sábado, 31 de diciembre de 2011

Los sueños cotidianos




El escritor José Cantabella (Murcia, 1963) no ha faltado a la cita bianual que tiene con sus lectores desde hace casi una década. Tras haber publicado tres excelentes volúmenes de relatos (Amores que matan, 2003; Historias de Chacón, 2005; Llegarás a Recuerdo, 2007) le tocó el turno a un libro de poemas (Afán de certidumbre, 2009), género al que vuelve con Los sueños cotidianos, donde brilla otra vez con la excelencia de su verbo. Tratar de resumir la belleza de un libro de versos es siempre empeño condenado al fracaso, pero permítaseme que al menos me acerque a alguna de las composiciones, que considero especialmente notables. Así, “Amantes prohibidos, prohibidos amantes” se revela como un ejercicio hondo de observación acerca del ser humano, a través de dos personas que, habiendo estado enamoradas, ahora se ignoran con meticulosa aplicación e ingresan en la invisibilidad el uno para el otro. El autor lo sintetiza en una fórmula tan sencilla como inquietante: “¿Cómo puede, el amor, ignorar su pasado?” (p.17). Otras veces será el humor el que aparezca en sus versos. Y es que, si el argentino Jorge Luis Borges afirmaba que la teología era una rama de la literatura fantástica, el poeta murciano se atreve incluso a conjeturar quién pudo ser el iniciador temático de esa convergencia; y el resultado de sus reflexiones lo tenemos en “Jonás”, cuyo protagonista afirma haber permanecido varios días en el interior de una ballena. El amor está presente en varias de las composiciones, pero sobre todo en dos: “De amores” y “Obama y tú”. El primero es uno de los poemas de amor más sencillos y más hermosos que he leído en mucho tiempo; el segundo, dedicado por el autor a su mujer, Carolina, tampoco desmerece de ese dictamen.
Pero hay muchas más cosas en Los sueños cotidianos. Quien quiera disfrutar y reflexionar con una interpretación nueva de un relato infantil tradicional puede acercarse hasta “Blancanieves” (p.35). Y si desea aventurarse en un homenaje implícito a Julio Cortázar (uno de los grandes fetiches de José Cantabella, según se desprende de sus cuentos), ahí está “Poe-más” (p. 43). Y si se desea acompañar al poeta en su languidez, qué mejor manera que acompañarlo en un trayecto ferroviario (“Viaje a Madrid”). Y si queremos reflexionar sobre la geminación inquietante de los días que constituyen nuestra existencia, sin duda el poema “Hoy” nos será de incalculable utilidad. José Cantabella, en prosa y en verso, demuestra una vez más que su visión del mundo y su estilo literario merecen un puesto respetable en las estanterías de nuestra biblioteca.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Mi querida Eva




Escribió una vez el rumano Eugène Ionesco que si la naturaleza y la fisiología fueran razonables y actuaran con sentido común los seres humanos no tendríamos los ojos en la cara, sino en la nuca, porque nos pasamos más tiempo de nuestra vida mirando hacia atrás que hacia delante. Y esa observación (que si la hubiera realizado Aristóteles gozaría de fama universal) es perfectamente aplicable a los protagonistas de la novela Mi querida Eva, del vallisoletano Gustavo Martín Garzo.
Tres son las figuras que vertebran la narración: Eva Arrizabalaga (una doctora bilbaína que se ha especializado en trasplantes de riñón y que está casada con un alto representante del opus dei), Daniel Herrero (también médico, de mediana edad, y que se encuentra inmerso en un proceso de divorcio) y Alberto Mena (trabajador en una fábrica, y fallecido unos años atrás). Cuando la historia comienza nos hallamos en Alicante, durante la celebración de un congreso urológico, y asistimos al reencuentro de Eva y Daniel, que llevan tres décadas sin verse. Esta chispa nostálgica prenderá una hoguera de dimensiones más bien aparatosas, que resucitará la memoria de Alberto Mena, el mejor amigo de juventud de Daniel y, a la vez, el amor secreto de Eva. El autor, moviéndose hacia el pasado, nos llevará al Valladolid diminuto y provinciano de los años sesenta, donde aquel trío de adolescentes protagonizaron su particular versión de la película Jules et Jim, acompañados por un triste grupo de fracasados: Serafín Parra, alias El Centella, un ex-boxeador sin suerte que, después de trabajar como guardaespaldas para una actriz de Hollywood ingresa en una senectud derrotada y alcohólica; la madre de Daniel, que no consigue superar la muerte de su hijo mayor, víctima de un disparo accidental en su propia casa; Nacho Castro, responsable de las piscinas Samoa; o la pobre viuda de Alberto, que se resignó durante años a que su marido continuara enamorado de una imagen de su adolescencia.
A través de los ojos de Daniel (y del diálogo que establece con Eva durante la larga noche del reencuentro) vamos descubriendo los miles de matices, pliegues, lágrimas, renuncias y equívocos de unas existencias que caminaron juntas durante un verano irrepetible y que luego, por los azares del destino, se separaron. De nada sirve lamentarse por aquellas cosas que, como mercurio, arena o agua, se nos fueron de entre los dedos; pero la memoria y el corazón sí que pueden, mirando hacia atrás, recomponerse y encontrar la luz: Eva comprenderá por qué Alberto no respondió nunca a sus requerimientos amorosos; y Daniel alcanzará a comprender que "el paraíso sigue aquí, en el mundo, y sólo hay que encontrar la puerta que nos lleva hasta él" (p.197).
Estamos ante una magnífica y lánguida novela, donde la introspección (pero también la retrospección) nos permiten caminar por el alma de unos personajes densos y espléndidamente trabajados.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Inquietud en el paraíso




Don Cosme Herrera, penitenciario de la catedral de Burgos, no es un clérigo cualquiera. De hecho, después de haber meditado durante años sobre la más inmortal creación de Dante Alighieri (La divina comedia), ha llegado a una conclusión asombrosa, que supera todos los límites del sentido común, y que no tiene pudor en esclafar durante el transcurso de una charla erudita: "Dante estuvo en el Purgatorio, sí, en pura carne mortal, y nos lo contó con apariencia literaria, que era lo que exigían la discreción con las cosas divinas y su genio para con las letras. Pero proclamo que ese viaje a la región oscura se puede (es más, se debe) repetir. Estimados señores, distinguidas señoras y señoritas: estoy en condiciones de guiar la expedición que lleve a cabo tal empresa, me pongo a su disposición y espero su patrocinio" (p.12). La propuesta, como no podía ser de otro modo, es recibida por los oyentes con jolgorio y burla irónica; pero tales chanzas no detienen al visionario, que urdirá una compleja trama de maquinaciones para llevar a cabo su propósito, del que no admite ser apartado ni siquieras con las admoniciones del iracundo arzobispo don Manuel de Castro.
Pero, por si la locura de este proyecto se antojara pequeña, otra locura de mayor calado sacudirá a las gentes de Burgos (y de toda España) ese mes: el estallido de la guerra civil. Óscar Esquivias, con sorprendente pulso maestro, nos va ofreciendo una visión completa de la ciudad, llena de burdeles con prostitutas levantiscas, militares que planifican su rebelión, tabernas infames, pobreza por los rincones, seres diminutos que anhelan la redención por la vía de la cultura (es memorable el personaje del relojero Julián Bayona), religiosos propensos a inmiscuirse en asuntos demasiado terrenales y mil detalles más, jugosos, ágiles y amenísimos. Para aderezar ese universo variopinto, el autor nos ofrece espléndidas secuencias de humor (la lubricidad inocentona y exótica del poeta Manuel Machado; la presencia de una tortuga agresiva y mordedora en la casa de doña Atanasia Revenga; las reivindicaciones laborales de Saturnino Calvo, aficionado a la expulsión de gases sobrantes por la vía rectal; las chocantes teorías sobre el tamaño de los penes, sostenidas por un energúmeno con alta graduación militar; etc); pero también están presentes otras secuencias, más dolorosas: el miedo paralizante de los más débiles, las lágrimas y el estupor por el inicio de una guerra que muchos presumen horrenda y fratricida, las humillaciones que deberán ser acatadas con resignación... De ahí que cada burgalés republicano experimentase con el estallido de la rebelión "un desengaño hondo que le llenaba de tristeza" (p.269).
Óscar Esquivias ha logrado construir una de las obras más serias y más sólidas sobre las primeras horas de lo que Miguel Labordeta definió en un poema magnífico como "aquel huracán terrible de locura": la guerra de 1936. Muy recomendable.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Diario de 1945




Alguien escribió una vez que lo peor de los monstruos no es su existencia, sino la circunstancia penosa de que nos obligan a hablar constantemente de ellos: para analizarlos, para horrorizarnos con sus excesos, para repudiarlos, para evitar su repetición. Y el nazi Joseph Goebbels ostenta el dudoso honor de ser uno de los monstruos más abyectos, execrables e inmundos que produjo el siglo XX, no tanto por la gente que mató personalmente (que fue más bien escasa, si lo comparamos con otros engendros de su mismo partido), como por la manera calculadora, fría, sistemática y tenaz con que propagó el odio entre millones de personas (los alemanes) hacia otros millones de personas (los judíos). Goebbels, además, fue un hombre culto, doctor en filosofía, con altas dotes intelectuales y oratorias (dice Rof Hochhuth que lo más peculiar de él es que atesoraba intelecto "en una banda de microcéfalos de prominente barbilla"), que utilizó la palabra para incendiar el alma de todo un pueblo y para abocarlo a la abominación del crimen masivo.
La editorial madrileña La Esfera de los Libros publica, con la traducción de Beatriz de la Fuente, el Diario de 1945 de este polémico e iracundo agitador, y sin duda se trata de un documento de primera magnitud para entender las vísceras del nazismo. Durante los meses de febrero a abril de 1945, mientras el continente europeo se desangraba en una guerra espantosa, Goebbels fue tomando nota de los avances y retrocesos militares del Reich, y dejó cumplida demostración de los cauces de su pensamiento: el desprecio que le inspiraban los militares como Göring ("Petimetres vanidosos y perfumados no deben formar parte de la dirección de la guerra. O cambian o tienen que ser eliminados", página 52); la burla que reservaba para los dirigentes que no apoyaron a Hitler ("Franco es una gallina convulsa", página 68); su hipocresía, que le hacía juzgar que todos los demás eran los culpables de la guerra, menos los nazis (define a Churchill como "el enterrador de Europa" en la página 124); su bilis racista, que se extiende por todas las hojas del volumen ("A los judíos, cuando se tenga poder para ello, hay que matarlos a palos como a las ratas. En Alemania, gracias a Dios, ya lo hemos hecho como se debía. Espero que el mundo tome ejemplo", página 184); o su ansia de control y manipulación, que lo lleva a propalar frases ilógicas, más propias de un iluminado que de un intelectual ("Necesito hombres con personalidad y carácter, que sigan exactamente mis instrucciones", página 368).
Toda la virulencia, todo el rencor, todo el sinsentido del régimen nazi están en estas páginas, que demuestran al mundo y a la Historia hasta dónde puede llevar el virus de la perversión al género humano.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Cavalleria rusticana



