miércoles, 18 de octubre de 2017

Nazarín



Hermosa, muy hermosa novela ésta de Benito Pérez Galdós titulada Nazarín (Alianza Editorial, Madrid, 1986). Y muchas son las cosas que de ella quisiera anotar. La primera, sus inequívocas conexiones con la historia de don Quijote. Sirvan como ejemplo tres frases (“Huía, sí, de un mundo y de una vida que no cuadraban a su espíritu”, p.70; “Érale forzoso partir para dar cumplimiento a su peregrina y santa idea”, p.90; “No por santo le han de soltar, sino por loco; que ahora priva mucho la razón de la sinrazón”, p.201) y el planteamiento general de su proyecto: salir al mundo llevando a cuestas su ideal, aunque los otros lo juzguen perturbado o anacrónico. También es muy clara la filiación cristiana de la obra, con “calcos” de la vida de Jesús (la escena del prendimiento es idéntica a la de Cristo, incluso con la “espada” de Ándara por medio). Lo que ocurre es que don Nazario no es, pese a las apariencias (a veces, plastosillas), un santo; y Benito Pérez Galdós se preocupa de hacerlo pecar de soberbia, al insultar a Ándara, juzgándola sin tener por qué hacerlo (“corrompida” y “tú no eres buena”, le dice en la página 74, por ejemplo), y haciéndole que falte a la caridad (cuando se ríe del enano Ujo, en la página 147).
Es una novela sólida, llena de reflexiones, madura y atractiva. Creo que, aun habiendo leído ya bastantes obras de Galdós, lo leeré mucho más en el futuro, sobre todo para descubrirle lindezas estilísticas como las que consigue cuando habla de los “labios hemorroidales” de una mujer, o de las “dos alpargatas por orejas” que tiene un hombre. Grandioso el canario.

“Madrid, la ciudad (o villa) del sarcasmo y las mentiras maleantes”. “Llegará día en que sea tanto, tanto lo almacenado en las bibliotecas, que no habrá posibilidad material de guardarlo y sostenerlo”. “No tener ningún vicio, ninguno, lo que se dice ninguno, vicio también es”. “La soledad es una gran maestra para el alma”.

lunes, 16 de octubre de 2017

La relatividad del error



Me leo un libro de Isaac Asimov que se titula La relatividad del error (RBA Editores, Barcelona, 1994). Admito que algunas de las cosas que este científico explica no consigo entenderlas, porque mi preparación en estos terrenos del saber es más bien escasa. Pero como tengo curiosidad por acercarme a todo (bueno, tampoco me pasaré de pedante: a muchas cosas), creo que seguiré en esta línea de trabajo. De la parte “científica”, diré que me han llamado la atención varias cosas: la demostración de que la luna no tiene nada que ver en el ciclo menstrual de las mujeres (yo creía que sí, por informes leídos en revistas de divulgación); tener noticia de que el primer “marcador radiactivo” se utilizó por parte del químico húngaro Hevesy para descubrir si su patrona usaba restos de comida de unos días para servírselos en otros; que la velocidad de la luz no es (como me enseñaron en el instituto) un máximo insuperable; etc.
Pero me han llamado más la atención todavía las petulancias (no diré que estén injustificadas, pero sí que resultan chocantes) de Asimov. En general, éstas se desprenden de todas las “introducciones” que realiza para los distintos capítulos del libro; pero en ocasiones, hay frases sorprendentes por su soberbia. Así, tras proponer algunos vocablos científicos nuevos (en la página 138), afirma que ojalá los demás astrónomos adoptaran dichos términos, por ser una “propuesta eminentemente inteligente”. Otras veces, la jactancia se disfraza de humor... pero sigue siendo jactancia, indudablemente: “Ni siquiera un tonto lo es hasta el punto de que quiera renunciar a uno de mis libros cuando lo tiene en sus manos” (página 34). Supongo que son ínfulas que harían sonreír formuladas por otros, pero que se pueden perdonar a alguien como Isaac Asimov.

“Cuanto más sé, más plena es mi vida y mejor aprecio mi propia existencia”. “En mi opinión las mujeres han sido creadas para que las besen”. “La seudociencia de la astrología, que todavía impresiona a personas poco cultas (es decir, a la mayoría de la humanidad)”.

sábado, 14 de octubre de 2017

Miguel Hernández: en las lunas del perito



Catulo, el bravo poeta italiano, lo dijo imperecederamente en una de sus páginas: “Difficile est longum subito deponere amorem”. En efecto: es casi imposible abandonar de pronto un largo amor. Y como “amor” conviene definir, porque el sustantivo resulta exacto, el vínculo que el catedrático Francisco Javier Díez de Revenga ha establecido desde siempre con la figura y la obra del escritor oriolano Miguel Hernández, sobre quien ha compuesto y dictado lecciones imborrables.
De ese fervor se nutre el volumen Miguel Hernández: en las lunas del perito, que acaba de ver la luz en la Fundación oriolana que lleva el nombre del poeta. Allí, reunidos en feliz orden, encontramos un buen número de detalles sobre el “genial epígono” del 27 (Dámaso Alonso dixit), sobre “el sorprendente muchacho de Orihuela” (habla ahora Juan Ramón Jiménez) o, si nos ceñimos al fulgor de la poesía, sobre el autor de las “Nanas de la cebolla”, la “Elegía a Ramón Sijé” o los versos incandescentes de El rayo que no cesa.
Con el acostumbrado rigor que preside sus trabajos, el catedrático murciano se acerca a la historia de cómo Perito en lunas se fue conformando (con octavas descartadas, con rectificaciones textuales) y vio la luz en la colección Sudeste (se reproduce incluso el contrato de edición en la página 27); nos aproxima hasta los dialectalismos que aparecen en los versos juveniles de Hernández; nos sintetiza jugosas anécdotas sobre la amistad que lo unió a grandes periodistas murcianos, como José Ballester o Raimundo de los Reyes; nos informa sobre las colaboraciones de Miguel con la Universidad Popular de Cartagena; nos explica las vinculaciones literarias y amistosas que lo unieron a los componentes del 27; nos aporta explicaciones acerca de las deudas que la poesía de Hernández tiene con Góngora y Quevedo, con Lope y con Calderón de la Barca, con Rubén Darío… pero también con el fresco y sencillo venero de la poesía popular, que humedeció sus raíces líricas de principio a fin; nos habla de sus conexiones con el artista murciano Ramón Gaya (ambos nacieron en octubre de 1910, con veinte días de diferencia); o nos transcribe unos versos donde el malogrado poeta de Orihuela llega a sugerir y anhelar “nada menos que el trasvase del Tajo y del Ebro a las huertas de Levante” (p.298).
¿Un libro para profesores? Qué duda cabe. ¿Un libro para especialistas y críticos literarios? Por supuesto que sí. Pero, sobre todo y ante todo, un libro para lectores enamorados de Miguel Hernández, para quienes se hayan sentido conmovidos hasta las lágrimas con sus versos. Porque, por encima de su erudición y de su vasta sabiduría, eso es Francisco Javier Díez de Revenga: un lector de Hernández que nos ayuda a entender mejor muchas de sus composiciones.

jueves, 12 de octubre de 2017

Máximas, pensamientos...



Anoto hoy la lectura de las Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, de Chamfort, en la traducción de Antonio Martínez Sarrión (Península, Barcelona, 1999). Había leído en muchas ocasiones juicios sobre este autor francés, y hasta algunos de sus aforismos, pero no había entrado ampliamente en su obra. Lo hago ahora, y no me defrauda: tiene destellos de auténtica genialidad. Lo malo de este tipo de libros, para mí, es que adolecen de dos circunstancias enojosas; la primera, que me privan del soberano placer de descubrir por mí mismo las frases más bellas o memorables de una novela, de una obra teatral o de un poemario, aislándolas de su entorno, quizá más grisáceo; y la segunda, que pueden llegar a acumular tanta sabiduría y tanto tino expresivo… que lleguen a fatigar por acumulación. Pero en fin. Ya puedo decir que he leído, profunda y seriamente, a Chamfort.

