorado veraniego, flemáticos insectos palo mudando la piel”), bien por sus reflexiones sobre el deplorable influjo que los seres humanos ejercemos sobre nuestro entorno natural.

Si con su anterior obra (La luz de Yosemite) el autor lorquino llegó a ser finalista del premio Desnivel de Literatura (2014) y del premio Setenil (2015), con ésta ha logrado el máximo galardón del certamen Nostromo, que convoca anualmente el Museo Marítimo de Barcelona. La solidez de estos primeros pasos augura un futuro muy prometedor para Antonio J. Ruiz Munuera.

lunes, 14 de agosto de 2017

Refranes vascongados



Quienes me conocen saben de mi poco afecto por los refranes, ese catálogo de vaciedades, vacuidades, perogrulladas, sandeces o maldades que se han ido consolidando con el paso del tiempo. Pero no he podido resistir la tentación de leerme el breve trabajo Refranes vascongados, de Esteban de Garibay y Camalloa (Imprenta de José Rodríguez, Madrid, 1854; facsímil de Librerías París-Valencia, 1995). Las sentencias que contiene no son, en sí, mejores que las castellanas, pero lo que me ha llamado la atención han sido dos apreciaciones contenidas en el prólogo y en el epílogo. Ninguna de las dos tiene por qué convencerme desde el punto de vista filológico, pero he de reconocer que son muy singulares, si las miramos desde un enfoque poético.
La primera, obra de Garibay, dice así: “La lengua bascongada es una de las setenta y dos de la confusion de la torre de Babilonia, y la que traxeron á España Tubal, hijo de Jafet y nieto de Noe, y sus compañeros quando vinieron á poblarla, 142 años despues del diluvio universal, y 2,163 años antes del nacimiento de Nuestro Señor”. ¿No querías precisión? Pues toma: dos tazas.
Y la segunda, igualmente chocante, sale de la mano de don José de Aizquível, cuando expone con total seriedad que “Lo que creo firmemente es que los Euskaldunes vinieron á Europa, y la bautizaron con este nombre por el gran sequio que hubo en Asia; Euri-opa (deseo de lluvia) y en ninguna lengua se encuentra su etimologia mas que en el Vascuence”.

O sea, que la lengua vasca ya se usó en la torre de Babel y que el nombre mismo de nuestro continente es también obra suya. ¿Qué se puede añadir, después de estas dos humildes declaraciones?

sábado, 12 de agosto de 2017

Utopía



Perplejo, doy fin a la lectura de Utopía, de Tomás Moro, que traduce el profesor Joaquim Mallafré Gavaldá (Planeta, Barcelona, 1984). Y comienzo con ese adjetivo porque el volumen me ha pasmado. ¿Esta bobada es la que pasa por ser núcleo vertebrador de todas las “utopías” ideales del mundo? Pues menuda mierda. Se nos describe una isla claustrofóbica, atenazada por la geometría más férrea, donde se tolera y fomenta la esclavitud, nadie tiene propiedades y nadie goza tampoco de libre albedrío. Como guarnición del plato, justifica sus expansiones coloniales advirtiendo que la tierra es de todos. Y como salsa para acompañar, soborna a los enemigos, utiliza mercenarios para la guerra, niega la libertad de desplazamiento a sus ciudadanos, propone una riqueza agrícola jamás mitigada por el clima ni por los desastres naturales, condena con brutal exageración la sexualidad llevada a cabo antes del matrimonio, etc. El ser humano es, pues, una máquina para cumplir objetivos (¿quinquenales?); y la sociedad, una fábrica silenciosa y bien lubricada, llena de aquiescentes maquinitas. Patético, ingenuo, cruel, pueril y orwelliano. Bobada supina.

“Por naturaleza todos los hombres sobrevaloran las propias ocurrencias”. “No dejéis que tantos se eduquen en la ociosidad”. “¿No es como una locura estar orgulloso de vanos e inútiles honores? Pues ¿qué natural o auténtico placer encuentras en la cabeza descubierta o en las rodillas dobladas de otros hombres? ¿Aliviará esto el dolor de tus rodillas o remediará tu jaqueca?”. “Es más propio del hombre prudente evitar la enfermedad que querer medicinas”. “Pensó que era una cosa inadecuada y estúpida y una señal de arrogante presunción obligar a todos los demás con la violencia y las amenazas a estar de acuerdo con aquello que uno cree que es verdadero”. “Los muertos conviven realmente con los vivos como observadores y testigos de todas sus palabras y hechos”. “Los ricos, tanto por fraude particular como por las leyes públicas, cada día esquilman y arrebatan al pobre parte de sus medios de vida diarios”. “Aquella misma apreciada princesa, doña Moneda”.

jueves, 10 de agosto de 2017

Tirante el Blanco



Agotadísimo, pero enriquecido, doy fin a la lectura del Tirante el Blanco de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba, voluminosa novela que edita en varios tomos Martín de Riquer (Espasa-Calpe, Madrid, 1974). No hay duda de que su longitud es tan prolongada como su calidad, aunque ciertas digresiones se me han hecho cuesta arriba. Quizá sin ellas la narración no se hubiera visto demasiado deteriorada. Varoyque, Diafebus, Carmesina, todos los reyes que van desfilando por la ciclópea historia, salpican de curiosidades su conjunto, y yo tendría que emplear veinte folios para dar cuenta de todos los elementos que me han llamado la atención, cosa que no haré por respeto a los posibles lectores de la reseña. Pero no quiero dejar pasar un detalle que me ha sorprendido, como me sorprendió en cierta novela de Jara Carrillo: la obsesión por los pechos femeninos (afición alocada que comparto plenamente). Tanto Tirante como su íntimo amigo Diafebus son dos “tetófilos” empedernidos. Para Tirante, los pechos de Carmesina son “dos mançanas de paraýso” (cap.118); Diafebus se acerca a Estefanía y “metióle las manos en los pechos tocándole las tetas y todo lo que pudo” (cap.146); una vez, Tirante besa los senos de la princesa (cap.163), y repite la operación a petición de la chica (cap.175), y luego ya como rutina erótica (cap.189); etc.
En suma, una narración con la que he disfrutado y que me temo que no releeré por la atroz facundia de su autor.

