miércoles, 30 de diciembre de 2009

La máquina de languidecer




No sé muy bien si los microrrelatos proceden del magisterio de los haikus orientales o de las enseñanzas cazurras y sincréticas del jesuita Baltasar Gracián (“Más obran quintaesencias que fárragos”), pero lo cierto es que el género, en los últimos años, está interesando a un número creciente de lectores. Sin duda, buena parte de esta curiosidad ha sido despertada por autores como Ángel Olgoso, titán de las mini-estructuras e intrépido explorador de sus mil bifurcaciones y recovecos. Su último libro continúa la línea, con elogiable brillantez. Se trata de un tomo que le publica Páginas de Espuma, con una magnífica portada de Santiago Caruso, y que lleva por título La máquina de languidecer. Cien historias densas, proteicas, intrigantes, humorísticas, filosóficas, desasosegantes y llenas de guiños, donde el autor granadino da rienda suelta a sus fantasmas, sus obsesiones y sus temas recurrentes, para conformar un cosmos de inquietante perfección, donde cabe casi todo: las revisiones de los mitos homéricos, contemplados desde una óptica nueva (“Ulises”); los relatos de terror o de aldeanismo supersticioso, que viran en sus últimas palabras hacia el humor (“El lobo viejo de las desgracias”); los textos donde las fronteras entre el fracaso y el éxito, entre la ignominia y la liberación, entre el ayer y el hoy, desdibujan sus límites (“La larga digestión del dragón de Komodo”); sangrientas ceremonias precolombinas que acaban de un modo lánguido, humano, casi suplicante (“Quauhxicalli”); las parábolas donde la vida queda codificada en una serie de elementos comunes (“La derrota”, “Umbrales”, “Subir abajo”); ínfimas disputas fraternas que adquieren una dimensión simbólica, inquietante o tremebunda en apenas siete líneas (“Vidas privadas”); enumeraciones culturales que se rizan, al final, en una carcajada lingüística (“Un mélange mitológico”); o textos espeluznantes, que sobrecogen como latigazos, donde nuestro mundo queda retratado con macabra nitidez (“Conjugación”).
Ángel Olgoso acude a todos los senderos, pulsa todos los resortes, maneja todas las variantes, indaga todas las cuevas. Parece como si no quisiera dejarse ni una sola posibilidad por ensayar, ni siquiera la micro-novela, que está representada por textos tan memorables como “Crimen perfecto” o “Caballería volante”... Por fortuna, sus lectores sabemos que es mentira, y que su prosa y su fantasía son como el ave Fénix: están en constante ejercicio germinativo. Apenas dadas a la imprenta estas producciones, Ángel Olgoso estará componiendo otras historias, cincelando otros mundos. Y seguramente, aunque parezca imposible, nos volverá a sorprender con esas páginas. Por ahora, y a pesar de nuestra avaricia, tendremos que soportar la espera leyendo y releyendo este prodigioso volumen, lo que tampoco está mal.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Doctores del Infierno




