miércoles, 28 de junio de 2017

Obra poética completa



Aconsejado por mi amigo Pascual García, cometí durante el año 1993 un leve pecadillo de rebelión, y devoré la Obra poética completa, de C.P. Cavafis, en la bella edición bilingüe de Alfonso Silván Rodríguez (Ediciones La Palma, Madrid, 1991), que ahora releo. Y digo que incurrí en una “rebelión” porque durante aquel año yo estaba cumpliendo mi servicio militar en Lorca (Murcia) y me propuse no frecuentar más que libros escritos por mujeres, para compensar el exceso de testiculina que dominaba en el mundo castrense.
Los poemas de Cavafis me parecieron, en líneas generales, fascinantes. Creo que algunos (leídos ahora con más edad y con menos arrebato) no llegan a una gran altura lírica, pero la mayor parte de ellos sí, con lo que el tomo constituye una delicia para la sensibilidad del lector.
Podría referirme a la exquisitez de su música, a la elegancia de sus referencias culturales, al ritmo tenue de sus versos, a la justeza de sus vocablos, pero me guardaré de reducirlo a fórmulas filológicas o críticas y dejaré que sus palabras lleguen directamente hasta los ojos de quien ojee esta reseña. Si le gustan, no me queda más que invitar a la lectura completa del volumen.
(Nota bene: con el fin de evitar que esta página se llene de barras diagonales, lo que haré será copiar los versos como si fueras prosa. Perdóname, Constantino).

“Dijiste: “Iré a otra tierra, iré a otra mar. Otra ciudad habrá de hallarse mejor que ésta. A cada esfuerzo mío, una condena escrita queda; y mi corazón está, como un muerto, enterrado. Mi mente hasta cuándo va a quedarse en esta consunción. Doquiera vuelva mis ojos, mire a donde mire los escombros de mi vida veo aquí, donde tantos años pasé y arruiné y destruí”. Nuevos parajes no hallarás, no hallarás otros mares. La ciudad irá tras ti. Por las calles vagarás, por las mismas. Y en los mismos barrios envejecerás; y en estas mismas casas irás empalideciéndote. Siempre arribarás a esta ciudad. A otra parte —no esperes— no hay barco para ti, no hay camino. Así como tu vida la arruinaste aquí en este rincón reducido, en toda la tierra la destruiste” (La ciudad). “Teme ¡oh alma! la grandeza” (Idus de marzo). “Tu suerte que se rinde ya, tus obras que fracasaron, los planes de tu vida que resultaron extravíos...” (El dios abandona a Antonio). “A un día monótono otro día monótono, idéntico le sucede. Ocurrirán las mismas cosas, de nuevo volverán a ocurrir, los momentos parecidos nos encuentran y nos dejan. Un mes pasa y trae otro mes. Lo que se acerca puede fácilmente presumirse; es lo de ayer, aquello tan tedioso. Y en eso acaba ya el mañana, como si no pareciera un mañana” (Monotonía). “Siempre en tu mente ten Ítaca. La llegada allí es tu destino. Pero no apresures en nada el viaje. Mejor que por muchos años se prolongue; y, ya viejo, ancles en la isla rico con cuanto ganaste en el camino, sin esperar que te dé riquezas Ítaca” (Ítaca). “No quiero volverme para no ver y horrorizarme” (Velas). “Cuando llega la felicidad produce menos contento del que uno esperaba” (Cuando el centinela vio la luz). “Imprescindible, y único, y grande, siempre se encuentra inmediatamente algún otro” (Cuando el centinela vio la luz). “No se mitiga la desgracia por mucho que la hablemos. Pero hay dolores que no se quedan tranquilos en el corazón. Sedientos están de salir por desfogar la queja” (Un amor).

lunes, 26 de junio de 2017

Diarios



Leí en mi juventud y releo en mi madurez los sorprendentes, sinuosos y profundos Diarios de Franz Kafka, en la traducción de Feliu Formosa (Bruguera, Barcelona, 1984). Son páginas extrañas, llenas de una ensortijada proliferación de arañitas mentales donde me resulta evidente que el escritor checo era cualquier cosa menos una persona normal. Sus caminos lógicos, sus reflexiones, sus ideas sobre su entorno, están llenos de anfractuosidades, de esquinas de sombra, de ciénagas. En ocasiones incluso se siente uno tentado de considerar la posibilidad de que no estuviera del todo cuerdo. Eso lo hace tan atractivo como inquietante, a mi entender. Fascinante, perturbador, traslúcido. Kafka.
“Es indudable mi avidez por los libros. No tanto por poseerlos o leerlos como por verlos, por convencerme de su permanente existencia en los estantes de una librería”. “Nada en el mundo dista tanto de una experiencia como la descripción de esta experiencia”. “Cuando uno se queda solo, crece en inteligencia y en serenidad”. “Simplemente, no dar un valor excesivo a lo que he escrito, porque me resultaría inalcanzable lo que he de escribir”. “Necesito estar solo mucho tiempo. Lo que he realizado hasta ahora no es más que un triunfo de la soledad”. “Apenas si tengo algo en común conmigo mismo”. “Hay posibilidades para mí, sin duda, pero, ¿bajo qué piedra están escondidas?”. “Si estoy condenado, no sólo estoy condenado a morir, sino que también estoy condenado a defenderme hasta el fin”. “Me resulta incomprensible que casi todos los que escriben puedan objetivar el dolor en medio del dolor; que yo, por ejemplo, en medio de la desdicha, y con la cabeza ardiente de tanta infelicidad, pueda sentarme y comunicarle a alguien por escrito: Soy desgraciado”. “Es irresponsable viajar e incluso vivir sin tomar notas”.

lunes, 19 de junio de 2017

Eumeswil



He aquí un libro complejo, lleno de simbolismos y de juegos conceptuales y filosóficos: Eumeswil, de Ernst Jünger, que traduce al castellano Marciano Villanueva (Seix Barral, Barcelona, 1993). Entiendo que la obra es magna, y como tal la aprecio, imposible decir otra cosa sin pecar de injusticia. Pero hay en ella (ante mis ojos) una cierta resistencia a dejarse penetrar. Es como cuando contemplas un diamante: sabes que es hermoso, sí, pero te da siempre la sensación de ser irreal, de estar más allá de los sentidos físicos normales. No se deja ver, no se deja capturar, no tiene calor. Todo en sus páginas es formalmente perfecto, pero quizá ahí esté el problema: en la pura palabra “perfecto”, tan paralizadora. Me hubiera gustado que me emocionara más, pero no ha sido así.
Virando a otro terreno, no hay más remedio que criticar al traductor que haya caído en galicismos flagrantes (“a tener en cuenta”, en la pág. 169; “normas a seguir”, en la pág. 190; etc). Espero que si la editorial ha reeditado la obra haya tenido el buen gusto de limar esas escorias gramaticales.

“No le falta conciencia de su propio valer, pero no sabe cambiarlo en monedas pequeñas”. “El amor es anárquico, el matrimonio no. El guerrero es anárquico, el soldado no. El homicida es anárquico, el asesino no. Cristo es anárquico, Pablo no”. “Quien nos enseña a pensar, nos hace dueños de los hombres y de los acontecimientos”. “Cuando prestamos vida al pasado, logramos realizar un acto que vence al tiempo y triunfa sobre la muerte. Si esto es posible, también cabe imaginar que un dios nos devolverá el aliento”. “El hombre es un ser razonable que sólo a regañadientes sacrifica su seguridad a las teorías”. “Apenas uno ha destacado en algo, se le pone en una lista”. “Cuando se trata de convertir en realidad un sueño, ninguna fatiga nos detiene”. “Hay motivos para sospechar que nuestra inteligencia no es sino un instinto atrofiado, una ramificación lateral del árbol de la vida, a través de una selección acentuada durante milenios”. “La escolaridad obligatoria es, en esencia, un medio de castración de la fuerza natural”. “Da que pensar el inmenso despilfarro que se registra en el universo”. “El pueblo se compone de individuos concretos y libres, mientras que el Estado los reduce a números”. “Si uno está dispuesto a poner en juego su cabeza, no hay que estropearle el juego, hay que tomarlo en serio”. “La fotografía falsea el problema, porque lo reduce a un instante efímero”. “Las palabras reforzadas con el sufijo ismo (...) son palabras con destino a sectarios”. “Los chiflados son indispensables”. “Distinguir lo esencial de lo que se le parece y hasta se presenta como idéntico es una tarea particularmente ardua”. “Cuando el Estado toma a su cargo a los artistas, triunfa por doquier el mal gusto”.