“La felicidad no se puede ganar sino mediante las virtudes”. “El señor o capitán, por gran adversidad que le venga, no deve mostrar el jesto triste, porque no desmaye su gente”. “Cavalleros ay que tienen más gana de buscar que de hallar”. “Muchas vezes contesce que uno es loado de virtud y tiene muy poca”. “Quien olvida lo passado olvida a ssí mismo”. “Veo andar este miserable mundo rodando de mal en peor”. “Ninguno puede saber el pensamiento de la persona, pero conócelo por las señales que de fuera se manifiestan”.

martes, 8 de agosto de 2017

Revolución



Muchos artistas han sentido, a lo largo de la Historia, que su palabra o sus imágenes tenían que ser puestas momentánea o perennemente al servicio de una causa política (y coloco el vocablo en cursiva para que sea leído en su sentido más aristotélico). Que el tiempo de las flores es compatible con el puñetazo en la mesa, con el grito de rabia, con la barbilla alzada en señal de desafío o de combate. O, para decirlo con la voz de Gabriel Celaya, que hay ocasiones en que debemos repudiar “la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales”. En esos tiempos en que arde el corazón, en que las injusticias se amontonan en los periódicos y en los ojos, en que la ignominia se sirve con sonrisas y corbatas, es legítimo que el creador apriete el puño, porque es “fieramente humano” y porque no tiene que avergonzarse de su indignación.
El poeta José Cantabella (Murcia, 1963) y la artista plástica Carmen Molina Cantabella (Murcia, 1977) unen sus voces en este volumen que lleva por título Revolución, en el que dejan bien clara su postura disconforme con el mundo que nos rodea, tejido con represiones, corruptelas, mentiras interesadas, fascismos de diseño y mucha manipulación publicitaria, en el que los peatones son siempre carne de cañón, marionetas incautas a las que se conforma con unas leves migajas de libertad. Pero, como decían los Rolling Stones, ha llegado el verano y es el momento de bailar en la calle. José, en el primer verso del volumen, nos dice que “Amanece en la ciudad”; y Carmen, en la primera imagen del mismo, nos presenta en un cartel a una muchacha con los ojos vendados, tras la que se alza un edificio en construcción. Sí, metáforas inequívocas de un engaño larguísimo al que ahora debe ponerse remedio con el despertar de las conciencias.
Arrojemos lejos las vendas, arrojemos lejos las mordazas. Embadurnados los rostros y tiznadas las almas con la mugre que los políticos venales y corruptos nos han vertido encima en los últimos tiempos, la poesía y la imagen (haz y envés de una moneda purísima) se dan la mano para abrir las ventanas y dejar que el oxígeno irrumpa en la estancia, liberándonos de miedos y permitiéndonos una sonrisa de esperanza. Porque es bonito anhelar. Porque es hermoso sentir que no todo está perdido. Porque es necesario que la sangre circule por las venas sin que el colesterol de la corrupción las atore. Los policías y los guardias civiles que aparecen en las imágenes de Carmen Molina Cantabella (siempre con los rostros vueltos o tapados) representan esa zona oscura que debemos iluminar; sus toros y caballos nos trasladan simbologías picassianas o libertarias. Y los versos de José Cantabella, puros, enérgicos, esbeltos, llenan de vigor los oídos de quienes los pronuncian en voz alta.

lunes, 7 de agosto de 2017

Desertores



“Soy lo que hay detrás de mí”, nos dice Pablo Vizcaíno a través de los labios de tinta de Julia Clendra, para abrir su volumen lírico Desertores. “Mi aliento sabe a barro”, insistirá después, con verbo taciturno. “He vivido como han querido que viviera”, concluye con desolación. Pero después de esta voz desgarrada, lúcida, que lanza golpes de sombra y que devana amarguras, aparecen los versos de Robles, autor de poemas largos donde burbujea el desaliento (“Me pasé la vida esperando un salvoconducto”) y donde se asume el hecho terrible de que son los demás quienes a veces deciden nuestro papel en el mundo (“Ya echaron las cartas por mí”) y que apenas nos queda la posibilidad de adaptarnos al ritmo impuesto, porque de lo contrario estamos prácticamente condenados a la nada.
En tercer lugar toma la palabra el fotógrafo y poeta Edgar Reyes para hablarnos de bosques que se pegan a la piel, de locos sentados al borde del abismo y de gritos silenciosos que desgarran la garganta mientras permaneces en medio de la multitud. A continuación nos encontramos con Castro de Bethancourt o Bravo Quinn (“un robot de aspecto juvenil que se aleja de la civilización, cansado, con la idea de vagar simplemente y al que sus hacedores ya dan por perdido”), el cual nos sitúa desde una óptica alienada ante la gran pregunta: “Qué nos trajo presos a este mundo”. Los habitantes de la aldea lo consideran un dios, pero ignoran su oculto latido doloroso. Y cierran el ciclo los versos de Bárbara C., que provocaban curiosidad en los demás por su troquelación impetuosa (“Nos dábamos cuenta de cómo rompía la linealidad temporal en sus poemas, de cómo desfragmentaba sus poemas para ser varios o ninguno”).

Ésta es la carta de presentación editorial con la que Pablo Vizcaíno Guillén (Cartagena, 1991) se incorpora al mundo de la literatura, tras haber conseguido el I Premio de poesía convocado por la librería La Montaña Mágica, regentada por el exquisito Vicente Velasco. Sea bienvenido. Seguiremos leyendo sus versos.

sábado, 5 de agosto de 2017

Electra



Resulta curioso comprobar la manera en que los adelantos científicos pueden llegar a desbaratar los argumentos y las tensiones emocionales de algunas obras literarias. Si nadie se ha entretenido en elaborar un estudio sistemático sobre esa línea le animo a que se ponga: podría resultar muy ilustrativo. Por ejemplo, en el caso de Electra, la pieza dramática que Benito Pérez Galdós estrenó en 1901, con extremadas reacciones entre el público.
Nos encontramos con una protagonista joven, locuela y pizpireta (Electra), que vive acogida en casa de los García Yuste. Su madre fue una mujer de vida disipada que acabó sus horas en un convento; y de su padre no hay constancia fehaciente. El virtuoso matrimonio, de amplios poderes económicos y nobles intenciones, considera tarea primordial arroparla para que no siga el infecto camino de su progenitora, pero en ese afán interfieren también algunos amigos de la familia, como el agente de bolsa Leonardo Cuesta o el marqués de Ronda. Y, como elemento sentimental, la presencia de Máximo, un científico viudo de 35 años ante el que brillan los ojos de la muchacha… Pero don Salvador de Pantoja (quien se encarga de encarrilar y vigilar estrechamente a Electra) no ve con buenos ojos esta relación y desliza en los oídos de la joven la insidiosa información de que ella y Máximo comparten sin saberlo el mismo padre. Como es natural, se produce en el ánimo de la protagonista una violenta explosión, que la lleva a ingresar en el mismo convento donde murió su madre.
No desvelaré la continuación de la trama, ni sus exquisitos pormenores teatrales y psicológicos, ni el final que Benito Pérez Galdós dispuso para sus personajes, pero sí una consideración general: ¿cómo juzgamos hoy en día (cuando apenas un análisis de sangre permite confirmar o desmentir este tipo de afirmaciones) piezas como Electra? Una respuesta apresurada nos llevaría a desdeñarlas, por obsoletas. Pero de inmediato brota una rectificación: no, de ninguna manera. La finura exhaustiva con la que se disecciona el corazón de los protagonistas, la red oscura o purísima de sus intereses, el perfecto ritmo de su prosa, la crítica acerba pero justificada hacia los estamentos económicos y religiosos de su tiempo, hacen de este drama una obra imperecedera, airosa y firme, que ha quedado en los anales de nuestro teatro.