Hay un instante precioso en la tercera parte de la película El padrino en que los espectadores tienen la oportunidad de escuchar y ver un fragmento de la ópera Cavalleria rusticana, de Mascagni (quien no haya escuchado el Intermezzo de la misma puede acudir a Youtube y quedar enamorado de su belleza). Lo que no tantas personas saben es que el compositor de Livorno se basó para componer esta música en un relato breve de Giovanni Verga. Ahora, la editorial Traspiés lanza para el público español un interesante volumen donde se reúnen diez piezas de este narrador italiano, con el título de Cavalleria rusticana y otros cuentos sicilianos.
El relato que da título principal al tomo pone ante nuestra mirada a Turiddu, un petulante que a su regreso del mundo militar pretende seducir a Lola, un antiguo amor que ahora se ha comprometido con otro hombre. Incapaz de asumir la preterición, y mordido por el despecho, Turiddu despliega sus armas seductoras en torno a Santa. Pero la chica, comprendiendo que está siendo usada por el galán (que continúa frecuentando a la ya casada Lola), denuncia la situación ante el marido de su rival. El duelo entre ambos se torna, pues, inevitable. Y produce maravilla la manera ingenua, directa, plástica, en que Giovanni Verga nos va relatando la historia, con una prosa deliberadamente esbelta y desnuda.
Pero que no se engañen los potenciales lectores de esta recopilación de cuentos: las narraciones del siciliano no se constriñen al dibujo costumbrista o folclórico. En modo alguno. De hecho, quizá el brillo máximo lo obtenga el escritor cuando se sumerge en el retrato anímico; es decir, en las excursiones minuciosas que realiza por el alma y el corazón de sus protagonistas. Sirvan para demostrarlo dos ejemplos. En La amante del Grama nos será dado conocer a Peppa, la más hermosa joven de la zona de Simeto, la cual, sin explicación posible, siente una profunda, visceral, desgarradora pasión por el Grama, un bandolero sanguinario que asola aquel territorio... y al que no ha visto nunca en persona. De ahí que tome la decisión, arriesgada y sorprendente, de salir a su encuentro y arrojarse en sus brazos. Más adelante descubrirá que la vida no es una novela, sino algo mucho más gris, desabrido y rencoroso. Y en La Loba asistiremos a la tortura sexual que sufre un chico por parte de una voluptuosa mujer madura, que exhibe sus quelíceros ante él. Para liberarse del acoso, el muchacho se casa con la hija de dicha mujer, pero ni siquiera así logrará esquivar el magnetismo salvaje que su suegra despliega en torno a él.
¿Que prefiere usted una historia de infidelidades conyugales, tocada con puntos de humor y de tragedia? Fácil lo tiene: Historia de Ollaza le suministrará ese argumento. ¿Acaso desea conocer el retrato, casi insuperable, de un sacerdote indigno, rapaz e insaciable, que sangra las haciendas de sus feligreses de forma inmisericorde? Pues su cuento es, sin duda, El reverendo. ¿Que prefiere una narración protagonizada por animales? Acuda entonces a la tierna Historia del asno de San José, donde un burrillo famélico que pasa por mil amos adquiere evidentes dimensiones de metáfora...Dentro del notable grupo de escritores que la isla de Sicilia ha regalado al mundo (el rocoso Empédocles, el bucólico Teócrito, el exquisito Leonardo Sciascia, el famoso y moderno Andrea Camilleri), Giovanni Verga ocupa un peldaño nada desdeñable. En algunos libros de referencia (y en las páginas menos escrupulosas y analíticas de Internet) se le suele etiquetar con el adjetivo verista, para explicarnos que retrató con alta eficacia el mundo, las costumbres, los paisajes y a las personas de su entorno insular. Pero no conviene que empobrezcamos su memoria con esa fórmula cierta aunque reduccionista. Giovanni Verga fue, sin duda, mucho más, porque poseía el don infrecuente de bucear en el interior de sus criaturas, lo que lo facultaba para mostrarnos el dibujo fiel de sus anhelos jamás cumplidos, sus ansias amortiguadas por la pobreza y sus torturas de seres sobre los que la Historia se divierte escupiendo. Estos días de Navidad pueden ser una excelente ocasión para que muchos lectores de nuestro país descubran la portentosa belleza que los relatos de Giovanni Verga contienen.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Debería caérsete la cara de vergüenza



Que veinte años no es nada. Lo decía un viejo tango y probablemente llevaba razón. En 1987, la editorial Anagrama publicó un libro que, justo el año anterior, había salido en Quaderns Crema con el singular título de T'hauria de caure la cara de vergonya. Era el debut de Sergi Pàmies, y supuso la irrupción de un cuentista fresco, innovador y desinhibido, que metía los dedos en la gelatina de la normalidad y los sacaba por el otro lado, convertidos en garfios, flores o piedras: algo inesperado. Ahora, el sello Anagrama vuelve a poner el libro en manos de los nuevos lectores, con una portada impactante de Ouka Lele y la traducción de los textos a cargo de Joaquín Jordá.
Lo que nos espera en este bloque de dieciséis cuentos es un surtido de sensaciones de lo más variado. Asistiremos, por ejemplo, a escenas cotidianas, donde algunas parejas descubrirán las fisuras que las destrozan (En los límites del fricandó), o donde una pobre mujer se verá agobiada por las manipulaciones de un predicador maniático (Apocalipsis), o donde una pelea conyugal se va complicando y subiendo de temperatura con la intervención de un vecino, hasta que se llega a un final dramático y aparatoso (Dominical). Pero también asistiremos a argumentos que se deslizan un poco más allá, hacia las fronteras del absurdo, del surrealismo o de la pesadilla, sin que falte la gota de humor que los condimente: un niño que se niega a nacer hasta que su padre vuelva de la guerra, cosa que no ocurrirá hasta tres años después (Feto); las frenéticas aventuras nocturnas de un hombre al que su cajero automático se niega a expenderle dinero, para que no se vea tentado por alcoholismo (Caja abierta); o, en fin, la peripecia anómala de un hombre sobre el que su esposa ejecuta un dicterio con visos de maleficio (Debería caérsete la cara de vergüenza).
Sergi Pàmies se desenvuelve con infinita comodidad en los territorios fronterizos, en ese límite sutil y peligroso entre la carcajada y el horror, ahí donde otros narradores prefieren no adentrarse y donde sólo algunos (Julio Cortázar, Quim Monzó o Hipólito G. Navarro) saben manejarse con elegancia y con maestría. No es extraño que, atesorando esa habilidad, haya merecido premios como el Ícaro, el Prudencia Bertrana, el Ciudad de Barcelona o, más recientemente, el premio Setenil en Molina de Segura por su obra Si te comes un limón sin hacer muecas (también publicado por Anagrama). Estamos, sin duda, ante uno de los grandes del cuento español contemporáneo.




lunes, 12 de diciembre de 2011

Dalípoli



Al cartagenero Miguel Ángel Casaú lo conocí de la mano del crítico Antonio Parra Sanz, quien me recomendó vivamente su lectura. Y, como siempre hago, me fié de su buen juicio. Me sumergí (al principio con interés, y luego con admiración) en De dioses, hombres y demonios y, más tarde, en esa pequeña joya inquietante (y de portada más inquietante aún) que es Felicity. No me hizo falta más. Estaba claro que Casaú era un novelista con talento, capaz de construir historias sólidas y de argumento anómalo, capaces de mantener a sus lectores con el ánimo suspenso hasta la página final.
Hoy me apetece hablarles de su última novela, que lleva por título Dalípoli y que ha sido publicada por el sello Corona Borealis. En ella encontramos a tres protagonistas iniciales de muy diversa factura: Desmont, Cris y El Ricky. Sus tres caminos van a convergir en Dalípoli, de un modo que no les explicaré, porque eso sería hacerle un flaco favor al novelista. Lo que sí haré será ponerles en situación... Desmont, periodista del diario La Identidad, se ha citado con su antiguo amigo Charlie, un tipo prometedor e inteligente durante la adolescencia pero que luego se extravió en el tenebroso mundo de las drogas. Éste le explica que, después de veinte años sin verse, se siente en deuda con él: siempre ha sentido envidia por Desmont y entiende que le debe algo. Así que salen del cuchitril donde vive y lleva a Desmont a un bar muy extraño. Una cortina sobre la que aparecen números llama su atención; y Charlie encarga un número para él. Desmont debe pasar al otro lado. Allí descubrirá algo importante, que Charlie no le quiere decir.
Cris está preparando su tesis doctoral en veterinaria (Miguel Ángel Casaú es veterinario). Su vida no resulta en modo alguno plena: hija de una familia rica, se obstina en labrarse su propio camino. Compagina sus estudios con el trabajo que desarrolla en un bar. Sus relaciones con los hombres no han sido muy satisfactorias. Ni siquiera con su actual pareja, con quien sabe que debería romper. Y es probable que lo haga. Estando en un bar sufre un desmayo, fruto de la tensión y el cansancio de los últimos días. Cuando despierta ve una puerta con una cortina. En la parte superior hay un número. Y cruza el umbral.
El Ricky es chivato de la policía y ahora están a punto de matarlo, porque Martin (que se ha quedado sin un gran alijo de droga por su culpa) ha enviado a tres matones para que lo cojan y lo eliminen de la circulación. Pero cuando están a punto de ultimarlo una voz los detiene y Ricky consigue entrar en una ermita de los alrededores. En su interior, una puerta y una invitación a cruzarla.
A partir de ahí, son ustedes quienes tendrán que averiguar qué ocurre con estos tres personajes en la ciudad de Dalípoli, un espacio tan lujoso que produce inquietud. Todo allí está permitido: se puede entrar en cualquier tienda y coger lo que desees, sin necesidad de pagar; hay una constante renovación de la moda, que también es accesible gratuitamente; nadie puede negarse a hacer el amor con otra persona cuando ésta se lo pide, y está admitido hacerlo en cualquier lugar; todas las drogas son legales e igualmente gratuitas... Solamente hay dos restricciones, dos elementos que están rigurosamente prohibidos en el mundo de Dalípoli: el amor y el pensamiento libre. ¿Hablamos entonces de un paraíso o de un infierno? ¿Hacia qué lado se inclina la balanza?Pensar es una agresión contra el poder. Siempre lo ha sido. Y últimamente se están empeñando en que restrinjamos esa práctica a sus mínimas expresiones, atontándonos con la tele, el pensamiento único, la corrección política y otras garatusas. En estas páginas Miguel Ángel Casaú nos invita a que jamás renunciemos al dedo alzado. Preguntar, dudar y disentir son los últimos bastiones que nos quedan. Sin ellos nos convertiremos en unos zombis imbéciles que comprarán lo que quieran venderles y que renunciarán voluntariamente a todo rastro de inteligencia. Para protegerse de ese riesgo, pueden comenzar leyéndose esta novela. Les aseguro que saldrán satisfechos y fortalecidos de sus páginas.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La jugadora de ajedrez