viernes, 16 de junio de 2017

Los horrores del amor



Leo la novela Los horrores del amor, de Jean Dutourd, que traduce Ana Cela. No es que la peripecia del argumento sea espléndida, ni que aporte grandes innovaciones desde el punto de vista literario, pero me sorprende muchísimo la capacidad que los personajes demuestran para analizar las mil sutilezas sentimentales que el amor comporta. No recuerdo haberme encontrado con demasiadas obras donde el bisturí psicológico haya resultado tan meticuloso, tan revelador, tan impactante. De tal manera que Roberti, Agnés y Solange, los tres protagonistas de esta aventura amorosa, se convierten a los ojos del lector en seres vivos, en especímenes palpitantes y creíbles, llenos de meandros, sutilezas y brillos. Intentar resumir todos los detalles o pliegues de esta historia de amor, fidelidad, dolores y desengaños, resulta imposible, así que me conformaré con anotar algunas frases representativas, para ofrecer un pálido resumen. “Sé muy bien lo sensibles que son los corazones de los artistas. Una palabra un poco viva los hiere, y uno tiene que estar completamente seguro de su genio para soportar los horrores que nos despachan los críticos”. “Hay personas a las que admiro o quiero y no tengo ningunas ganas de encontrármelas. (...) He leído sus obras una y otra vez y me las conozco de memoria, pero no tengo ninguna curiosidad por sus personas”. “El orgullo, por los caminos más extraños, lleva siempre a la abyección”. “Hay que ser vigilante, hay que estar persuadido de que las cosas no se adquieren nunca para siempre, hay que tener miedo sin cesar”. “No le bastaba apropiarse un cuerpo, quería además un poco del corazón y del espíritu de la persona deseada”. “Hacer el amor sin parar, cambiar de querida todos los días, vuelve a uno idiota”. “La lujuria es divertida quince días, un mes. En seguida, como todo, se convierte en rutina”. “No se puede ser un artista sin ser un mentiroso consumado”. “Quizá Dios se divierte escribiendo tonterías en su gran libro”. “Los grandes hombres son los que, a los cincuenta, han llevado a cabo lo que soñaron a los dieciocho años”. “La vida es un largo poema en ochenta cantos, prodigiosamente aburridos, lleno de repeticiones, de ripios, de descripciones ociosas y de peripecias horribles, pero merece ser leído con atención a causa de un verso sublime, dado por los dioses, inesperado”. “En amor, las almas se usan más de prisa que los cuerpos”. “Es una desgracia pensar demasiado. Esos mil pensamientos que dan vueltas paralizan la acción”. “La vida de los hombres es más trágica que la vida de las naciones. Una nación vive mil o dos mil años. Tiene recursos. Nada se ha perdido nunca completamente. Pero un hombre, ¿qué? Si pierde la ocasión, se acabó”. “La democracia debe pararse a la puerta de las casas. Un padre de familia demócrata que somete sus decisiones a la votación no consigue más que meter jaleo y hacer a todo el mundo desgraciado”. “La verdad prescinde de la lógica”. “No soportar el desprecio es siempre el indicio de un alma débil y vanidosa. A los grandes hombres les gusta que los desprecien. Les divierte”. “El noventa y ocho por ciento de las criaturas humanas están desprovistas de imaginación”. “Cuando me contradicen, me callo. Yo sólo hablo de cosas que he meditado durante mucho tiempo. Si no me comprenden o no quieren comprender, peor para ellos. No tengo la facultad de replicar; los mejores argumentos me vienen cuando he vuelto a casa. Sólo a los locos y a los charlatanes que sólo piensan cuando hablan, les gusta discutir”. “Leyendo y releyendo muchos buenos autores, que escriben un buen idioma y que piensan sanamente, absorbes una gran cantidad de antídotos contra el veneno de la tontería moderna”. “Los artistas son los especialistas del cómo, y los filósofos del por qué”. “Los hombres organizan su amor en función de su vida, y las mujeres organizan su vida en función de su amor”. “Siempre llega un momento en que las mujeres quieren quedar embarazadas”. “El crítico literario es un hombre que no comprende aproximadamente nada por exceso de inteligencia, por exceso de conocimiento y de referencias”. “El arte no es democrático. En arte, no es el buen alumno el que gana siempre. Es el elegido, el que nace con la musiquilla en él y sabe ver la verdad del mundo. El arte es eminentemente aristocrático. Los artistas tienen unos privilegios tan odiosos como los nobles del Antiguo Régimen, pero mucho más sólidos. No se les puede quitar”. “Los mosquitos ganan siempre a los leones”. “Desde los veinte (veinte años que han pasado como una ráfaga de viento), estamos cogidos en un torbellino implacable que nos lleva hacia la muerte. Por mucho que no pensemos en esta muerte, por mucho que vivamos como tenemos costumbre, no podemos evitar echar una mirada sobre ella, de vez en cuando; cada vez ha crecido un poco más”.

Intensamente recomendable.

jueves, 15 de junio de 2017

El escándalo del padre Brown



Leo a G.K. Chesterton, dentro de su volumen El escándalo del padre Brown, que me traduce F. González Taujis (Reno, Barcelona, 1982), y el resultado global es bastante digno. Aunque en ciertos escalones de su obra evidencia los trucos del género, no sería justo dejar de reconocerle una fina habilidad literaria, que empapa todos sus relatos: unas buenas descripciones paisajísticas, notables despliegues fisiognómicos, aceptables hilazones lógicas, etc. Los relatos de este tomo titulados “El hombre verde” y “La persecución de Mr.Blue” son los que más desfavorablemente me han impresionado. En “La ráfaga del libro” me he sentido, desentrañando su final, relector de Borges, con una sonrisa blanda y complacida en los labios. Sonrisa que, por mágica destilación de Chesterton, se ha sublimado con la genial ironía victoriana que cierra su cuento “El crimen del comunista”, de título ambiguo y despistador. “El problema insoluble” es un buen relato llevado con mano maestra en todos sus extremos: la tensa presentación del enigma, el agudo urdimiento de sus incongruencias, la brillantez deductiva del padre Brown, y su inesperada solución, donde queda claro que G. K. Chesterton reserva para el final la gota mejor de su alambique, el mejor producto de su alquimia.

Anoto algunas de las frases que he subrayado en el volumen. “Odio la novela (...) esa droga infernal”. “No hace falta intelecto para ser un intelectual”. “La única cosa difícil es cometer un crimen sin convertirse uno mismo en un criminal”.

martes, 13 de junio de 2017

Rayuela



Llego a la reseña número mil de mi blog. Quién lo hubiera dicho el día en que decidí comenzar esta aventura. Pasan los años y quedan los libros, anotados aquí. Por supuesto, para una ocasión tan especial no podía lanzarme a un libro cualquiera. Tenía que ser uno mágico, distinto, único. Quería releer uno de los que me han marcado durante estos 35 años que llevo como devorador de volúmenes. Y he elegido Rayuela, de Julio Cortázar, el gran libro de mi primera juventud, la primera novela que me conmocionó hasta la taquicardia, hasta el éxtasis, hasta la asfixia. Ignoro si alguna vez volveré a encontrar una obra que me perturbe como ésta. Lo dudo. He saltado el medio siglo y ya carezco de los entusiasmos frenéticos que poblaron mi juventud. Pero seguiré buscando, por si acaso.
Desde que la encontré, allá por 1988, la he releído media docena de veces, he escrito sobre ella, he impartido charlas sobre sus mecanismos narrativos y he pregonado sus virtudes a quien ha querido escucharme. Siempre la menciono cuando me preguntan por mis libros imprescindibles. Durante mucho tiempo viví conmovido por sus páginas. ¡Qué explosión enorme de sensaciones, qué universo de temas, de ideas! La angustia atroz de Horacio Oliveira, su terror existencial, su falta de asideros vitales, intelectuales y amorosos, su agonía de desterrado, su orfandad absoluta. Todo se alía en este volumen para tejer una malla hermosa y terrible, brutal y atrayente, viscosa y genial. Además, las innovaciones formales de Cortázar son tan removedoras como los gestos íntimos de su protagonista: capítulos casi redactados en escritura fonética, o con historias paralelas (en líneas alternas), o con léxico inventado (cap.68), o con... Los múltiples experimentos textuales son también notorios: combinatoria suma de los capítulos, reinvención de la novela en las manos de cada lector, etc. De la lectura de un libro así no se sale, afortunadamente, indemne: se sale lleno de luces y de heridas. Yo, quizá, salí escritor.
Copio algunas de las frases que subrayé con rotulador rojo y que, con el paso de los años, me siguen atrayentes: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. “Nos queríamos en una dialéctica de imán y limadura, de ataque y defensa, de pelota y pared”. “Atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras”. “Los terrores, qué lujo para la imaginación”. “Hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas”. “Amor, ceremonia ontologizante, dadora de ser”. “Si hablamos de amor hablamos de sexualidad. Al revés ya no tanto”. “La realidad está ahí y nosotros en ella, entendiéndola a nuestra manera pero en ella”. “El hombre se agarra de la ciencia como de eso que llaman un áncora de salvación y que jamás he sabido bien lo que es. La razón segrega a través del lenguaje una arquitectura satisfactoria, como la preciosa, rítmica composición de los cuadros renacentistas, y nos planta en el centro”. “Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo”. “Pretender que uno es el centro es incalculablemente idiota. Un centro tan ilusorio como lo sería la ubicuidad. No hay centro, hay una especie de confluencia continua, de ondulación de la materia. A lo largo de la noche yo soy un cuerpo inmóvil, y del otro lado de la ciudad un rollo de papel se está convirtiendo en el diario de la mañana, y a las ocho y cuarenta yo saldré de casa y a las ocho y veinte el diario habrá llegado al kiosco de la esquina, y a las ocho y cuarenta y cinco mi mano y el diario se unirán y empezarán a moverse juntos en el aire, a un metro del suelo, camino del tranvía”. “Tal vez el amor fuera el enriquecimiento más alto, un dador de ser”. “Estoy obligado a tolerar que el sol salga todos los días. Es monstruoso. Es inhumano”. “Puede ser que haya otro mundo dentro de éste, pero no lo encontraremos recortando su silueta en el tumulto fabuloso de los días y las vidas, no lo encontraremos ni en la atrofia ni en la hipertrofia. Ese mundo no existe, hay que crearlo como el fénix”. “Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos. Pero preguntarse si sabremos encontrar el otro lado de la costumbre o si más vale dejarse llevar por su alegre cibernética, ¿no será otra vez literatura?”. “Todo cariño es un zarpazo ontológico, una tentativa para apoderarse de lo inapoderable”. “Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (...) Total parcial: te quiero. Total general: te amo (...) Lo que mucha gente llamar amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto”. “El mero escribir estético es un escamoteo y una mentira, que acaba por suscitar al lector-hembra, al tipo que no quiere problemas sino soluciones, o falsos problemas ajenos que le permiten sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse en el drama que también debería ser el suyo”. “El escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir todavía más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que pretende mentar. No ya las palabras en sí, porque eso importa menos, sino la estructura total de una lengua, de un discurso”.