jueves, 3 de agosto de 2017

Historia del rey Arturo



El rey Arturo. La Tabla Redonda. Excalibur. La reina Ginebra y sus amores con Lanzarote. El castillo de Camelot. La misteriosa isla de Avalon. Morgana… Pocas historias han dado tanto de sí en el mundo de la literatura, del cine, del ensayo, del cómic, como el ciclo artúrico, formado por un conjunto de leyendas e historias de variada procedencia que se fueron compactando literariamente hacia el siglo XII.
El estudioso Carlos García Gual se aproxima a esta materia con afán divulgativo y compone Historia del rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda (Alianza Editorial), una obra escrita con enorme sabiduría y con enorme amenidad donde nos explica que existen indicios que permiten sospechar la existencia histórica de un guerrero que quizá sirvió como base para crear la figura mítica de Arturo. Era “un posible caudillo militar de finales del siglo V” sobre el que se superpusieron adherencias clásicas y religiosas, hasta que Geoffrey de Monmouth unificó y llenó de fantasía la historia.
Lentamente se va configurando la silueta de un monarca liberal, generoso, justo e idílico que, primus inter pares, se sienta a la Tabla Redonda con sus nobles y organiza a su alrededor un espacio novelesco de singular armonía.
En este proceso ocupa un papel preponderante Chrétien de Troyes, uno de los primeros novelistas europeos, muy interesado en la historia de Tristán e Isolda y que redacta sus textos en pareados octosílabos. Carlos García Gual lo elogia diciendo que “es mucho más que un buen narrador, es un poeta y un educador”. Él introduce en el ciclo artúrico el Grial, que no es en sus orígenes más que un plato ancho (“gradalis”). Robert de Boron desarrollará después la parte religiosa identificándolo con el cáliz usado por Jesús en la Última Cena. Y resulta evidente que “la senda que lleva al Santo Grial es un sendero de perfección ascética cuyo ritual es preciso y supone tanto una ascesis interior como la práctica de los sacramentos”.

Con una prosa sobria y con una documentación exhaustiva, García Gual nos va desgranando las diferentes versiones que se han popularizado sobre las historias artúricas, desde sus orígenes hasta la versión musical wagneriana o la revisión paródica de Mark Twain (Un yanqui de Connecticut en la corte del rey Arturo, 1889). Muy interesante.

martes, 1 de agosto de 2017

De princesas a esclavas



Todos vivimos en la ficticia convicción de que sabemos quiénes somos, hasta que un examen más concienzudo o más sincero desmorona nuestras certidumbres. Habitamos el mundo con los hombros, la frente y el pecho llenos de etiquetas ideológicas, sexuales, religiosas y humanas hasta que una luz llena de oscuridad los pasillos interiores y consigue que se tambaleen las creencias en las que nos arrellanábamos muellemente. La inscripción en el templo de Apolo era tan clara y tan sencilla que casi nunca ha sido tenida en cuenta: “Conócete a ti mismo”. Y todo lo que sirva para ayudarnos en ese conocimiento debería ser aplaudido.
La psicopedagoga Alfonsa García Armenteros nos propone en su ágil ensayo De princesas a esclavas (MurciaLibro) una serie de reflexiones sobre el machismo y el feminismo, que se extienden a todos los órdenes de nuestra vida (el espacio doméstico, la sexualidad, el mundo del trabajo, la educación de los hijos, las fiestas familiares, los viajes, la jerarquía de funciones). Pero no lo hace desde un enfoque agrio o virulento (posiciones que suelen enfangar estilísticamente la mayor parte de libros de esta temática), sino que adopta una posición ecléctica e integradora. “Mi pensamiento gira en torno al equilibrio”, escribe la autora, intuyendo que la firmeza y la verdad no tienen por qué defenderse siempre con el rictus tenso y los puños apretados.
Por el contrario, Alfonsa García elabora un análisis ponderado, sensato, realista e inteligente, donde nos vuelve a poner ante los ojos algo clarísimo: que la mujer se encarga de casi todo en la casa, que se ocupa de la intendencia y de la organización, que es quien carga sobre su espalda las mil tareas que sería mucho más justo repartir equitativamente, pero que después de estar todo el tiempo dándolo todo “llega un momento en que se cansa, se satura y necesita recibir”. Es tan evidente que produce bochorno tener que repetirlo. Pero la autora (y todas las mujeres y hombres inteligentes) saben que hay que seguir haciéndolo, porque la conversión educativa es lenta pero imprescindible.
En estas páginas, Alfonsa García no dice nada nuevo; y eso es lo terrible: nos habla (con amenidad, con solvencia y con sentido del humor) de cosas muy viejas, muy sabidas… pero que llevan siglos sin ser solucionadas o disminuidas. “A pesar de todo lo que ha evolucionado esta sociedad, en la que ya estamos pensando en colonizar Marte, la mujer no ha conseguido conquistar aún el espacio que le corresponde en la Tierra”.

Un libro de lectura imprescindible para quien desee escuchar opiniones sólidas sobre el arraigo psicológico de los roles, aprender a superar ese estadio evolutivo de la especie y mejorar nuestra vida común con al apoyo de todos.

domingo, 30 de julio de 2017

La acústica de los iglús



Si el secreto de la literatura se encontraba en el material léxico, en las palabras y en su elegancia o rareza, Luis de Góngora sería el escritor más importante de la Historia. Si ese secreto se encontrara en la floritura retorcida de la sintaxis o en su parquedad telegramática, ese trono estaría ocupado por Ramón Pérez de Ayala y Azorín. Pero la realidad, que se obstina en ser tan transparente como compleja, no ha otorgado a ninguno de los tres la corona de lo excelso. Por el contrario, ha situado en la cúspide a creadores mestizos, a artesanos febriles e intuitivos, a volcanes verbales que han sabido encontrar un misterioso equilibrio entre todos los vectores literarios y que los han conjugado con un don etéreo, inasible y mágico: la mirada. Yo acabo de descubrir a otra espléndida narradora que exhibe una mirada única: Almudena Sánchez.
Había escuchado y leído auténticas maravillas sobre La acústica de los iglús (Caballo de Troya), pero como buen discípulo de Dídimo soy de los que prefieren meter el dedo y comprobar las cosas por sí solos, así que he dejado que llegue el verano, que se serene el vendaval de elogios y que sus páginas llegasen a mí de un modo silencioso. Lo hicieron y, nada más abrir el volumen, me encontré en su tercera página con esta comparación: “Pálida como un azucarero roto”. Sonreí ante el hallazgo y continué. Dos páginas más tarde me encontré con esta metáfora: “El tiempo perdido […] era una manzana que yo iba mordiendo lentamente, hasta llegar el hueso”. Cerré el tomo con admiración, me preparé un café, cogí un cuaderno de notas y un bolígrafo, y me dispuse a pasar el día con las palabras y las frases de Almudena, pletóricas de un hermoso conceptismo lírico, evocadoras, nuevas.
Durante las siguientes horas corroboré que los buenos libros son aquellos que te invitan (incluso que te obligan) a participar en su viaje, y que ese viaje puede realizarse a bordo de diferentes vehículos: los zapatos que se utilizan para pasear por el zoo, la vieja furgoneta con la que se huye de las arenas movedizas, la nave espacial que nos permite alejarnos de un vacío para adentrarnos en otro, el barco donde viaja la actriz Luna Spring, los dedos que se mueven sobre las teclas de un piano o sobre el sexo de una adolescente… Viajes que la mallorquina Almudena Sánchez dibuja con acuarelas tenues hasta conseguir espacios narrativos donde las notaciones, las palabras, las miradas y la selección de secuencias cobran un sentido autónomo y edifican su poder irrebatible. Si aplicas la lógica convencional te quedas en la periferia, no accedes a su núcleo. Pero si aceptas la mano que la autora te tiende para subir y dejas que la barca se mueva en la corriente contigo a bordo, te sumarás a su juego delicado, intenso, y gozarás de una experiencia única.

