miércoles, 15 de enero de 2014

Un niño prodigio



Rozar la gloria y luego ser desposeído de ella. Habitar el paraíso y terminar en el infierno. Un viaje atroz que, no obstante, ha de ser apurado hasta las heces por Ismael Baruch, un niño judío que viene al mundo a orillas del Mar Negro en una familia paupérrima en la que nacen y mueren hijos de forma constante (hasta catorce). El chico, desde su más tierna infancia, ha de cuidar de sí mismo; y eso se traduce en cómo ayuda a los mercaderes de su barrio y cómo bebe con ellos en las tabernas. La miseria, la mugre y el alcohol se mezclan en la vida de este chico de diez años, que conoce el lado más abyecto de la sociedad.
Pero su existencia da un vuelco: uno de aquellos hombres sufre la muerte de su compañera (una fulana a la que maltrataba pero a la que decía querer) y, para aliviar su dolor, le pide al niño que cante. Él improvisa versos y tonos; y lo hace con tan prodigiosa belleza que desde entonces todos buscan su voz y su consuelo.
Un día lo escucha cantar un poeta maldito llamado Romano Nord y se lleva al chico a la casa de su amada, una viuda bellísima y desdeñosa con la que mantiene una relación irregular. La dama, deslumbrada, acogerá al muchacho en su palacio después de firmar una especie de “contrato de cesión” con la familia. Pero dos complicaciones irán tomando forma en este cuadro anómalo: de un lado, Ismael, que se enamora paulatinamente de la princesa; del otro, el paso del tiempo, que transformará al dulce niño poeta en un adolescente despojado de talento...

Con este relato lírico, denso y hermosamente escrito, Irène Némirovsky nos ofrece una inmersión turbadora en el alma humana y en muchos de sus pasillos: el candor, el desdén, la volubilidad, el desgarro, la ternura, la desesperación... Sin duda, un libro memorable.

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