Si la pregunta que se me formulara es por qué estoy leyendo, en los días previos a la Navidad, un libro sobre las atrocidades de los médicos nazis en los campos de exterminio respondería que por la misma razón que me llevó a leer sólo obras escritas por mujeres mientras cumplía el servicio militar: para equilibrar la balanza. En un ambiente dominado por la testosterona hay que leer a Mercedes Salisachs, a Marta Portal o, como mucho, a Kavafis. Y en un ambiente donde prima la mentirosa creencia en la bondad del ser humano, lo que se impone es recordar lo indigno, salvaje, cruel y malévolo que puede ser el bípedo implume. Vivien Spitz, que fue la taquígrafa más joven durante los juicios de Nuremberg, nos explica aquí, con rigurosa exactitud, lo que ante ella explicaron con perfecta naturalidad aquellos médicos, aquellos anestesistas, aquellas enfermeras. Cómo amputaron piernas para observar la velocidad a la que podían cicatrizarse heridas; cómo obligaron a docenas de personas a mantenerse a base de agua salada, para luego diseccionarlos y observar el comportamiento de sus órganos internos; como inocularon la malaria a centenares de personas, para ejecutar con ellas una serie de tratamientos delirantes; cómo produjeron heridas con gas mostaza para medir la profundidad de las quemaduras; cómo probaron mil y un métodos de esterilización (por rayos X, por métodos químicos) de cara a la aceleración de la Solución Final; cómo disparaban balas conteniendo veneno en brazos y muslos de los prisioneros, para medir el tiempo de su muerte; cómo ejecutaron a 112 judíos para descarnar sus esqueletos y componer un siniestro museo anatómico destinado a la universidad de Estrasburgo (sí, Estrasburgo, donde ahora trabaja el Defensor del Pueblo del continente europeo)... Atrocidades sin límite ejecutadas por médicos que habían suscrito sin que les temblara la voz el Juramento de Hipócrates y que, durante los juicios de Nuremberg, seguían defendiendo su inocencia con el quebradizo argumento de que luchaban por el avance de la medicina. La editorial Tempus, gracias a la traducción de Victoria Horrillo, pone en nuestras manos el acta de aquel horror. Y la autora, en la página 329 de este espeluznante trabajo, nos resume la esencia del problema: “En los genocidios hay cuatro categorías de seres humanos: el perpetrador, la víctima, el espectador callado y el salvador”. ¿En cuál de esas cuatro categorías nos tocará inscribirnos a nosotros, la próxima vez?

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Diccionario de dudas



Antonio Gala dictaminó, en su pieza Séneca o El beneficio de la duda, que lo propio del hombre es dudar sin descanso; el poeta sueco Artur Lundkvist versificó en La imagen desnuda que la duda es la fe más resistente; y Fernando Savater, en su monografía Jorge Luis Borges, afirmó que los científicos trabajan para salir de dudas, mientras que los filósofos proceden al revés: piensan y se esfuerzan para entrar en ellas.
El profesor José María Cumbreño, que es poeta de prestigio reconocido y creciente, ha sacado en la importante editorial Calambur un volumen donde, bajo el título de Diccionario de dudas, inscribe algunas de sus incertidumbres con el auxilio de la palabra. Este vademécum de desorientaciones y brújulas descabaladas sirve al poeta (y también al lector) como un mecanismo tranquilizador («Las listas, los inventarios / y las clasificaciones / en el fondo se usan / para no tener tanto miedo»), como un modo de instalarse en la realidad y de tratar de comprenderla. O, al menos, para mirarla con otros ojos, menos perjudicados por el dolor, el desgarro o la angustia. El primer paso quizá consista en aceptar que puede no haber razones para todo, como intuyó Cervantes en su obra maestra («Demasiadas explicaciones juntas / se parecen mucho a una mentira»); luego, vendrían ciertas certidumbres cronológicas («La felicidad y la consciencia de la felicidad suceden siempre en tiempos distintos»), la poesía («Es transparente el peso del agua»), las definiciones que sirven para el transcurso de la vida cotidiana («Lo que vuelve peligroso al francotirador no es su rifle: es su paciencia»), ciertas paradojas filosóficas («Si se cierra un ojo se ve la mitad del mundo. Si se cierran los dos, se ve el mundo entero») e incluso acertadas dosis de humor (José María Cumbreño define el encabalgamiento como «enfermedad endémica de los poetas, que les lleva a pensar que lo que tienen que decir es tan importante como para tener que seguir diciéndolo en el verso siguiente»). Este volumen, donde pensamiento y música se dan la mano para caminar al unísono, rebosa de aciertos y supone una bocanada de aire fresco en el panorama lírico actual, una demostración palpable y seria de que la poesía sigue abierta a nuevas experimentaciones de contenido y de forma, y que por eso es un organismo vivo, caleidoscópico, fértil y revelador. La editorial Calambur, con el tino de siempre, vuelve a sorprendernos con esta entrega poética, donde muchos tendrán ocasión de descubrir a un escritor valioso, que nos regala páginas de gran inteligencia y de gran belleza. Textos como «Sesión continua», «Antídotos», «Manuel», «Presentimiento» y muchos otros que dejaré que descubra por sí mismo cada usuario del tomo nos proporcionarán motivos suficientes para la reflexión y la admiración. Es lo que ocurre (demás está decirlo) con los buenos poetas. Y José María Cumbreño pertenece a esa nómina.