Me apunto el nombre de Almudena Sánchez, como en su día me apunté los de Alessandro Baricco o Miguel Sánchez Robles. Creadores de atmósferas. Autores que queman, acarician, empujan y elevan. Miradas que consiguen el difícil éxito de que sus propuestas no sean otro ladrillo en el muro sino piedra angular. Así que sólo me queda suplicar una cosa a lectores y críticos: que nadie la presione, que nadie la desnorte, que nadie la atosigue. Dejadla que elabore en paz sus siguientes libros y que los entregue al público cuando ella lo considere oportuno. Ni un minuto antes. Se lo ha ganado.

viernes, 28 de julio de 2017

Sobre literatura y arte



Me acerco otra vez hasta el genial Fernando Pessoa, que me ha sorprendido con su tomo Sobre literatura y arte, traducido por Nicolás Extremera Tapia, Enrique Nogueras Valdivieso y Llüisa Trias i Folch (Alianza Editorial, Madrid, 1985). Buscaba encontrar alguna perla intelectual y me he topado con un aluvión de ellas, porque Pessoa irradiaba talento, brillantez, fulgor, energía. Adentrarse en su mente (bucear en las páginas de un autor es siempre viajar por su mente) equivale a emprender una aventura rica y fascinante, de la que saldremos otros.
Para resumir (si la crueldad de ese verbo es tolerable en una reseña) todas las ideas maravillosas que el escritor portugués desliza en el tomo aportaré varias de las frases que he subrayado con rotulador rojo en él. Creo que pueden servir como entremés para que los lectores, excitados, acudan luego a devorar todos los demás platos del menú.

“Lo que hace al público público, que es el ser colectivo, por esto mismo lo priva de la inteligencia, que es sólo individual”. “Tal vez contribuya a engrandecer el universo, porque quien al morir deja escrito un verso bello, deja más ricos los cielos y la tierra y más emotivamente misteriosa la razón de que haya estrellas y gentes”. “Debe haber, en el poema más pequeño de un poeta, algo en que se note que existió Homero”. “Dios es un concepto económico. Los curas de todas las religiones hacen a su sombra su burocracia metafísica”. “El elector no elige lo que quiere; elige entre esto y aquello que le dan, lo cual es distinto”. “El artista debe escribir, pintar, esculpir sin mirar otra cosa que lo que escribe, pinta o esculpe”. “Todo artista que da a su arte un fin extraartístico es un infame”. “La indiferencia ante la Patria, la Religión, las llamadas virtudes cívicas y los instrumentos mentales del instinto gregario no son útiles, sino absolutamente obligatorias para el Artista. Si esto es amoral, la culpa es de la Naturaleza que le ordenó crear belleza, y no predicar a nadie”. “Hay sólo tres artes: la metafísica (que es un arte), la literatura y la música”. “Intento con todas mis fuerzas no ser la misma cosa durante tres minutos seguidos, porque es mala higiene estética”. “Sustitúyete siempre a ti mismo. Tú no eres bastante para ti. Cógete siempre de improviso. Acontécete ante ti mismo”. “Pueblo conservador, pueblo muerto”. “¿Pues qué es el propio hombre sino un insecto necio y ciego zumbando contra una ventana cerrada?”. “El genio, el crimen y la locura provienen por igual de una anormalidad: representan, de maneras distintas, una inadaptación al medio”. “Todas las artes son una futilidad frente a la literatura”. “El hombre de genio es un intuitivo que se sirve de la inteligencia para expresar sus intuiciones”. “Sólo vence quien nunca alcanza”. “Todo arte que permanece está hecho para las aristocracias, para los escogidos, que es lo que permanece en la historia de las sociedades, porque el pueblo pasa y pasar es su oficio”. “Un dionisíaco, si lo es de verdad, quiere vivir o soñar, y no hacer arte (...) Todo artista es, pues, como tal, un exponente involuntario del ideal apolíneo”. “Todo hombre tiene muy poco que expresar y la suma de toda una vida de sentimiento y pensamiento puede encerrarse a veces por completo en un poema de ocho líneas”. “La variedad es la única excusa para la abundancia. Ningún hombre debería dejar veinte libros diferentes a menos que sepa escribir como veinte hombres diferentes”. “Es el hombre un animal incoherente”.

miércoles, 26 de julio de 2017

Luz de cobre



Una de las exigencias más viles que ha acometido siempre el Poder ha sido el de exhortar a las víctimas para que abandonen el ejercicio de la memoria. Que no recuerden las atrocidades padecidas, que no realicen la contabilidad de los oprobios, que no mantengan viva la llama del recuerdo. Porque eso, les dicen, constituye pecado de rencor. Si tu abuelo recibió desdenes, soportó humillaciones, experimentó hambre o descansa en una cuneta, sonríe a los victimarios y no les exijas explicaciones; si tu padre fue torturado o sufrió prisión injusta, atribúyelo al signo de los tiempos y sepulta el recuerdo con paletadas de amnesia. De lo contrario, incurrirás en el abominable defecto de la buena memoria.
Pedro Antonio Martínez Robles (Calasparra, 1959) acaba de novelar en Luz de cobre sobre la postguerra civil española situando a sus personajes en un tiempo aciago (1945-1952) y en un entorno rural perfectamente reconocible (el noroeste de la región de Murcia), donde los cereales, el río Argos, el frío invernal, las abacerías, el áspero vino pobre, las cabras ordeñadas, las hachas pineras y el silencio devienen trazos de un paisaje desgarrador. En él podemos observar cómo los vencedores de aquella sangría nacional que estalló en 1936 han perpetuado un modelo de servidumbres, explotación y revanchismo que tiene en la Casa del Comendador su mejor síntesis: un lugar donde se encarcela, se golpea, se veja y se asesina sin ninguna garantía jurídica. Allí retendrán abusivamente al padre de Marcos (el narrador de la historia) por un problema con la cosecha de trigo; allí se encuentra el padre del Pelao, gran amigo de Marcos; allí torturarán inicuamente a Sebastián Valero, al que se acusa sin pruebas de un crimen de sangre… Pero, sobre todo, en esta novela se nos habla de un tiempo de penurias, registrado en los ojos de los niños que lo padecieron: la caza de pájaros con cepo, la ingestión de cáscaras de naranjas para llenar el estómago, los pantalones viejos sujetos con un trozo de guita, la ausencia de luz eléctrica o de agua corriente en las casas.

