domingo, 31 de julio de 2011

El librero de Selinunte




La historia del flautista de Hamelín es tan conocida que casi produce bochorno perpetrar un resumen: un músico con poderes especiales que, después de prestar su auxilio a una población en apuros, recibe un pago desdeñoso por sus servicios y elige la vía de la venganza. En El librero de Selinunte, la novela de Roberto Vecchioni que Elena Martínez ha traducido para la editorial Gadir, vemos a otro flautista, igualmente mágico; pero que a diferencia del de Hamelín no se lleva tras él ratas ni niños, sino libros.
Para comprenderlo debemos saber que Selinunte es una localidad fundada hace 2700 años por Pammilos. Está en Sicilia y recibe su nombre del perejil salvaje (selinon). El narrador de la historia, Nicolino, nos cuenta que hace mucho tiempo, cuando él tenía trece años, llegó a la ciudad el librero, un hombre tímido y feo que inauguró un singular negocio en el que no vendía libros, sino que los leía en voz alta para el público. El problema fue que, recelosos y cazurros, los pobladores de Selinunte se negaron a asistir a aquellas veladas culturales. Y no sólo eso (que formaba parte de su derecho), sino que convirtieron al pobre librero en objeto de su odio, maledicencias e invectivas, que él soportó con hierática humildad y con resignación franciscana. Por desgracia, dos enigmas encadenados que sucedieron en la ciudad (el derrumbe de una escultura y la desaparición de una niña) le fueron imputados al librero, sin más motivo que la inquina que todos le profesaban. Una lluvia de adoquines y el posterior incendio destruyeron la extraña librería que había fundado, sin que Nicolino pudiera salvar gran cosa.
Y aquí comienza la parte simbólica de la novela: una enorme cantidad de libros teje entonces en el cielo una especie de cúpula que ensombrece Selinunte. Nadie sabe cómo actuar, hasta que llega el flautista y, con el hechizo de su música, logra que esos miles de libros se lancen al mar y se alejen. Lo único que los habitantes de la localidad siciliana no habían previsto es que con la huida de los libros huiría también su lenguaje: huérfanos de letra impresa, son golpeados por la pobreza expresiva y por la ausencia de matices en sus palabras. Y es que el ser humano deja de serlo cuando pierde las palabras, que son el vehículo que le permite exteriorizar lo que le habita el alma ("Como si para pintar tuviera de todo, excepto colores", p.114).
Una fábula, sí. Pero una fábula que retrata a la perfección una parte notable de la sociedad actual, que se deja empobrecer con una sonrisa en los labios y que avanza hacia la idiocia sin percatarse o sin importarle. Roberto Vecchioni, a través del sello Gadir, nos lanza su advertencia.