martes, 8 de diciembre de 2009

Poeficcionario




Quizá lo más sorprendente de los genios de la literatura es la capacidad que tienen para seguir provocando, tras su desaparición, un huracán de influencias sobre otros escritores. Algunos, desarrollan ese influjo en vida y generan imitadores de cierto mérito (García Márquez); otros, se extienden en epígonos mentecatos, que no servirían ni para descalzar al maestro (Borges); y otros, en fin, encuentran a sus prolongadores naturales mucho después de su muerte. Es lo que ocurre con Edgar Allan Poe, del que ahora recordamos el segundo centenario de su venida al mundo.
El sello Ediciones Irreverentes lo ha querido celebrar con un volumen de cuentos titulado Poeficcionario, en el que una serie de admiradores del escritor de Boston han querido revisar algunos de sus más célebres relatos, vertiéndolos a un lenguaje y unas situaciones actuales. Las trece propuestas aparecen ilustradas de manera brillante por Aubrey Beardsley y están prologadas por Luis Alberto de Cuenca. Ofrecer un comentario o resumen de todas superaría notablemente los límites de una reseña en esta página, pero sí que se antoja necesario reseñar cuatro o cinco. Así, por ejemplo, José Manuel Fernández Argüelles nos entrega, en «La Montilla» la historia de una prostituta, antigua estudiante de Derecho, que ha decidido vengarse de la persona que la empujó hacia su posición actual: el juez don Ramón Cruceta, al que terminará conduciendo hacia el sótano de un antiguo local de alterne. Para los lectores de «El barril de amontillado» no será preciso añadir nada más. O esa otra versión, firmada por Raúl Hernández Garrido, donde «La caída de la casa Usher» es leída en clave moderna, con edificios vanguardistas, especuladores inmobiliarios y abogados que se ven inmersos en tramas que los superan. O la sugerencia que nos desliza Miguel Ángel de Rus para que leamos «El corazón delator» con parámetros de la más rabiosa actualidad (a la actualidad se la suele adjetivar frecuentemente de rabiosa, como si se hallara aquejada por un rhabdovirus). Su ficción, titulada «El corazón delator, en directo», nos propone una atrevida reflexión sobre los límites del mal, los matices inextricables de la locura... y la influencia omnímoda de la televisión en el presente. O, en fin, esa colección de pequeñas historias traspasadas de humor que Manuel Villa-Mabela recopila en «El entierro prematuro», donde nos cuenta los episodios acaecidos a un marido excesivamente frecuentador de prostitutas («Sufría dependencia vaginal de estraperlo», p. 166) al que su mujer envenena y golpea para enterrarlo antes de hora. O el caso, tan terrible como jocoso, de Pierre Delafrance, un inspector de Hacienda sodomizado tumultuosamente por «una jauría de gays en estado salvaje de celo» (p.167). En suma, un libro donde lo gótico, el humor, lo macabro, los odios y las venganzas se funden en trece narraciones que resultarán interesantes para la inmensa mayoría de los lectores. Ocasión inigualable para reencontrarnos con Poe, y de paso adentrarnos en una serie de narradores actuales que tienen mucho que decir.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El golfo de los Poetas