A esta suma de virtudes hay que añadir, al menos, una más: haber creado las figuras del Pardico y de Camila Olivenza, que ya pertenecen, sin exageración, al grupo de personajes imborrables de la literatura murciana de todos los tiempos. ¿Se necesitan más incentivos para buscar este libro y leerlo? Muy recomendable.

lunes, 24 de julio de 2017

Los ángeles custodios



Hay escritores a los que he leído poco, otros a los que he frecuentado con más asiduidad y muy poquitos frente a los que desarrollé durante meses o años una lectura voraz, vertiginosa, irracional. En este grupo último destacan Lope de Vega, Neruda, Borges, Cortázar y Umbral. Hoy revisito uno de los libros de este último: Los ángeles custodios, que me sigue pareciendo un texto magnífico, soberbio y exquisito. Leer a Francisco Umbral fue y es como la droga o como el amor: embriaga, deslumbra, maravilla. Da igual que no respete apenas una línea argumental o que se repita temáticamente; da igual que fuera un malafollá en su vida privada o pública; da igual qué se escondiera realmente detrás de sus desplantes o sus miradas soberbias. Sigo quedándome con el Umbral estilista, con el Umbral proteico, con el Umbral borbotón y metáfora, con el Umbral letras y páginas. Bien por los escritores de raza.
“Armado por la vida hasta los dientes, he dejado un desorden de víctimas en mi biografía interior”. “Lo místico, que no es sino una nota a pie de página del erotismo”. “Toda la vida escribiendo sólo da para llenar un hueco de estantería, sólo mide metro y un cuarto de pared”. “Hay que pasarse para que le respeten a uno (...) El respeto es sólo la forma áulica del temor”. “No veo cómo se puede escribir una sola idea original si no es imitando al que llevamos dentro, imitándose a sí mismo. La literatura es imitación, pero sobre todo imitación de uno mismo”. “La mano es artesana, honrada, obrera, proletaria, trabajadora, incansable, siempre cansada”. “Sin nuestra fe niñoide en las medallas no habría medallas”. “Consisto en mis tópicos. El autotópico es la única verdad de uno. Eso que se llama un estilo literario, un estilo personal, no es sino la consagración de media docena de autotópicos mediante el tiempo, la insistencia y el estilo”. “Una mujer, un hombre, nada, nada se sabe”. “Nuestra corporeidad es la dote que aportamos a nuestra boda con la muerte”. “La eterna juventud hay que perseguirla hacia atrás, como Proust”. “Yo soy simplemente triste”. “El Estado, que vive de prohibir”. “El suicidio es el acto límite del despilfarro: el despilfarro de la propia vida”. “Esa inmensa orfandad que es la fama”. “Elitismo (esa forma elegante de resentimiento)”. “El cofre transparente de una piscina”. “Juventud es amanecer criatura distinta cada día”. “El apóstol prefiere hacer apostolado con un anticlerical a hacerlo con un indiferente. Contra la indiferencia fracasan —y a la larga mueren— todas las Iglesias”. “Sólo la escritura y el sexo detienen el tiempo”. “El castellano se hipertrofia genialmente como estilo en tres escritores: Quevedo, Valle, Ramón”. “El intelectual teme ser utilizado y el político teme los desviacionismos imaginativos del intelectual, del artista, del pensador, del creador, del escritor”. “No soy sino una máquina de recordarte”. “La noche saca de mí un hombre diferente cada día”. “Hay un muerto inquilino dentro de mí”. “La repugnancia vertiginosa y obscena del hombre público, que no supone sino la exhibición más pornográfica del yo”.

sábado, 22 de julio de 2017

Místicas



Cuando se tiene entre las manos un volumen de versos con el título de Místicas puede uno imaginarse parte del contenido que se ofrecerá ante sus ojos, pero no necesariamente la forma en que el vate abordará el traslado de las emociones hasta el lector. El mexicano Amado Nervo, autor de las páginas que me apresto a comentar, dice aquí sentirse confuso y dilacerado entre una vida que se le antoja larga e insufrible y una muerte que le atemoriza con su oscuridad misteriosa. Siente (nos repite una y otra vez) “la incurable tristeza” de su vida, a la vez que experimenta un comprensible horror ante la llegada del ocaso.
En ocasiones, nos habla de amores purísimos, que lo atraviesan y que dan sentido a su existencia. Otras veces, nos habla de su voluntad de recluirse, si fuera necesario, en un monasterio trapense, cavando en el huerto su propia tumba, con tanta humildad como resignación. Y otras, en fin, reconoce que no puede resistir la tentación que le plantan ante los ojos las carnes femeninas, con “las combas triunfales de sus amplias caderas” (en algún verso, esa fogosa sensualidad parece llenarse de picardía en los encabalgamientos. Así, resulta memorable el que nos dice: “¡Oh Señor Jesucristo, guíame por los rectos / derroteros del justo…!”. Si Nervo vislumbró la dualidad anal-religiosa de esa frase cortada me descubro ante él por su sentido del humor; si no atinó a darse cuenta aplaudo con sonrisa al dios de la casualidad). O sea, que el poeta se debate entre lo divino y lo “fieramente humano”, sin que llegue a situarse en ninguno de los dos platillos de la balanza de forma estable.
Entre todas las composiciones del breve volumen, quizá la más conocida es la que lleva por título “A Kempis”, donde el poeta hispanoamericano le explica al roñoso asceta que durante muchos años ha vivido apesadumbrado por sus líneas, donde explicaba que todo pasa, todo es triste, todo es caduco y todo digno de lágrimas.