En su obra Mrs. Caldwell habla con su hijo afirmó Camilo José Cela que no podemos saber detrás de qué puerta estará peinándose la persona que más nos amará, o por qué océano bucea el tiburón que menos nos hará sufrir. O dicho de otro modo: no podemos estar seguros de en qué recodo del camino nos espera el suceso que truncará nuestra vida, o que le dará un nuevo rumbo.
Eleni es una mujer de 42 años, con dos hijos, que vive en Naxos. Su marido se llama Panis y es mecánico. Y ella, feliz, trabaja como limpiadora de habitaciones en el hotel Dionyxos. Un día, mientras arregla el cuarto de una joven pareja francesa, descubre un tablero de ajedrez con sus hermosas piezas de madera y queda fascinada. La seducción que opera sobre ella aquel enigmático pasatiempo acabará por capturarla: comprará un modelo electrónico y un manual de instrucciones y, poco a poco, irá penetrando en "la vorágine del aprendizaje" (p.100) de la mano de su antiguo maestro Kouros. El gran problema es que Eleni no vive en un mundo adelantado, tolerante y digno, donde se valore su esfuerzo, sino que la rodea la claustrofobia del machismo analfabeto, hasta el punto de que su esposo, zaherido por las habladurías del vecindario, se sentirá "el hazmerreír del puerto" (p.78): una mujer no puede dedicarse a una afición tan absurda. A una mujer no le es lícito soñar más que con su cocina (Panis se enfada cuando la cena no está preparada a las nueve) y con la educación de sus hijos. ¿Para qué anhelar otras metas más elevadas o más intelectuales?
Al principio, la mujer no concibe su afición ajedrecística como un desacato, ni como un desafío, ni tampoco como una transgresión deliberada. Ella, que no ha fabricado las normas, las ha respetado siempre. Pero ahora ha descubierto un nuevo mundo, donde las normas varían. Un mundo cuadriculado, sí, pero también creativo y liberador, en el que la reina está adornada de poder. El paciente Kouros le explica que "sólo existe el tablero. El resto es fantasía" (p.101), pero no le dice (tal vez porque no lo considera necesario, o porque intuye que lo descubrirá ella misma) que "no se vuelve de una incursión en la singularidad como de un paseo por el bosque" (p.86).
Esta novela, deliciosamente escrita por Bertina Henrichs y con un final que no sólo es magnífico sino que magnifica la obra (en el que Eleni descubrirá, tras la muerte de su mentor Kouros, que se puede perder sin amargura y que se puede triunfar sin saberlo), supone una reflexión sobre la dignidad femenina, sobre el coraje que determinadas mujeres (¿o acaso todas?) han necesitado desplegar desde el comienzo de los tiempos para descubrir su lugar en el mundo.

martes, 6 de diciembre de 2011

Aullido



Recuperar en 2011 el nombre de Allen Ginsberg es recuperar el nombre, la bandera y el sentido de la lucha de la Generación Beat, donde también estaban en mayor o menor grado Jack Kerouac, Neal Cassady o Lawrence Ferlinghetti. Pero si además se trata de la emblemática obra Aullido, enriquecida con las magníficas y anonadantes propuestas gráficas de Eric Drooker (que pasó de ser artista plástico callejero a diseñar portadas de The New Yorker), el éxito tiene que acompañar seguro a la empresa. La editorial Sexto Piso acaba de lanzarse a esa aventura. Nos ha puesto en las mesas de novedades de las librerías ese volumen, encuadernado en tapa dura, iluminado con una policromía fulgurante y con fotografías del autor, del ilustrador y de la película que se ha comercializado hace bien poco sobre el tema. El texto ha sido traducido por Rodrigo Olavarría.
Y si la obra es formalmente una auténtica maravilla (Sexto Piso ha tirado la casa por la ventana para elaborar una joya editorial de primer orden), no menor es la seducción que las palabras de Allen Ginsberg nos trasladan. Con una prosa que no cabe sino calificar de narcótica, gobernada por la anáfora y el paralelismo, el poeta de New Jersey nos va envolviendo en una especie de hipnosis que nos lleva a la zona más misteriosa del ser humano, allí donde habitan las desazones, las tristezas, los vacíos y las angustias existenciales. Los personajes de quienes se nos habla aquí son seres rotos, perdidos, náufragos, nefelibatas, rebeldes inmóviles o autodestructivos, que se pierden por la ciudad y por el mundo sin tener muy claro dónde está el norte de la brújula. Estos hombres y estas mujeres pueden pertenecer a cualquier sitio (Allen Ginsberg menciona durante las más de doscientas páginas del libro un buen caudal de ciudades, estados y países: Arkansas, Nueva York, Idaho, Baltimore, Oklahoma, África, México), porque la desorientación vital no se reduce a ciertas personas, sino al conjunto de los seres humanos, que chapotean en una náusea sartreana que es tan evidente que ni siquiera precisa decir su nombre.
Frente a esas zozobras, expresadas con un ritmo atosigante de versículos, las salidas posibles del túnel (o más bien sus respiraderos esporádicos) son el alcohol, el jazz, las drogas y el sexo. Y es que en este largo poema surrealista y underground corren los fluidos de una forma libre. Allen Ginsberg no se refrena (nunca lo hizo, ciertamente) a la hora de hablar de coños, culos, vergas, mamadas o eyaculaciones, porque concede a las relaciones sexuales un papel primordial en el equilibrio interno del ser humano. Las imágenes de Eric Drooker (véanse, por citar sólo algunos casos, las láminas que figuran en las páginas 67, 72 o 73) acompañan con su hermosa explicitud las indicaciones verbales del poeta de Newark.
Al margen de esas pulsiones orgánicas, Allen Ginsberg también nos da en su texto otras más intelectuales, como las menciones que hace de Edgar Allan Poe, San Juan de la Cruz, la Biblia, las Parcas o el dios Moloch, así como su constante tributo al neoyorkino Walt Whitman (Aullido tiene mucho, a mi entender, de poema whitmaniano), que se unen a las anteriores para formar un orbe literario de rara intensidad y de plurales significados posibles.
Allen Ginsberg nunca fue un escritor cómodo para los poderosos (sufrió graves críticas por haber escrito parte de esta obra bajo la influencia del peyote; Fidel Castro ordenó expulsarlo de Cuba después de que el poeta denunciase la discriminación de los gays en la isla; fue deportado de Praga por sus declaraciones públicas; etc), pero sí un poeta de sugerente lenguaje, intuiciones apocalípticas sobre el mundo que nos rodea y metáforas de amplia repercusión. Y frente a lo que muchos pensaron en su momento, su espíritu y su mirada crítica siguen vigentes en el pensamiento y la cultura occidentales, con un vigor inagotable y una fuerza inaudita para desvelar los territorios más oscuros del ser humano. Si en la página 90 de este espléndido volumen se nos habla de aquellos «que tosieron en el sexto piso de Harlem», a partir de hoy son legión los que podrán decir «que leyeron en el sexto piso de Madrid».

