domingo, 30 de septiembre de 2012

El diablo de los ojos verdes



Emilio Carrère no pertenece a lo que podríamos llamar (si nos dejáramos llevar por la pedantería) el canon de la literatura española: ni alcanzó en vida unas ventas memorables, ni su fama rebasó unos límites medianos, ni elaboró un solo libro que pueda juzgarse de perfecto o de inmortal. Tuvo unos orígenes más bien complicados (hijo de madre soltera que murió al poco de darle a luz), pero habitó la comodidad económica de ser empleado del Tribunal de Cuentas y de recibir una sustanciosa herencia de su padre, malherido por el arrepentimiento. Pertenecer a la bohemia y, al tiempo, percibir un sueldo fijo como funcionario generaba un aparente contrasentido que él sobrellevó siempre con elegancia discreta.
Del farallón de cuentos, poemas, obras de teatro, novelas cortas, artículos y demás hojas volanderas que produjo, la editorial Salto de Página acaba de lanzar el interesante volumen recopilatorio El diablo de los ojos verdes, prologado por Luis Antonio de Villena, en el que se nos muestra un manojo de sus narraciones breves, donde podemos ver que el escritor madrileño era capaz de construir historias con gracia y sazonadas con personajes de interesante perfil, como ese cardenal Valenzuela que declara sin rubor en la página 16 «No creo en el diablo»; ese capellán de convento que pierde la cabeza por las noches y que recorre las celdas de las monjas que se encuentran bajo su protección, acostándose con ellas sin que las mismas muestren asco o repulsa («Todas las ursulinas caían en convulsión apenas me veían aparecen en el marco de su celda. Ninguna me rechazó jamás. Hasta parecía que me aguardaban con dulce impaciencia», p.21); ese novelista que se obsesiona con la idea de que los personajes de sus obras se están incorporando a la realidad, y desde allí le piden cuentas por haberlos creado (aquí, el influjo unamuniano es patente); o ese personaje humilde que, tras pasar 23 años en la cárcel por la violación y el asesinato de un niño, repite hasta su muerte una frase alucinada o inquietante: «¡Fueron los frailes!» (p.145).
Igualmente son notables los momentos en que Emilio Carrère desliza en sus líneas algunas humoradas irónicas cargadas de dinamita («Hacía tiempo que la Inquisición no abrasaba vivo a ningún delincuente, y esta ociosidad perjudicaba el buen crédito y celo de tan laborioso tribunal», p.30); pequeñas pinceladas donde se nota tanto su capacidad de observación de la realidad patria como su exactitud a la hora de definirla («Uno de esos piropos españoles, que tienen la rotundidad de un relincho», p.77); o anotaciones sobre el mundillo literario donde, después de lanzar un venablo agudísimo contra los vanidosos letraheridos, afirmando que cada uno de ellos «es un montgolfier hinchado por los gases de su vanidad, atónico ante su obra propia, sin más horizontes ni curiosidades espirituales que enviar su retrato a los periódicos y asegurar que sus libros han sido traducidos al javanés. ¡Gente pueril!» (p.62), reserva también un espacio para la afirmación profunda, que roza la filosofía («Un artista tiene la obligación de creer, primero, en lo inverosímil, y después, si tiene humor para ello, en la realidad», p.68).
Emilio Carrère, fumador de pipa, con un ojo revirado, «Verlaine oficial de Madrid» (para usar la fórmula de Francisco Umbral), queda retratado en estos cuentos donde cabe casi todo y donde casi todo puede encontrarse: irreverencias anticlericales, que luego moderaría durante los años del franquismo, con el que no fue demasiado crítico; filias pectorales (Emilio Carrère encuentra siempre en los pechos femeninos una fuente de inspiración para sus lubricidades y metáforas); páginas sobre ocultismo (Lo que vio la reina de Francia); concesiones a algunos tópicos de su tiempo, que él utilizaba como material para sus artículos de prensa o sus cuentos de circunstancias (El oráculo de la cabeza sangrienta); páginas donde nos retrata a los ociosos de casino de su época, en la línea de don Guido (El amigo Chamorro); e incluso narraciones escabrosas sobre pérdidas de la reputación social y abortos clandestinos (El limpio honor de Florestán). Es posible que Emilio Carrère no merezca estar en el Olimpo, pero tampoco hundido en el fango. Esta edición nos permite situarlo en el limpio escalón intermedio en el que le corresponde estar.