El volumen, en fin, está redactado con la sonora vistosidad del lenguaje modernista, que tan mal ha envejecido en la mayor parte de los poetas (adjetivos deliberadamente pomposos, rimas esdrújulas, lises y quimeras por doquier, religiosidad más colorista y declamatoria que auténtica), aunque es justo reconocer que en Nervo mantiene algunos brillos dignos de memoria. Místicas empalaga en algunos tramos por el olor a cera de sacristía y por su dogmatismo (que llega a cotas de inesperada agresividad), pero aún se lee con felicidad.

jueves, 20 de julio de 2017

Las cartas boca abajo



Todos escondemos ignominias en algún rincón del alma o del calendario. Signos de que somos portadores de una mancha oscura que nos impide ser felices; o que, al menos, dificulta grandemente nuestra dicha. En el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, este tipo de personajes adquieren (y estoy pensando en obras como El tragaluz, sin ir más lejos) una dimensión especial, poderosa, turbia, casi cenagosa.
En Las cartas boca abajo volvemos a encontrarnos con algunos de estos tristes especímenes, que consiguen ponernos un nudo en la garganta gracias a la pericia analítica del escritor alcarreño: el matrimonio sin amor constituido por Adela y Juan; el silencio autista o perturbado de Anita (hermana de Adela, que vive con ellos); la presencia contumaz de Mauro, el típico hermano gorrón y fracasado, que se adhiere como una lapa al matrimonio para usar su teléfono, ver lavadas y planchadas sus camisas o dormir ocasionalmente en el sofá; el hijo que ansía alzar el vuelo con la ayuda de una beca, para alejarse del ambiente chato que lo rodea... Y, como telón de fondo, la presencia triunfadora de Carlos Ferrer, antiguo compañero de estudios de Juan y actual eminencia intelectual, que cortejó a Anita y Adela y que hoy constituye una atalaya que todos los personajes de la obra contemplan con envidia, rencor o frustración. Todos los vectores de la pieza comenzarán a generar una tensión creciente cuando el grisáceo Juan decida presentarse a una oposición en la universidad y el nombre de Ferrer se convierta en una especie de agujero negro, que atrae, seduce o destruye todo lo que se acerca a sus inmediaciones.

¿Que no se trata de una pieza capital en la trayectoria de Antonio Buero Vallejo? Sin duda. Pero tal afirmación no hay que entenderla como un denuesto, sino que nos coloca ante una verdad cristalina: una pieza “secundaria” del mejor dramaturgo español del siglo XX sigue siendo un trabajo excepcional. Y Las cartas boca abajo adquiere desde luego esa dimensión, porque nos enfrenta con nuestros secretos, con nuestras mezquindades, con nuestros pliegues de sombra, mediante un artificio dramático de enorme calidad.

miércoles, 19 de julio de 2017

Anochece en Irak



Sabemos lo que quieren que sepamos. Hay grupos, y personas, y organizaciones, y gobiernos que, desde las sombras, manipulan los conductos de la Historia desde hace siglos y nos entregan una versión distorsionada o amputada de la misma. Y no se trata de que nos hayamos convertido de pronto en unos locoides que creemos ver conspiraciones y misterios por todos sitios sino que, por fortuna, comenzamos a escudriñar la realidad con ojos lúcidos y somos capaces de descubrir dónde están las grietas, las zonas de sombra, los estercoleros. Al principio, confiábamos en que nos decían la verdad; luego sospechamos que quizá nos mentían; ahora sabemos que lo hacen. Del Paraíso a la Realidad se viaja por un sendero de fango.
El novelista alhameño Patrick Ericson nos sorprendió en febrero de este año con la publicación en español (salió antes en edición brasileña) de su obra Anochece en Irak, donde se trabaja sobre una hipótesis inquietante: ¿y si todo lo que nos ha asaltado en forma de horror en los últimos tiempos (el atentado contra las Torres Gemelas, la guerra de Irak, Ben Laden, la cacería contra Saddam Hussein, Siria) formasen parte de una campaña milimétricamente diseñada para alterar el equilibrio de poderes en el planeta y establecer un Nuevo Orden Mundial dirigido por los Estados Unidos? Esa posibilidad, bien lo sabemos, circula por Internet, en redes sociales y en la pluma de algunos investigadores especialmente incisivos o partidarios; pero Patrick Ericson la convierte en material novelístico de una forma contundente, uniendo varios elementos de innegable atractivo: un militar (Jack Parsons) que ha perdido a su esposa embarazada en el incidente del World Trade Center y que ahora busca venganza; un ambicioso periodista de la BBC (Rory Moore) al que ofrecen una exclusiva rompedora; la directora de un museo (Aisha), que posee el documento que incrimina al gobierno yanqui… Y, cubriéndolo todo, una telaraña de intereses, traiciones, alianzas, silencios y crímenes que cercarán y salpicarán a los protagonistas con angustiosa exactitud hasta llevarnos a uno de los personajes, “el hombre que asesinó a Osama Ben Laden” (p.384).

Por supuesto (es marca de la casa), Patrick Ericson introduce en esta novela una inaudita cantidad de documentación (armas, topografía, historia, inteligencia militar, vocabulario castrense) que queda siempre como sustrato de la fábula y que no entorpece el placer de su lectura. Una auténtica experiencia novelística para llenar nuestro verano de horrores y de reflexión.

lunes, 17 de julio de 2017

Teatro de sombras



He tenido la suerte (porque de suerte hay que hablar muchas veces en el mundo de los libros, sin que tal sustantivo comporte ninguna carga de desdén o burla) de encontrar un espléndido libro de microrrelatos. Se titula Teatro de sombras, su autor es el leonés Fermín López Costero y la editorial que ha tenido el buen gusto de lanzar la obra es Nazarí, de Granada.
Como suelo hacer en este tipo de volúmenes, leo con mucha lentitud y con mucha atención los cinco primeros textos y, si al concluir no me han trasladado una sensación contundente de brillantez, dejo el tomo y me dedico a menesteres más placenteros. Teatro de sombras supera la prueba con manifiesta holgura: un personaje que deambula por las tabernas nocturnas divulgando su estrafalario mensaje (“Dios”), un relato donde la muerte adquiere un protagonismo absoluto (“Los aparecidos”), un texto en el que asistimos a una persecución ingeniosísima (“Una historia de amor”), la reinvención de unas páginas de Perrault (“La cita”) y la enigmática crónica de un suceso misterioso (“Tarde de circo”).
A partir de ahí, me preparé un café, me arrellané en el sillón y dejé que Fermín López me desgranara todas sus propuestas: sus libros que pierden y recuperan hojas, sus maizales terroríficos, sus satánicas entrevistas de trabajo, sus muertos anómalos, sus maniquíes ruborosos, sus asesinatos atroces y preventivos, sus niños que vuelan, sus muñecas de plástico descuartizadas, sus piezas de ajedrez libidinosas o sus cremas alargadoras de pene… Esa fastuosa variedad temática permite que los lectores nos sintamos invadidos por continuas sorpresas, que se suman a la deliciosa envoltura estilística que les imprime el narrador de Cacabelos.

