miércoles, 5 de agosto de 2015

Pan duro



Señores y señoras, pasen y vean. Acérquense hasta las calles de Zarraluki y dejen que su peculiar atmósfera y su condición de pueblo aislado lo anonaden y llenen de estupor. Observen cómo Puravida y su padre llegan en su destartalada furgoneta, cargados con toda suerte de estrafalarios artículos comerciales: unos espejos con peluca incorporada (para limitar la tristeza de los calvos), unas sandalias con capota (para aminorar la humedad en los días de lluvia), unas herraduras con plataforma (para que los ponis se consideren más altos) o unos matamoscas con agujero (“para dar una oportunidad al insecto”). Juzguen su estupor cuando descubran entre los habitantes de la localidad a una maestra que dibuja frases en el aire, utilizando el humo de su cigarro; a un panadero que no trabaja cuando sufre mal de amores; a un peluquero (Albertucho) que pasea un ataúd por las calles de la localidad; a un fantasma tímido y de edad avanzada (103 años); a los clientes y camareros de un bar llamado Doble o Nada, en el que todos guardan una extrema similitud con personajes famosos (Kurt Cobain, Tarzán, Johnny Depp)... Contemplen con asombro el caminar tranquilo de la vaca Morfina, traída por el alcalde desde Tombuctú y que siempre permanece rodeada por una legión de moscas enigmáticas. Asistan como espectadores al Campeonato Internacional de Lanzamiento de Huesos de Aceituna o viajen hasta el inquietante Faro del Fin del Mundo, del que nadie ha regresado jamás.

Patxi Irurzun (Pamplona, 1969) acaba de editar en el sello navarro Pamiela esta asombrosa narración llena de magia, situaciones cómicas, recodos filosóficos y surrealismo, que se niega a abandonar las manos del lector una vez que ha sido abierta. Lectura refrescante de verano, que no deberían perderse.

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