“Temo morir sin haber vivido”. “Los éxitos hacen perder el tiempo”. “Un hombre honesto debe obtener la estima pública sin haberlo previsto y, por así decirlo, a pesar suyo. Quien se dedica a buscarla, revela su estatura”. “La pérdida de las ilusiones supone la muerte del alma”. “Se echa en falta la pereza de un malvado y el silencio de un tonto”. “La razón es un mal necesario”. “La ambición prende en las almas pequeñas con mayor facilidad que en las grandes”. “De todas las jornadas, la más desaprovechada es aquella en que no hemos reído”. “Existen dos cosas a las cuales hay que hacerse, so pena de encontrar la vida insoportable: las injurias del tiempo y las injusticias de los hombres”. “Es más fácil legalizar ciertas cosas que legitimarlas”. “La falsa modestia es la más decente de todas las mentiras”. “Cuando en el mundo se desea agradar, hay que resignarse a dejarse enseñar muchas cosas, que se saben, por personas que las ignoran”. “Goza y haz gozar, sin dañarte a ti o a los demás; a esto se reduce, creo yo, toda la moral”. “La mayor parte de los libros del presente tienen el aire de haber sido escritos en un día, con los libros leídos la víspera”. “Lo que comporta el éxito de buena cantidad de obras es la relación que se establece entre la mediocridad de las ideas del autor y la mediocridad de las ideas del público”. “Los éxitos producen éxitos, como el dinero, dinero”. “Los pobres son los negros de Europa”. “Se gobierna a los hombres con la cabeza. No se juega al ajedrez con buen corazón”. “El hombre desembarca novicio en cada edad de la vida”.

martes, 10 de octubre de 2017

Vida de los doce césares



Otra voluntad de lectura cumplida. Hace ya unos dos meses (más o menos) que había propuesto releer la Vida de los doce césares, de Suetonio. Y ahora lo hago en la traducción de Vicente López Soto (Juventud, Barcelona, 1990). 
Me han aburrido, de nuevo, las cabalgatas de nombres y cargos de la época romana, que nada me enseñan. Me han aburrido las truculencias reiteradas que acometían estos energúmenos para alzarse con el poder (aunque me han demostrado la podredumbre eterna del ser humano, que sólo cambia de modos, pero no en su esencia). Y, en cambio, he disfrutado como un cosaco con los detalles menudos, con el anecdotario imperial. Eso es lo que perdurará en mi memoria. Anoto, pues, estas cosas. 
Julio César sufría ataques epilépticos; se hacía depilar; se peinaba hacia adelante para disimular su más que avanzada calvicie; y murió de 23 puñaladas. Augusto gozaba desvirgando doncellas (y su propia esposa se las proporcionaba); usaba zapatos con alzas para simular más estatura de la que tenía; tuvo cálculos renales; y tenía faltas de ortografía. Tiberio presenciaba “numeritos eróticos” para excitarse, e incluso frecuentaba a los niños; y le aterrorizaban los truenos. Calígula mantuvo con todas sus hermanas relaciones incestuosas; pensó en destruir todas las obras de Homero, Virgilio y Tito Livio; padeció fuertes ataques de insomnio; y no sabía nadar. Claudio era llamado “aborto” por su madre; su hijo Druso murió en un juego: lanzó una pera al aire y, al recibirla con la boca abierta, se ahogó; le goteaba la nariz y tartamudeaba. Nerón cantó por primera vez en Nápoles, y se produjo un pequeño terremoto; era bisexual y muy promiscuo; jamás se puso dos veces el mismo vestido. Galba tenía deformados los pies y las manos por la gota. Otón usaba peluca. Vitelio era tan hambrón que comía “tres veces al día” (perplejidad de Suetonio); y no tenía problemas porque vomitaba con gran facilidad. Vespasiano, para mantener la salud, se ponía a dieta un día al mes. Tito dijo al morir que sólo se arrepentía de un acto en su vida (y no dijo cuál). Y Domiciano se acostumbró a torturar quemando los testículos. 
En fin. Lecciones asombrosas de la Historia, que siempre es interesante conocer.

domingo, 8 de octubre de 2017

La vida es sueño



Miguel de Unamuno le dedicó hace décadas a Pedro Calderón de la Barca algunos denuestos tan marmóreos (inflador de gaita, gongorino echado a perder, etc) que sólo existe una forma serena de desmentirlos intelectualmente: leer piezas como La vida es sueño. Porque sí, es cierto que su expresión a veces peca de complicada y que su contenido filosófico roza lo abstruso; pero no es menos verdad que el dramaturgo madrileño compensa esas dificultades (más aparatosas que insalvables) con una dicción prodigiosa, una música exquisita del verso y unas figuras literarias que llenan de luz sus páginas de principio a fin.
El argumento de la obra es tan conocido que se puede reducir a unas pocas líneas: el rey Basilio de Polonia, después de haber tenido un heredero (Segismundo) y haber sido informado sobre las futuras monstruosidades que éste cometerá, lo recluye durante años en una mazmorra, sin que le sea revelada su condición de príncipe. Años después y convertido en un mozo educado por Clotaldo, el rey decide someterlo a una prueba: lo adormecen con opio y beleño y es conducido a la corte, donde se le hace saber que es el legítimo heredero de la corona. Su reacción es de lo más inesperada: embriagado por la adquisición de este súbito poder, se muestra altanero con los demás nobles, desdeñoso con sus sirvientes (arroja a uno por el balcón cuando le hace observaciones muy juiciosas, pero que a él se le antojan inadmisibles: “Nada me parece justo / en siendo contra mi gusto”) y soez y libidinoso con Estrella, su prima. Horrorizado por esos desmanes, Basilio ordena que vuelvan a sedarlo y que lo depositen otra vez en su celda, donde Segismundo despierta confuso y triste: ha llegado a la conclusión de que la vida es un sueño, y que él ha soñado todo lo anterior.

El resto (es decir, la manera en que Calderón resuelve la trama) es mucho más banal, porque se construye con tópicos sensibleros y conservadores bastante previsibles. Pero el núcleo de la confusión y los juegos que propone o sugiere son tan brillantes, están tan impregnados de posibilidades (psicológicas, líricas, etc), que no se puede sino ponerse en pie y seguir considerando a Calderón uno de los autores imprescindibles de nuestro teatro.

viernes, 6 de octubre de 2017

La historia comienza



El escritor Amos Oz dispone de una trayectoria tan sólida y tan premiada que se ha erigido en uno de los iconos de la literatura actual: Caballero de la Legión de Honor (1997), premio Israel (1998), premio internacional Cataluña (2004), premio Goethe (2005), premio Príncipe de Asturias (2007), premio Franz Kafka (2013) y varias veces candidato para obtener el premio Nobel son algunas de las distinciones que ha merecido su obra.
Aún no había incorporado a este Librario ninguna obra suya, pero ha bastado que mi hermano Armando me regalase hace unas semanas el volumen La historia comienza (unos ensayos literarios que, traducidos por María Condor, publica Siruela) para que me animara de inmediato a hacerlo.
La idea que subyace en estos diez trabajos es tan sencilla como curiosa: Amos Oz entiende que los autores establecen en los primeros párrafos de sus obras un “contrato inicial” (así lo llama) con los lectores, facilitándoles pistas sobre el tono, la intención e incluso el rumbo que el texto tomará a partir de ahí. Del lenguaje, la perspectiva y el ritmo de esas secuencias iniciales podrá deducirse o intuirse lo que vendrá a continuación. Para ilustrar la tesis se acerca hasta las páginas de Franz Kafka, Gabriel García Márquez, Anton Chéjov y otros excelentes prosistas, que va diseccionando casi palabra a palabra, con finura de cirujano.
Un libro muy útil, también, por su prólogo y su epílogo, que contienen todo un ideario creativo y una declaración de intenciones literarias.