Todos atesoramos, muy adentro del alma, una fosa Challenger, un hueco profundísimo donde anidan el dolor, la melancolía, el desgarro o la tristeza. Leo Carver, escritor de antiguo éxito y actual presente arrasado, no es una excepción. Su mujer, Rocío, soporta como puede su dependencia de la bebida, que lo está minando de forma rapidísima; su hija, Selma, finge no advertir la huida vertiginosa de su padre hacia la autodestrucción. Y él, atravesado por recuerdos que le laceran el alma, ha optado por buscar sus propias respuestas volviendo a la ciudad italiana donde vivió un intenso romance de juventud con Val, a la que perdió en el vértigo de los años. “Alojo una cicatriz profunda como las que tengo en los brazos y piernas, un mordisco sin cerrar que corta de lado a lado mis recuerdos”, nos dice en la página 189. Y es cierto. El problema es que Leo Carver pretende, treinta años después, abrir la tumba donde duerme Tutankamon, e ignora si las miasmas que broten de ese sepulcro aliviarán sus pulmones o los calcinarán. Es un riesgo que, en todo caso, está dispuesto a asumir. Él sabe perfectamente que hay “mujeres para amar en el momento y mujeres para amar en el recuerdo” (p.156), pero también sabe que las mujeres del ayer están nimbadas por un halo que las mantiene exentas de imperfecciones. Val dejó de estar junto a él un 16 de noviembre, pero su imagen no se le ha borrado. De ahí que Leo Carver descuelgue el teléfono y pulse el número de Walter Serres, un compañero de juventud, que sabe todo lo que ocurrió con Val y que podrá aclararle los pormenores de aquellos días. Al final de la obra nos tocará descubrir que los dolores y los traumas no son nunca sencillos, y que en los muñequitos del vudú caben muchas agujas. Quizá demasiadas.
Fernando Clemot (Barcelona, 1970), reciente ganador del premio Setenil por su impresionante libro Estancos del Chiado (Paralelo Sur Ediciones), vuelve a elevarse con esta novela a unas cotas de pasmosa intensidad literaria, donde el lenguaje, la sintaxis y la arquitectura misma de la historia han sido mimados hasta límites que ingresan en el terreno de la orfebrería. No es extraño que con estas páginas lograse ser finalista de los premios Ateneo de Sevilla y Ciudad de Logroño, en apenas un año. El golfo de los Poetas (Barataria, 2009) impresionará a todos los buenos degustadores del género.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Relatos autobiográficos



Thomas Bernhard (1931-1989) es un escritor que puede provocar en sus lectores unas reacciones auténticamente viscerales, a favor y en contra. Para unos, se trata de uno de los mejores narradores del siglo XX; para otros, de un insufrible prosista que maneja las espirales, las redundancias, los paralelismos sintácticos y las reiteraciones léxicas con una enervante prolijidad. La editorial Anagrama, con el auxilio traductor de Miguel Sáenz, nos ofrece ahora en su catálogo una obra de dimensiones mastodónticas (bordea el medio millar de páginas) que contiene todas las páginas autobiográficas del austríaco. Los volúmenes El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño nos van entregando, con la morosidad y el desgarro habituales de Bernhard, su universo de miedos, vacíos, frustraciones, convicciones y traumas. Mediante frases prolijas, elongadas, llenas de subordinadas, raíces, ramas y recovecos, vamos penetrando en su época de interno en Salzburgo; en sus estudios de violín, tan fascinantes como breves; en el agobio que le producían sus preceptores pro-nazis; en el primer bombardeo que sufrió su ciudad, en octubre de 1944 (“En la acera, delante de la capilla del Bürgerspital, pisé un objeto blando y, al mirar ese objeto, creí que se trataba de una mano de muñeca, y también mis compañeros de colegio creyeron que se trataba de una mano de muñeca, pero era una mano de niño arrancada a un niño”, p.35); en el olvido voluntario que todo el mundo parece haber decretado acerca de quienes vivieron aquellos años atroces (“Hay un cine en el lugar donde en otro tiempo hubo una fonda en la que la señora de Hannover me daba clases de inglés, y nadie sabe de qué hablo cuando hablo de ello, lo mismo que todos, al parecer, han perdido la memoria en lo que se refiere a las muchas casas destruidas y personas muertas de entonces, lo han olvidado todo o no quieren saber nada de ello cuando se les dirige la palabra”, pp.40-41); en su abuela, que lo llevaba todas las semanas a visitar cementerios, criptas y tumbas; en su época como aprendiz en el almacén de Podlaha, en el poblado de Scherzhauserfeld, donde se siente por primera vez en su vida útil (repite esa palabra obsesivamente en muchas páginas de este volumen); etc. Con una morosidad especial, donde las frases se convierten en galerías subterráneas, llenas de sofoco, aire viciado y carácter letánico, Thomas Bernhard nos entrega este denso vademécum de dolores, en el que arremete contra la ciudad de Salzburgo (“Creo que esta ciudad nada tiene que ver conmigo, porque no quiero tener nada que ver con ella”, p.51); contra las ideologías, sean del signo que sean (“Tanto el nacionalsocialismo como el catolicismo son enfermedades contagiosas, enfermedades del espíritu y nada más”, p.83); contra el sistema de enseñanza tradicional (propone que los institutos de enseñanza secundaria se supriman, y que queden sólo las escuelas elementales —para todos— y las universidades —para aquellos dotados de más cerebro—); o contra la ampulosidad de los pedantes (“Cuando habla un hombre sencillo, es una bendición. Cuanto más culta se vuelve la gente, tanto más insoportable se hace su parloteo”, p.405). Thomas Bernhard demuestra en estas páginas que su capacidad analítica y la agudeza de su pensamiento son tales que el mundo entero puede convertirse en continuo objeto de su contemplación y exégesis. Ese reconocimiento no es obstáculo para señalar que, en determinadas páginas de este volumen, su repetición de términos o la forma pegajosamente reiterativa de su sintaxis llegan a extremos quizá excesivos. Por ejemplo, en la página 49 nos encontramos con esta secuencia: “Durante diez días estuvo mi abuelo expuesto en el cementerio de Maxglan, pero el párroco de Maxglan denegó su inhumación porque mi abuelo no estaba casado por la Iglesia, la mujer que dejaba, mi abuela, y su hijo hicieron todo lo humanamente posible para conseguir su inhumación en el cementerio de Maxglan, que era el que le correspondía a mi abuelo, pero no se permitió su inhumación en el cementerio de Maxglan, en el que mi abuelo había deseado ser inhumado”... y continúa así durante más líneas, en una pirueta cansina que no te deja avanzar por el relato. Y en la página 95 (me ceñiré a dos ejemplos) repite hasta diecisiete veces la palabra ‘instituto’. Con todo, hay que leer a Bernhard. Sin duda nos encontramos ante uno de los puntales de la prosa del siglo XX, y conviene que bebamos en esa fuente que Miguel Sáenz y Anagrama nos ponen, en un cuidado tomo, al alcance de la mano.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Un cuento y una taza de café