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Educar a la pantera




Hace doce años, leí con auténtico interés una novela que se titulaba La caricia del escorpión, con la que un joven escritor de Zaragoza llamado Ignacio García-Valiño logró ser finalista del premio Nadal; luego me enteré de que también se había alzado con los premios José María de Pereda y Torrevieja, circunstancias que ratificaban las excelentes sensaciones que me había provocado esa primera aproximación a su literatura. Ahora llega a mis manos su libro Educar a la pantera (Comprender y corregir la conducta antisocial de los más jóvenes), donde aflora la faceta profesional de este autor, que no es otra que la de psicólogo educativo. Como no podía ser de otra forma, me leo el libro con doble curiosidad (como lector y como profesor), porque de las páginas redactadas por alguien que escribe tan admirablemente y que, además, posee una dilatada experiencia en el ámbito de la educación, espero disfrutar y aprender.
Y ambas cosas, desde luego, se logran con la lectura de este volumen que publica la editorial Debate. Nada más empezar, García-Valiño nos previene contra cualquier tópico idealizado que pudiéramos tener acerca del mundo de los chavales difíciles, que son el objeto de su trabajo y su análisis: «Por desgracia, no todos los niños se desarrollan sanos. Las circunstancias adversas, que a menudo se confabulan con los rasgos propios del carácter, hacen que aprendan demasiado pronto la gramática de la violencia y sean arrastrados hacia la deriva de la inadaptación» (p.20). Pero a veces los esfuerzos del equipo educativo sirven para lograr el éxito en la empresa. Como ejemplo nos cuenta la impresionante historia de Ana, una chica de la ESO a la que el autor conoció en 2002 y que presentaba un grave trastorno disocial: peleas frecuentes con sus compañeros, inadaptación al grupo, resistencia a colaborar con quienes deseaban ayudarla, etc. Con el apoyo de las personas adecuadas, la chica encontró en el deporte su forma de superación e integración; y hoy es una atleta reconocida que obtiene galardones a nivel nacional.
Aquí y allá afloran en el libro las ideas interesantes, los casos clínicos, los datos numéricos, que van explicando el estado en que se encuentran la detección y el tratamiento de los chavales con necesidades de corrección temprana. Nos dice García-Valiño, con argumentos convincentes, que la situación idónea pasaría por identificar el problema en la infancia, y no en la adolescencia, cuando ya tiene más difícil solución; pero que no suele hacerse así porque «los menores no suelen constar en las agendas políticas» (p.221). Indica además en el capítulo 12 de la obra que Fiodor Dostoievski, en su novela Crimen y castigo, ya escribió antes que Goleman sobre inteligencia emocional. Y que esta obra del ruso debería ser de lectura obligatoria para quienes estudian Psicología.
Después va analizando los problemas planteados por la inmigración de menores marroquíes en España, que no son casi nunca atendidos de forma adecuada porque tan sólo se pretende instalarlos en centros de acogida hasta que llegue el momento de repatriarlos... o expulsarlos por haber llegado a la mayoría de edad (capítulo 14); o aborda de forma profunda el tema del acoso escolar, que el psicólogo zaragozano interpreta desde la óptica de la dominación de un elemento fuerte sobre uno o varios elementos débiles (capítulo 17), llegando incluso a contar que él mismo, durante su infancia, padeció las vejaciones y humillaciones de un chico que lo amedrentó (lo explica pormenorizadamente entre las páginas 161 y 164). Y, como colofón, los capítulos finales del libro están reservados para los alumnos que, por su carácter duro, violento, desequilibrado o marginal, han de ser internados en centros especiales, tipo reformatorios. El análisis que Ignacio García-Valiño realiza sobre estos centros demuestra que los conoce bien, y que conoce sus fallos y logros.
Nos hallamos, pues, ante un análisis de la cara menos amable del sistema educativo: la cara oculta de la luna. Conocer esas sombras y esas hondonadas es la mejor manera de afrontar el asunto y encontrar soluciones eficaces que ayuden a todos los implicados: los profesores que han de lidiar con el problema, los chavales que necesitan orientación y estímulo, las familias, los centros escolares... Un libro espléndido y de enorme utilidad.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La vida singular de Albert Nobbs




Tiene razón Gonzalo Gómez Montoro, traductor murciano de esta obra de George Moore, cuando nos traslada su perplejidad por el hecho de que esta novela estuviera «curiosamente inédita hasta ahora en español» (Postfacio, página 141). Si en España se tradujeran pocas obras extranjeras, aún cabría entenderlo; pero con el aluvión de novedades con el que somos torpedeados casi a diario en las mesas de las librerías y en los anaqueles de las bibliotecas no tiene demasiada explicación que este irlandés situado entre los siglos XIX y XX no haya suscitado más interés en las editoriales de nuestro país. Por fortuna, el elegante sello Funambulista sí que ha tenido la sagacidad de acercarse a él y aquí tenemos la prueba: un volumen bellísimo, con una ilustración de portada realmente hermosa (obra de David S. Eley), un papel de agradable tacto y una tipografía inmejorable. Excelentes toques para una historia que sorprenderá y seducirá a los lectores.
En ella se nos habla de Albert Nobbs, un camarero cuyos atributos físicos no eran demasiado halagüeños («era el ser más feo que el que hubiera podido ver nunca en un libro de hadas», página 13) y que se encontraba adornado con unos rasgos de carácter que lo singularizaban en el hotel familiar Morrison´s, donde trabaja: jamás se ha excedido con la bebida, nunca ha hecho el intento de salir o tontear con ninguna de las criadas del establecimiento, no ha solicitado vacaciones, es educado hasta la hipérbole... Pero un día, cuando la señora Baker, dueña del hotel, le pidió el pequeño favor de que permitiera que el señor Hubert (un pintor que suele hospedarse allí) comparta cama con él, porque es imposible alojarlo en otro sitio, él se negó. La negativa, terca y expresada con energía, extrañó a todos. Pero más extrañó la variación de comportamiento que experimentó Albert Nobbs después de aquella noche: una larga conversación entre ambos determinó un giro radical en su forma de ver la vida. Y una de sus primeras decisiones consistió en buscar una mujer con la que compartir su existencia.
Tras descartar a varias candidatas posibles se fijó en Helen Dawes, que era una nueva empleada del servicio de cocina, e inició con ella su torpe cortejo... Pero con lo que no contaba Albert Nobbs era conque entre la chica y su novio, el pinche de cocina Joe, iban a comenzar a burlarse de él, haciendo que compre regalos a la muchacha, le regale dinero, etc, para beneficio de la pareja. Cuando Albert Nobbs es consciente por fin de la gravedad de estos hechos, y contra todo pronóstico, sigue obstinado en que la chica se case con él, se trasladen a una casa que tiene pensado comprar y monten un negocio con el dinero que tiene ahorrado. ¿Por qué esa insistencia? ¿Qué razón oculta subyace bajo las tristes humillaciones a las que el mismo Nobbs se somete, huérfano de dignidad?
Si los lectores de esta reseña han visto ya la película de Rodrigo García (en la que tiene papel protagonista Glenn Close) es probable que el misterio ya no sea tal, pero invito a los demás a que se sumerjan en el libro sin pasar antes por las butacas del cine. Luego sí: luego pueden acudir para comprobar si el tratamiento visual que el largometraje hace de la novela les parece el adecuado. Pero hacerlo antes supone quizá un empobrecimiento, porque el lenguaje de George Moore, su modo de construir la historia, su juego de planos narrativos, su ágil mecánica en los diálogos, su pintura de ambientes y su delicadeza psicológica son tan admirables como .

Con esta pequeña joyita, la editorial Funambulista vuelve a entregarnos un libro memorable, tanto por su forma como por su contenido. Si hace unas pocas semanas les hablaba aquí del espléndido volumen de poemas Trivium, de Enrique Badosa, ahora lo hago con el mismo entusiasmo de una novela corta, seductora y sorprendente escrita por quien, según los expertos, es el primer novelista irlandés moderno, que influyó incluso sobre el célebre James Joyce. Si buscan una novela de lectura agradable y con un mensaje de fondo, les aseguro que La vida singular de Albert Nobbs saciará sus expectativas, por altas que sean.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Rincón de haikus




Pocos serán quienes ignoren lo que es un haiku, porque desde hace varias décadas se trata de uno de los moldes estróficos más conocidos y luminosos en la tradición europea y americana: un poema de origen japonés que se compone de 17 sílabas, organizadas de un modo estricto (5-7-5), donde se trata de capturar con lenguaje sutil una impresión lírica. El uruguayo Mario Benedetti se unió a la extensa nómina de quienes cultivan el género con 224 textos donde, lejos de ajustarse al molde nipón, intenta ofrecer sus divergencias subjetivas ("Apenas he tenido la osadía de introducirme en esta pauta lírica, pero no apelando a tópicos japoneses sino a mis propios vaivenes, inquietudes, paisajes y sentimientos, que después de todo no difieren demasiado de mis restantes obras de poesía", p.11). O, dicho de otro modo, que Benedetti se aproxima al haiku para dar otra versión de sí mismo, para ver qué luz brota con la incidencia de ese nuevo rayo.
En ese sentido hay que leer la obra Rincón de haikus, aparecida en la editorial Visor, donde el famoso poeta uruguayo ensaya algunas meditaciones de orden sociológico ("Lo peor del eco / es que dice las mismas / barbaridades"); donde desliza algunas deliciosas perlas amorosas ("No sé tu nombre / sólo sé la mirada / con que lo dices"); donde construye parábolas de extensión mínima, pero de hondo calado filosófico y hasta político ("Parece cuento / al barco lo defienden / los tiburones"); donde se permite el guiño grafómano de postular un epitafio anticipado ("Cuando me entierren / por favor no se olviden / de mi bolígrafo"); donde retorna a sus célebres, inimitables juegos de palabras ("Canción protesta / después de los sesenta / canción de próstata"); o donde llueve la languidez de algunas reflexiones sobre el paso del tiempo ("Hace unos años /me asustaba el otoño / ya soy invierno").
Mario Benedetti siempre fue un poeta fénix, un poeta que estaba continuamente inventándose a sí mismo, renaciendo de sus cenizas. Cada libro suyo, cada tentativa, cada exploración verbal o temática, era siempre más un paso más, pero nunca un paso menos. No había agotamiento en su lírica. No había caminos que obturasen su creatividad o la detuvieran. Era un malabarista que vivía en una eterna senectud adolescente, y que disfrutaba con sonrisa de niño cada vez que se enfrentaba con las palabras. Los adjetivos, las paronomasias, el humor, la ironía, los choques semánticos, la mezcla de luces y colores eran, para él, piezas de un puzle infinito, con las que no se fatigaba de jugar. Y nosotros, sus lectores, fuimos siempre los grandes beneficiarios de aquella explosión de belleza.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Conversación