Muy recomendable para lectores inteligentes y para escritores que empiezan en el laborioso mundo de la creación.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Hot dogs



Sobrevivir al divorcio de unos padres no es tarea fácil, porque implica tener que buscar un nuevo orden interno. Pero cuando el progenitor termina rehaciendo su vida con una mujer inadecuada, caprichosa y superficial (la latina Blanca Estela) la situación bordea peligrosamente los límites de la catástrofe. 
Es lo que le ocurre a Elia en esta novela de temática juvenil que Care Santos publicó en el año 2003. Para ayudar a su equilibrio cuenta con su amiga Berta, con el amor algo cansino que le profesa Jan (un chico que tiene más entusiasmo que posibilidades), con la con la buena relación que sigue manteniendo con su madre (una pintora de éxito internacional), con la entrañable amistad que la va uniendo cada vez con más fuerza a la anciana señora Magakian y con su nueva tarea profesional, de la que obtiene algún dinero durante las vacaciones: pasear perros ajenos… Un día lee en una revista gratuita un extraño anuncio (“Hoy hay hot dogs fríos”) y comienzan a acumularse los problemas a su alrededor, porque se da cuenta de que tal frase en apariencia absurda es utilizada por los organizadores de peleas clandestinas de canes para convocar a los apostadores. Y estos problemas se agudizan cuando un perro muy querido para ella es robado de su casa. Por lo que puede comprobar, los responsables de organizar las peleas no se andan con chiquitas, y eso le provoca una serie de dudas bastante angustiosas. ¿Debe avisar a la policía para que intervengan? ¿Debe buscar alguna solución por sí misma? 
Equilibrando en todo momento los instantes de tensión, las reflexiones adolescentes y los quiebros argumentales, Care Santos vuelve a construir una elegante propuesta narrativa, en la que se pueden sentir perfectamente retratados muchos jóvenes y donde el amor a los animales, el sentido de la amistad y el desdén por las apariencias se unen a un argumento donde varias ramas adventicias (el fallecimiento de Calixto Magakian, las discutibles amistades del hermano de Elia, la curiosa relación que une a Jan y Berta cuando son presentados, etc) enriquecen y llenan de color las páginas del libro.

lunes, 2 de octubre de 2017

Nuestra casa en el árbol



Dejaré que sea Francisco Umbral (Mortal y rosa) quien lo diga: “Vives otras casas, las amueblas, las habitas, y algo te dice que no son tu casa. Entras y sales en ellas. Pero un día encuentras la casa, tu casa, la que te esperaba, ésa que teje en seguida en torno de ti su silencio, sus sombras, su polvo, su tiempo, y de la que ya no vas a salir nunca, a la que volverás siempre”. Lea Vélez nos plantea en este libro una variante creativa para esa búsqueda metafísica y feliz, que adorna y enriquece nuestra vida: construir dicha casa para sus hijos… 
La protagonista de la narración se llama Ana y es una joven viuda cuyos tres inteligentes hijos (Michael, Richard y María) no encuentran su sitio dentro del sistema educativo convencional, que constriñe su fantasía y se muestra incapacitado para adaptarse a sus necesidades. Así que adopta una decisión compleja pero necesaria: irse con ellos a Hamble-le-Rice, en el condado de Hampshire, donde se ubica un pequeño hostal que ha recibido como herencia. Se inicia así una aventura apasionante, en la que Ana tratará de conseguir que sus hijos crezcan en libertad y rodeados de todos los estímulos intelectuales que la escuela se resiste a ofrecerles. Desea que sus alas imaginativas no se atrofien y que las batan en todos los ámbitos de la existencia (“Quiero que uséis la inteligencia para lo prosaico porque lo prosaico es el noventa y nueve por ciento de la vida”, p.38); desea que escapen del esclerotizado ambiente académico que padecieron en España (donde sus profesoras “no eran profesoras como ese maestro que todos hemos tenido alguna vez y que nos cambió la vida. Ellas eran celadoras en la cárcel de las sonrisas, que es de lo que más abunda”, p.47); y desea, sobre todo y por encima de todo, que se sientan cómodos en el ámbito cálido de la familia, núcleo amniótico de la dicha (“La felicidad no se compra, la felicidad no se encuentra. La felicidad se transmite de padres a hijos”, p.94). 
En ese orden, la construcción de la casa en el roble se transmuta en sacerdocio, en dedicación exclusiva, en calor y en futuro. Ana desea ser feliz y que lo sean sus hijos; y para lograrlo convierte su vida en una sinfonía de risas, en un combate contra la mediocridad y el estúpido conformismo que les quieren inculcar desde fuera. Todas las líneas de esta novela rezuman ternura, firmeza y convicción. Todas sus acciones revelan el mismo fervor y se desarrollan con la misma intensidad: atornillar (“Un tornillo es una metáfora de la esperanza, porque un tornillo se puede desatornillar. Para construir una casa en el árbol conviene usar lentos, fuertes y penetrantes tornillos”, p.163), reír (“En la risa se olvida el mal. La risa es el brillo de las estrellas y somos una constelación cegadora”, p.268), criticar el sistema escolar (“El colegio solo les interesa a los adultos porque es la fábrica que se han inventado para hacer más adultos. A los adultos no les interesa que los niños seamos niños”, p.73) o extraer conclusiones inquietantes sobre la puntuación numérica que se adjudica a los niños en las aulas (“¿Quién es más inteligente, un niño que saca ceros en lengua y dieces en física o una niña que saca dieces en lengua y ceros en física? Quizá la niña es Virginia Woolf y el niño es Isaac Newton. Esa es la comparación que me interesa dejar clara, porque revela el problema”, p.346). Ana se verá acosada por docenas de dificultades para llevar a cabo su empeño, pero tiene un objetivo irrenunciable, saliniano: extraer de sus hijos su mejor versión, su más puro yo. El premio será descubrir que Michael, María y Richard llegarán a convertirse en adultos plenos y felices… 
Esta novela epistolar, memorialística, ensayística, divertida, sombría, aguerrida y lúcida llena los pulmones de aire fresco. Un magnífico texto para leer, pensar y releer.

domingo, 1 de octubre de 2017

Dos cuarenta y nueve



Imaginemos a una locutora llamada Elisa Montes. Su vida personal no está resultando en los últimos tiempos precisamente fácil: su marido y ella han roto relaciones; su madre se encuentra en un centro asistencial, con una enfermedad degenerativa; tuvo la abandonar la emisora donde trabajaba antes, por un incidente más bien desagradable; etc. Ahora dirige y presenta un programa nocturno de radio llamado La sonrisa de la luna, donde los múltiples habitantes de la noche (los insomnes, los solitarios, los tristes) exponen casi en susurros sus lamentos y sus amarguras... Imaginemos ahora a un muchacho llamado Marcos Galván, que tampoco ha tenido un pasado sencillo: unos padres que nunca han respondido a sus expectativas; una conflictiva cosmología sexual; una lectura constante, turbia y más bien sesgada de la Biblia, que le hace imaginarse que alguien (obviamente, él) deberá convertirse en el redentor moral del mundo... Imaginemos por último a un inspector de policía llamado Alonso Marquina, igualmente perforado por mil zozobras: una esposa que canceló su vida con la ayuda de la farmacopea; una hija que lo culpó de aquel horror y que desde entonces ha procurado amargarle al máximo para que jamás olvide sus tribulaciones; un compañero que, tras salvarlo en una situación comprometida, abusa de él como cobro por el favor...
Estos tres personajes se verán unidos gracias a un teléfono: el que utiliza Marcos Galván para llamar al programa de Elisa Montes y anunciarle, con un lenguaje apocalíptico, sereno, impasible, irónico e inquietante, que los inmundos han de ser flagelados, los pecadores destruidos y la mala simiente extraída de la faz de la Tierra. O dicho de un modo más sencillo: que comienza su cruzada contra el mal, de la que irá dándole anticipos en forma de llamadas telefónicas. Uno a uno aniquilará a los que quebranten la ley de Dios, de las formas más diversas: utilizando el fuego, el metal del cuchillo, el cojín que corta la respiración... Ningún obstáculo lo detendrá en este torbellino higiénico, que muy pronto se hará popular en los medios de comunicación de todo el país.