jueves, 27 de septiembre de 2012

El arpista ciego



Pocas veces habrá escrito Terenci Moix una novela tan notoriamente fabulística como ésta; y pocas veces habrá tenido que padecer un prólogo tan pedante, tan chirle y tan esclafado con prosa tan áspera como el que le perpetra Pere Gimferrer bajo el infuloso título de Frontis. Pero Moix, prosista notable, consigue superar esos escollos y nos entrega una historia lúdica, desenfadada y llena de graciosos anacronismos conscientes, en la que los dioses egipcios hablan en latín (Osiris utiliza el giro rara avis en la página 21); las chicas casquivanas son definidas como “la alegría de la huerta” (p.226); Tutankamón dice “releche” cuando se enfada (p.255) o es llamado “mamón” por su arpista favorito (p.375); y el dios Tiempo proyecta para el flautista homosexual Jonet una secuencia cinematográfica muy conocida (p.381). Juegos, en suma; sanas diversiones de un Terenci “que soñó Egipto en el vientre materno” y que ahora, disfrazado de rapsoda o juglar, edifica una historia liviana y llena de sexo y de humor.
Pero no nos engañemos ni nos dejemos embaucar por el hábil Terenci. Por debajo de esa aparente frivolidad hay una propuesta bastante seria, que roza los límites de la melancolía y del dolor de alma: Nebjeperure Tutankamón, dios encarnado, ha nacido en la Ciudad del Sol (Amarna) y en ella ha sido educado en la estricta observancia del culto a Atón. De súbito, niño expulsado de su paraíso, es obligado por las circunstancias a convertirse en faraón, y debe cambiar de dioses, de familia, de lugar de residencia, etc. Todo a su alrededor se resquebraja; y su corazón se ve asaltado por la angustia, la niebla y el desconcierto. Comienza entonces a obsesionarse por la lucha contra el olvido, que ha engullido su vida pasada y que amenaza con cubrir de polvo su futuro. Ése es (no dejemos que las anécdotas argumentales de Ipi, Jonet, Seshat o Merit nos desvíen de la realidad) el núcleo del libro, y ésa es la lección narrativa y espiritual que Terenci Moix quiere transmitirnos. Una fantasía jocosa, sí, pero llena de mensaje y de profundidad.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Una declaración de humor




Ya no debería quedar un solo crítico, un solo editor e incluso un solo lector que se dejara llevar por ese tópico tan manido como falso: la literatura de humor no es un subgénero. Pero resulta curioso que mientras que la modernidad ha ido reivindicando uno tras otro los diferentes cajones menores de la literatura (véanse los zombis, los vampiros, la novela rosa o la gótica), se sigue dispensando al humor la suave indulgencia del paternalismo, relegándolo al segundo escalón de mérito, sin más raciocinio. Quizá se trate del mismo mecanismo que nos lleva a pensar que un buen drama es una película excelente, mientras que una buena comedia es una cosita divertida para pasar el rato y echarse, sin más, unas risas.
Fernando Iwasaki, que es un espléndido escritor, sabe de estos manejos y no se arredra. De ahí que en el preámbulo de su obra Una declaración de humor (que fue galardonada con el premio Bodegas Olarra – Café Bretón, y que ahora le publica Pepitas de Calabaza, en un manejable y elegante formato) elabore toda una declaración de intenciones sobre la posibilidad de escribir buenos textos con esa temática e invoque los magisterios de Enrique Jardiel Poncela, Francisco de Quevedo, Julio Camba, Ramón Gómez de la Serna e incluso Jorge Luis Borges... Y luego nos muestra una selección de artículos de prensa que ha ido publicando en los últimos años y que tienen como hilo conector la ironía, la humorada, la filigrana zumbona o la retranca. Así, por ejemplo, provocará nuestras carcajadas cuando nos hable de los avatares auditivos que ha de soportar un hombre que liga menos que los gases nobles, pero que tiene como vecino a un fornicador incansable: como las paredes de su vivienda son de diseño, no tiene más remedio que empaparse los oídos con los ruidos, jadeos y restregones de su rijoso vecino (El amante pasivo); o nos alegrará el espíritu cuando nos explique la durísima cura de humildad que sufre un hombre cuyo clon tiene una vida más brillante, exitosa y mujeriega que la suya (Soy el clown de mi clon); o nos deslumbrará con una larga y desternillante disertación sobre los numerosos factores (pantalones ajustados, contaminación, pesticidas, sedentarismo, etc) que van empobreciendo el semen de los varones en el mundo, según atestiguan los andrólogos más reputados (A más polución menos polución); o cómo se recrea destripando las instrucciones de todos los electrodomésticos que tiene en su hogar, que parecen redactadas por un «pobre búlgaro que trabaja sin diccionario y que tiene que traducir al castellano de un manual francés traducido del árabe por un panameño residente en Moscú» (p.69).
Y para quienes aprecien más la fulguración del detalle (los diamantes estilísticos, podríamos decir) hay fantásticos juegos de palabras en este tomo. Por ejemplo, cuando se detiene a hablarnos de los bancos genéticos y se inventa este breve diálogo entre una madre y su hija: «-Niña, ¿tú quieres tener un hijo del Brad Pitt? / -Sí, pero con su Pitt» (p.26). O cuando elabora una feroz diatriba contra el exceso de peso que han de soportar las espaldas de los alumnos españoles, que sólo sirve (en opinión de Iwasaki) para jorobar a éstos.
Dos precisiones para finalizar. La primera: ¿tienen una botella de Anís del Mono cerca? Realicen la comprobación que propone Fernando Iwasaki («Las ideas darwinianas le sentaron muy mal al mundo católico en general y al catolicismo español en particular, y por eso el macaco que aparece en la botella del Anís del Mono tiene la cara del naturalista inglés», p.27). La segunda: ¿conocen a alguna chica que se llame Vanessa? Pues el escritor explica en la página 91 del volumen que dicho nombre se lo inventó Jonathan Swift para encubrir a su amante Esther Vanhomrigh y así poder dedicarle poemas amorosos... sin que su esposa legítima se enterara.
Para quienes hayan tenido la curiosidad y la suerte de leer alguna obra anterior de Fernando Iwasaki (es mi caso) Una declaración de humor servirá como nuevo peldaño para admirar más intensamente a este prosista. Y para quienes no un consejo de amigo: háganse con esta obra en su librería porque disfrutarán como enanos. Y además se empaparán de buena literatura.