Hace aproximadamente una década tomé la decisión de escuchar, tan sólo, las recomendaciones literarias que me hicieran tres o cuatro personas, escogidas por la sintaxis del tiempo. El método de selección de esas personas, digámoslo así, fue tan lento como eficaz, y admite ser resumido en pocas palabras: ellos fueron los que me indicaron obras que, la inmensa mayoría de las veces, me dejaron un buen sabor de boca o, directamente, me fascinaron. Una de esas personas (mi amigo Pepe Colomer) me preguntó hace cosa de un año si conocía las obras de Gonzalo Hidalgo Bayal y le tuve que contestar que ni siquiera me sonaba el nombre. «Pues lo tienes que leer. Te va a encantar», me dijo. De tal modo que, cuando hace cosa de un mes tuve noticia de que la editorial catalana Tusquets publicaba un volumen de relatos de este escritor extremeño me dije que era la oportunidad perfecta para solventar mi ignorancia y comprobar si el consejo de mi amigo volvía a ser, como casi siempre sucede en su caso, atinado.
Y sin duda lo es. Las cinco historias que se alinean en estas páginas ofrecen tantos flancos de hermosura que he salido de ellas embriagado y convencido de haber encontrado a un estilista excepcional, al que seguiré fielmente a partir de ahora... Kalé heméra nos cuenta cómo un chico sobrevive dando clases de lenguas clásicas y cómo está a punto de ser contratado por una mujer que roza los treinta años y que, después de dejarse los estudios, pretende ahora aprender griego. No se muestra de acuerdo el marido, que considera la extrema juventud del chico un serio problema para admitirlo en su casa como profesor particular. Corzo nos sitúa en los alrededores de una extraña casa (La Tebra) que se encuentra ubicada en el interior de un bosque inextricable. Cuenta la leyenda que allí vivió un loco llamado El Corzo, que perdió la cabeza cuando su mujer e hijos se abrasaron en un incendio hace años. ¿O quizá fue él mismo quien prendió el fuego? Los lectores irán poco a poco recibiendo los detalles de la historia y deberán formular un juicio al respecto. Aquiles y la tortuga tiene como protagonistas a dos antiguos amigos (un escritor de éxito llamado Saúl Olías y un célebre empresario textil llamado Pedro Enrique), inmersos en una relación que los ha mantenido electrizados desde la juventud y que ahora, cercanos a la vejez, alcanza su punto álgido. Y Monólogo del enemigo es la historia de un hombre que, acodado en la barra de un bar, desgrana para nosotros la historia de El Enemigo, un condiscípulo con el que mantiene una tensa relación de odio que los años no han hecho sino enriquecer y aumentar.
Pero quizá el relato más admirable y anómalo de todos sea el que cierra el volumen, Reparación. En él nos encontramos con un hombre que, instalado en un sillón (al que define varias veces como augusto), ve por la ventana de su casa cómo otro hombre desciende a diario por la costanilla y entra en un aparente taller de reparaciones. El espionaje, que se vuelve progresivamente más neurótico e intrincado, apenas tiene objeto. Se trata sólo de observar, de extraer conclusiones sobre la vida probable, las costumbres probables y el carácter probable de ese tipo. La forma en que lo espía incurre en lo exhaustivo, pero es que, como él mismo dice, «llevo años y años sin otro oficio que conjeturar, pues, como acabo de decir, la inmovilidad y el insomnio son grandes compañeros de la imaginación» (p.186)... Si Emir Rodríguez Monegal definió a Pablo Neruda, en un libro célebre, como el viajero inmóvil, otro tanto se podría decir de este narrador verborreico, febril, inesperado, meándrico. Los lectores viajamos por el interior de su cabeza, mientras él escruta, disecciona, deduce, acepta y descarta hipótesis, como un dios paralítico. Al principio, el lector se adentra en el relato esperando algo, pero cuando comprende que no va a pasar nada es cuando se detiene en la prosa y en la psicología, auténticos objetivos de la narración.Este libro, denso, reflexivo y milimétricamente equilibrado, me ha hecho descubrir a un escritor. Con mayúsculas. Acérquense a él.

jueves, 17 de noviembre de 2011

De profundis




Acudamos a una fórmula célebre, emitida por el genial adolescente Arthur Rimbaud: Yo es otro. Tan perspicaz como enigmática sentencia puede definir (y de hecho define) al poeta, al ser que habla en ocasiones con una voz tan sublime que ni él mismo la reconoce como suya. Pero también puede designar a la persona que, zarandeada por un contratiempo neuronal o genético (derrame, alzheimer), se convierte en alguien distinto, enajenado. El gran escritor portugués José Cardoso Pires padeció uno de esos atroces reveses (una isquemia cerebral) en 1995 y, tras recuperarse, compuso la obra De profundis para intentar explicarnos cómo se siente uno cuando, golpeado por la amnesia, percibe su propio ser como un territorio extranjero, y a sus amigos y familiares como actores anónimos en una obra teatral cuyo argumento no comprende.
Se nos cuenta en estas líneas cómo el escritor quedó tan profundamente alterado por la enfermedad que olvidó las coordenadas más elementales de la vida, llegando a olvidarse de que tenía hijas (página 22) o considerando que los cepillos de dientes sirve, en realidad, para peinarse (página 9).
Este libro, duro, dulce e insólito, que lleva un prólogo espléndido de Lobo Antunes, ha sido publicado en España por Libros del Asteroide, gracias a la traducción de Carlos Manzano. Y nos ofrece el testimonio sereno de alguien que estuvo "paseando con el alma ausente por el anochecer de la memoria" (página 17) y descubrió que "había quedado analfabeto de mí y de la vida" (página 45).

domingo, 13 de noviembre de 2011

La senda trazada



Los teólogos y los escritores llevan siglos formulándose una pregunta tan intensa como sugestiva, y esa interrogación ha dado lugar a intrincados discursos religiosos y a memorables piezas literarias: ¿está determinado nuestro destino por Alguien o por Algo, mucho antes de que ocurra? Es una cuestión que, por debajo de lo anecdótico, implica nociones de tan altos quilates como la libertad. ¿Podemos estar seguros de que controlamos nuestro futuro; o éste nos viene dibujado mucho antes de que aparezcamos sobre la faz de la tierra? Recuérdese que ya Sófocles se planteaba esta cuestión en su memorable pieza Edipo rey: el monarca quiso evitar el cumplimiento de una malévola predicción del oráculo (que mataría a su propio padre y se acabaría casando con su madre), pero acabó cayendo en ella sin poderlo remediar. Calderón de la Barca, en La vida es sueño, también dedicó reflexiones de gran sustancia a esa cuestión.
Ahora, el madrileño Pedro de Paz (1969) vuelve a tan interesante tema con su obra La senda trazada, que obtuvo el premio internacional de novela Luis Berenguer en 2010. En ella nos encontraremos con Alfonso Heredia, un fotógrafo freelance al que las cosas no le van demasiado bien: profesionalmente, no logra una instantánea o un reportaje que lo saquen del anonimato; económicamente, los acreedores comienzan a estrechar el cerco a su alrededor; y sentimentalmente, su relación con Luisa da síntomas de erosión más que preocupantes, porque ella no está dispuesta a compartir la vida con alguien como él, indolente y falto de espíritu de superación. Pero un día, mientras huye de una persona a la que debe dinero, las cosas van a cambiar para él: entra en una librería de viejo para esconderse, y allí le atiende un anciano de barba blanca y aire vetusto, quien pone en sus manos un libro muy especial. Es un ejemplar lujoso y enigmático, lleno de sentencias de aire esotérico. La lástima es que solamente lleva en el bolsillo un billete de diez euros, cantidad a todas luces insuficiente como para adquirir un volumen como aquel. Para su sorpresa, el viejo librero se muestra conforme con cedérselo por esa cifra irrisoria... Y las cosas comienzan a cambiar en su vida.
De forma casi casual, Alfonso Heredia descubre que los extraños aforismos de la obra son predicciones sobre muertes de personajes famosos, que se van poco a poco cumpliendo de forma inexorable. El problema es que su lenguaje, críptico, poético, casi nostradámico, no permite descifrarlas con la facilidad que él quisiera. No obstante, a veces lo logra... y comienza a utilizar ese poder para su beneficio personal. ¿Él no es fotógrafo? ¿No lleva años buscando imágenes espectaculares, que le sean pagadas con generosidad por parte de las agencias con las que trabaja (sobre todo, Focus)? Pues ahora tiene en sus manos un artefacto de gran poder: unas líneas mágicas, misteriosas, inquietantes, que le permitirán estar presente en cada acontecimiento que descifre, para impresionar imágenes de sus protagonistas. Alfonso Heredia se convierte así en un engendro, que usa el libro (¿o que es usado por él?) con repugnantes intenciones. Pero las sorpresas no acaban ahí: pronto va a descubrir que conocer el futuro no siempre es agradable, y que cuando afecta a las personas de nuestro entorno tal vez habríamos preferido no saber tanto... Escribiendo con una prosa eficaz y limpia, Pedro de Paz consigue con La senda trazada una novela de gran soltura, que será leída con agrado por muchísimas personas y que asciende por calculados peldaños, donde no faltan el esoterismo, el misterio, el aroma policial, la reflexión filosófica formulada sin pedanterías, los instantes de amor y de sexo, los apuntes culturales y hasta algunos abordajes psicológicos de notable envergadura. En suma, un libro que confirma las buenas vibraciones que ya dejó Pedro de Paz en su anterior novela, El documento Saldaña, donde Miguel Cortés debía resolver un misterio ambientado en la guerra civil y que se relacionaba con un tesoro artístico desaparecido. Si el narrador madrileño manejaba con eficacia los resortes novelísticos en aquella obra, en ésta que acaba de aparecer en las mesas de novedades de las librerías lo hace, quizá, con más solidez aún. La progresión es tan esperanzadora como evidente.

martes, 8 de noviembre de 2011

Caja de herramientas




Mi amigo Jaime Wulff me presta un libro de Fabio Morábito que se titula Caja de herramientas y, tras su lectura, no me resisto a dejar aquí una nota sobre él. Es, sin duda, un volumen singular, en el que los diferentes instrumentos que puede utilizar un operario o un particular (cuchillo, martillo, trapo, aceite, tubo, tijeras, tornillo) son contemplados desde otro lado, como insinuaba Federico García Lorca que debían hacer los poetas. De tal modo que lo que pudiera haber sido un mero repaso técnico se convierte, gozosamente, en otra cosa. El volumen se transforma así en un conjunto de juegos y ramificaciones que no se dejan gobernar por la vacuidad: son toboganes líricos, conexiones secretas entre las cosas, descubrimientos que al lector le sorprende no haber hallado por sí mismo. Así, nos encontramos con párrafos como éste: "Si en un plano colocamos un cierto número de pasillos y galerías que se cruzan y se comunican, obtenemos un laberinto. Si a este laberinto le conectamos por todas partes, arriba, abajo y a los lados, otros laberintos, es decir, otros planos de pasillos y galerías, obtenemos una esponja. La esponja es la apoteosis del laberinto". Uno imagina a Fabio Morábito con cada herramienta sobre la mesa, mirándola, pensándola... Descubriéndola.
Y llega a sentencias que mezclan la metafísica con el humor. Nos dirá, por ejemplo, que la lima "obra por persuasión"; que en el caso de la lija, "más que de un trabajo de persuasión habría que hablar de un trabajo de ruego, incluso de plegaria"; que "por un tubo corre siempre la novedad. Va lleno de domingo"; o que la cuerda es un "hojaldre vegetal". Y si alguien quiere reflexionar sobre sí mismo, juzgue esta sentencia: "El rostro que ríe quiere ser otro rostro, resquebraja sus facciones". Julio Cortázar habría puesto este libro entre sus favoritos. Yo ya lo he hecho.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El país de los ciegos