No contaré nada más del argumento, ni de su desarrollo, ni del final de la obra. No explicaré de qué truculentos medios se vale Marcos Galván para ejecutar sus atroces crímenes. No detallaré sus anonadantes y turbadoras experiencias sexuales. No desvelaré qué vínculos de recelo, amor y odio unen durante la obra a todos los protagonistas. Les dejo ese placer a ustedes.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Y tú, por tanto, otra cosa



El amor que nutre las páginas de Y tú, por tanto, otra cosa no puede tener un inicio más natural ni más sencillo: “Empezamos siendo dos vidas desconocidas”, nos asegura Salva Robles casi en el inicio del poemario. Pero pronto esos senderos iniciales se fueron “agostando entre las sombras” y brotó el itinerario común, que se llenó de películas, manos, libros, ojos, música, labios, cuadros y piel.
Todo cabe en esta acumulación sedimentaria o explosiva de sensaciones: el brote lírico que puede surgir de cualquier producto de belleza (“Cosmética necesidad”); la hermandad dulce que forman las pupilas y los dedos a la hora de buscar un libro en la estantería (“Aspiración”); la cotidianidad lánguida de todos los objetos y paisajes que rodean el amor (“No olvidemos, vida mía, / que más allá de nosotros / están los semáforos, el lavavajillas, / los bancos y la ropa para planchar”); o el sofá donde la pasión ultima y aquilata sus detalles de fuego.
Entregado a la ceremonia de las palabras, el poeta alcanza cimas como el texto de la página 45, que no me resisto a transcribir:
“Quiero habitarte.
Tú eres la casa por amueblar
en la que caben esas estanterías
que ahora me sostienen.
Repisa a repisa,
espero derramarme sobre ti
como si a la vez yo fuera
un libro que quieres leer
y un espacio que necesito ocupar
para leerte”.
Todo el poemario burbujea con instantes voluptuosos, filosóficos, cultos, sensuales, reflexivos, que obligan a los lectores a sumarse a su dibujo interior, del que termina impregnado.

Deliciosa obra, en verdad.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Disciplina sin lágrimas



Educar a los hijos. Son apenas cuatro palabras, pero constituyen un quebradero de cabeza para millones de personas, que no terminan de encontrar el método más adecuado para hacerlo. Seguir un patrón autoritario supone convertirse en una figura ríspida, gruñona y tensa. Elegir un modelo demasiado blando nos provoca vacilaciones, porque se nos antoja inoperante para imponer auténtica disciplina. ¿Qué hacer, entonces? ¿Por qué opción decidirse? ¿Por quién dejarse aconsejar? ¿Qué camino elegir?
Los terapeutas Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson nos proponen, en este tomo que traduce Joan Soler Chic para Ediciones B, un sistema basado en la escucha, la serenidad, la interacción y el respeto. Desde el principio del volumen nos dicen algo que sabemos de sobra quienes formamos parte del colectivo (“Los padres están cansados de chillar tanto, de ver malhumorados a sus hijos, de que estos sigan portándose mal. Saben qué clase de disciplina no quieren utilizar, pero no saben qué alternativa elegir”) y luego, poniendo ejemplos prácticos, esmaltan consejos para evitar las tormentas emocionales, o al menos para reducir y reconducir las mismas.
Se trata, en suma, de mantener una posición reflexiva y mesurada la mayor cantidad de veces que sea posible, para construir esquemas reguladores propios en el cerebro del niño; porque los “combates” de gritos o de malos gestos no son en el fondo más que batallas de amígdalas, donde nadie consigue alzarse con la victoria: ambas partes sufren la erosión de la ira, que siempre es una derrota entre seres que se aman.
Lo mejor de la obra: la gran cantidad de casos prácticos que nos propone, incluidas muchas “muletillas verbales” que ofrece como auxilio para situaciones de estrés.

Lo peor: los dibujos que acompañan al volumen (horrendamente infantiloides) y la excesiva repetición de consignas, que fatigan por asfixia. Con ochenta páginas menos se habría dicho lo mismo, más concentradamente.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Mis paraísos artificiales



Se repite más que la cebolla en algunas páginas (la descripción de su pelo, la lírica exaltación de su biblioteca, etc), pero me da por entero igual. El cabrón éste escribe como le sale de los cojones, y no hay quien le eche la pata en cuanto a calidad, ternura y preciosismo. Estoy hablando, claro, de Francisco Umbral, de quien acabo de releer Mis paraísos artificiales (Argos, Barcelona, 1976).
Lo único discutible del tomo son las poesías que incluye: no lo quiso el cielo para rimador, y lo dejó en poeta (en prosa). Qué disparate de perfección, coño. En cada línea consigue alcanzar este hombre (por barrunto intuitivo, por inspiración divina o por mastodóntico trabajo secreto) el adjetivo esencial, el ritmo mágico e insustituible, la prestancia sólida del verbo, la fluidez del alma hecha palabras. Te puedes morir después de leerlo, porque ya está dicho todo cuando acaba. Cervantes y Quevedo estarían muy orgullosos de su descendiente. Y yo me siento feliz como lector por haber conocido a autores como él.

“Las mujeres quedan mejor descalzas. Más líricas. Un señor descalzo siempre queda un poco tío guarro”. “Ya que la literatura no da para ponerse las botas, al menos hay que morir con ellas puestas”. “(Proust) El escritor más grande de la Historia”. “La vejez es la chapuza final que la vida hace sobre todos sus bocetos anteriores”. “El título es medio libro. Escribimos casi siempre para llenar un título”. “La juventud es tan independiente y tan díscola que está llena de influencias”. “Para crear, es más fértil la memoria que la fantasía”. “Estamos con la cabeza en el futuro y con el corazón en el pasado”. “No se muere de una vez, sino que se va muriendo por edades, y llega una edad en que uno es un cónclave de difuntos”. “Más que los amigos importantes buscamos ya la importancia de los amigos”.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Cuentos grises



El título de esta colección de cuentos, que acaba de aparecer en el sello Boria Ediciones, resulta levemente engañoso. Paul Auster ofreció al público su Cuaderno rojo; triunfan por doquier los relatos negros; Dostoievski está muy bien representado por sus Noches blancas; Fernando Fernán-Gómez nos contó su vida en El tiempo amarillo; Antonio Gala pudo teatralizar sobre Los verdes campos del Edén; y Rubén Darío nos legó en 1888 su libro Azul… Pero el gris, pobrecito, tiene muy mala prensa en nuestra mente, porque lo asociamos a lo anodino, a la fruslería, a la rutina, incluso al fracaso.
Hugo Argüelles (Madrid, 1978) nos ofrece en estos Cuentos grises una serie de crónicas y retratos que, en efecto, parecen haber sufrido la contaminación de esos atributos: un joven que se viene a la región de Murcia y que languidece de hospedaje en hospedaje, rodeado de personas y actividades entre las que no encuentra su sitio; una pareja de lectores que, al cabo de los años, terminan por experimentar un cambio radical en sus vidas, fruto de unas vacaciones no convencionales; los lánguidos locutores de un programa radiofónico nocturno; un poeta solitario que compone versos eróticos al buen tuntún y que no tiene más amiga que una lesbiana llamada Paty; un muchacho que agota días inanes en las calles y cervecerías de Dublín, mientras experimenta el aburrimiento o la falta de objetivos; el escritor novel que odia a su vecino, escritor con publicaciones que vive en su misma calle… En este racimo de diez historias apenas encontramos un solo argumento que avance con solidez o se quede en la memoria, pero esa evidencia no constituye un defecto en el libro de Hugo Argüelles, sino que nos revela el sentido final del título del volumen. El escritor nos está colocando frente a unas vidas grises, unas existencias salpicadas por el gotelé del tedio, unos rumbos etilícos o desesperanzados que se mueven entre la niebla; y después deja que nosotros extraigamos conclusiones. No son cuentos grises porque estilísticamente carezcan de brillo, sino porque dibujan cotidianidades huérfanas de fulgor, lo cual es muy distinto.

