miércoles, 2 de septiembre de 2015

Confesiones de un bribón



Nos lo dice el personaje protagonista en la página 7, con un desparpajo rayano en la petulancia: “Voy a ver si puedo escribir algo acerca de mí mismo. Mi vida ha sido bastante singular”. Y desde luego no exagera ni siquiera un punto. No es que haya matado a nadie, o incurrido en viajes desaforados, o participado en acciones de gran trascendencia social, pero Francis, el inquieto hijo del doctor Turner, sí que ha tenido una existencia de lo más atrafagada. Él mismo abordará la tarea de resumirla en la página 94, cuando está a punto de cambiar de estado civil: “Apenas contaba veinticinco años y ya había tratado de ganarme la vida como médico, como caricaturista, como pintor de retratos, productor de cuadros antiguos, secretario de una institución y ahora, con el auxilio de Alicia, estaba a punto de ver cómo me iba en la vida de casado”. No se le puede pedir mucho más, desde luego, a un joven que roza el cuarto de siglo, y eso que se le han olvidado añadir algunos pequeños detalles (como su estancia en prisión o su actitud chantajista frente a su cuñado, del que se aprovecha vergonzosamente a causa de su avaricia) y que todavía no está en condiciones de aventurar otros que vendrán en los meses posteriores, como su conversión forzosa en falsificador de moneda o su pericia a la hora de huir de la justicia utilizando diligencias y disfraces. No, desde luego la vida de Francis puede ser definida de mil modos, salvo con el adjetivo “aburrida”. Y Wilkie Collins consigue que esa condición animada, versátil, bullente, se traslade a su prosa, manteniendo en todo momento la atención de los lectores, a quienes somete a un continuo bombardeo de sorpresas. Veremos casas llenas de trampillas ocultas; veremos a personajes que se disfrazan para pasar inadvertidos y espiar a otros; veremos fugas espectaculares; veremos nombres falsos para encubrir identidades que conviene preservar del conocimiento de la policía; veremos sirvientas que no se moderan a la hora de ingerir alcohol para calmar sus nervios; veremos bodas de condición casi clandestina... Y por fin, cuando veamos a los dos protagonistas al final de la obra, unidos por un vínculo asombroso a muchísima distancia de sus lugares de nacimiento, tendremos que conformarnos con la fórmula conceptista o burlona que Francis Turner elige para no seguirnos contando más detalles de su vida: “He dejado de ser una persona interesante, soy un hombre respetable” (p.223). Una novela llena de aventuras, picaresca y humor, que lleva el sello indeleble de Wilkie Collins.

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