Después de casi treinta años como lector asiduo (los mismos que tiene, tan joven él, Claudio Cerdán, el protagonista de la sección de hoy) he adoptado una sana costumbre, que he querido convertir en mi bandera literaria y que espero no abandonar hasta que la muerte o la ceguera me cancelen el amor por los libros: los únicos adjetivos que me gusta ponerle a la literatura son buena o mala. Creo haber expresado la idea en esta página alguna otra vez, pero es que es verdad. No entiendo que deba existir otra luz para iluminar las obras literarias (o, yéndome a otro territorio, las obras de arte). Todas las demás etiquetas, para mí, son anecdóticas, porque incurren en lo coyuntural. De ahí que haya leído novelas de terror, novelas románticas, novelas existenciales, novelas de ciencia-ficción, novelas negras, novelas experimentales... y que casi de inmediato las catalogue como buenas o malas, independientemente del género en el que el autor o el editor decidan situarlas.
Sirva este preámbulo para saludar con alegría la que considero que es una espléndida novela (negra): El país de los ciegos. Según nos informa el volumen en la solapa de contraportada, esta obra fue finalista del prestigioso premio que convoca Lengua de Trapo. Y ahora, con inteligente criterio, la editorial madrileña Ilarión se ha hecho con la obra y la ofrece a los lectores en una edición elegante y de agradable manejo. Se nos cuenta allí cómo El Tuerto, un antiguo presidiario de pasado turbulento y futuro más bien turbio, sale de la cárcel y vuelve a Alicante, donde tendrá que enfrentarse a las huellas terribles de su ayer, bregar con quienes lo desean ver muerto e intentar abrirse camino en la nueva ciudad, mucho más podrida, corrupta y peligrosa de la que dejó a sus espaldas cuando ingresó en la cárcel. Lo ayudarán personas como Farlopero López, El Chino Nájar (personaje interesantísimo y muy cinematográfico, que se maneja con igual destreza en las artes marciales que en los idiomas o en los estudios de Derecho) o El Sacristán (un patriarca gitano dibujado primorosamente, que le debe un favor y está dispuesto a pagárselo), pero los peligros acechan en cada esquina: nuevos amos de las calles, chicos pijos que se aproximan al mundo de la droga casi por esnobismo (Silvio Cortés), enemigos que han salido de prisión y lo buscan para saldar viejas deudas a base de cuchillos (Magallanes) y un largo caudal de personajes formado por putas, camareras, camellos, policías de moralidad laxa y apodos hilarantes, etc, que es mejor no hacer explícito, para que los lectores los encuentren por sorpresa en las páginas y en las esquinas de la obra. Aparte de atraerme por su argumento y por su estructura, mimados hasta el menor de los detalles, me ha gustado mucho esta novela por su prosa fluida, cortante, seca, de nítido poder visual. No se pierde jamás en florituras, pero tampoco cojea: es pulcramente exacta y efectiva, como un bombardeo de fotones que se lanzase directo a los ojos del lector. Y ese detalle me parece definitivo. Frente a tantos jóvenes prosistas de magnétofono y modernidad, que cuando se ven obligados a dejar atrás, por motivos cronológicos, su mundillo juvenil de locales nocturnos, gasolineras de madrugada, diálogos de porro existencial y demás flores efímeras, ya no saben qué hacer con los personajes o con la estructura de la obra, porque tienen menos lecturas que un aborigen de Nueva Zelanda, Claudio Cerdán deja ver claramente que de él podemos esperar novelas más sólidas. Y no sólo narraciones de ámbito negro, sino historias de todo tipo, porque sabe escribir. Porque sabe novelar. Además, este escritor joven (que no es lo mismo que joven escritor, etiqueta tontucia y comercial) demuestra conocer muy bien no sólo el Alicante más evidente y famoso (playas, calles y monumentos), sino también la geografía escondida de su sordidez y de su mugre (delincuentes, putas, tráfico de drogas, lenguaje del lumpen, guerra de bandas), haciendo que la novela sea tan trepidante como informativa, tan magnética como fotográfica. Sin duda, un libro que dará que hablar, y no sólo a los amantes de la novela negra, sino a cualquiera que guste de la buena literatura.

domingo, 30 de octubre de 2011

Antes del futuro imperfecto




Todos los críticos literarios (y me incluyo porque, después de haber reseñado unos setecientos libros, raro será no haber caído alguna vez en esa torpeza) tendemos a decir que tal novelista, tal dramaturgo o tal poeta no necesitan presentación. Pecado de pedantería, sin duda, del que me disculpo retrospectivamente, y en el que he estado a punto de caer hoy con Medardo Fraile. No les diré tampoco que es un clásico al que todo el mundo debería leer, porque ese tipo de consejos paternalistas me desagradan. Con las ofertas que hay en el supermercado de la fruticultura (Cortázar dixit), Medardo Fraile es tan imprescindible como otros cinco mil autores, desde Homero hasta Juan Bonilla.
Lo que sí diré es que el volumen Antes del futuro imperfecto, que ha publicado Páginas de Espuma y que reúne un buen grupo de relatos de este autor madrileño, es una auténtica delicia. Cada uno de ellos, por obra y gracia de este artesano pundonoroso y eficaz, se convierte en una joyita que provoca reflexión, asombro, tristeza o ternura. Así, La marcha de Radetzky nos traslada un episodio donde se puede observar lo cruel e insensible que llega a ser un niño, sobre todo si se burla del abuelo de su mejor amigo, momificado por una embolia; El sillón es una preciosa historia de dignidad en la pobreza y de cómo un simple asiento puede convertir una niñez lánguida y triste en un cúmulo de sueños liberadores; Un divo insólito en La Scala cuenta la tragicómica peripecia de un canario que, después de colarse volando en un coliseum musical y ser aplaudido de forma estruendosa por la firmeza, equilibrio y tonalidad de sus trinos, acaba sus horas de un modo harto peculiar; y La lectura es la crónica irónica y zumbona de un anciano que tras ponerse a leer la novela Ivanhoe, de Walter Scott, llega a la conclusión de que la lectura no sólo sirve para despertar la inteligencia sino que resulta muy eficaz para convocar el sueño.
Pero quizá los cuentos más notables sean aquellos que se centran en el mundo de la educación: maestros estrafalarios, aulas polvorientas, clases tediosas o fulgurantes... En Señor Otaola, Ciencias nos da Medardo Fraile la crónica pausada, lenta, casi sacra, de un profesor tranquilo, de seriedad imperturbable, que un día decide saltar varios peldaños de escalera de un solo brinco, para adornarse con una pincelada dionísiaca; en El hombre que nos daba que pensar coloca como protagonista absoluto a don Jenaro Seco, un profesor de filosofía misógino, que provoca en los chavales una curiosidad casi risueña, aunque ningunas ansias de emulación; Punto final incorpora una metáfora y una lección metafísica: un maestro dicta unas líneas suyas a los alumnos y, cuando la clase toca a su fin, sin ningún tipo de respeto o reverencia, dichas palabras son borradas del encerado; Centenario es la anonadante lección sobre el desastre del 98 que imparte un docente borrachín, al que la directiva de su centro expedienta por la vía rápida para no permitirle que continúe dando clase a los chavales con tan esperpénticas trazas; La hora nos hace sumergirnos en una aburrida clase de filosofía tomista, al final de la cual Ricardito cae muerto justo cuando el bedel anuncia la conclusión; y en Al-Andalus nos asombraremos (y soltaremos alguna que otra sonrisa) con la curiosa pedagogía de don Senén, un maestro levantisco y aspaventoso que transforma las incursiones musulmanas en galopes bucales y tizazos contra la pizarra. Quien no conozca aún los cuentos de Medardo Fraile (uno de los narradores favoritos de Francisco Umbral) tiene ahora una espléndida ocasión para acercarse a sus líneas. Y quien ya haya tenido oportunidad de bucear en alguno de sus libros anteriores tenga por seguro que esta experiencia no habrá de resultarle repetitiva o decepcionante. El narrador, instalado en una senectud gloriosa y fértil (nació en marzo de 1925, así que se encamina hacia los 87 años), vuelve a esculpir unos textos magníficos, que dan fe de su poderío literario y de su admirable capacidad de síntesis. La editorial Páginas de Espuma, que apuesta por voces nuevas (David Roas, Matías Candeira) y por voces consagradas (como Unamuno o Medardo Fraile), puede presumir de catálogo.