Con su narrativa de frases cortas e imágenes yuxtapuestas, el madrileño se instala en un modo de contar que, o mucho me equivoco, puede producir resultados muy notables en sus siguientes volúmenes. En éste, desde luego, ya los ha logrado.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Censura y política en los escritores españoles



Vuelvo al terreno de la entrevista (género que me gusta bastante, aunque sólo tiene de literario un porcentaje muy reducido) con el volumen titulado Censura y política en los escritores españoles, de Antonio Beneyto (Euros, Barcelona, 1975). Se trata de un recorrido a lo largo y ancho del pensamiento y circunstancias de cuarenta y tres intelectuales, que sufrieron en mayor o menor medida la censura del régimen franquista.
Algunas declaraciones me han parecido soberbias, tanto desde el enfoque ideológico como desde el punto de vista literario. Otras, en cambio, me defraudan por la exasperante sequedad del autor (caso de José Manuel Caballero Bonald). Y otro grave defecto que le encuentro al libro es que Antonio Beneyto, queriendo someter a sus protagonistas a un “cuestionario”, se deja llevar por una excesiva rigidez. En ocasiones, tiene que variar el rumbo de la conversación con un giro brusquísimo, con tal de esclafar la preguntita que tiene preparada. (Por cierto, ¿cuál será el motivo de que, en ocasiones, formule una pregunta con exagerada objetividad formal, y en otras dicte la misma con un tono de claro subjetivismo, tratando de influir en la respuesta? Me parece jugar con innoble ventaja manipuladora). Por cierto, lo de Carlos Edmundo de Ory me lo he dejado a medias, porque no hay Dios que entienda a ese tipo. En fin. Páginas para conocer y conocernos, que es de lo que se trata.

“La censura es un problema de estilo, de modo que las cosas se pueden decir todas porque en literatura no importa tanto lo que se dice, importa lo que no se dice, lo que se sugiere” (Francisco Umbral). “El demonio de hoy es anónimo” (Llorenç Villalonga). “Los problemas de conciencia están hechos para los pobres o los vencidos” (Joan Brossa). “Todo escritor que cede a las ofertas especulativas de los financieros o a los halagos del poderoso, alquila su talento para que aquellos lo desprecien” (J.V.Foix). “Sería necesario que el hombre llegara a ser un animal, además de racional, razonable” (Joan Oliver). “El intelectual es el peor enemigo del intelectual” (Joan Fuster).

martes, 19 de septiembre de 2017

El enfermo imaginario



Pocas líneas serán precisas para recordar el asunto de esta comedia del inmortal Molière: el risible caso de Argan, un estrafalario señor que lleva años obsesionado con la idea de que lo aquejan múltiples “dolencias y alifafes” (como diría Azorín) y que el único modo de conservar la vida es ponerse en manos de médicos y boticarios que, con su palabrería y sus remedios invasivos (sangrías, lavativas, etc), “depuran” su organismo y mantienen su equilibrio. De nada vale que su hermano Beraldo despotrique contra los galenos (llegando a invocar el nombre del dramaturgo Molière, que tanto ha dado en burlarse de ellos); de nada valen tampoco los sarcasmos de su sirvienta Antoñita, que juzga ridícula su postura… El incauto Argan se ha empeñado en someterse con suma docilidad a todas las exigencias de sus cuidadores; y eso lo convierte en un personaje ridículo, en un títere patético al que manipulan y del que se aprovechan vilmente, amenazándolo con una muerte rápida si no completa los tratamientos prescritos.
Lo que ven muy claro algunos personajes de su entorno (es decir, que su segunda esposa lo alienta para seguir con esos disparates hipocondríacos porque desea heredar pronto todo su dinero) es inadmisible para él, quien la estima un dulce ángel sin más horizonte que velar por su bienestar y por su dicha.

Llena de diálogos graciosos, de situaciones hilarantes y de pullas contra las frases empingorotadas y el vocabulario pseudocientífico que exhiben los médicos y boticarios de la obra, Molière consigue una crítica imperecedera contra los malos cuidadores de la salud, que se sigue leyendo sin fastidio y con una sonrisa en los labios.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Vida y aventuras de Jack Engle



Será raro el lector que, leyendo o escuchando el nombre de Walt Whitman, no piense de inmediato en su descomunal, germinador volumen Hojas de hierba, quizá el poemario más influyente en la historia de la literatura norteamericana. Desde 1892, este volumen ha extendido su influencia sobre todo tipo de autores, que lo han leído, comentado, traducido y elogiado de mil maneras distintas. Pero Whitman también publicó en 1842 una novela, muy desconocida, con el título de Franklin Evans, el borracho, lo que convertía esta faceta literaria del neoyorkino en una rareza.
Y aquí es donde interviene el doctorando Zachary Turpin, de la universidad de Houston, quien tras revisar unos cuadernos de notas de Whitman se encontró con varios nombres apuntados y con detalles que parecían aludir a una novela en vías de escritura. Tirando de ese hilo, en el que nadie había reparado hasta ese instante, se encontró en la Biblioteca del Congreso de Washington con el único rastro hemerográfico que se conserva del periódico The Sunday Dispach. Y allí estaba, publicada por entregas, una novela de Walt Whitman: Vida y aventuras de Jack Engle, que ahora traduce Miguel Temprano García y prologa Manuel Vilas para Ediciones del Viento.
En sus páginas nos lleva a un Nueva York que empieza a desplegarse hacia el futuro, y por cuyas calles y edificios pululan los abogados sin escrúpulos (Covert); los ancianos a quienes el alcohol ha desmigajado el cuerpo (Wigglesworth); las bailarinas que se empeñan en encontrar un sitio digno dentro del mundo del espectáculo (como la española Inez); los hombres de negocios que no permiten que la honradez les vede el lucro (Fitzmore Smytthe); o los aprendices con más entusiasmo que buen sueldo (Nathaniel). Con esos mimbres, que a ratos recuerdan a Charles Dickens y a ratos nos hacen pensar en Wilkie Collins (de quien fue casi rigurosamente coetáneo) el escritor de Long Island compone una novela sobre la orfandad, el coraje, la virtud y la búsqueda del camino, que se lee con agrado y con sorpresa. Que nadie espere encontrar aquí las tempestuosas osadías del Whitman poeta, pero sí la cálida dicción de un prosista elegante, eficaz y fino, al que hemos recuperado de manera casi milagrosa gracias al tesón de Zachary Turpin, que actualmente se encuentra impartiendo clases en la universidad de Idaho.
La celeridad con la que Ediciones del Viento ha vertido esta obra a nuestra lengua es digna del mayor de los aplausos.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Soliloquios y conversaciones