Rayuela es una vida dentro de mi vida.

domingo, 11 de junio de 2017

Palabras y café con escritores



Le cederé la palabra al argentino Jorge Luis Borges: “Yo, que tantos hombres he sido…”. Pascual García (Moratalla, 1962) también ha sido a lo largo del tiempo muchos hombres porque aunque la envoltura externa nos hable de uno solo, versátil, lúcido y sorprendente, resulta complicado admitir que cohabiten tantas voces en su interior: el poeta, el cuentista, el conferenciante, el docente, el crítico. Fruto de la mixtura de todos esos saberes, de todas esas inquietudes, nace a la luz pública una nueva vertiente como creador: las entrevistas que ha mantenido durante los últimos años con algunos escritores de dentro y fuera de Murcia: desde Pedro García Montalvo (que abre el volumen) hasta Antonio Arco (que lo clausura). De la edición, hermosamente ilustrada con un cuadro de Francisca Fe Montoya, se encarga el sello MurciaLibro, que la acaba de poner en las librerías.
Nos encontramos ante un volumen mayéutico, en el sentido socrático de la palabra: el entrevistador propone anzuelos a los diferentes escritores que pasean por estas páginas y luego los deja que merodeen, que divaguen o que muerdan de forma directa. Recogiendo sedal, distrayéndose en la escucha o insinuando diferentes ángulos de aproximación, Pascual García elabora unos retratos que tienen mucho de autorretratos. Porque esa virtud, capital en un libro de estas características y tan difícil de conseguir en la práctica, es la médula del volumen: lograr que sean estos hombres y mujeres quienes perfilen los rasgos que los dibujan interiormente; que sean sus propias voces y sus respuestas las que tracen ante nuestros ojos una imagen coherente, nítida, plástica, de sus ideas, miedos, intenciones o intereses.
Algunas de las personas entrevistadas propenden más a la facundia y otros (el ejemplo de Luis Alberto de Cuenca es paradigmático) se instalan en un desganado laconismo; pero de todos extrae Pascual alguna idea interesante, alguna sentencia, algún destello. Así, García Montalvo nos explicará que “el paso del tiempo y la hermosura de vivir” (p.46) son los temas fundamentales de su producción literaria; Manuel Moyano nos comunicará que, en su opinión, “el escritor es, por definición, un extranjero, alguien que siente cierta ajenidad entre los demás hombres” (p.72); Antonio Parra Pujante nos susurrará que “el arte es aquello que cura lo que no tiene cura, como quizás también la literatura, siempre la música y, a veces, la filosofía” (p.108); Francisco Javier Díez de Revenga coloca el núcleo de su actividad intelectual en una frase muy sencilla y muy honda: “Saber leer, entender lo que se lee y saber explicarlo” (p.170); José Cantabella nos avanza su proyecto para los próximos años: “Apartarme cada vez más de los actos públicos para adentrarme en mi faceta como escritor” (p.200); y Antonio Arco (por no agotar las referencias) concluye que “estoy convencido de que las palabras bien escritas, de que un lenguaje luminoso, el que se nutre tanto de la cultura atesorada como del alma en vilo, sobrevive a la muerte” (p.326).

En resumen (aunque este tomo no admite resumen), nos encontramos ante un trabajo excepcional, serio, hondo, inteligente, en el que Pascual García cede el protagonismo a diecinueve escritores con quienes se sumerge en conversaciones tan interesantes como enriquecedoras. La apuesta de MurciaLibro se convertirá en un volumen de referencia para los admiradores de cualquiera de los veinte autores: los entrevistados y el entrevistador.

sábado, 10 de junio de 2017

Canciones a Violante



Gerardo Diego enamorado y escribiendo como enamorado. Gerardo Diego con versos que muchas veces parecen de Pedro Salinas. Gerardo Diego y sus Canciones a Violante. El nombre, claro está, enlaza con la misteriosa dama que exigió a Lope de Vega que improvisara en su presencia un soneto; de ahí que el poeta santanderino se pregunte, en la primera composición del tomo: “¿Quién es Violante, reina de decretos?”. También desde el principio descubrimos que la estructura de esta obra lírica (la primera parte se titula “Presente” y la segunda “Ausente”) es deudora de Francesco Petrarca, otro enamorado insigne.
Gerardo Diego sigue jugando en estas páginas con la polimetría y con la rima asonante, que maneja siempre con eficacia, y entrega a los lectores algunas metáforas hermosas (los paréntesis son “paredes curvas para la caricia”, la playa es un “sueño canela”, etc).
Aunque el libro mantiene un elevado tono general, se me antojan especialmente memorables tres poemas: “Qué curiosos tus ojos”, “Tú te llamabas isla” (donde explica que los nombres de los protagonistas no son importantes en una historia de amor, sino simples corrientes de ternura) y, sobre todo, “Querer querer”. No me resisto a copiar un fragmento de la primera estrofa: “Para quererte a ti, querer quererte. / Yo te quise querer, y ya te quise. / Cuando escribí “Te quiero”, / en la t todavía no sabía / si te quería o te querría, / pero al cerrar la o / ya me temblaba del estar queriéndote”.

Reconozco que Gerardo Diego me sorprende en cada libro suyo que recorro. De mi desdén juvenil (tan ignorante, tan soberbio) he pasado a sentir por él una admiración clara, diáfana, serena. A veces el tiempo hace justicia, incluso en el interior de uno.

jueves, 8 de junio de 2017

La belleza convulsa



Vuelvo a Umbral, con su tomo La belleza convulsa, que me fascina desde el punto de vista verbal, como casi todo lo suyo. Umbral podía contar lo que le diese la gana: cosas sobre España, sobre su peluquera, sobre sus gatos, sobre su modo de orinar, sobre sus filias y fobias, sobre sus gustos gastronómicos o sexuales, sobre sus vecinos, sobre lo que fuera. Y siempre lo hacía con suprema elegancia estilística. ¿De quién más podríamos decir lo mismo?
Lógicamente, no hay argumento, porque el argumento es la pura divagación; su sintaxis es el fluir; su resumen, imposible; sus personajes, las palabras. Umbral buceando por el idioma. Podemos sentirnos cercanos a él o mostrarnos reacios a sus ideas. Pero el estilo lo salva, de principio a fin. Y ha quedado.

“Mi escritura cada vez se parece más a mi escritura, que, a su vez, cada día se parece más a mí. ¿Es eso un estilo? Sería, más bien, el momento de dejar de escribir. Y, sin embargo, comienzo un nuevo libro”. “La genialidad es tan difícil de aislar como la tontería”. “Esa lucha grecorromana que es el sexo”. “Cada mujer es la puerta jónica de una vida que hubiéramos podido vivir”. “Metáfora no es equivalencia entre dos cosas: el momento metafórico es, exactamente, ese momento en que una cosa quiere ser otra y comienza a serlo”. “La Historia, que es el parte clínico de la irracionalidad de los hombres”. “Y lo que a uno más le atrae, desde hace tiempo, es la desaparición: la cama, el agua y, quizá, la escritura. Tres formas de desaparición vicaria”. “La muerte no es un disparo de la luz ni una mano agónica en la noche. La muerte se va instalando en nosotros, haciendo nido, nidos, como las gaviotas en un farallón marino (...). La muerte, sí, va haciendo hospedaje en nosotros. Acabaremos por dejarle la casa entera”. “Duplico mi juventud habiendo madrugado”. “Los tópicos son verdades mineralizadas por los imbéciles”. “La amo con locura porque es lo igual entre lo igual, que ha dado, sólo para mí, su diferencia”. “¿Pero de qué redil soy yo, de qué rebaño? Jamás lo he sabido y me moriré sin saberlo”. “Una biblioteca, por muy numerosa que sea y por mucho que la frecuentemos, acaba convirtiéndose en una tapia de ladrillo”. “Nuestra vida cabe en siete folios. Hacer de esos siete folios siete mil, como Proust, es la gran proeza literaria, no igualada por nadie en el tiempo ni el espacio”. “Lo malo del tiempo no es que pese, sino que pesa inútilmente. Por eso resultan tediosos los predicadores cotidianos de su experiencia. Somos intransferibles”. “El presente es tozudo. El presente está ahí, aquí, como en la primera semana de la creación del mundo, es belleza convulsa que no sabemos si se consolida o se disipa”. “Qué cansancio y, sobre todo, qué ahogo en gris, el ángel cotidiano”. “Los escritores del sentido común, de la sintaxis previsible, me abruman con sus libros y escritos. Quiero alguien que me haga de puerta para pasar a lo imprevisible. Sólo vale la pena hablar de lo que no se entiende, escribir de lo que está más allá de la escritura”. “La sensatez es la forma más peligrosa de la arterioesclerosis”. “Sólo acepto la literatura como literatura. No rebajada a ciencia”. “El amor es sólo la intención de capturar una palpitación del doble pecho, que sigue palpitando para nada”. “Sin la música, habríamos escuchado el silencio soberano del Universo. Por culpa de la música escuchamos a Scarlatti. Hay que joderse”. “La música es una monstruosa aberración que llena de ruido el silencio sagrado de las elipses cósmicas”. “La ciudad, cuyo idioma es el ruido”. “Esa siesta de piedra que es la muerte”.