martes, 25 de octubre de 2011

El mejor de los mundos




En 2001 apareció en Barcelona un libro anómalo, disparatado y brillante que llevaba por título El millor del mons; y ahora el sello Anagrama nos propone que leamos la obra en su colección de Compactos. Y la idea no puede ser más espléndida, porque los libros de Quim Monzó hace mucho que se incorporaron a la primera línea de la narrativa española: por su capacidad de fabulación, por su lenguaje, por su alta dosis de ironía, por la forma en que mira (y cuenta) el mundo en el que habitamos.
Los trece cuentos y la novela corta que conforman este volumen consiguen mantenernos tensos, intrigados, sorprendidos, sonrientes, perplejos, incómodos o compungidos. Pero en ningún caso provocan indiferencia. Nadie lee un cuento de Quim Monzó y se queda igual. No hay modo de conseguirlo. Nos explica la historia de un muchacho que se muere en mitad de una comida familiar y al que todos se empeñan en seguir viendo vivo, durante años ("Mi hermano"); o nos lleva hasta sus últimas consecuencias las reflexiones de un niño al que un compañero de clase llama 'Hijo de puta', y que deduce que su madre es, en efecto, una profesión del sexo ("Mamá"); o se burla con desparpajo de un célebre cuento infantil, para desmitificar su candor estúpido ("La cerillera"); o, en fin, nos presenta argumentos tan disparatados como los de "El accidente" (un grupo de ciudadanos airados que apalea con salvajismo a un conductor porque ha cometido una imprudencia al volante) o "Ante el rey de Suecia" (un escritor que se obsesiona con el premio Nobel y que lo acabará obteniendo).
En medio de un magnífico volumen, cuajado de aciertos expresivos y de piruetas psicológicas memorables, dos perlas me han seducido especialmente: "Fregando platos" (un frenético y más bien delirante cuento donde la pareja formada por Mingo y Rosa padecen o imaginan el asedio gorrón del ineducado Xavier) y "Dos ramos de rosas" (que no se sale de la cotidianidad de un matrimonio estándar, pero que la vulnera de forma constante, con una ironía demoledora).
Se ha dicho que Quim Monzó (y lo repite la contraportada de este tomo) es "el indiscutible primer escritor de su generación, en lengua catalana". Tal vez sea cierto. De lo que no cabe dudar, en todo caso, es del hecho de que cada uno de sus relatos breves es un malabarismo, un reto y una demostración de eficacia. Todo le vale (por absurdo o anodino que parezca) a la hora de moldear una historia: las vacilaciones de un aduanero bisoño, el feto que un hombre lleva en una bolsa de El Corte Inglés, la crueldad de un niño despechado, la escasa pericia de un escultor... A Quim Monzó le basta con arañar un poco en la normalidad para obtener petróleo narrativo.

jueves, 20 de octubre de 2011

La maleta de mi padre




Sucede en ocasiones: un acontecimiento inesperado, un galardón, un azar, ponen ante nuestros ojos a un escritor del que no teníamos demasiadas noticias (o acaso ninguna), y nos descubren la brillantez de sus obras, la perfección imantada de sus libros. Fue lo que ocurrió en el año 2006 cuando el más famoso premio literario del mundo, el Nobel, recayó sobre el turco Orhan Pamuk. Desde aquel día, un buen número de lectores de todos los países nos hemos acercado con admiración y con reverencia curiosa a sus libros: Nieve, Me llamo Rojo o Estambul. Ciudad y recuerdos. Y hemos incorporado a Pamuk a esa nómina sentimental y cálida de escritores amados a la que algunos críticos pretenden darle categoría científica con el estúpido nombre de canon.
El sello Mondadori nos ofrece la traducción de Rafael Carpintero de la obra La maleta de mi padre, que reúne las conferencias redactadas por el narrador turco con motivo de la recepción de tres importantes premios: el Puterbaugh (que le fue concedido en EE.UU.), el Premio de la Paz de la Unión de Libreros Alemanes y las palabras que pronunció en la entrega oficial del premio Nobel. En las tres piezas, Orhan Pamuk insiste en un pequeño grupo de ideas elementales y cristalinas: que el ejercicio de la narrativa comporta una alta dosis de laboriosidad ("En mi opinión, el secreto de la escritura no reside en una inspiración que nunca se sabe de dónde va a venir, sino de la obstinación y la paciencia", p.16); que las letras no son un arte decorativo u ornamental, sino que sirven para curarnos "las heridas ocultas que llevamos en nuestro interior" (p.31); que la actividad literaria alcanza en él unos niveles mucho más amplios y hondos de lo que pudiera pensarse ("La escritura me es tan necesaria como una medicina", p.49); y que la felicidad que obtiene construyendo una buena historia es enorme, porque "las leyes del paraíso libre e ingrávido que alcanzo con mi novela me recuerdan a los juegos de mi infancia", p.60.
Orhan Pamuk nos desvela también algunos detalles de su asombroso ritmo de trabajo (dice que escribe una media de diez horas diarias y que su producción se suele situar en "menos de media página al día", p.50) y nos detalla sus ideas acerca de la necesaria incorporación de Turquía al mundo europeo y occidental, con el que tiene más conexiones que divergencias.
En suma, estamos ante un libro redactado por alguien que una vez recibió de su padre una maleta llena de manuscritos, y que ha hecho lo posible para merecerse su destino como escritor y conciencia viva de su país. Orhan Pamuk tiene la integridad de un caballero, la valentía de un héroe y la elegancia expresiva de un narrador excelso. Descúbranlo.

lunes, 17 de octubre de 2011

Trivium




Existe una estirpe de poetas por los que, he de confesarlo, siento una atracción especial: aquellos que escriben tenaces, incansables, laboriosos, cuidadosos, humildes y exquisitos, ajenos a las modas; aquellos que se inclinan sobre el papel día tras día y nos dejan su visión del mundo en forma de arañitas negras de tinta. Y me encanta cuando una editorial aguerrida reúne todos los libros de ese escritor en un volumen mastodóntico, en el que puede apreciarse de forma cronológica la evolución de su lírica. Ocurre que hoy tengo en las manos uno de esos tomos, magníficamente editado por el sello Funambulista, donde se ordenan todos los poemas que ha publicado Enrique Badosa desde 1956 hasta 2010. Y me apetece mucho hablar de él.
Escritor de reconocida trayectoria (ha recibido premios como el Ciudad de Barcelona o el Fastenrath de la Real Academia de la Lengua), conocedor exhaustivo de la poesía española del siglo XX (no en vano trabajó en la editorial Plaza & Janés, donde se empapó de la obra de sus contemporáneos), admirado por los críticos de más sólida envergadura (ha recibido comentarios elogiosos de Manuel Alvar, Díaz de Castro o Víctor García de la Concha) y estilista de una versatilidad asombrosa (se maneja con igual solvencia en los territorios del soneto, el verso en prosa o el epigrama), el catalán Enrique Badosa nos ofrece en este libro de casi 1200 páginas una panorámica espléndida de lo que ha sido su evolución literaria, amplia y llena de matices y aciertos. Tratar de resumir esas 1200 páginas (que contienen más de medio siglo de actividad poética) es rigurosamente imposible; e igual de imposible resulta ofrecer una síntesis de las líneas principales que Enrique Badosa frecuenta, por ser tantas y tan variadas.
Podríamos hablar, por ejemplo, del tenue aleteo de Dios, que perfuma muchísimos de sus poemas y evidencia la condición cristiana que late en todas sus composiciones; o podríamos acercarnos a sus reflexiones sobre el fenómeno del turismo, que le sirve como crítica contra quienes venden el país como si se tratara de una almoneda, edificando en zonas vírgenes, dejándose aplastar por el poderío de la moneda extranjera, habitualmente más pujante que la nuestra, y dejando que los paladares chocarreros que vienen del exterior entren en nuestras viñas «para aguarlas y cocacolizarlas» (como señala con tino y rabia en la página 200); o a la incomodidad que genera el tabaco en las personas que lo padecen de forma involuntaria (epigrama XL); o a la curiosa actitud sectaria que, según el catalán Enrique Badosa, adorna a quienes abominan de ciertas dictaduras, pero hacen la vista gorda con las más cercanas a su ideología (epigrama XLII); o a las diatribas que dirige a los poetas pedantes, que trufan sus producciones líricas con citas de otros, en varios idiomas (epigrama XLIV); o a los dardos que dedica a la garrulería deportiva de los tiempos en que vivimos, donde el fútbol se ha convertido en un espectáculo deportivo hipertrofiado (dice Enrique Badosa, con gracejo, que el nuevo himno patrio debería ser «Do, re, mi , fa, gol»); o a la actitud irónica que el poeta mantiene frente a corrientes líricas de emergente cuño, como la llamada Nueva sentimentalidad, a la que hace objeto de chanzas cazurras en varios momentos de la obra (por ejemplo, en la página 773). ¿Y cómo olvidarnos de las simpáticas pero implacables andanadas que dirige a los intelectuales de partido, empeñados en ver el mundo con sus gafas deformadas, y empeñados también en catequizar a los demás para que procedan del mismo modo (páginas 206-207)? ¿Y cómo no sonreír ante los pullazos que dedica a los cantapoetas, es decir, aquellos músicos que se afanan en poner música a las composiciones de los poetas famosos para presuntamente rendirles homenaje pero, en realidad, para lucrarse con ellos (páginas 330-331)? Podría multiplicar los ejemplos, pero apenas ofrecería una pálida semblanza de lo que este libro genial y completísimo contiene.
Un inteligente y esclarecedor texto de Joaquín Marco clausura esta edición monumental, que no debería estar ausente de ninguna biblioteca pública española, y que tampoco desentonaría en muchas particulares. Humor, sabiduría y música se anudan maravillosamente en los versos de Enrique Badosa. Muy recomendable.