sábado, 23 de julio de 2011

La abadía de los crímenes




Recuerdo que comencé a hacer reseñas de libros para los periódicos en el año 1992; y una de las primeras que tuve el gusto de redactar fue la de El carnaval perpetuo, de Antonio Gómez Rufo. Para mí, este escritor madrileño era, cuando entonces (como diría Juan Carlos Onetti), una novedad, alguien de quien no había leído obra alguna, un terreno virgen en el que adentrarme; pero de inmediato se convirtió en una predilección, en una fuente continua de sorpresas, en un tótem. En los casi veinte años que han transcurrido desde aquella lejana reseña he intentado que ni una sola de sus obras desfilara invisible antes mis ojos, por juzgarlo un narrador de primerísima magnitud. Y ahora, por cortesía doble de la editorial Planeta y del propio autor, he aquí que La abadía de los crímenes llega a mis manos y la leo con un asombro reconfortante. Asombro, porque las infinitas virtudes de Gómez Rufo siguen escalando peldaños de calidad con cada producción nueva que entrega a los lectores; reconfortante, porque frente a tantos cohetes de feria como pululan por las mesas de novedades de las librerías, cuajados de colorines y estruendos al principio, mudos sin remedio después, Antonio Gómez Rufo continúa redactando novelas impresionantes y llamativas, que convierten su currículum literario en una torre tan egregia como indiscutible.
Ahora, el escritor nos pide que viajemos hasta el primer tercio del siglo XIII. Entre los monarcas don Jaime I de Aragón y doña Leonor de Castilla las cosas no parecen ir demasiado bien, a pesar del profundo amor que la esposa siente por su marido. De hecho, él ha pedido formalmente la anulación del matrimonio. Y se rumorea que la quiere ver muerta. Corre el mes de marzo de 1229. Los lectores observamos cómo el séquito real, que se mueve con una lentitud exasperante, llega hasta el monasterio femenino de san Benito, donde se han producido misteriosas violaciones y crímenes que el rey viene ahora a investigar personalmente. Ocho son las monjas asesinadas, y es hora de atajar la monstruosidad. Por orden expresa del monarca, la joven Violante, camarera de la reina e hija del rey de Hungría, queda a su servicio personal, porque el soberano se encuentra maravillado de su belleza (que ocasiona no pocas suspicacias en la reina doña Leonor). Añadamos ahora dos personajes más, de tremendo poder novelístico: Constanza de Jesús, una monja investigadora que ha venido de Navarra para tratar de esclarecer los hechos y que, aparte de atesorar una inteligencia desmesurada y una capacidad de observación asombrosa, muestra un sentido del humor irreverente y lozano, que incluye incluso al rey y algunas cuestiones de la fe; y, por último, la abadesa del monasterio, una persona autoritaria, altanera y de profundas convicciones catalanistas, que durante la obra mantendrá posiciones retadoras frente al monarca y obstruccionistas frente a Constanza.
Con ese escenario y con esos personajes, Antonio Gómez Rufo comienza su labor de intriga y deja que los misterios y las preguntas nos asalten: ¿cómo es posible que Constanza de Jesús encuentre fetos enterrados en una zona interior del monasterio? ¿Por qué hay un perro enterrado, si la abadesa insiste en que jamás ha habido ningún animal de ese tipo allí? ¿Qué explicación encontrar para las agresiones sexuales que han sufrido algunas de las monjas, si no habitan hombres en el cenobio? ¿Por qué todas las asesinadas son aragonesas? ¿Por qué se ha hundido el scriptorium justo después de que el rey decidiera visitarlo para observar qué libros se escribían y guardaban en su interior? Y, en un orden de cosas mucho más prosaico, ¿hasta dónde se extenderá la relación adulterina del rey don Jaime con la jovencísima princesa húngara doña Violante?
Con gran dominio de la arquitectura novelística, asperjando con tino los misterios y las sospechas, Antonio Gómez Rufo nos entrega una obra de profunda documentación histórica, ágil movilidad y formidables diálogos, donde tenemos en todo momento la sensación de estar contemplando a seres reales, que viven y hablan ante nuestros ojos. Si desean una novela para estos días de verano, donde se combinen habilidosamente información histórica, misterios y alta calidad literaria, no lo duden: La abadía de los crímenes puede ser su libro.

miércoles, 20 de julio de 2011

La décima sinfonía




Hace medio siglo que el chileno Pablo Neruda decidió que su libro Los versos del capitán saliera a la luz pública de forma anónima. Lo hizo así porque se trata de una recopilación de poemas de amor dedicados a Matilde Urrutia, por la cual no podía confesar abiertamente sus sentimientos, dada la situación marital de ambos. Ahora, un musicólogo español que toca el piano, es un experto en la obra de Ludwig van Beethoven y trabaja como "colaborador habitual en diferentes medios de comunicación" (así lo dice la solapa), acaba de adherirse a esa procedimiento de camuflaje y ha adoptado el seudónimo de Joseph Gelinek para publicar La décima sinfonía con el sello Plaza & Janés.
La trama nos informa de cómo el musicólogo Daniel Paniagua se ve envuelto en una rocambolesca aventura cuyos ingredientes no pueden ser más efectistas: un famoso director de orquesta (el siempre polémico Ronald Thomas), que aparece guillotinado después de que estrenase una presunta reconstrucción de la décima sinfonía de Beethoven; un millonario, Jesús Marañón, que cultiva dos vocaciones con el mismo fervor: la melomanía y el coleccionismo, que le lleva a organizar conciertos en su casa y disponer de "un auténtico museo medieval de la tortura" en el sótano de la misma (p.172); una hermosa jovencita, hija del asesinado Thomas (Sophie Luciani); una juez tan inteligente como rodeada de misterios (Rodríguez Lanchas); un investigador de la policía, que presume de tener unos estudios de Derecho que no ha conseguido, realmente, terminar (el inspector Mateos); y hasta un príncipe, Louis-Pierre-Toussaint-Baptiste Bonaparte, heredero del trono de Francia y legítimo descendiente de Napoleón.
A ese conjunto de personajes más bien previsibles y estereotipados, que se convierten en líneas de fuerza de la novela, hay que añadir otro caudal de detalles construidos con la intención de capturar la atención de los lectores: una cabeza que desaparece, un misterioso tatuaje camuflado bajo el pelo de un protagonista, una serie de claves numéricas, algunas sorpresas argumentales y, como telón de fondo, la existencia de una única copia de la desconocida décima sinfonía de Beethoven, que todos persiguen.
Como elementos menos logrados habría que señalar en primer término el abuso de terminología musical, que entorpece la lectura en no pocos tramos; en segundo lugar, ciertas incongruencias psicológicas y argumentales (como cuando Daniel Paniagua, por ejemplo, se pone a explicarle todo lo que sabe sobre la décima sinfonía de Beethoven... ¡a un vendedor de perritos calientes, en plena calle!); y en tercer lugar, la insinuada pérdida del manuscrito beethoveniano de un modo demasiado parecido al que Philip Vandenberg estipuló como conclusión para su novela El quinto evangelio. Los lectores menos escrupulosos, eso sí, podrán distraerse con estas páginas durante todo un fin de semana. Sería una pena que el mundo de la musicología perdiera al misterioso Joseph Gelinek: debe volver a ella cuanto antes.