lunes, 5 de junio de 2017

Maddox descubre el camino



Además de sus vertientes como autora para adultos y como autora para jóvenes Care Santos ha desplegado también una actividad extremadamente brillante como escritora para niños. Para dejar testimonio de esa dedicación hoy nos acercaremos a Maddox descubre el camino, que formaba parte de una serie de novelas bajo el título genérico Arcanus y que tiene como protagonista al chico que da nombre al volumen. Es huérfano (sus padres murieron en un incendio y él sobrevivió milagrosamente) y se encuentra en una situación no muy cómoda: su tía Ada decide enviarlo a un campamento de invierno para que se relacione con otros chicos y chicas de su edad y abandone el espíritu hermético que lo caracteriza. Pero Maddox, que es un solitario recalcitrante, que adora mirar las estrellas y realizar asombrosos malabarismos con pelotas de colores, no encaja nada bien esta decisión. Entiende que su tía está preocupada por su forma de aislarse y que quiere favorecer su apertura al mundo, pero a él le cuesta dar los pasos necesarios para conseguir ese cambio en su personalidad. Hay personas que gozan relacionándose con otras... y personas que, como él, se sienten mucho mejor dentro de su propia burbuja, separadas de los demás por una barrera no de odio ni de desprecio, sino de protección. ¿Tanto trabajo cuesta entenderlo? Por ese mismo carácter obligatorio del campamento, Maddox responde de una manera desconsiderada a Raquel, una chica que sólo intentaba mostrarse dulce con el chico. Y entonces se produce una escena que va a cambiar muchas cosas en su vida: unas manos fuertes y desconocidas empujan a Maddox al fondo de un pozo. Cuando lo rescatan tiene un pie roto, repite de forma obsesiva la palabra “Aldebarán” y ha escrito las letras “Wik” en su cuaderno. ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Qué ha cambiado en la mente de Maddox? Otros personajes singulares, como la anciana ciega Naledi, el vehemente Wiktor (que trabaja en un circo) o el misterioso e inquietante Mahgul, rodearán pronto a Maddox para conformar una historia colorista, amena y sugerente, donde la astrología, el misterio, el Destino y los seres mitológicos se van combinando ante los ojos del lector, que aprende desde las primeras páginas a gozar el conjunto sin reservas. 
Germán Tejerina y Daniel Muñoz completan esta propuesta novelística con sus logradas ilustraciones... Después vendrían, para completar la serie, volúmenes como Wiktor hipnotiza a las fieras, Ekki domina las tinieblas, Heuria provoca tempestades o Ula mueve el mundo. No conozco ningún preadolescente a quien esta serie no encandile y atrape.

sábado, 3 de junio de 2017

La sorpresa



En 1944 apareció en Madrid, en los Cuadernos de Literatura Contemporánea del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el breve volumen poético La sorpresa (Cancionero de Sentaraille), de Gerardo Diego. Eran apenas cuarenta poemas que no volvieron a publicarse en libro y que constituyen una rareza dentro de la bibliografía del cántabro.
Se perciben en él muchos ecos italianos (hay composiciones ambientadas en Pisa o en Roma), así como reminiscencias de Miguel Hernández (en el poema Sí que quiero resulta imposible no pensar en el vate oriolano cuando Gerardo Diego repite una y otra vez el verso “Yo quiero ser hortelano”), pero sobre todo se observa la limpieza elegante con la que el santanderino se movía en el terreno de la métrica y la rima, obteniendo resultados siempre notables. En ese ámbito se permite muchas variantes (polimetría, rimas arriesgadas), sabedor de que su dominio técnico es elevado y que el lector no saldrá fatigado ni decepcionado de sus páginas.
Sobre tres de las composiciones del volumen me gustaría llamar la atención. La primera es Celos, donde Gerardo parafrasea a Gustavo Adolfo Bécquer para explicarle a su amada que ambas (la poesía y ella) se encuentran unidas en su corazón (“Poesía no eres tú. / Sois tú y tú, las dos distintas. / Os llevo una a cada lado. / No tengáis celos, mis vidas”); la segunda es el juguetón poema A, EME, O, ERRE, en el que se divierte urdiendo versos con las palabras que brotan de la permutación de esas letras (amor, Roma, ramo, Omar, mora); la tercera, en fin, es un socarrón texto humorístico donde el vate quiere referirse a cierta hortaliza famosa por sus capas verdes y lo comienza así: “Yo no me atrevo a nombrarla /por si estropeo la estrofa. / Tú sabes que el nombre es árabe / y que rima –es claro– en ofa”.

Incluso en sus volúmenes menores, como es el caso, Gerardo Diego consigue ser un poeta digno, serio y con destellos de calidad. Lo tenemos más olvidado de lo que merecía.

jueves, 1 de junio de 2017

El bazar de los malos sueños



Cada vez que Stephen King ofrece un nuevo libro a la imprenta se produce una auténtica conmoción a nivel mundial, porque son millones los lectores que se interesan por el tomo y se abalanzan sobre él para devorarlo. Está ocurriendo también, como no podía ser de otra forma, con la colección de relatos titulada El bazar de los malos sueños, que Carlos Milla Soler ha traducido en España para el sello Plaza & Janés.
Se trata de un volumen de más de seiscientas páginas, encuadernado con tapa dura, en el que el escritor de Portland nos ofrece una veintena de cuentos de espléndida factura, precedido cada uno de ellos con unas palabras explicativas sobre su génesis, sus anécdotas o su evolución literaria. Son tantos los detalles que podrían comentarse de esta obra que se impone un ejercicio de constricción, para dejarlo en unas dimensiones razonables... En primer lugar, habría que referirse a la amplitud del arco temático que presenta el libro. Que ningún lector piense que habrá de encontrarse aquí con relatos “de terror”. Los hay, y excelentes, cómo no. Pero King nos presenta también varias situaciones cotidianas donde aparecen muertes súbitas (“Premium Harmony”), incidentes automovilísticos que se van complicando (“Batman y Robin tienen un altercado”), historias de nombres que aparecen escritos en montículos de arena (“La duna”), proposiciones deshonestas que consiguen revolucionar el ánimo de los protagonistas (“La moral”), la adquisición de un kindle que permite acceder a infinitos mundos paralelos (“Ur”), las últimas horas de dos supervivientes en un holocausto nuclear (“Trueno en verano”) e incluso aventuras pirotécnicas en las que domina un hilarante crescendo de humor (“Fuegos artificiales en estado de ebriedad”)... En segundo lugar, hay que apresurarse a añadir que los lectores más aficionados al horror no saldrán defraudados del volumen: Stephen King reserva para ellos una serie de historias macabras donde no faltan coches inquietantes (“Área 81”), criaturas diabólicas (“Niño malo”), algún esposo trastornado (“No anda fina”), exorcismos que ponen los pelos de punta (“El diosecillo verde del sufrimiento”), crímenes atroces contemplados con absoluta impotencia (“Ese autobús es otro mundo”) o aprendices de periodista que descubren un poder aterrador en las notas funerales que redactan (“Necros”)... Y en tercer lugar, las introducciones. El escritor de Maine no se limita a redactar textos de presentación al uso (académicos o cronológicos), sino que compone piezas donde el humor, el intimismo, la naturalidad y la charla con sus lectores los llena de vida, de frescura, de encanto...

Un libro, pues, espléndido, que no va a defraudar a nadie: ni a los incondicionales del maestro ni a quienes se acerquen por vez primera a sus páginas. Para todos tiene su dosis de seducción, de magia y de literatura. Un auténtico crack.

martes, 30 de mayo de 2017

Salvación



Quizá la gran pregunta que recorre invisible todos los libros de Miguel Sánchez Robles (Caravaca de la Cruz, 1957) sea tan sencilla como trascendente: ¿tiene la literatura una misión salvífica? Y en caso de que la respuesta resulte ser que sí, ¿de qué nos salva? ¿De la decepción, del dolor, de la amargura de ir caminando hacia la muerte, del vacío, de los atardeceres sin nadie al lado, de sentir por dentro la carcoma de una tristeza que no podemos exteriorizar, de las miradas que se quedan perdidas y no encuentran el camino de retorno, de las amistades que el tiempo erosiona y destruye?
Quienes llevamos años leyendo y admirando a este magnífico escritor (repetiré una vez más que en España hay varios poetas a su altura, pero ninguno por encima) hemos comprobado, en prosa y en verso, que esa interrogación palpita en todas sus páginas. Y también lo hace, de forma muy especial, en Salvación, el texto que le acaba de publicar la editorial Gollarín. ¿Es una novela? ¿Es un largo poema en prosa? ¿Es un caleidoscopio de metáforas? ¿Es la más hermosa carta de amor que una madre ha recibido jamás de su hijo? ¿Es una sucesión de diapositivas emocionales que revelan la temperatura de un alma? A todas esas preguntas hay que responder que sí, porque el volumen se acoge a la amplia definición que usaba el también caravaqueño Miguel Espinosa cuando hablaba de sus obras y las definía como “libros”, sin más etiquetas castradoras.
Miguel Sánchez Robles nos acaba de entregar todo el lenguaje de su corazón. O todo su corazón hecho lenguaje. Y en las casi trescientas páginas del tomo palpitan dolores, lágrimas, añoranzas, descripciones de paisajes (internos y externos), reflexiones filosóficas, corolarios de vida y sentencias que, firmadas por Horacio o Montaigne, encontraríamos consagradas en un buen número de manuales. Que nadie busque aquí una “línea argumental” a la antigua usanza, porque la literatura de este autor no se ciñe a ese tipo de reduccionismos. Miguel Sánchez Robles no quiere contarnos una historia, sino que prefiere dejar que el lenguaje burbujee y construya a base de explosiones, colores, metáforas bizarras y perlas adjetivas un fluir lírico que va envolviendo a los lectores y los instala en un universo paralelo, compuesto de memoria, poesía y reflexión.
“Estoy aprendiendo a vivir despacio”, nos indica el autor al principio de la obra. Y el consejo, por sabio y por útil, convendría aplicarlo también a la lectura de Salvación: entremos despacio y sin inhibiciones en sus páginas, dejemos que su oleaje de palabras nos humedezca la piel del corazón y, al final, quedaremos tan asombrados como conmovidos.
Gracias, Miguel. Por tus libros, por tu lucidez, por tu constante enseñanza, por tu fecundidad, por tu brillantez incontestable. Nunca ha sido más atinado el verso de Bécquer: poesía eres tú.