martes, 11 de octubre de 2011

La señal de la cruz




Hay tipos de libros y hay tipos de lectores. Ignorar era circunstancia es un error, y nos lleva a la crueldad o a la ceguera. Algunos de esos lectores disfrutan leyendo poemas gongorinos; otros prefieren novelas existenciales; y otros eligen emplear sus horas devorando best-sellers, libros de autoayuda o fascículos de filiación esotérica. Nada que oponer a ninguna de esas actividades. El más riguroso volumen que se haya escrito sobre el ácido desoxirribonucleico será contemplado con absoluta indiferencia (y con absoluta ignorancia) por cualquier profesor de una facultad de letras: se encuentra tan alejado de su horizonte intelectual que le resulta tedioso e improductivo.
Aclarado ese punto, diré que la novela La señal de la cruz, del americano Chris Kuzneski (que ha traducido Gonzalo Torné para el sello Planeta) es un best-seller. Pero que, a diferencia de otros volúmenes de parecido cuño, atesora una cualidad especial: es un libro bien escrito, que se lee sin rubor incluso por lectores acostumbrados a otro tipo de literatura. Es libro ameno, galvánico, bien documentado y muy bien construido, donde se nos habla de una misteriosa serie de asesinatos, excelentemente resumida en la página 314 de la obra ("Un sacerdote de Finlandia que había sido secuestrado en Italia pero asesinado en Dinamarca. Un príncipe de Nepal secuestrado en Tailandia pero asesinado en Libia. Un jugador de béisbol de Brasil que había sido raptado en Nueva York y crucificado en Boston"). Si a ese sorprendente catálogo le añadimos un misionero australiano, Paul Adams, que es asesinado en Pekín, y unas extrañas excavaciones que se producen en la localidad italiana de Orvieto, tendremos los ingredientes necesarios para una novela trepidante y llena de sorpresas.
¿Los defectos de la obra? Pues, en principio, dos: en primer lugar, el giro "normalizador" que da Kuzneski a la novela en sus últimas páginas, con el oportuno testimonio de Poncio Pilatos, que no tiene más objeto que contentar a tirios y troyanos; y en segundo lugar, el notorio abuso de la tensión folletinesca en los finales de capítulo, que adquiere una dimensión de caricatura, por su hipertrofia.
En suma, este joven escritor norteamericano ha conseguido una obra de alto interés, con trazas de humor, intriga política, persecuciones creíbles, poderosa armazón narrativa y símbolos adecuadamente manejados, que se propuso "borrar la línea entre la realidad y la ficción sin tener que dar explicaciones a nadie" (p.508) y que sin duda lo ha conseguido.
Gustará incluso a los lectores menos aficionados al "cristianismo-ficción".

jueves, 6 de octubre de 2011

Cartas de amor




El escritor Fran Alonso (Vigo, 1963) es el autor de estas nueve misivas que otras tantas mujeres redactan dejándose el corazón y el alma sobre los folios, y que cubren un amplio abanico de emociones y de paisajes. Está, por ejemplo, la senegalesa Ndeye, que le escribe desde Galicia a su cuñada Nafissatou para explicarle su odisea por mar y tierra hasta establecerse en un lugar donde pueda construir su nueva vida con su recién nacido hijo Assane. Están las confesiones amorosas de Mónica, que le escribe un tímido, cauteloso, dulce correo electrónico a su amiga Clara para explicarle su condición de homosexual y su amor por ella. Están las líneas fervorosas que la adolescente Besmeh le dirige a su amado Ahmed desde la hamada de Tinduf (Argelia), para contarle que por él aguanta el siroco, la orfandad de los que viven sin patria, el sol implacable y la infinita arena. Están las durísimas revelaciones de Dyana, una pobre mujer de Filipinas que conoció la violación a los 9 años, que fue luego forzada por su propio tío, que trabajó en un burdel y que ahora le escribe al europeo David, con la ilusión de que éste la saque de ese mundo terrible y espiral en el que chapotea. Está la joven uruguaya Bárbara, que rompe con su novio Luis Alberto desde su nuevo hogar gallego, porque comprende que un océano es demasiada separación como para soñar con continuar sus amores.
Nueve historias densas, desgarradas, emotivas, que llevan hasta nuestros ojos las experiencias más tristes de unos seres desvalidos y golpeados por la fiereza del infortunio. Para emocionarse y reflexionar.

domingo, 2 de octubre de 2011

Vidas prometidas




Hay personas que, ofuscadas por una hipertrofia del yo, consideran que no pueden irse de este mundo sin contarnos a qué jugaban siendo niños, de qué color eran los cabellos de la muchacha que les aceleraba el corazón, cómo robaban fruta en los huertos aledaños a su colegio o en qué empleaban las horas de la siesta durante los veranos. Y, ufanos y transidos por la emoción de haber contribuido a la historia de la cultura, nos esclafan sus apasionantes memorias, que sin rubor utilizaremos para calzar muebles o para evitar que el aceite de las sartenes unte el suelo de la cocina. No ocurre así, desde luego, con el elegante Guillermo Busutil, que nos acaba de enriquecer con su volumen Vidas prometidas, una colección de veintiocho historias de marcada brillantez, que edita el sello zaragozano Tropo, con su habitual tino para elegir obras y autores.
Recordemos dos enunciados emitidos por escritores de altísima calidad. El primero es Fernando Pessoa, poeta portugués de infinitos quilates, quien hace ya muchas décadas explicó en una página memorable que su patria era la lengua portuguesa; el segundo es el vallisoletano Miguel Delibes, quien reconoció durante una entrevista concedida en su senectud que su patria indiscutible era la infancia. Ambos dictámenes se podrían hacer complementarios en esta espléndida colección de relatos, donde Guillermo Busutil explora los territorios de la infancia sin caer en el ternurismo, la melancolía excesiva o la autoflagelación. Quizá porque ha sabido comprender la frase famosa de Arthur Rimbaud donde pregonaba que él era otro. Es decir, que el poeta o el narrador, cuando se eligen a sí mismos como objeto de análisis o de expresión literaria, han de contemplarse desde fuera, excéntricos o alienados, para no dejar que las minucias personales (no necesariamente significativas para los demás lectores) empañen su sentido del lenguaje o la construcción misma del relato.
Nos encontramos en estas páginas deliciosas con joyas como Estrella sin ley, cuyo protagonista (Efrén) es un chico tímido y escuálido que goza de una gran popularidad por las novelitas del oeste que escribe para sus compañeros. Eso no impide que sea un chico maltratado por los típicos bravucones de la clase, que la tienen tomada con él y con el gordo Anchieta. Por fortuna, la aparición de un chaval nuevo llamado Gross cambiará esa situación de una forma inesperada. O como La promoción Oxford, una pieza memorable protagonizada por Toledo Reyes, una mujer cuya vida sufrirá un vuelco cuando reciba un correo electrónico en el que se la invita a una reunión de antiguos alumnos. No le lleva mucho tiempo comprender que tendrá que encontrarse con Jaime, su antiguo novio. Ella se encuentra ahora felizmente casada con un hombre encantador llamado Enrique, pero el recuerdo de Jaime la sigue atosigando. Cuando llega a la fiesta, no obstante, no consigue localizarlo por sitio alguno... Y la causa es tan sorprendente que los lectores se quedarán con la boca abierta.Pero es que los demás relatos completan un fresco bellísimo, donde los mimbres del humor (On the air), la cotidianeidad de muchas familias urbanas modernas (Shaw & Maciá), la reflexión irónica sobre los vuelcos que puede dar la vida (Los futuros de Voltaire), la grata importancia que pueden tener las lecturas infantiles en la existencia de una persona (La siesta de Odiseo), el modo en que una mujer puede ser un enigma para la persona que la contempla (Flor en la ventana), la amargura que tiñe los años finales de una vieja maestra (La señorita Margot), las acciones que puede acometer una persona atosigada por la precariedad laboral (Un hombre llamado Proust) o la anonadante mostración de cómo un asesor habilidoso puede encumbrar la carrera política de un patán (Gabinete Foreman) se cruzan entre sí para completar una telaraña tan hermosa como envolvente. Acabado este volumen, es muy probable que el lector experimente el deseo de acudir a más obras de Guillermo Busutil. Si tal cosa ocurriera, puede hacerse con Drugstore (Páginas de Espuma, 2002) o Nada sabe tan bien como la boca del verano (Ediciones de Aquí, 2005). Seguro que encuentra más de un motivo para colocar al excelente narrador granadino entre los preferidos de su biblioteca.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Academia Europa




En octubre de 2008 le escuché decir a Luis Leante, durante una conferencia pronunciada en Molina de Segura, que la obra de la que más orgulloso se sentía era Academia Europa. Ignoro si el transcurso del tiempo ha modificado esa impresión, pero es probable que el escritor caravaqueño no se haya apartado mucho de ese parecer. Su protagonista es un joven estudiante de lenguas clásicas (como lo fue en su día el escritor) que, agobiado por las estrecheces económicas, ha de buscar empleo en una academia bastante singular. La entrada de ésta le recuerda a"una boca con los dientes podridos" (p.17) y es el preámbulo que lo conduce hasta don Segundo Segura, director de la misma, quien después de una entrevista voluntariosa y agónica le termina concediendo el puesto de trabajo. Su misión consistirá en enseñar física y química, ortografía, lenguaje, derecho y contabilidad; y se le pagará una miseria. Pero el protagonista, acuciado por la innoble asfixia del dinero, termina aceptando. Hasta ahí, en nada difiere esta situación de la que ha podido sufrir en un momento u otro cualquier licenciado que busca su sitio en el difícil mercado laboral.
Pero de inmediato comienzan a acumularse las anomalías a su alrededor: sus alcanforados compañeros de docencia (don Cirilo y don Efrén, que parecen "una fotografía en sepia", p.27); el ambiente opresivo de la academia ("la gruta", p.31); la extrañeza que le provoca que, ante su protesta, el director le doble el sueldo de forma instantánea con tal de que no se vaya y, además, le conceda la posibilidad de vivir allí, en un cuarto; la turbadora esposa de éste, Ariadna, que le transmite al joven licenciado un espeluzno de intriga y deseo... Pronto descubrirá que la madre de Ariadna se llama Pasífae; y que la hija de Ariadna y don Segundo (una auténtica lolita, tan afiebrada como peligrosa) se llama Egle... Se multiplican las resonancias clásicas, y también el aroma trágico y claustrofóbico de todo lo que rodea al joven filólogo, que empieza a sospechar que ha quedado atrapado en un ámbito estanco, pegajoso e irresistible, del que le resultará punto menos que inútil tratar de escabullirse.
Lo difícil (también lo complejo) de esta trama es que Luis Leante introdujo en ella muchos elementos de su propia experiencia laboral, debidamente adaptados para la ficción. Y el gran conflicto que se le planteaba era el de distanciarse de esos elementos para construir, ante todo, un edificio narrativo valioso y exento, proeza que consigue en cada una de sus páginas.
Cuando se publicó esta obra hace algunos años, después de obtener un premio de novela corta, elaboré una reseña sobre ella y dije que era cuestión de tiempo que alguien como Luis Leante terminara publicando en Alfaguara (a las hemerotecas remito para comprobarlo). Me hace feliz comprobar que mi vaticinio se ha cumplido y que el escritor caravaqueño está donde sin duda merece. Y por muchos años.