Los libros de artículos de Miguel de Unamuno son siempre así. Lo vemos avanzar, recular, darse testarazos contra los conceptos, idear paradojas, protestar de que los lectores las consideren paradojas, afirmar algo para después negarlo dos o tres textos después, exaltarse, serenarse, encender luces para de inmediato teñirlas de sombra y, en fin, dejarse llevar por el hilo del discurso hasta que se le corta, se le agota o se le tuerce. En Soliloquios y conversaciones nos encontramos con los mismos procedimientos.
La sensación que queda es la imagen de un líquido que no se resigna a mantenerse calmado sino que salta en calientes borbotones. Y no creo que al escritor vasco le molestase esta definición, en caso de haberla leído. Unamuno toma la punta de un hilo y, con una absoluta falta de plan expositivo, va enlazando citas, reflexiones y posibilidades. Le sale así un discurso que carece de método y que lo mismo se introduce por senderos convincentes que por trochas atrabiliarias. Lo mejor de este mecanismo argumentativo: la sensación de frescura y de humanidad que sus líneas desprenden. Lo peor: que no consigues tomártelo del todo en serio, porque le ves las costuras.
En medio de un maremoto de ideas ortopédicas, refractarias al rigor y a los cauces de la linealidad, Unamuno nos habla de sus filias y fobias (“Aborrezco a los hombres que hablan como libros, y amo a los libros que hablan como hombres”); opina sobre la auténtica misión que debe tener un pensador o un filósofo (“Hay que sembrar en los hombres gérmenes de duda, de desconfianza, de inquietud, y hasta de desesperación”); nos resume sus opiniones literarias (“Homero o Shakespeare son más modernos que los más de los escritores vivos que hoy pasan por más modernos […]. Moderno viene de moda, y tú debes huir de las modas”); nos interroga sobre la actualidad periodística de su tiempo (“¿Es la prensa la que engendra esa insana curiosidad pública a la busca siempre de espectaculosidades y de fútiles informaciones, o es el público el que exige eso de la prensa? Yo creo que se corrompen mutuamente”); se adelanta a teóricos como Ortega y Gasset o Bauman (“La muchedumbre es líquida y no sólida”); o se rebela de una forma estruendosa contra la “vulgocracia” que, en su opinión, está destrozando el mundo del pensamiento y la creatividad.

En suma, nos ofrece el espectáculo siempre cambiante y siempre llamativo de sus argumentaciones de energúmeno (en el sentido que le concedió Julián Marías: el que lleva un demonio dentro y se siente agitado por él y habla con sus voces), que nos seducen, nos asombran, nos repelen, nos convencen y nos irritan. A veces por separado y, a veces (otra paradoja), todo a la vez.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Extravagancias y disparates



Termino hoy el chocante volumen misceláneo Extravagancias y disparates, de Martin Gardner, en traducción de Jordi Fibla (Alcor, Barcelona, 1993). El tomo contiene una lista casi increíble de historias sobre impostores, paracientíficos, médiums y demás ralea. Y Martin Gardner, con la ayuda de sus múltiples lecturas, de su experiencia científica y de su sagacidad, los va desenmascarando.
He de decir que casi siempre me ha convencido (claro está que, en algunos casos, no estaría mal escuchar a la otra parte; o, al menos, saber si las cosas sucedieron tal y como Gardner las cuenta). Pero hay páginas que no me han terminado de aclarar el “fraude”: por ejemplo, el levantamiento de grandes pesos con ayuda de los dedos. Gardner insiste dos o tres veces en que el “truco” está perfectamente explicado, pero yo debo ser algo lento, porque no termino de “verlo”.
He hallado también auténticas joyas irónicas (unas escritas por Gardner, y otras que tienen distinta paternidad). Por ejemplo, ésta, donde se ridiculiza la creencia en un Dios que juega confundiendo al hombre: “Tras el Diluvio, Dios tuvo la amabilidad de restaurar las leyes que hoy conocemos y amamos”. O este comentario sobre la fe astrológica de Ronald Reagan y su mujer: “Mi comentario favorito fue una carta de Mel Mandell que apareció en el New York Times (15 de mayo de 1988): “La noticia de que importantes decisiones en la Casa Blanca se basaban en consejos astrológicos es muy turbadora. Los resultados podrían minar la fe en la astrología”...”. En fin. Ratos divertidos sí me ha deparado el tomo, y también la enseñanza de que sólo el escepticismo reflexivo nos mantiene alertas, y suele evitarnos el ridículo.

“Gentry me aseguró que Adán y Eva no tenían ombligo y que los árboles del Paraíso carecían de anillos”. “Los científicos no tienen más arrogancia que cualquier otra persona y, desde luego, mucha menos que los fundamentalistas que cometen el pecado de ignorancia voluntaria”. “Hoy, una gran parte de la población va a la universidad, la ciencia ha dado pasos asombrosos, abundan los libros y revistas populares sobre ciencia y los grandes periódicos tienen redactores científicos de primera clase. ¿El resultado? Casi todos los periódicos publican un horóscopo diario, y los libros de astrología, como los libros sobre dietas absurdas y a veces nocivas, se venden mucho más que los libros sobre ciencia seria”.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Retratos



Vuelvo a Giovanni Papini, para leer sus Retratos, que me traduce el servicial José Miguel Velloso (Luis de Caralt, Barcelona, 1984), y encuentro otra vez el pulso narrativo de un genio. Entre otras cosas, he podido encontrar en sus páginas unos buenos análisis del Quijote y de Walt Whitman, así como una interesantísima biografía de Edgar Allan Poe, redactada con pericia magistral. Este hombre (Papini) tenía muchas cosas en la pluma, pero también en la cabeza. La parte dedicada a Tristán Corbière es lo único plomizo del volumen: ni lo conocía, ni lo había leído, ni tampoco me apetece hacerlo tras leer el opúsculo del italiano.
En suma, un libro bello, de lectura enriquecedora, y donde Giovanni Papini juega —con plenas garantías intelectuales y con pleno desparpajo— a francotirador dulce de aquellos autores a los que ama. Ojalá hubiera hecho otro trabajo (sería muy interesante leerlo) con aquellos a los que odiaba. 
“(Cervantes) Un desgraciado, célebre por haber escrito la historia de un desgraciado”. “Con Don Quijote, el realismo plebeyo se contrapuso a aquel lánguido y artificioso idealismo de las clases superiores”. “El Don Quijote es la primera obra maestra de la reacción contra la elegancia, la mundanidad, la futilidad, la irrealidad y la melindrería de los literatos humanistas a la antigua”. “Para cumplir grandes empresas, la barriga sobra”. “Sansón Carrasco —símbolo siempre vivo de la pequeña burguesía medio instruida y enemigo de cualquier audacia— es el verdadero asesino del alma y del cuerpo del inmortal Don Quijote”. “La manera más segura de falsear el Quijote es suponer que en él hay una filosofía”. “Los libros más profundos y a la vez más populares son libros de viajes”. “Ningún hombre es una repetición, y mucho menos el hombre de ingenio”. “En materia de poesía no gustar a nadie es propio de imbéciles o de genios demasiado nuevos; gustar a pocos, o a todos, es propio de los grandes”. “No quisiera (...) hacer crítica literaria (...) como suelen aquellos que, no teniendo nada propio que decir, estudian de qué manera dicen los otros sus cosas”.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Conversaciones con Borges



Recupero de la estantería el hermoso volumen dialogante que Roberto Alifano titula Conversaciones con Borges (Debate, Madrid, 1986), y que estructura en treinta secciones, representativas del pensamiento y la obra del argentino. Personalmente, encuentro en este tomo las mismas virtudes y los mismos defectos que en otros similares, como es natural. Las virtudes están puestas en la brava inteligencia del entrevistador y en el ingenio y cultura del entrevistado; por ahí, todo bien. Los defectos hay que computarlos en el terreno de la mitomanía. ¿Para qué quiero yo saber, por mucho que admire a Borges (y lo admiro) lo que éste piensa del tango, de Xul Solar o del insomnio? Me parece un modo absurdo de descarriar las cosas, y de construir adoraciones abominables por su estupidez. Sí me interesa lo que Borges piensa de Blake, de Joyce, de Quevedo o de las traducciones (es decir, todo aquello que compete al mundo literario). Y, sobre todo, lo mucho que tiene que decir sobre sus propias obsesiones (el tigre, los laberintos, la ceguera, etc). El resto, me parece es purpurina.

