domingo, 15 de enero de 2012

Tinta




Hace algunos años el músico Stevie Wonder lanzó al mercado discográfico una canción titulada Skeletons, y para su mejor difusión llevaba aparejado un vídeo donde descubríamos que todos los personajes que en él aparecían camuflaban en el interior de sus casas un “otro yo”, alguien radicalmente distinto al que mostraban en público. De ahí que el ama de casa sonriente y dulce empinase la botella cuando nadie la observaba; que el sonriente profesor se pintara las uñas femeninamente en el momento de cerrar la puerta a sus espaldas; o que un padre mirase y tocase a su hijastra con más deseo del conveniente.
Los personajes de Tinta, la última novela del economista catalán Fernando Trías de Bes (1967), también esconden en sus almas y en sus biografías una serie de dolores, desgarros o traumas que condicionan sus vidas: Alice Thiel se ve impulsada al adulterio en virtud de una fuerza magnética o demoníaca que no es capaz de frenar ni de explicarse; su marido, el librero Johann Walbach, se debate entre la angustia y la venganza cuando conoce este hecho, y se obliga a buscar una solución razonable; Sebastian von der Becke, catedrático de cálculo infinitesimal, arrastra el tormento interior de haber visto cómo su hijo pequeño Hugo se ahogaba en el mar, sin haber podido auxiliarlo; el impresor Patrik Gensfleisch aún tiene fresca en el recuerdo la humillación pública que sufrió su hermano Ludwig cuando se atrevió a defender en un congreso científico que la vida humana procedía evolutivamente de la lluvia; el corrector Guido Bressler vio cómo su amada, intrépida piloto de una aeronave experimental, se adentraba en una nube para cubrir el trayecto Berlín-Leipzig y se perdía para siempre en su interior; el editor Eusebius Hofman, hijo de una lectora fanática e integrista de la Biblia, no consigue olvidarse de una extraña ceremonia diaria a la que ella lo sometía: la de lavar su cuerpo con hielo... Todos ellos (y algunos más) se verán inmersos en una historia que tiene como hilván y protagonista un libro. Un libro distinto, único, liberador, mágico y terrible. Un libro cuya forma y cuyo contenido atesoran el poder de cambiar radicalmente la existencia y el modo de pensar de las personas que con él se topan.
No incurriré, como es lógico, en la torpeza de desvelar en qué consiste el secreto de tan sugerente volumen, pero sí diré que será raro el lector que no quede embriagado y seducido por la anonadante propuesta de Trías de Bes, la cual entronca de forma directa con algunas ideas barajadas en su día por el argentino Jorge Luis Borges.
Se ha dicho de esta obra, con entusiasmo y justicia, que es un bello homenaje al mundo de la letra impresa, en estos tiempos en que al universo de Gutenberg se lo está queriendo enterrar con sospechosa inquina; y no andaría descaminado quien vislumbrase en Tinta una metáfora tan evidente como profunda sobre el poder de los libros. Pero yo iría un poco más lejos: yo creo que esta narración requiere (y me auxilio con terminología unamuniana) un lector ovíparo; es decir, una persona que lea esta obra, se deje empapar por sus emanaciones filosóficas y psicológicas y luego llegue a la almendra central de su significado a base de pausa, meditación y tiempo. Olvide la prisa quien desee comprender de verdad esta obra. Deténgase. Piense con calma. Sumérjase en las frases de Sebastian von der Becke. Calibre la desazón íntima del escritor arrepentido Guido Bressler. Viaje por los laberintos cerebrales de Eusebius Hofman. No juzgue (pues se equivocaría) que en esta novela hay flecos ociosos o párrafos de relleno. Tinta no es una propuesta banal o azarosa, sino una urdimbre ideológica de no pocos quilates, que crece con cada minuto de reflexión que se le dedica. Y luego, claro está, la imaginación, la fantasía, el trazado de unos carriles por los que deberemos transitar despojados de prejuicios, el diseño de una novela que se cierra sobre sí misma como un caracol o un cubo de Rubik. Fernando Trías de Bes y la editorial Seix Barral acaban de entregarnos un calidoscopio de gran hermosura y una alegoría de fulgurante brillantez. Para leer en silencio.

3 comentarios:

Javier dijo...

Totalmente de acuerdo. Tinta es literatura de la buena en estado puro. Una obra de delectación y disfrute para los amantes de la palabra y de la celulosa.

Leandro dijo...

Esta me la apunto

Leandro dijo...

Me la apunto, y por una vez y sin que sirva de precedente, me la leo. Y la verdad, lamento no compartir tu entusiasmo. No descarto que, en este caso, el lector no haya estado a la altura de la novela; no sería la primera vez, ni será la última, así que evitaré pasarme de listo haciendo juicios de valor osados y muy probablemente equivocados. Me han parecido fascinantes algunos de los personajes y, sobre todo, algunas de sus fantásticas conductas. Me quedo con eso