domingo, 17 de julio de 2011

Cuestión de locura



Gracias a la traducción de Ramón Sánchez Lizarralde, Alianza Editorial pone en nuestras manos el volumen Cuestión de locura, del albanés Ismaíl Kadaré, donde se recopilan cuatro novelas cortas de uno de los narradores más prestigiosos del continente europeo. Las fechas en que estas piezas fueron elaboradas (la primera, en 1962; la última, en 2004) revelan la larga dedicación que ha puesto en este género, hermano mestizo de la novela y del cuento.
Cuestión de locura (2004) nos propone una narración autobiográfica, donde se nos traslada al mundo en el que se crió (Gjirokaster); con su babazoti (su abuelo); su tío menor, constante suicida potencial; el omnipresente partido comunista, que urde en la sombra su imperio de control; el simpático Ilir, que lo acompañó durante toda su infancia; o esa idea alucinada que vino a instalarse en su mente durante mucho tiempo: que su babazoti había sido, en realidad, el fundador del estado albanés. Sin duda, la parte más emotiva es el tramo final, cuando nos relata la muerte del abuelo y el posterior desgarro que afligió a Kadaré.
El desprecio (1984) es mucho más interesante desde el punto de vista psicológico, y nos coloca ante los ojos a Aleko Balla, un antiguo militar comunista que, después de haberse casado con una feísima mujer de la nobleza declinante, ha de sobrevivir entre dos aguas, siempre el borde de disgustar a sus correligionarios o a los exquisitos miembros snobs de la alta burguesía. El dibujo social se completa con esa maravillosa creación que es la anciana Muhadez, defensora a ultranza de los valores tradicionales y mujer de agrio carácter.
Días de juerga (1962) es, sin embargo, prescindible. No pasa de ser el divertimento narrativo de un joven de veintipocos años, que aún está fraguando su estilo y que no consigue grandes cosas con él. Una bagatela cuyo argumento se reduce a la búsqueda que dos amigos juerguistas y fervorosos del tabaco y el coñac emprenden para localizar un poemario perdido del albanés Andon Çajupi. Cuando se vuelve la última página y se constata que ni lo encuentran ni parece importarles, te invade una extraña sensación de estafa narrativa.
Y todo lo contrario tendría que decirse de esa perla mayúscula que es La estirpe de los Hankoni (1977), donde Ismaíl Kadaré emplea casi cien páginas, que distribuye en setenta y ocho pequeños capítulos, para contarnos una saga familiar tan extensa como cuajada de incidentes: fraudes, negocios de variado éxito con la sal y el petróleo, bodas, muertes, amores secretos, acceso al funcionariado, deshonores, préstamos... Dos siglos de vida, esplendor y decadencia, que asemejan la narración a una montaña rusa, poderosamente atractiva.
Ismaíl Kadaré ya se ganó hace tiempo el derecho a figurar con letras de oro en la novelística del siglo XX. Esta obra es una nueva demostración.