martes, 23 de septiembre de 2014

Cuentos completos



Cuando una colección sólida, veterana y exquisita como lo es Austral publica todos los relatos breves de un escritor y les coloca un estupendo prólogo de ciento cincuenta páginas (firmado por el profesor Enrique Turpin), es que se está refrendando un hecho bien conocido por miles de lectores y que ya no admite discusión: que el catalán Juan Marsé es un clásico vivo de las letras españolas del siglo XX. Haber escrito Si te dicen que caí ya lo hubiera hecho merecedor de esa etiqueta; y habernos regalado Últimas tardes con Teresa, también; e igualmente se le otorgaría ese título por aquella delicia titulada El embrujo de Sanghai. Pero es que Marsé, además de esos tres prodigios narrativos ha enriquecido nuestra sensibilidad con La oscura historia de la prima Montse o Rabos de lagartija. Y, obviamente, con sus cuentos.
En este tomo recopilatorio veremos a Juanito Marés resolviendo enigmas de orden policíaco (“Historia de detectives”); asistiremos a la disputa técnica e intelectual entre un guionista y el director de una película (“El fantasma del cine Roxy”); reiremos con (o sentiremos lástima de) un militar ciertamente obtuso (“Teniente Bravo”); gozaremos con el humor socarrón con el que disecciona a la gauche divine catalana (“Noches de Boccaccio”); y muchas otras propuestas cinceladas con una prosa de excepción, que embriaga con la delicia de su música y con la cercanía humana de sus protagonistas.

En el relato “Parabellum” (germen, como señala con tino Enrique Turpin, de la novela La muchacha de las bragas de oro, con la cual obtendría el premio Planeta en 1978), la deslenguada Mariana le dice a Luys Ros que él es, fundamentalmente, un farsante bien parido. Y quizá Marsé también lo sea: un bien parido constructor de farsas. “Su cara de boxeador muestra a las claras su irreductible individualismo, la solidez de sus convicciones y la fuerza innegable de su obra. Es, aunque no lo parezca, un peso pesado con la forma de un peso pluma”. Así lo definía en 1986 la desaparecida revista “El Urogallo”. Y desde entonces no ha hecho sino muscularse más y crecer como narrador. Hay que ponerse en pie cuando se abre un libro de Juan Marsé. Yo lo hago.

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