domingo, 28 de mayo de 2017

Las cartas boca arriba



Me di anoche un paseíto por la poesía, de la mano de Gabriel Celaya, releyendo su breve libro Las cartas boca arriba (Laia, Barcelona, 1978). Es un tomo bien perfilado, con versos de puro fuego, que arden entre la fantasía y el rigor, mezclando lo urgente con lo eterno, y donde brilla el estilo de un poeta único, versátil, rocoso. El libro me ha gustado mucho (como me gustó cuando lo leí, allá por los años 90) y me ha permitido recordar algunas líneas de intensísima belleza. Celaya tiene manos ferreteras, agropecuarias, mineras, le pega puñetazos a los vocablos, los acaricia, los mima, los estruja, les extrae su caudal de luz y de verdad. De tal manera que sus composiciones y sus libros tienen una condición humana que palpita. No hay en ellos alambique o manierismo, sino estruendo, tierra mojada, calles de ciudad, gentes que pasan. Al cerrar las páginas de sus libros, siempre, me formulo idéntica pregunta. ¿Por qué se ha olvidado tanto a este escritor? No es desdeñable; ni siquiera es mediano. Yo entiendo que tiene una musculación literaria muy sólida. Además, habla del amor, de la muerte, de los grandes temas. ¿Dónde está la causa del vacío que a su alrededor se hace? No lo entiendo, de verdad que no lo entiendo.

“Porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo”. “Nos estamos muriendo por los cuatro costados, / y también por el quinto de un Dios que no entendemos”. “Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana”. “Soy el agua sin forma que cambiando se irisa”. “Ser hombre no es ser hombre. Ser hombre es otra cosa”. “Lo real me resulta increíble y remoto”. “El siempre primer día que hoy estreno”. “Así toda mi vida fue un fallido / esfuerzo por ponerlo todo en claro”. “Debemos ser formales, solemnes, decorosos; / siguiendo los carriles, crear libros y cuadros, / retratos que se pagan, poemas publicables; / disimular con formas sabias que estamos locos”. “Dios es lo más simple”. “El ibero que peca / de estar mal educado”. “No hay dignidad posible cuando uno ha visto tanto / y está triste, está triste, sencillamente triste”. “Te impones la alegría como un deber heroico”. “Hay músicas que invaden los repliegues secretos”. “Cualquier cosa que hagamos se carga de sentido”. “Vivimos de morirnos”. “Mi infancia me cuenta su mitología”.

viernes, 26 de mayo de 2017

Siete papas



Del teólogo Hans Küng, una de las mentes religiosas más notables del siglo XX, se acaba de publicar en la editorial Trotta el libro Siete papas, donde el célebre pensador suizo nos traslada sus impresiones y reflexiones sobre aquellos pontífices que han regido el Vaticano desde que él entró en el mundo de la religión. Haciendo alarde de una sinceridad que le honra, Küng admite que, además de introducir análisis objetivos acerca de estos dirigentes, también se ha dejado influir por sus emociones (“El hecho de que determinados papas salgan mejor parados que otros tiene que ver, por supuesto, con el hecho de que me resulten simpáticos o antipáticos. ¿Cómo podría ser de otro modo?”, p.12).
Así, nos dirá que Pío XII usó la devoción mariana “con sentido estratégico”, que fulminó el movimiento de los curas obreros franceses, que fue capaz de excomulgar en masa a todos los comunistas del mundo en 1949 mientras no movía un dedo para denunciar el nazismo (“Esto fue bastante más que un error político; fue todo un fracaso moral”, p.39)  y que, por todo eso, “este pontificado fue una verdadera tragedia cristiana, a pesar de todo su esplendor externo” (p.40). De Juan XXIII aseverará que fue “el papa más grande del siglo” (p.49), aunque le faltasen dotes de mando para eliminar a los sectores más retrógrados de la curia. Eso no obsta para que lo defina como “un papa que irradia amor cristiano en lugar de poder eclesiástico”. Por Pablo VI manifiesta sentir “simpatía personal”, pero no se le oculta que su papado tuvo “un comienzo esperanzador, un final más bien triste” (p.132). Sobre la inopinada muerte de Juan Pablo I (solamente se mantuvo en el cargo durante treinta y tres días) afirma: “A los curiales, a los que en parte conozco personalmente, los creo capaces de mucho, pero no de asesinar a un papa” (p.145). Cuando llega a la semblanza de su sucesor, Juan Pablo II, no duda en indicar que ha dejado “una nefasta herencia” (p.179) y que fue desde el principio un papa del Opus Dei, al que define como “Organización secreta católico-fascista con rasgos sectarios” (p.155). Algo después (p.199) nos dirá Hans Küng que el manipulador Joseph Ratzinger “hizo todo lo posible para encauzar la elección papal”, y el resultado fue evidente: salió elegido y optó por el nombre de Benedicto XVI. Era el triunfo de “el gran inquisidor y adversario de toda reforma de la Iglesia” (p.208) y de un hombre que habría de verse salpicado por “los escándalos de abusos sexuales a menores, que se extienden de continuo y a cuyo encubrimiento él mismo había contribuido” (p.247). Con las páginas que dedica a la “primavera vaticana” que supone la elección del actual papa, Francisco, quien representa “un signo de esperanza” (p.264), el teólogo Kans Küng cierra esta obra seria, profunda y controvertida, donde va mezclando consideraciones puramente teológicas con análisis humanos, meditaciones orgánicas y apuntes para la renovación del aparato de la Iglesia y su necesario saneamiento.
Nos encontramos, por tanto, con un volumen que resultará muy útil tanto a los especialistas como a los simples interesados en el devenir de los asuntos vaticanos en las últimas décadas, y que está escrito con tanto rigor en los términos como transparencia en la exposición. Nuevo acierto editorial del sello Trotta.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Crepusculario



Crepusculario es sustancialmente una obra de Neruda, pero aún no lo es del todo accidentalmente. Uso esta terminología aristotélica para significar que el espíritu del volumen ya nos muestra a un escritor potente, a un zahorí de bellezas; pero que la forma en que traduce ese huracán íntimo es todavía imperfecta. Neruda ha buceado poderosamente por el océano de los libros y, al emerger, su piel está húmeda de influencias y salina de plagios. Pero esta actitud no es en modo alguno vituperable, ni motivo de burla. Todo escritor joven nace de una superposición de adherencias y busca con su ayuda su propio sendero creativo.
Se percibe en casi todos los poemas de este volumen, como si una niebla los impregnase, que aquel chico oscuro, tímido y solitario no era feliz. ¿Simple prurito adolescente de significación? ¿Malditismo romántico llevado a su extremo? La martilleante insistencia del escritor parece avalar la sinceridad de su pena: “Estoy triste, pero siempre estoy triste” (Farewell); “Sé que la vida es triste” (Los jugadores); “Mordiendo solo todas mis tristezas” (Barrio sin luz); “Mi cuerpo triste” (Aquí estoy con mi pobre cuerpo); “Mi queja triste” (Tengo miedo); etc. Y las posteriores declaraciones autobiográficas del vate chileno confirmarían una y otra vez la autenticidad de esa desolación.
Inquieto, febril, casi arrebatado, Neruda indaga en múltiples direcciones: baraja moldes estróficos diferentes (cuartetos, sonetos, romances); juega con una polimetría nerviosa (versos de 7, 8, 9, 11, 14, 16 sílabas); y hasta se permite ejercicios lujosos con la rima: bien decantándose por consonancias extremas (crepúsculo-corpúsculo-músculo); bien recurriendo a ironías semánticas (impolutas-putas). ¿Y a quién no seduce el precoz riesgo estrepitoso de sus encabalgamientos, el luminoso poder evocador de sus símiles (“Incontenible como un amanecer”), el lirismo desprejuiciado de sus metáforas, la belleza de sus adjetivos desplazados (“La angustia inmóvil del acero”) o el espesor de sus imágenes acumulativas (“Rodaban, ululando como tigres, los trenes”)? Es como si nada le bastase. O, mejor, como si pretendiera caminar todos los senderos para ver por cuál transita con más comodidad y con mejores resultados.