jueves, 20 de septiembre de 2012

El secreto egipcio de Napoleón



Cuando amaneció el día 13 de agosto de 1799, en Egipto, Napoleón Bonaparte salió, con el rostro descompuesto, del lugar donde había pasado la noche: la Gran Pirámide de Giza. Interrogado por el oscuro motivo de su desasosiego y por los fríos sudores que empapaban su camisa, el general francés sólo atinó a susurrar una frase: “Aunque os lo contara, no lo creeríais”. Los hechos históricos ocurrieron así, y así lo recogen las más meticulosas y fiables biografía del emperador. Lo que hace Javier Sierra en El secreto egipcio de Napoleón es preguntarse por qué entró a dormir en aquella pirámide y, sobre todo, qué le ocurrió en su interior para perturbarlo (a él, el impasible) de tan honda manera. ¿Qué vio Napoleón Bonaparte en la Cámara del Rey, que lo marcó de forma indeleble? ¿Qué imágenes lo asaltaron o a qué extraños ritos iniciáticos fue sometido?
Con un proceso de documentación muy meritorio (y que fluye por el texto nutriéndolo de forma subterránea), el escritor turolense edifica una novela realmente atractiva y que se incendia desde la primera hasta la última de sus páginas con la capacidad de seducción de los enigmas bien contados. Javier Sierra, además, ha combinado con mano maestra todos los ingredientes para que el libro se convierta en un auténtico imán para los lectores: un personaje histórico conocidísimo, con una fisura biográfica inexplicada que da pie para que vuele la fantasía (Napoleón); un monje copto que consigue traducir y entender las claves del evangelio perdido de san Marcos (Cirilo de Bolonia); una cofradía religiosa milenaria que posee un secreto de incalculable trascendencia (Los sabios azules); y una mujer llamada Nadia Ben Rashid, de belleza tan arrebatadora que ha merecido el sobrenombre de La Perfecta. Agítese la coctelera y se obtendrá una narración subyugadora, de esas que te impulsan a buscar más páginas del autor.