“He aprendido que se debe procurar que el interlocutor sea quien tenga la razón y no uno”. “Virgilio es la poesía de todos los tiempos; es un arquetipo”. “Gómez de la Serna (...) lamentablemente se perdió por el acto de pensar en burbujas, con eso que él llamaba greguerías”. “Poseemos lo que perdemos; ése es el encanto que tiene el pasado. El presente carece de ese encanto. Yo creo que el pasado es una de las formas más bellas de lo perdido”. “La noche, el café y el insomnio son casi la misma cosa”. “Yo no sé cómo podemos definir las cosas esenciales”. “Un político en un país democrático es un individuo que vive haciendo promesas, que vive haciéndose retratar, que vive sonriendo todo el tiempo y estando siempre de acuerdo con el interlocutor. Así recorre todo el país en busca de votos”. “El libro es una de las posibilidades de felicidad que nos es dada a los hombres”. “Si los libros desaparecieran, desaparecería la historia y, seguramente, también desaparecería el hombre”. “Tendemos a juzgar estéticamente una obra siempre en función de la historia de la literatura”.  “Cuando una frase es ingeniosa no importa que sea justa o injusta”.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Manual de herejías



Asombrado por la cantidad de sandeces que la historia de las religiones nos ha deparado, termino el Manual de herejías, de H. Masson, traducido por José Mª León (Rialp, Madrid, 1989). En realidad, todas las sutilezas de orden teológico que se comentan y diseccionan en el volumen me parecen (siempre me han parecido) pavadas. ¿Quién puede saber la verdad, en relación con Dios (si es que existe)? 
Me han hecho gracia, eso sí, algunas de las propuestas, por lo chocante o disparatado de su fundamento. Los abecedarianos (siglo XVI) consideran inútiles todos los saberes humanos, y creen que incluso el conocimiento del alfabeto es despreciable y superfluo. Los acuarianos (siglo II) creen que el vino es nefasto para el hombre, y por eso utilizan agua en la ceremonia de la eucaristía. Los amsdorfianos (siglo XVI) creían que las buenas obras no sólo eran inútiles para el ser humano sino, incluso, perniciosas para la salvación de su alma. Los andronicianos (siglo II) creían que la mitad superior del cuerpo de las mujeres era obra de Dios, y la inferior obra del demonio. Los mennonitas (siglo XVI) consideraban como algo inicuo que se sirviese al Estado como funcionario. Los valesianos (primeros siglos de la Iglesia) creían que la castración (rito que practicaban) ponía al hombre a resguardo de sus propias inclinaciones perversas. Los Viejos Creyentes (llamados también Cisma Raskol) prohibían el tabaco —lo llamaban “la hierba del diablo”— y rehusaban afeitarse, para no alterar la imagen que Dios les había concedido.

¿Será necesario seguir? Un libro curioso, ameno y descacharrante sobre el nivel de estupidez que es capaz de alcanzar el ser humano cuando se empecina en convertir una tontería en designio divino. Si olvidamos los millones de crímenes que se cometieron en nombre de estas ideas queda hasta gracioso.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Las trampas del azar



Concluyo Las trampas del azar, de Antonio Buero Vallejo, en la edición de Virtudes Serrano (Espasa-Calpe, Madrid, 1995), y sigo pensando de Buero lo mismo que ya he expresado en bastantes ocasiones, en este blog y fuera de él: que su lenguaje es magnífico y que su capacidad para “teatralizar” las angustias íntimas no tiene, que yo sepa, parangón en nuestras letras. Estas “trampas” de ahora, con todo, se me antojan más artificiosas y menos sólidas de lo normal en él. Pero, evidentemente, cuando las redactó Buero ya no tenía que demostrarle nada a nadie. En cualquier otro autor, los “defectos” que a esta obra se le han achacado serían disculpados en otros autores de menor entidad incluso con elogios. La gloria y la inmortalidad son, en las manos de los españoles, ingrato escupitajo.
Gabriel, el protagonista, es un claro ejemplo de cómo se puede traicionar por acomodación. Lo sencillo es olvidarse de la rebeldía juvenil, y dejarse llevar por la facilidad del laboratorio, las ideas en conserva y el sálvese quien pueda. No importa que se haya sido un joven contestatario o antifranquista, ecológico y de ideas zurdas. No importa echarlo todo por la borda, cuando el premio es tan goloso y tan atrayente: el laboratorio, los millones, la posición holgada, el matrimonio ventajoso, el reconocimiento social, el prestigio. El poder. El Poder. El músico Salustiano, sin proponérselo, es lo que podríamos llamar la “conciencia viva” de Gabriel, y su desacreditación íntima.

Buero Vallejo no es ya, en 2017, un dramaturgo. Es una Inteligencia Dramática. Y en virtud de esa condición hay que leerlo con el respeto que se debe a la majestad ganada a pulso.

martes, 5 de septiembre de 2017

Cartagena Negra



No es necesario ser un experto en literatura para constatar el auge que está experimentando el género negro en España desde hace algo más de una década. Desde Gijón hasta Barcelona, desde Getafe hasta Castellón, desde Aragón hasta Cubelles, las reuniones de escritores que trabajan en ese ámbito se han convertido en un fenómeno que atrae la atención de editores, curiosos, lectores y medios de comunicación.
En Cartagena, la cuna literaria de Carmen Conde, José María Álvarez y Arturo Pérez-Reverte, se celebran este inicio de mes las III Jornadas de Literatura Negra, Policíaca y de Misterio. Y para dotar al evento de un aire distinto en su edición de 2017, la editorial La Fea Burguesía ha decidido sacar a la luz el volumen Cartagena Negra, donde se reúnen veintitrés propuestas narrativas a lo largo de más de trescientas páginas, con las que los aficionados al género tienen asegurada una buena dosis de crímenes, enigmas, infamias, ajustes de cuentas, mezquindades...
La diversidad de enfoques y el amplio abanico temático enriquece la antología de un modo extraordinario: sorpresas finales, relacionadas con el lugar de los hechos (Nieves Abarca); humor perverso o macabro, finamente expuesto (Ana Ballabriga); psicopatías que provocan un súbito espeluzno en los lectores (Claudio Cerdán); ambientes claustrofóbicos, en los que parecería casi imposible construir un relato (Alfonso Gutiérrez Caro); muertes que se producen en una mercería (Paco López Mengual); ejecuciones tan detalladamente brutales que llegan incluso a producir arcadas (Víctor Mirete); venganzas matrimoniales trufadas de rencor (Graziella Moreno); relatos que parecen anticipar (y el tiempo dirá si nos equivocamos) una novela futura (Antonio Parra Sanz); cuentos criminales que se desarrollan teniendo la propia Semana Negra de Cartagena como fondo (Estela Chocarro, Pablo de Aguilar, Joaquín Lloréns); asesinos inesperados, que se revelan al final con mano maestra (Pedro Martí, Mónica Rouanet); ajustes de cuentas sepultados por el paso del tiempo (Ginés Sánchez); persecuciones nebulosas en mitad de la noche (Rubén F. Uceda); textos de gran dureza y a la vez de gran lirismo (Juan Soto Ivars); hermanos que vengan afrentas a la usanza de Calderón de la Barca (Manuel Moyano); páginas donde se aborda el desequilibrio mental, con sus particulares matices (Empar Fernández, Cristóbal Terrer Mota); atracadores sexagenarios y en paro, que protagonizan tramas más complejas de lo que parecía (Rafael Guerrero); turbios asuntos de drogas, que se mezclan con una amistad antigua (Santiago Álvarez); y, cómo no, algunos memorables sicarios, quienes unas veces se verán moderados por la cobardía o la sorpresa (David Jiménez el Tito) y otras veces serán burlados por pelirrojas de insinuante voluptuosidad (Jesús Zaplana).