Una voz, que aún estaba desperezándose, había nacido.

lunes, 22 de mayo de 2017

Al margen de estos clásicos



Acabo, con una vasta ebullición mental —por lo mucho que se aprende en él y lo bien escrito que está el volumen—, las páginas de Al margen de estos clásicos, del filósofo Julián Marías (Afrodisio Aguado, Madrid, 1967). Me ocurre con este pensador una cosa muy curiosa: lo admiro profundamente por la seriedad y la diversidad de sus reflexiones, me gusta la forma en que organiza y redacta... pero siempre me chirría el modo en que se empeña en autocitarse. Como ya dije en mi ensayo Z, como resalté en mi libro X, sobre este asunto ya adelanté algunas notas en mi trabajo T... Ese pavorrealismo siempre me ha sorprendido, por su puerilidad. Pero salvada esa flaqueza, dejaré aquí algunas de las frases que he ido espigando en el volumen, aclarando que se trata de una pequeña muestra: el tomo es tan denso, tan abigarrado de aciertos, tan notable, que la pretensión de reducirlo a un resumen está condenada al fracaso... “Si cualquier país hiciera el intento de vivir de sus propias ideas, el resultado sería la indigencia mental”. “(Idioma) El español juega libremente con monedas bien acuñadas”. “Los géneros literarios significan fundamentalmente las diversas articulaciones de la realidad, los diferentes escorzos o posturas en que la realidad es acotada, presentada, interpretada”. “Cuando yo escribo o hablo y pienso que puedan no entenderme los que me leen o me oyen siento una especie de repugnancia interna, casi, casi la náusea de los existencialistas”. “Con los padres no hay que estar de acuerdo, no se está nunca de acuerdo. Lo que se debe tener con ellos es concordia; y ésta sólo nace de la cordialidad”. “El escritor químicamente puro -Ramón Gómez de la Serna-”. “Esa propensión ibérica al energumenismo”. “La perplejidad del español en vacaciones: después de quejarse de “no tener tiempo para nada”, se encuentra en la situación embarazosa de “no tener nada para el tiempo”...”. “Azorín —ésta es la verdad— nunca ha acabado de ser novelista”. “La dificultad está en que Azorín ha sido siempre mediano narrador. No fluye: su prosa está hecha de pausas, río todo remansos”. “(Azorín) No hay escritor con menos ruido que él”. “Machado se acerca a las cosas (...) y apenas las toca. No las viste, no las recubre de recursos retóricos; simplemente, nos las señala, con un gesto tímido y sorprendido, que subraya su emoción o su belleza. Es poca cosa, pero esencial”. “Con la erudición va a ocurrir quizá como con las armas de guerra: a fuerza de intensificación y perfección habrá que renunciar a usarlas (...) el crecimiento casi canceroso de la bibliografía universal”. “Este libro, Platero y yo (...) no es de poesía (...); gravita hacia lo que, en un sentido muy lato, podríamos llamar “novela”...”. “(Ortega y Gasset) Creador del estilo literario más influyente en el siglo”. “El hombre, cada hombre, tiene que decidir en cada instante lo que va a hacer, lo que va a ser en el siguiente. Esta decisión es intransferible: nadie puede sustituirme en la tarea de decidirme, de decidir mi vida”. “(Ramón Gómez de la Serna) Dice esas cosas que extasiarían a los demás si fuesen de Heidegger: “Aburrirse es besar a la muerte”...”. “Lo que pudieron ser Garcilaso o Bécquer en sus siglos, en el nuestro lo ha sido Salinas”. “Sobre Cela se han escrito más adjetivos que sustantivos y verbos; y los adjetivos son poco esclarecedores. Se cae en la cuenta de que Cela, que tanto ha dado que hablar, debería también haber dado que pensar”.

sábado, 20 de mayo de 2017

Mortal y rosa



La primera vez que leí Mortal y rosa, de Francisco Umbral (Destino, Barcelona, 1979), fue en agosto de 1989. Y no tengo que hacer demasiada memoria para recordar que me impresionó. Aún no había sido padre, ni había perdido a ningún hijo, pero el dolor terrible que sus páginas contenían me traspasó como un dardo envenenado de lágrimas y literatura. Ahora, cuando lo visito por tercera o cuarta vez, sigue pareciéndome un canto hermoso, magnífico, desgarrado y lírico que Umbral le dedica a su hijo recién fallecido, y que hace estremecerse el ánimo del más templado. Imagino que cuando pasen los años y las décadas, la imagen agria que Umbral se obstinó en difundir como personaje público quedará olvidada o difuminada, y que entonces se comprenderá la grandeza única de este largo poema en prosa, uno de los mejores que he leído en mi vida. “Cómo negar la mitad en sombra de la vida, si están ahí los sueños”.  “La juventud es una divina vulgaridad. Los años estilizan, aristocratizan, dignifican un poco, y llegan incluso a individualizarnos. Pero preferíamos la democracia gloriosa de la juventud a estas distinciones y medallas de edad que nos impone la vida”. “Ahora la gente se pone al sol para teñirse. Mal hecho. Eso da cáncer. El bronceado es un vestido, un disfraz. Una mujer muy blanca está más desnuda. El pigmento, natural o adquirido, viste, reviste”. “Es muy fácil que la mano se torne garra sobre el cuerpo de una mujer. Ir a la mujer con manos de pianista mejor que con manos de ladrón. Que la mujer no se sienta saqueada, sino templada, pulsada, afinada”. “El hombre, si no es la medida de todas las cosas, es al menos una maqueta bien intencionada del Universo”. “Nunca llevamos a un niño de la mano. Siempre nos lleva él a nosotros”. “Estoy oyendo crecer a mi hijo”. “La salud es un delicado equilibrio de deflagraciones. La cabeza que suena, los ojos que duelen, los oídos que pitan, la garganta que escuece, el vientre que sufre, los enfisemas, los vértigos, el insomnio, el miedo, las caries, las infiltraciones hiliares, las arritmias, la tos. Estamos vivos de milagro. Lo científico sería morirse en seguida”. “Vives otras casas, las amueblas, las habitas, y algo te dice que no son tu casa. Entras y sales en ellas. Pero un día encuentras la casa, tu casa, la que te esperaba, ésa que teje en seguida en torno de ti su silencio, sus sombras, su polvo, su tiempo, y de la que ya no vas a salir nunca, a la que volverás siempre”. “Escribir es una cosa pasiva, receptiva, contra lo que se cree, así como leer es algo activo, creativo, voluntarista”. “El estilo es la modulación que toma el lenguaje al pasar por nosotros, como la curva que adopta el agua en una jarra”. “El libro es sólo el pentagrama del aria que ha de cantar el lector. En el libro no hay nada. Todo lo pongo yo. Leer es crear. Lo activo, lo creativo, es leer, no escribir”. “Miro mi edad en los espejos de las tiendas”. “Moriré sin haber pasado por el mundo. Jamás he salido del ámbito mágico de la literatura, lo cual no tiene nada que ver con la torre de marfil. He vivido el mundo intensamente, pero literariamente. Escribir es sólo la exteriorización de una actitud y de una óptica. El escritor va por dentro”. “(El escritor) No, no sirve de nada defenderse con el escándalo o la rebeldía. Al final te aprovechan. Al final te vacían en bronce, que es lo que quieren”. “Nada me atormenta tanto como la belleza del mundo. Vamos en una lujosa calamidad, en una primavera mortal, hacia la muerte. Se nos ha preparado —¿por quién?, por nadie— una suntuosa masacre, el hombre muere rodeado de belleza, entre el esplendor del verano o los palacios fríos del invierno”. “Lo nuestro no tiene arreglo. El hombre es decididamente mediocre”. “Ya tenemos estadísticas exactas sobre los niños que se mueren. Lo que no tenemos es ganas de alimentarles, pero llevamos su muerte muy bien contabilizada”. “Hay que descubrir la piedra filosofal todos los días, y encontrarla entre las piedras grises y torpes, que son las que más abundan”. “Lo más desolador es que ni en la muerte nos encontraremos. Cada cual se queda en su muerte, para siempre. La muerte es distancia, sólo distancia”.

jueves, 18 de mayo de 2017

El abismo verde



En ocasiones, nuestros miedos y nuestras dudas se alían para erosionar la calma sedante en la que creíamos vivir. Navegantes por un mar tranquilo, en el que las galernas y los maremotos habían decidido respetarnos, de pronto nos vemos sacudidos por un oleaje que desarbola nuestra nave y nos provoca un atroz naufragio. Así le ocurre al joven sacerdote que protagoniza la última novela de Manuel Moyano, publicada por la editorial palentina Menoscuarto con el título de El abismo verde.
Resumir su argumento sería fácil y probablemente serviría para que muchos lectores se sintieran de inmediato tentados de buscar el libro, pero me abstendré de recurrir a ese reclamo. Digamos simplemente que tenemos a dos europeos (un alemán y un español) situados entre las localidades selváticas de Mapucho y Agaré, en el continente americano. Digamos que están rodeados por una masa de indígenas embrutecidos por el alcohol de caña. Digamos que a unos seis kilómetros de allí se pueden visitar las ruinas de una ciudad maya o inca. Y digamos, en fin, que por los agujeros de sus muros erosionados aparecen, al oscurecer, unas criaturas deformes, de sexo femenino y apariencia humana pero sin pigmentación en la piel, que provocan tanto estupor como repugnancia.
Ya está. Dejémoslo en ese punto. El lector de Manuel Moyano no necesita más para saber qué maravillas va a encontrarse en las páginas de esta novela, que lleva una preciosa imagen de portada de Francisco Anzola y que investiga en territorios tan variopintos y sugerentes como el horror, la fe religiosa, la atracción sexual, la desesperanza, la ansiedad, el desconcierto o la furia.
Tres elementos se combinan para convertir el volumen en una pieza codiciable: de un lado, esa trama poderosa que he insinuado y que alcanza límites inauditos en varias secuencias del relato; de otro, los convincentes perfiles psicológicos que el autor elabora con los personajes principales (el dipsómano Lavinger, el sinuoso Montesinos y el atormentado sacerdote que nos narra la historia); y, por fin, una presentación formal de imposible mejora, donde la música sintáctica de Manuel Moyano, su cuidado a la hora de adjetivar y su finura semántica envuelven al lector hasta que llega al vértigo de la última página.
Si es usted lector habitual de este prosista afincado en Molina de Segura, corra a hacerse con la obra, porque le aseguro que volverá a encontrarse con la magia que ya descubrió en sus libros anteriores. Si no lo es, acépteme el consejo y sumérjase en las aguas de este río: pasará al grupo anterior en cuestión de cinco minutos.