domingo, 16 de septiembre de 2012

Documentos póstumos del club Pickwick




El año 2012 ha sido, literariamente, el año de Charles Dickens, porque se han cumplido dos siglos desde su nacimiento en Portsmouth (Inglaterra). En colegios, institutos, ateneos, universidades, periódicos, radios, televisiones y hasta páginas de Internet se le han rendido merecidos homenajes. La editorial Juventud se ha sumado a esa corriente con la magnífica edición de los Documentos póstumos del Club Pickwick, cuya traducción corresponde a Juan de Paso. La obra se publicó en forma de entregas (veinte en total, entre los años 1836 y 1837) y pronto adquirió una fama inusitada entre los lectores, que alzaron a Charles Dickens a la categoría de novelista de éxito en su país.
En esta abrumadora y densa producción nos encontramos con toda una larga serie de personajes pintorescos (tipos que hablan con frases que parecen casi telegramas, estirados mayordomos británicos, soeces campesinos que beben más de la cuenta o damas rematadamente sordas), pero por encima de todos predomina el que da nombre a la obra: Samuel Pickwick, un tipo no demasiado alto, calvo, con gafas redondas, «ardiente admirador del ejército» (p.59) y auténtica «encarnación de la bondad» (p.79), que es el guía espiritual de un grupo de caballeros que adoptan la decisión de viajar por el país en busca de experiencias, tipos chocantes, costumbres de las que dejar constancia escrita, acontecimientos memorables y situaciones pintorescas. Estos simpáticos excursionistas son Tracy Tupman, Nathaniel Winkle y Augustus Snodgrass. Y ya desde la primera aventura descubrimos que la seriedad y el humor van a caminar de la mano durante toda la novela: a causa de una ofensa cometida por Tupman, el señor Winkle tendrá que enfrentarse a un duelo a pistola que, por suerte para él, queda desbaratado antes de celebrarse (cap.II). Y cuando aún no nos hemos repuesto de la adrenalina que desprende ese episodio asistimos a un delirante desfile militar, en el que los miembros del selecto club son molidos a golpes por no saber apartarse a tiempo (cap.IV).
Ese humor que destila la obra se puede observar en comparaciones («Se encontraba tan a disgusto como un delfín en una garita de centinela», p.88; «Saltó de la cama el señor Dowler como una pelota», p.523); en críticas zumbonas a la heráldica (menciona una fonda «que tenía por enseña un animal muy común en arte pero escaso en lo natural: un león azul», p.106); en burlas hacia el bucolismo descriptivo (alude a un jardín con madreselvas y nos dice que es «uno de esos rincones que forma el hombre para satisfacción de las arañas», p.115); en frases inglesas tradicionales, que el autor recoge y copia con gracejo oportuno (San Weller le dice a la señora Cluppins: «Siento mucho molestarla, como dijo el ladrón a la vieja cuando la echaba al fuego», p.374); o en secuencias donde dispara con bala contra el mundo de cierta prensa (no olvidemos que Dickens publicó durante toda su vida en periódicos: sabía de lo que estaba hablando). Como ejemplo de esto último podemos leer una escena impagable hacia el final de la obra. Unos artículos admiradísimos que han aparecido en La Gaceta de Eatanswill, y cuyo tema era la metafísica china, son explicados así por el señor Pott: «(El periodista) sacó las ideas, por mi indicación, de la Enciclopedia Británica. Para metafísica leyó en la letra M, y para China en la C, y después combinó la información» (p.703).
Que la obra también es un documento sociológico de primer orden, no me cabe duda. Que presenta algunos análisis prodigiosos de la conducta humana que aún nos dejan perplejos y admirados, seguro que sí. Que su retrato paisajístico es admirable y nos permite hacernos una idea exacta de la Inglaterra de mediados del siglo XIX, probablemente. Pero conviene subrayar que, ante todo, nos hallamos ante un prodigioso de gracia, de lenguaje, de ritmo narrativo, de diálogos fluidos y de palabras elegidas con acertadísima inteligencia. El sensiblero Charles Dickens pudo cometer excesos lacrimógenos y repetitivos en otras novelas (y lo hizo), pero Documentos póstumos del Club Pickwick es un soplo de aire fresco que nos permite reírnos, pensar y disfrutar de una prosa de excepción. Si no han leído nada suyo este año, aprovechen este volumen para leerlo durante la Navidad.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