Un volumen memorable, sostenidamente atinado, que merecerá los aplausos incluso del público más exigente.

sábado, 15 de julio de 2017

Bouvard y Pécuchet



Hace treinta años (minuto arriba, minuto abajo) comencé a leer la obra Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert, traducido por Aurora Bernárdez (Barral Editores, Barcelona, 1973). Y, francamente, me aburrió. No fui capaz de pasar de la página 50. No sabía hacia dónde demonios iba aquella novela, si es que era una novela. La impresión general era de extrañeza “por el contenido”, aunque de agrado “por el continente”. Es decir: una historia más rara que la leche, contada de manera estupenda. Por impaciencias de la juventud, me la dejé.
Ahora la retomo y descubro algo más, mucho más, en ella. Es la historia de dos hombres que se enzarzan en un proyecto estúpido y justificador, que los libere de la mediocridad y otorgue luz a sus vidas declinantes. Y es curioso ver cómo en todas las ramificaciones de su curiosidad (química, botánica, geología, arte, historia, literatura, política, gimnasia, hipnotismo, teología, filosofía, etc.) buscan siempre una certeza (que nunca hallan) a la que asirse, un saber inconmovible y tranquilizador. Eso es todo. Tan brutal como luminosamente metafórico.
Si tuviera que definir este libro con una sola frase, diría que es la mayor enciclopedia del escepticismo que me ha sido dado leer en toda mi vida. Una suma notable de fracasos, de amarguras y de decepciones, que no sabemos cómo habría terminado (la obra está inconclusa). Misterios del arte. Lo importante es que, con canas en la barba, me reconcilio con estas páginas de Flaubert y aplaudo con fervor.

Copio algunas de las frases que subrayé entonces o ahora en las páginas del libro: “Al tener más ideas, sufrieron más”. “Como todos los artistas, sintieron la necesidad de ser aplaudidos”. “El arte, en ciertas ocasiones, conmueve a los espíritus mediocres, y sus intérpretes más torpes pueden revelar verdaderos mundos”. “Café, licor indispensable para el cerebro”. “La opinión de la gente de gusto es engañosa, y el juicio de la multitud, incomprensible”. “El sufragio universal, perteneciendo a todo el mundo, no puede ser inteligente. Un ambicioso lo dirigirá siempre; los demás obedecerán como un rebaño”. “La multitud sigue invariablemente la rutina. La minoría, por el contrario, es la que aporta el progreso”. “En el espíritu de los dos se desarrolló una facultad lamentable: la de ver la necedad y no tolerarla”.

jueves, 13 de julio de 2017

La acabadora



Estamos, siempre, rodeados de misterios, de zonas oscuras, de oquedades. Las podemos ignorar (es estrategia tan frecuente como útil) o podemos fingir que, conociéndolas, las desdeñamos o que somos capaces de seguir caminando con ellas alrededor. Para vivir sin más lágrimas de las inevitables, nada mejor que ser un poco miope o un poco amnésico.
Maria es una niña italiana que ha nacido en una familia pobre e inescrupulosa. Es la cuarta hija de Anna Teresa Listru, la cual, ante la oferta que le realiza la tía Bonaria, una modista con buena situación económica, se la cede como “hija de alma”. Es decir, que la niña vivirá en un nuevo hogar, con una nueva madre, sin que tal cesión se vea regulada por un contrato jurídico convencional. Tras unas semanas de adaptación, Maria encaja perfectamente con su nueva progenitora, que la trata con respeto y que insiste en que acuda a la escuela para continuar su formación, aspecto que su madre biológica descuidaba por considerarlo algo innecesario para una cría sin más destino que casarse y formar un hogar. Por primera vez en su vida, Maria siente que no es invisible o que no estorba, lo cual la hace sentirse bien. No ha perdido el vínculo con su familia carnal (acude a ayudar en momentos especiales, relacionados con las labores del campo o con las festividades), pero lo ha ampliado su horizonte de vida.
No obstante, una serie de acontecimientos (algunas salidas nocturnas de la anciana, los rumores que llegan hasta su oído, la inesperada muerte de Nicola Bastíu) la ponen sobre alerta. ¿Qué esconde, en realidad, la tía Bonaria? ¿Qué recodos de sombra descubriría en ella si hurgase un poco? Cuando por fin se decide a dar el paso de preguntarle y de corroborar sus sospechas, Maria descubrirá que no siempre es agradable descubrir la zona oscura de quienes nos rodean.

Esta novela es la primera que publicó Michela Murgia (Cerdeña, 1972) y que traduce Teresa Clavel Lledó para la editorial Salamandra. Un relato interesante, denso, magníficamente contado, y donde los pequeños saltos temporales nos van conduciendo hasta su terrible y bellísimo final.

miércoles, 12 de julio de 2017

Me llamo Francisco Salzillo...



Escribió una vez Francisco Umbral que la metáfora acaece en ese momento mágico en que una cosa quiere ser otra y empieza a serlo. Y quizá ocurra una mutación similar en toda buena biografía: el autor comienza, entusiasmado, a contarnos la vida de alguien y, gradualmente o de súbito, experimenta una inaudita metamorfosis que lo lleva a transformarse en él, interiorizar sus ideas y pensamientos, sentir sus gozos y padecer sus zozobras. Pierre Menard, personaje de Borges, quiso ser Cervantes mediante un artificio simétrico, y acaso lo fue.
Santiago Delgado acaba de publicar una excelente biografía novelada sobre el imaginero Francisco Salzillo y se ha ceñido a ese complicado pero fértil patrón, siguiendo tres pasos meticulosamente conectados: el primero, documentarse de un modo abrumador para la ambientación de la trama (una documentación que no sólo abarca la cronología del personaje, sino sus aledaños inmediatos: los usos gastronómicos de su tiempo, la topografía exhaustiva de su ciudad, los hábitos indumentarios, las ideas políticas emergentes, etc); el segundo, sumergirse en la mente del artista para que las palabras y juicios que emanan de su boca resulten creíbles; y el tercero, no menos importante que los dos anteriores, forjar con todos esos materiales un documento estético, en el que la belleza expresiva, la delicadeza de las secuencias y el buen gusto de los diálogos destierren todo conato de aridez que pudiera imaginarse.
El resultado es Me llamo Francisco Salzillo…, un volumen editado con la colaboración de la Fundación CajaMurcia y con una sobria ilustración de portada firmada por Pedro Serna, donde nos muestra en carne viva, en palabra viva, en colores vivos, la trayectoria humana y artística de aquel genio impregnado de bueneza que, en la imaginación de sus coetáneos, se hallaba cerca de la santidad. Para lograrlo, Santiago Delgado construye con voluntad de orfebre una obra proteica que incorpora, además de la pura narración novelística, una larga secuencia escénica (“una obra de teatro doméstico” que ocupa las páginas 87-106) y unos aires líricos (“un pequeño libro poético” que se extiende entre las páginas 255 y 285). Un volumen con aroma a cantueso y que culmina con unos párrafos bellísimos, dignos de figurar en cualquier antología del género.