Este resumen, por supuesto, no trata de sintetizar las virtudes del tomo, sino que pretende tan sólo mostrar cómo sus páginas incorporan argumentos, personajes, escenografías y variantes criminales para todos los gustos, por lo que resultan un prontuario excelente del actual género policíaco y criminal en España. Quienes ya sean amantes de la narrativa negra lo encontrarán sólido, variado y memorable. Quienes, por el contrario, experimenten por este tipo de literatura una simple curiosidad aún no convertida en ansia lectora, permítanme un consejo: háganse con este libro.

domingo, 3 de septiembre de 2017

El Delta y otros relatos



Seis propuestas (una novela corta y cinco cuentos) contenía el primer libro que Santiago Delgado dio a la imprenta, con este título, en el año 1981. Era el punto de arranque de una trayectoria que pronto se revelaría como profunda, diversa y dilatada. Y lo más sorprendente de este volumen inicial es que nuestro escritor no se presentaba ante el público con los titubeos de un narrador primerizo, sino que lo hacía con el vigor literario y la madurez estilística de un auténtico maestro. Sus ambientaciones históricas cubrían un arco temporal muy extenso, que iba desde la época de las factorías fenicias en la costa murciana (“El Delta”) hasta los colores impredecibles del futuro (“1994”); y sus  protagonistas eran tan variados como un niño que ha de enfrentarse a la vida, un famoso cardenal de la iglesia católica, un monarca que abandona su patria, unos terroristas del porvenir, unos titanes de la aerostación y unos pobres seres a quienes la Historia y la insensatez de sus semejantes empujan al exilio. Calíbrese la temperatura literaria de un hombre que, en su primer trabajo, soslaya los titubeos de un autor en ciernes y se atreve a enfrentarse a ese cúmulo de retos psicológicos y narrativos.
“El Delta” está protagonizado por Rode, un muchacho “débil, hijo de padres viejos, moreno y escuálido, de pelo rizado” (p.10), sobre el que gravita un destino no muy halagüeño, que Santiago Delgado perfila mediante unas líneas que combinan la lentitud divagatoria de sus períodos con la velocidad de la saeta que finalmente se clavará en el centro de la diana: “De poco sirve el hijo débil de padres viejos. Una boca más que no aporta brazos para empuñar gorguz ni falcata en el delta, y procurar así algunas monedas de Emporion que emplear en Arcilasis. Unos músculos que no soportan el peso de las piedras para construir la cerca del amo. Unas piernas que no conocen carrera y que tampoco sirven para sujetar caballos en los bosques de Tarsis. Un espíritu que sólo sirve para mirar estrellas y contemplar hormigas, acariciar cachorros y embobarse ante el vuelo de las mariposas. De poco sirve el hijo débil de padres viejos, salvo para ser vendido a cambio de una mula y algunos favores al recaudador de Arcilasis” (pp.13-14). Los dracmas de Emporion servirán para mitigar las penurias de la familia y, en cierto sentido, para silenciar cualquier susurro de arrepentimiento que pudiera brotar de la conciencia de los padres. Esta deliciosa novela de iniciación (pues en el fondo se trata de eso) está esmaltada de descripciones voluptuosas, sensoriales, donde los mil brotes de la vegetación, la generosidad de los colores, los detalles de la arquitectura y las esponjosas filigranas de los vestidos aparecen por doquier. Y lo hacen además con una prosa cuidada, atenta a la música de la frase, a la gimnasia sintáctica, que no solamente le hace bruñir con suma atención las estructurales oracionales, sino que también impulsa a Santiago Delgado a elegir con sumo deleite lírico los adjetivos, los sustantivos y los verbos de su relato.
La narración “Settecento”, mucho más breve, nos lleva a lugares y épocas muy distintos. Viajamos hasta la primera parte el siglo XVIII y somos invitados a conocer la capital italiana. En concreto, se nos hace pasar a un hermoso gabinete dorado por la luz del atardecer. Allí se encuentra, alejado del ruido exterior, un anciano cardenal de procedencia granadina, Luis Antonio de Belluga y Moncada, protagonista de la narración.
Y nuevamente cambiamos de época y de país. Nos encontramos a bordo de un tren. Es el día de San Silvestre de 1870 y un viajero se dirige a la ciudad de Murcia. No tendremos que esperar mucho para comprender que el anónimo viajero no es otro que el famoso duque de Aosta, el turinés Amadeo Fernando María de Saboya, hijo del rey Víctor Manuel II. Santiago Delgado manifiesta una franca simpatía por este monarca de rara elección, breve trayectoria en el cargo y estupenda voluntad de convertirse en un rey para todos. Las frases que pone en su mente, donde brillan la modernidad (“La Iglesia en su sitio y el Estado en el suyo, como corresponde a estos tiempos democráticos y constitucionales”) y el decidido ánimo de servicio (“España, cuánto bien te deseo”) así lo atestiguan.
Y a continuación viene el más arriesgado cuento de la colección. Se titula “1994” y es un cuento futurista lleno de humor y resonancias nucleares.
Mucho más interesante resulta “La carrera”, donde se nos narran todos los detalles de una competición aerostática impulsada por un cubano riquísimo que vive en Torrevieja (don León Fernández Cueto). Más que la carrera en sí, que se reduce muy pronto a la pugna entre el concursante germano y el inglés, llaman la atención otros detalles del relato. Uno de ellos es el atinado costumbrismo que se desprende de las páginas; otro, su fino sentido del humor. Llaman la atención en este cuento muchos detalles: el escrúpulo moroso con el que Santiago Delgado describe un ambiente festivo de finales del siglo XIX; el esfuerzo documental que lleva a cabo para describir todos los detalles técnicos de las maniobras que realizan los globos; o la adición de algunos episodios que, sin aportar nada a la trama principal, la colorean de costumbrismo, tragedia y ternura.

Para cerrar el tomo, Santiago eligió su relato “El puerto”, premiado y bien conocido entre sus primeras producciones. Se trata de una intersección de aristas y de una honda meditación sobre nuestro país, sus lacras, sus miedos, sus tristes perseguidos y sus errores. De un lado tenemos a un judío que, a finales del siglo XV, espera en el puerto de Cartagena el momento en que habrá de abandonar para siempre España, expulsado por la intolerancia y por el fanatismo. Pertenece a un pueblo “que llegó a esta apartada Sefarad antes que los mismos godos” (p.132) y al que ultrajan con la ignominia de una marca bermeja en sus ropas. De otro lado está —mucho más modernamente— el rey borbónico Alfonso XIII, al día siguiente de haber constatado con el conde de Romanones su derrota (abril de 1931), a punto de embarcarse hacia Marsella. Y de un tercer lado tenemos las 7800 cajas de oro que van a salir de España por orden del gobierno de la república, en dirección a los célebres sótanos del banco de Moscú (p.133). El puerto se convierte de esta forma en el alfa y omega de los destinos nacionales: un lugar de acceso, un lugar de salida. Una puerta para la esperanza y también para el fracaso. Un lienzo sobre el que se dibujan con las más terribles, dolorosas y lúcidas pinceladas el destino aciago de un país que se ha obstinado en errores lamentables, y lamentablemente repetidos.
El primer libro de Santiago Delgado se cierra, pues, con la imagen de un puerto, que es siempre metáfora de expectativas, de infinitud, de horizontes sin límite. El autor nos estaba invitando a un largo viaje, que todavía prosigue.