La cocina de los filósofos




Explicó muy bien el zoólogo Desmond Morris, en su libro El mono desnudo, que el ser humano “es un mono muy parlanchín, sumamente curioso y multitudinario”. Y el pensador Francisco Giménez Gracia, con su obra ensayística La cocina de los filósofos, añade un matiz más (un matiz importante) a esa zumbona definición, que la completa y enriquece: “El hombre es un mono cocinero” (p.30). Para demostrar dicha tesis va recorriendo la historia del pensamiento occidental y nos va trasladando chocantes anécdotas relacionadas con el mundo de la comida: la inmensa repugnancia que Pitágoras sentía por las habas, la parva dieta de los espartanos, la pantagruélica voracidad de santo Tomás de Aquino, la juventud gastronómica de Leonardo da Vinci (quien pasa por ser el inventor de la servilleta, y que se embarcó en la aventura de montar una taberna junto al pintor Sandro Botticelli), el odio de Nietzsche hacia los vegetarianos, la muerte de Condorcet por ignorar la composición exacta de una tortilla o las deliciosas relaciones freudianas entre el sexo y la comida. Ahí es nada.
Pero lo más atractivo de este volumen no es (con serlo mucho) el caudal de sus erudiciones insólitas, sino el modo feliz en que el autor enfoca la redacción de estas páginas. Julián Marías afirmaba en el prólogo de su obra Al margen de estos clásicos que le repugnaba la idea de que sus textos pudieran ser ilegibles para sus lectores. Y da la sensación de que Francisco Giménez Gracia transita el mismo sendero y siente parecida náusea ante lo oscurecido (que no es lo mismo que lo oscuro). De ahí que recurra al humor, a la filigrana irónica, al sarcasmo, como plantillas para ir dibujando sus párrafos e ir construyendo lenta, secreta, eficazmente, la pirámide de sus tesis: que la auténtica Civilización, la auténtica Humanidad, surgió de las cocinas y de la confección amorosa, abnegada y tierna de sus platos. Por eso afirma sin ambages que la gastronomía “es el primer acto de amor que ejecutaron nuestros antepasados” (p.79). Giménez Gracia ya había demostrado sobradamente su clase como narrador (Sacristanes y proxenetas) y como ensayista (La leyenda dorada de la filosofía). Este libro constituye, pues, la prolongación de una brillante saga.

domingo, 9 de septiembre de 2012

La ciudad de los ojos grises




Nunca me ha gustado, mientras desarrollo mi trabajo como crítico de libros, elaborar predicciones. Es decir, aventurar si este novelista o aquella poeta van a conseguir llegar a la cima del éxito, vender libros como churros o merecer el respeto de los estudiosos del futuro. Sí he realizado elogios hiperbólicos cuando he creído que la obra leída los merecía; y he desplegado hachazos cuando pensaba lo contrario. Pero predicciones, lo que se dice predicciones, muy pocas. Dos o tres, a lo sumo. Dije que un jovencísimo Juan Manuel de Prada terminaría por ganar los premios más afamados de España (una afirmación que se hizo verdad cuando le dieron el Planeta o el Primavera) y dije que el caravaqueño Luis Leante conseguiría publicar en una editorial del estilo de Alfaguara (no pude ser más preciso, ni más atinado). Y hace unos años realicé mi tercera predicción, que parece que también comienza a cumplirse y que tiene como protagonista al escritor Félix G. Modroño.
Primero me leí su novela La sangre de los crucificados y la saludé con una merecida salva de fusilería, pregonando sus virtudes. Repetí lectura y elogio con su posterior Muerte dulce. Y ahora me llega a las manos La ciudad de los ojos grises, otro texto bien pautado, muy intrigante, deliciosamente escrito y que refrenda mis opiniones anteriores: estamos ante uno de los escritores más enérgicos, solventes y cuajados del panorama nacional. Y, para demostrarlo, el novelista se aleja de los esquemas anteriores (había publicado dos novelas de ambientación barroca y que estaban protagonizadas por Fernando de Zúñiga, un detective del siglo de oro) y se adentra en un registro nuevo: una historia situada entre Bilbao y París, entre fines del siglo XIX y 1940, y cuyo desarrollo es magnético: Alfredo Gastiasoro es un profesor de arquitectura que trabaja en la capital francesa pero que terminará por volver al País Vasco durante unos días para aclarar los pormenores de la muerte de Izarbe Campbell, una antigua novia suya que se terminó casando con su hermano Javier. En ese retorno a la patria chica redescubrirá los paisajes de su infancia y su juventud (hay retratos bellísimos de Bilbao y sus alrededores), volverá a verse con los amigos más íntimos (sobre todo con Fernando Zumalde, que ahora trabaja como policía) y comprenderá que aunque sigue amando el lugar donde nació su sitio está ya en París, porque las dos personas que realmente le unían a la ciudad (su madre e Izarbe) ya no están ahí para justificar el regreso.
Pero hay más atractivos en esta narración, como la introducción ocasional de personajes famosos, que se cruzan con el destino de sus protagonistas: es el caso del tenor Julián Gayarre, que estaba cantando en una iglesia de Bilbao el día en que Alfredo e Izarbe se conocieron (capítulo 3); la mención del futbolista Pichichi, del que se nos informa que era sobrino del escritor Miguel de Unamuno (capítulo 10); el encuentro que tiene Alfredo Gastiasoro con María de Maeztu, la intelectual feminista (capítulo 31); ese soldado imberbe que sale a cantar espontáneamente en un café parisino donde están cenando Alfredo e Izarbe, y que no es otro que un jovencísimo Maurice Chevalier (capítulo 42); o las frecuentes apariciones de una mujer hermosa, sensual y peligrosísima, que acabaremos identificando con la espía Mata-Hari... Y de anécdotas tampoco anda flojo el volumen, porque nos permitirá enterarnos de dónde procede el vocablo futbolístico alirón (página 198) o quién fue la persona que inventó el elixir Licor del Polo (página 230).
En suma, que nos encontramos ante un volumen de enorme interés y que nos depara constantes sorpresas durante sus casi cuatrocientas páginas. El vizcaíno Félix G. Modroño ha demostrado que no necesita moverse siempre en el mundo barroco para esculpir una novela memorable, y que tampoco circunscribe sus habilidades a la prosa detectivesca: en La ciudad de los ojos grises se expande hacia territorios melancólicos, dibuja a los personajes con mayor abundancia de trazos psicológicos, se sumerge en las agridulces aguas subterráneas del amor y trae su pluma hasta los acontecimientos iniciales del siglo XX. Todo un cambio de registro, del que Félix G. Modroño sale airoso y fortalecido. Tenemos novelista para rato, créanme.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Veinte años y un día