Lo he escrito más de una vez y no vacilo en repetirme: la cultura murciana le debe mucho, muchísimo, a Santiago Delgado, hombre de amplia generosidad y de amplios saberes. Ojalá estas páginas dedicadas a Salzillo sirvan para que los murcianos conozcamos mucho mejor a ambos artistas: el imaginero y el narrador.

lunes, 10 de julio de 2017

La vida es lo que llueve



La microficción constituye un ámbito en el que, siguiendo a Gracián, “más obran quintaesencias que fárragos”. Es decir, que todo debe quedar dicho por destilación y con brillantez. O, por decirlo de un modo más afilado: que el famoso KO con el que propugnaba Julio Cortázar que todo relato debía vencer a su lector ha de producirse en el primer round. Pura mena, pura cal, puro grano.
La cacereña Pilar Galán es la autora del volumen La vida es lo que llueve, una recopilación de viñetas narrativas altamente recomendables que publica De la luna libros y donde encontramos por doquier demostraciones fehacientes del talento literario en estado puro: viñetas de humor inspiradas en las redes sociales y sus inconvenientes y curiosidades (“Twitter Tuus”); venganzas terribles cuya memoria espectral enturbia los otoños de la narradora (“Tardes de noviembre”); reflexiones sobre el matrimonio agrio que forman a veces el éxito y el fracaso, siameses inseparables (“Filling Gaps”); historias en las que una ruptura sentimental puede resumirse a través de los carteles publicitarios que adornan las marquesinas (“Anuncios”); secuencias mitológicas de delicada factura (“Manga ranglan”); relatos serenos, esmerilados, contundentes, en los que la muerte se erige en protagonista derrotada (“Nadar sabe mi llama el agua fría”) o una de las cartas más tiernas, dulces y emotivas que recuerdo haber leído en mucho tiempo (“Querido Emiliano”).
Con un dominio amplio y versátil de los recursos arquitectónicos, Pilar Galán va dibujando sus territorios narrativos, que se convierten en esferas (bruñidas, brillantes, maravillosas) ante los ojos asombrados y admirativos de sus lectores. No hay en estos relatos ningún tipo de imperfección o rasguño. Todo brilla, incluso cuando se adentra en zonas especialmente delicadas, como el humor. La muestra la tenemos en composiciones como “Huraño enriquecido”, donde nos recopila barbaridades de sus alumnos con voluntad indulgente o melancólica; o en “Yo la conocí en un taxi”, donde el amor, el desamparo y la interculturalidad se unen en un texto antológico.

En resumen, un libro al que conviene aproximarse y cuyas virtudes no quedan agotadas en una primera lectura. Espléndido.

sábado, 8 de julio de 2017

Adolfo



El amor, como todas las pulsiones vigorosas y trascendentes de la vida, provoca en los seres humanos reacciones muy peculiares. En ocasiones, nos galvaniza y nos llena de luz, extrayendo lo mejor de nosotros mismos en forma de entrega, generosidad o sacrificio; en otras, nos convierte en severos dictadores o en neuróticos vigilantes. En suma, unas veces hace de nosotros unos dulcísimos ángeles y otras nos convierte en retorcidos demonios.
Adolfo es un joven de buena familia, con un espléndido futuro y todas las condiciones necesarias para triunfar en el campo que elija (política, sociedad, arte). Pero el amor —o la obsesión— llegará a su vida en forma de mujer: la bella cortesana polaca Ellénore, que es amante de otro hombre. Al principio, ella se muestra renuente ante su cortejo amoroso, pero Adolfo incurre en estrategias tan poco caballerosas como la insistencia diaria o la amenaza de suicidio y la mujer termina por concederle, al menos, la cercanía de su amistad. De ahí al amor, un paso, que ambos transitan con rapidez, pese a que los amigos y el propio padre del protagonista tratan de disuadirle acerca de la conveniencia de esa acción. Adolfo, heroicamente empecinado, se obstinará en permanecer junto a Ellénore hasta el final de sus días (“¡Desgraciado del hombre que al iniciar una relación amorosa no cree que será eterna!”, p.45), pero pronto empieza a flaquear cuando ella se vuelva posesiva, neurótica, controladora. ¿Acaso se ha precipitado en su decisión? ¿Acaso debería terminar con ella y volver a su vida anterior, mucho más juiciosa y prometedora desde el punto de vista social? Adolfo siente que lo asaltan sudores fríos (“Hay cosas que tardamos mucho en decirnos, pero, una vez dichas, no cesamos ya nunca de repetirlas”, p.54), mas cuando se presenta la oportunidad de poner fin a su relación él mismo da marcha atrás y renueve ante Ellénore sus votos de fidelidad y entrega. Tiene bastante claro que “ya no estaba enamorado” (p.93), pero algo en su corazón se rebela contra la idea de abandonarla.

Benjamin Constant nos propone, en esta novela que traduce Gabriel Oliver para el sello Planeta, una reflexión muy interesante sobre el espíritu humano y sobre los meandros misteriosos de nuestro espíritu, que a veces ni siquiera nosotros mismos somos capaces de entender.

jueves, 6 de julio de 2017

Cuatro historias increíbles



¿Quién dijo que la investigación es aburrida? ¿Quién dijo que meterse en el cosmos polvoriento de los archivos y las hemerotecas incorpora una buena dosis de tedio, tanto para el investigador como para sus lectores? El periodista Pedro Soler acaba de editar con el sello La Fea Burguesía el volumen Cuatro historias increíbles, donde demuestra lo absurdo de esos prejuicios. Allí, condensadas magistralmente, nos encontramos con un póker de historias de los siglos XVIII y XIX en las que bandolerismo, milagros religiosos y crímenes se unen en doscientas páginas memorables, para solaz de curiosos.
En la primera nos topamos con las peripecias, desafueros y atrocidades del legendario Jaime Alfonso El Barbudo quien, desde su cuartel de la sierra de la Pila (“sin salir casi nunca de las jurisdicciones de Abarán, Abanilla, Blanca y Fortuna”, p.37) aterrorizó con sus robos, provocaciones y asesinatos una amplia zona comprendida entre Murcia y Alicante, hasta que en julio de 1824 fue ahorcado y descuartizado como escarmiento público por sus desmanes.
En la segunda nos remontamos hasta mediados del siglo XVIII, en Mula, donde las tinajas vacías de un convento se vieron, de pronto, llenas de un aceite suave y delicioso, que arregló los estómagos de las religiosas de digestión difícil y que, incluso, provocó que una de ellas, incomodada por accesos de tos, no los volviera a tener (p.117).
En la tercera, sor Teresa de la Santísima Trinidad es la protagonista de una serie de vistosas apariciones y locuciones, muy respetuosas siempre con la ortodoxia y la iconografía al uso.
Y en la cuarta, quizá la más novelesca de todas por su trazado y resolución, se nos refiere el caso de Josefa Gómez, una adúltera que envenenó el café de su marido con estricnina en complicidad con su amante y que murió mediante garrote vil. La crónica de esa ejecución, que se extiende de la página 197 a la 203, sigue poniendo los pelos de punta, por obra y gracia del abaranero Pedro Soler, dueño de una pluma tan meticulosa como eficaz.

La Fea Burguesía continúa engrosando un catálogo admirable y que promete convertirse en poco tiempo en una referencia regional y nacional.