lunes, 15 de mayo de 2017

Tentativa del hombre infinito



El exquisito sello Cátedra acaba de editar, con un espléndido trabajo de exégesis de Hernán Loyola, el juvenil texto poético Tentativa del hombre infinito, de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido en el ámbito de las letras como Pablo Neruda. Este poco conocido volumen constituye, en la producción del chileno, una bisagra evidente entre su etapa simbolista y su etapa surrealista, como señaló hace años el estudioso Fernando Alegría.
Se trata de una obra realmente extraña, no demasiado extensa, llena de nervio, “sobrecogedora pero ininteligible” (en opinión de Saúl Yurkievich), y que tiene mucho de desbordamiento, de vómito existencial, de riada anímica. Flotan en ella candelabros, hogueras, hojas, crepúsculos, matorrales, proas, luces, campanas, amores, vientos, túneles, mareas, atardeceres, fotografías, besos, frutas, niños, metales, peces, trapos, panes, victrolas, luciérnagas y bosques. Es como si los mundos antiguos de Neruda (el mundo triste de Crepusculario, el mundo reordenador de El hondero entusiasta, el mundo erótico de Veinte poemas de amor y una canción desesperada) abdicasen de su estatus cósmico y se despeñaran por los taludes de una desgarradora pesadilla surreal, pórtico ya de las Residencias.
Como es lógico suponer, este vuelco conceptual ha de ir acompañado también de un giro drástico en la forma. No podía ser (casi nunca lo es) de otro modo: cuando rasgamos un naipe, ambas caras resultan destruidas. Consciente de que las revoluciones han de ser absolutas (o no son nada), el joven escritor decide desautorizar los preceptos caducos de la ortodoxia: niega la puntuación, descree de las mayúsculas y cancela el rigor militar de la sintaxis castellana, logrando lo que Enrico Mario Santí definió en su momento como “suite visionaria”, donde los vocablos nocturnos se convierten en los grandes protagonistas (sueño, luna, dormir, estrella, sombra, etc. “Noche” aparece en 26 ocasiones). Como es lógico, los lectores quedan a menudo desconcertantes, sobre todo sabiendo que es la obra que publicó Neruda tras sus transparentes Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
Neruda comprende que el ático de los sueños está ahí, esperando ser visitado y descrito con palabras (desconcertadas, o nebulosas, o balbucientes, pero palabras); y asume ese reto con el empuje y la confianza que sólo un muchacho lleno de ilusiones podía desplegar. Haciendo anatomía de sus propias entrañas, Neruda se muestra desnudo al sol de la poesía y nos entrega unas páginas tan difíciles como confesionales.
Aparecen en las páginas del libro, flotando como nenúfares sobre un magma de color oscuro, asombrosos juegos visuales o táctiles (“la sonrisa se extiende como una mariposa en su rostro”, “el aire estaba frío en tu corazón como en una campana”, “amanecía débilmente como un color de violín”, “amanecen los puertos como herraduras abandonadas”, etc). Pero resulta evidente que en sus líneas generales nos encontramos ante una obra difícil, casi críptica, donde las pesadillas, las imágenes turbulentas y las adjetivaciones extrañas parecen dejar óxido en la lengua de los lectores.  Quizá por eso el crítico Alberto Cousté pudo afirmar que Tentativa es “acaso el menos leído de los libros de Neruda, y sin duda el que menos comentarios ha merecido de sus exégetas”.
Con esta edición de Cátedra, es posible que comience a entenderse mejor esta obra juvenil del premio Nobel chileno.

sábado, 13 de mayo de 2017

Diario póstumo



Releo el Diario póstumo, de Ramón Gómez de la Serna, expurgado por su mujer Luisa Sofovich de los aspectos más íntimos (Plaza & Janés, Barcelona, 1972). Y constato una vez más que todas las marcas del genio —Ramón lo fue, según dicen— brotan aquí: la chispa, el alto logro lírico, la abisal hondura de sus meditaciones, la sinceridad, la transmutación alquímica de todo en literatura. Se trata de un libro para leer, releer, solazarse e instruirse en la esencia de un escritor auténtico, así que le cedo la palabra para que sea él mismo quien nos deje sus reflexiones, cajón extravagante y amplio donde cabe casi todo: la arbitrariedad, la filosofía, el humor, el exabrupto... Ramón podía ser irritante en ocasiones, pero nos dejó una obra literaria que conviene releer de vez en cuando. “Todo el que no está muriéndose no alcanza la explicación del mundo”. “Volvimos a ver si estaban en el banco del jardín público las horas que perdimos allí el otro verano, y allí estaban”. “Quiero que queden fijas las ideas, y las ideas no pueden ser fijadas porque las plumas se niegan a ello. Las plumas son unas hijas de puta”. “No hablemos de café: o se tiene la superstición del café o no se tiene”. “El que cree que todo lo va a encontrar en el diccionario, está erudíticamente perdido”. “La vida es así: “¿Se ha acomodado bien? Pues entonces, ¡fuera!”...”. “La multitud no tiene importancia más que cuando se revoluciona y quiere matar al que está tan tranquilo y no se mete en nada”. “No dais importancia a los pasos de los seres y tienen la importancia de lo que desaparecerá, de lo que, habiendo sido tan evidente, un día no tendrá ninguna evidencia... Oíd con atención y respeto los pasos”. “Cada vela tiene su manera de llorar su cera”. “Ya vas a ser calumniado por todos. Ya vas a morir. Resígnate”. “Su defecto es que a todo lo que hablaba le ponía forro de palabras”. “El beso, ¿es un préstamo o un regalo?”. “Los libros de las rancias bibliotecas se traspasan sabiduría o curiosidad en un intercambio secreto”. “El mayor logro de la vida es que no le nombren a uno muerto honorario”. “Trajes: forros de la nada”. “Los repetidos sellos de “archívese” que nos quieren o nos van poniendo a la espalda no deben resistirse; hay que escapar apenas se les sienta”. “Si no te encuentro, ¿para qué quiero la ciudad?”. “En el fondo del mar hay un álbum en que están las fotografías de todos los náufragos”. “El arte no se debe abandonar. Hay que estar buscándole las vueltas, hay que estar esperando que quiera hablar con uno”. “Siempre la fotografía dice la verdad”.

sábado, 6 de mayo de 2017

El romancero de la novia



Cuando se pregunta a lectores, estudiantes o incluso profesores, por los poetas del 27 el nombre que siempre sale a la primera línea de la memoria es Federico García Lorca. Después, en proporciones variables, surgen Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Pedro Salinas y Luis Cernuda. Pero el “patito feo” del grupo suele ser el santanderino Gerardo Diego, a quien se lee poco, se valora poco y se recuerda poco, ni siquiera por haber compartido premio Cervantes con Jorge Luis Borges.
Hoy traigo a esta página su producción inicial El romancero de la novia, que se completó con Iniciales y que constituye una buena muestra de sus primeros pasos líricos, donde trabajó con unas asonancias deliciosamente musicales y donde practicó unos frecuentes encabalgamientos rítmicos de gran elegancia (incluso cuando se antojan demasiado abruptos, como ocurre en “El retrato roto”). Temáticamente, el recorrido que siguen los poemas del volumen es muy claro: el vate se enamora de una chica, con alborozo casi adolescente (“Eres mi novia, mi novia... / palabra divina. Suenas / a música, a luz, a labios, / a corazón, a pureza”) y, después de algunos altibajos en los que incluso acarician la posibilidad de devolverse las cartas (“Nube de primavera”), se produce la ruptura definitiva. El poeta le agradece todo el tiempo que compartieron y anota que ahora todo es en su corazón “Frío... Soledad... Silencio...”.
El profundo dominio de los octosílabos se enriquece en Iniciales con una mayor variedad métrica (heptasílabos, endecasílabos) y se amplía también el abanico de temas: los atardeceres, con su esplendor de luces (“Fuego”), las peticiones a Dios para que le conceda el don de la voz lírica (“Poeta sin palabras”), etc. Gerardo Diego se ejercita aquí en los sonetos (“Era una vez”), sobrevive incluso a un experimento con la cuaderna vía (“La caravana de las lecheras”) y propone la desnudez, la sobriedad y la contención como formas poéticas (“Química”).

En suma, un volumen juvenil pero que ya evidencia al poeta estupendo que el cántabro siempre fue. No se merece la amnesia con la que tantos lo cubren.