Una de las más complejas decisiones que debe abordar un novelista es la de elegir quién va a ser el narrador de su historia; y, acompasada con ella, la de planificar cómo será contado el argumento, a través de qué medios (y en qué forma) se presentará al lector: “Nunca conviene trastornar el orden enigmático de los relatos”, dice Jorge Semprún en la página 61 de este libro. Y esa sentencia luminosa le vale para organizar las múltiples ramas y raíces de este árbol novelesco, que se sitúa en Toledo en 1956 y en el que son muchos, y muy ricos desde el punto de vista psicológico, sus personajes: Mercedes Pombo (una atractiva viuda de talante liberal y turbios secretos), Lorenzo Avendaño (hijo de la anterior y relacionado con el mundo de la lucha antifranquista), Roberto Sabuesa (comisario de la Brigada Político-Social de irónico apellido, obsesionado con la captura del misterioso líder comunista Federico Sánchez), Michael Leidson (un hispanista norteamericano de ascendencia hebraica toledana) y otros, que irá descubriendo quien lea estas páginas impresionantes.
Como telón de fondo (o como vínculo y catarsis), Semprún sitúa en el pueblo de Quismondo una “especie de auto sacramental de recuerdo expiatorio” (p.238), cuya magia no vulneraré explicándolo, pero que sirve para que todos los personajes se congreguen en un espacio reducido y se mezclen allí las tinieblas del pasado, las virulencias del presente y las incógnitas alboreales del futuro. Flotando, como un dios juguetón y coqueto, que entra y sale de la historia, que nos la refiere en zigzag temporal (y también en círculos concéntricos, pues cada episodio ensancha y matiza el anterior) y que se permite la profecía de anunciar una continuación de la novela, ahondando en uno de sus protagonistas (p.246), está el hombre que leyó Absalón, Absalón, de William Faulkner, en alemán, en la biblioteca de Buchenwald (p.244); el hombre de los mil seudónimos clandestinos y famosos (valga la paradoja que el Destino le regaló): Jorge Semprún.
Si a este universo de imágenes, seres, palabras y sentimientos le añadimos el erotismo arrebatador de algunas de sus páginas, la sangre que empapa otras y la inclusión de ciertos detalles históricos chocantes (como la ficha policial de Fernando Sánchez Dragó, en la página 109), obtendremos una novela airosa, contundente y dibujada con pulso de viejo maestro.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Las 1.001 fantasías más eróticas...



Lo dijo André Gide y lo recoge Roser Amills en la página 69 (y no es broma) de este libro: «¿En nombre de qué Dios se me prohíbe vivir de acuerdo con mi naturaleza?». O dicho con palabras más mundanas y generales: ¿alguien está capacitado o legitimado para aherrojar nuestros impulsos sexuales y decirnos «Esto sí es lícito» o «Esto no lo es»? El fascinante, minucioso, divertido, poliédrico y sorprendente volumen Las 1.001 fantasías más eróticas y salvajes de la historia, de la joven escritora mallorquina (Algaida, 1974), nos suministra durante sus trescientas páginas una fuente inagotable de sorpresas y curiosidades, que desactivan en el lector cualquier posibilidad de tedio.
Nos explica, ya casi desde el inicio, cómo el jeque Nefzawi (p.19) descubrió una eficaz pócima con la que obtener una erección brutal y sostenida: mezclar el jugo de varias cebollas con un buen chorro de miel. Es, desde luego, más barata que el viagra y, por lo visto, igual de operativa (las ostras que mezclaba con champán el ilustre Giacomo Casanova no están al alcance de todos los bolsillos). En el otro extremo habría que situar a John Harvey Kellogg (p.248), que jamás mantuvo relaciones con su esposa durante los cuarenta años que permanecieron casados, era partidario de la ablación química, abominaba de la masturbación y se mostraba disconforme con el uso de preservativos. Piensen en todo eso cada vez que desayunen cereales porque este médico norteamericano fue (¿recuerdan el apellido?) el inventor de los corn flakes. En medio de estos dos polos, Roser Amills reúne centenares de anécdotas de políticos, actores, filósofos, fotógrafos, inventores, miembros de la realeza y del clero, pintores, cineastas o presentadores de televisión, hasta conformar uno de los libros más entretenidos y asombrosos del reciente panorama editorial.
Les anoto aquí, como ejemplo y como golosina, media docena de casos, siempre en el ámbito de la escritura y la música. ¿Sabían que la poeta (y premio Nobel) Gabriela Mistral fue amante clandestina de Doris Dana, una chica treinta años más joven que ella? Hasta 2006 (medio siglo después del fallecimiento de la escritora chilena), nada se supo de este hermético y ahora documentado episodio (p.38). ¿Sabían que Jimi Hendrix, cuando fue alistado como paracaidista en la 101ª División Aerotransportada de los Estados Unidos en el año 1961, fingió ser gay para que lo expulsaran de Fort Campbell y arrancar así su breve pero intensísima carrera musical (p.49)? ¿Quieren un caso patológico de melindres íntimos? Pues lo protagoniza Manuel de Falla, músico egregio, que a la hora de viajar colocaba una pequeña tablilla de madera, dentro de su maleta, para separar la ropa púdica (camisas, pantalones) de la impúdica (calzoncillos). No consta si para ponerse esta última utilizaba guantes asépticos (p.146). ¿Y les apetece conocer el extremo opuesto? Pues anoten el nombre del novelista irlandés James Joyce, quien en el mes de diciembre de 1919 le escribió a su esposa Nora Barnacle enviándole dinero y una petición no muy higiénica, aunque sí diáfanamente explícita: «Mi dulce y traviesa pajarita folladora. Aquí está otro billete para comprar lindas bragas, o medias, o ligas. Compra bragas de puta, amor, y asegúrate de rociarlas con algún agradable aroma y también de mancharlas un poquito atrás» (p.109). Por otro lado, si quieren enterarse de qué joven músico desconocido (y ahora famoso) tuvo la suerte de acostarse con Janis Joplin habrán de acudir a la página 283. Y deberán visitar la 302 para enterarse de qué animal fue sodomizado en un prostíbulo de Cataluña por Salvador Dalí en los años 60.
Mil y una historias, mil y un personajes, mil y un modos de entender y vivir la sexualidad, que aquí quedan retratados con humor pero sin burla, con minucia pero sin fárrago, con asombro pero sin desdén. El erotismo («que todo lo resume y lo recomienza», como gustaba de escribir el argentino Julio Cortázar) es la base de este tomo que nos habla del ser humano y de sus peculiaridades, pero no de sus perversiones. Las auténticas perversiones de nuestra especie (discriminar al diferente, abusar del débil, matar al contrario, contaminar el planeta) no se encuentran en los genitales, por más que hayan querido convencernos durante siglos de lo contrario.