jueves, 4 de mayo de 2017

Felicidad familiar



En ocasiones (por no incurrir en la exageración de afirmar que siempre), la felicidad es un envoltorio que apenas resiste un leve arañazo antes de revelar lo que realmente encubre: un contenido menos amable, menos sonriente, menos idílico del que los colores exteriores mentían. Sonreímos para protegernos. Disimulamos para apuntalarnos. Y con ese camuflaje quebradizo circulamos por la vida... Así le ocurre a la inteligente Polly Solo-Miller, una experta en técnicas de estimulación de la lectura que trabaja en un puesto de alto nivel y que está casada con el abogado Henry Demarest. Él es un hombre que goza de gran éxito en su profesión y que está acostumbrado a que su esposa ejerza de dulce ángel tutelar (“Polly tenía dos ocupaciones: la que desempeñaba a cambio de un salario y la consistente en iluminar el humor sombrío de su marido”, p.27). La pareja tiene hijos, un hogar lujoso, un nivel económico elevado y unas relaciones sociales animadas: cenas con amigos en locales distinguidos, asistencia a exposiciones, viajes y vacaciones donde nunca sufren imprevistos ni reveses... Pero Polly experimenta, de pronto, una perturbación en su vida emocional cuando conoce al pintor Lincoln Bennet, solitario y magnético, de quien acaba convirtiéndose en amante. Polly no está dispuesta a renunciar a las nuevas sensaciones que Lincoln le aporta, pero constata con sorpresa que continúa amando a su esposo (“Pensaba que su amor por él no había menguado. Se había establecido un equilibrio que hacía la vida más... La palabra era “soportable”, pero no se atrevía a pensar en ella”, p.69). En ese juego erótico que con tanto vigor ha irrumpido en su vida ambos tienen las cosas claras: ni ella quiere dejar a su marido, ni Lincoln se muestra partidario de renunciar al preciado don de la libertad. Se amarán y se encontrarán furtivamente cuando sus agendas se lo vayan permitiendo. Mentirán, cuando se encuentren en público, una cordialidad educada y huérfana de pasiones. En suma, tratarán de que la existencia de Polly siga pareciendo “honorable”... Pero lo que ella no puede evitar es sentirse confusa y triste por esta situación de encubrimiento en la que vive, que le hace plantearse muchas preguntas: “¿Dónde había fallado? Las cosas que deseaba, las cosas que tenía y las cosas por las que trabajaba no casaban entre sí. Se sentía una extraña en su propia vida, una forastera entre las cosas que había creado y una marginada de su propio corazón” (p.216). Estas tensiones, estas zozobras la conducen a una sensación creciente de inquietud, de autoexamen; y trata de replantearse su existencia (“De las terribles angustias que había pasado sentía surgir un nuevo yo. No sabía cómo iba a ser, pero sería por carácter y naturaleza exclusivamente suyo”, p.332)... Una novela llena de reflexiones sobre el amor, sobre la fidelidad, sobre el sentido de la vida y, ante todo, sobre los cauces que nos conducen hacia la dicha o el fracaso. Espléndida propuesta de Laurie Colwin, que Antonio-Prometeo Moya traduce para el exquisito sello editorial Libros del Asteroide.

martes, 2 de mayo de 2017

Deseo de chocolate



Estamos rodeados de objetos. Nos circundan física y emocionalmente, pero lo más frecuente es que no reparemos con demasiada frecuencia o intensidad en su textura, en tus perfiles, en su devenir. La vieja joya oxidada de la abuela, aquel souvenir que nos trajeron de un viaje, una prenda ajada de cuando éramos niños, el antiguo reloj de pulsera que ya no funciona, un viejo bolígrafo que nos sirvió bien y que tartamudea su tinta penúltima. En ocasiones, determinados escritores se han centrado en uno de esos objetos en apariencia insignificantes y han extraído de ellos una propuesta muy sólida desde el punto de vista narrativo o sentimental. Pero la ambición que la catalana Care Santos despliega en Deseo de chocolate va mucho más lejos, en todos los sentidos, porque persigue las vicisitudes que experimenta un objeto durante tres siglos y nos va mostrando las peripecias ramificadas de sus diferentes poseedores. Así, nos suministra varias historias (muchas historias, en realidad) en una misma novela. El objeto en el que fija su mirada es una chocolatera que se fabricó en Sèvres por encargo de Adélaïde, hija del rey Luis XV, la cual adoraba tomarse esa bebida a diario. Con el paso del tiempo, el insigne recipiente fue pasando de mano en mano hasta llegar a la actualidad, que se encuentra en el hogar de Sara y Max, que llevan casados diecisiete años... Durante esas tres centurias, la pieza de porcelana ha sido testigo de una gran cantidad de sucesos y se ha visto manejada u observada por personajes de lo más variopinto: la mujer que engañaba a su marido con el mejor amigo de éste en la habitación 709 de un hotel; un doctor octogenario que, después de casi dos décadas de vida bajo el mismo techo, se anima a dar el paso de casarse con su sirvienta; el maestro chocolatero que ejecuta todo el proceso de forma artesanal y que tiene a su hijo estudiando en Suiza; una esposa inquieta, que se fuga de casa para irse con un tenor (“Para conocer a los hombres no basta con acostarse con uno solo. Yo quiero ser sabia en este terreno. Con un hombre solo no tengo ni para empezar”, p.198); un muchacho que, en el último cuarto del siglo XVIII, es enviado a Barcelona para hacerse con una máquina que está llamada a revolucionar la historia de la repostería... 
Con su maravillosa capacidad para desarrollar argumentos y salpimentarlos con personajes inolvidables, Care Santos consigue, una vez más, embrujarnos y llevarnos a donde ella quiere: la butaca de la seducción. Allí nos invita a sentarnos; allí nos ofrece un café caliente (en este caso, un chocolate); allí despliega ante nuestros ojos su fabuloso arsenal de prodigios, como esos magos ambulantes que provocan exoftalmia entre su público. Deseo de chocolate es la historia de muchas fascinaciones, de muchas emociones, de muchos seres. Y el zigzag cronológico que utiliza para contar todas esas vidas es tan magnético como convincente, permitiéndose incluso alardes como el que maneja en la secuencia 15, donde se pasa al formato teatral, para darle un ritmo más brioso a las postrimerías de la novela. Care Santos hace lo que quiere y en todo brilla. Es única. God Save the Queen.

domingo, 30 de abril de 2017

Versos humanos



Lo dice el santanderino Gerardo Diego en una de las primeras páginas de este poemario: “Regresa el pájaro a la jaula”. O, dicho de un modo menos lírico y más prosaico: abandona las aventuras métricas y rítmicas que lo habían ocupado en los meses anteriores y retorna a un espacio donde se siente mucho más cómodo y donde fluye con mayor naturalidad. Menudean los sonetos (que siempre cinceló con especial fortuna y donde consiguió monumentos como “El ciprés de Silos”), se detiene en los romances y, en general, demuestra su elevada musculatura lírica en todas aquellas estrofas donde el clasicismo de la forma no está reñido con la innovación temática.
Creo que el mejor Gerardo Diego estuve siempre en el ámbito apolíneo, y que en él obtuvo sus logros más memorables. Sabe escribir música con sus versos. Sabe conformar poliedros rítmicos donde todo está medido, equilibrado, orquestado. Y luego espolvorea esas composiciones con destellos notables, como cuando nos define a una cigüeña llamándola Hada madrina de los campanarios o cuando fija la mejor descripción de una pequeña plaza de pueblo diciendo que su esencia consiste en soledad de once meses / soñando con las fiestas.
Otras veces, el cántabro se detiene en poemas como “Carnaval de Soria” (retrato espléndido del ambiente que se respira en esa celebración castellana, tanto en las calles como en el casino. El ritmo musical, logradísimo gracias al manejo de los octosílabos, se adelgaza en el tramo último con el paso a hexasílabos) o como el celebérrimo “Brindis” (el poema que firmaría cualquier profesor vocacional). Además, en este volumen se ocupó de dedicar textos a algunos de sus amigos más profundos, como José María de Cossío, José del Río o Juan Larrea.

Se ha dicho (y la crítica es desde luego admisible, y hasta rigurosa) que Gerardo Diego resulta fatigoso si se leen muchas páginas seguidas de sus composiciones. Es verdad. Pero si somos justos convendremos en que ningún sonetista resiste que se lean treinta o cuarenta poemas suyos de un tirón. Ni don Francisco de Quevedo. Ni Lope de Vega. Ni Miguel Hernández. Eso, evidentemente, no resta calidad al autor, sino que nos indica que debemos acercarnos a él con lentitud y en pequeñas dosis. Aconsejo actuar así con Gerardo Diego, quizá nuestro premio Cervantes más incomprendido.

viernes, 28 de abril de 2017

Te veo triste



Todos emprendemos, en mayor o menor medida, búsquedas. Pero la que tiene que ultimar la joven traductora Marta Sampiero es singularmente curiosa. Su padre, un escritor de cierta fama, acaba de fallecer; y deja indicado que su hija encuentre a una misteriosa mujer llamada Carmen Cabrera y que le comunique su muerte. Al principio, el desconcierto invade a la muchacha, pues ignora quién puede ser esa persona; pero después comienza a registrar las pertenencias de su padre en su casa de Zaragoza (carpetas, cajones, libros) y acaba encontrando diarios y cartas donde el nombre de Carmen sale a relucir. Por lo que parece, mantuvieron algún tipo de relación sentimental que se desarrolló en lugares como Varsovia o Dublín... pero Marta sigue sin encontrar a la enigmática dama.
Pero ese eje tibiamente detectivesco (que no he hecho sino esbozar y que desvela muy poco a los posibles lectores de la novela) no debe desviarnos de la auténtica esencia de este libro, que se mueve por caminos diferentes. “Hay búsquedas que no resultan fáciles. La de uno mismo suele ser complicada”, leemos en la página 14. Y en verdad que ahí sí que podemos detectar una pista clave para entender la obra. Marta fue una adolescente complicada, que no consiguió nunca sintonizar bien con su padre. Crecieron entre ellos demasiados muros y verdeció demasiada hiedra, hasta el punto de que se convirtieron en extraños el uno para el otro. Con el paso de los años, y con esa maduración lenta que produce en los espíritus y en los corazones, Marta ha entendido que fue injusta con Luis y que quizá su modo de compensar esos agravios sea acercarse hasta Carmen (forma vicaria de acercarse también a su padre) y mirarla a los ojos. Eso no eliminará el dolor que atesora en el alma (“El pasado necesita gomas de borrar. Muchas. Porque de lo contrario sería difícil asumir tantos errores, tantos empeños falsos, tanto disparate”), pero le servirá para descargarse de una parte de su tristeza.

En algunas ocasiones (en demasiadas, quizá) Fernando Sanmartín se abandona a unas estructuras de avance lento (“X es Y, X es Z, Z es W...”) que producen fatiga por acumulación. Pero en líneas generales su estilo es lírico y seductor, consiguiendo que la lectura sea muy gratificante. Esta publicación de Xordica es una deliciosa pieza narrativa a la que conviene aproximarse.