Es una gran verdad que el café y la literatura han formado una especie de simbiosis que se ha mantenido a lo largo del tiempo, con su dosis de mitología, de sugestión, de creatividad y de atrezzo. Imaginar al escritor sentado a una mesa, con una taza de café humeante junto a los folios, forma parte de la mejor historia de la literatura. Ahora, la editorial Tres Fronteras, sumándose a la III Semana del Café, ha lanzado un coqueto volumen donde se recopilan seis historias de autores que han introducido esa bebida en sus ficciones.
Pedro García Montalvo ("La creación del mundo") nos cuenta cómo el escritor Aníbal Paredes acude al local donde celebra la tertulia con sus compañeros de letras; y cómo, por fin, tras varios días devanándose los sesos, consigue recordar qué era aquello que se olvidó de apuntar unas jornadas antes. Ahora, enfebrecido y feliz, empieza a escribirlo. Manuel Moyano ("Páginas inmortales") nos presenta a un escritor elitista, pulquérrimo y exquisito llamado Estanislao Garcerán, quien obtiene todo el dinero que necesita para subsistir redactando novelitas rosas con el florido seudónimo de Azucena Espriu. Pero esta doble personalidad literaria nos será mostrada al final del relato de un modo chocantísimo. Julia R. Robles ("El Cafetín de la Musaraña") convierte en el principal protagonista de su cuento a Paco, un jubilado que acude con asiduidad al local que regenta la cincuentona Juana Sansano, famosa por el enorme volumen de sus pechos, a quien terminará proponiendo matrimonio cuando su esposa fallezca. La respuesta que ella le brinda condiciona a partir de entonces la existencia entera de Paco. Pascual García ("Únicamente ella") edifica con un primor inigualable el paisaje interior de Teresa, una mujer a la que el paso del tiempo va convirtiendo en un despojo exótico en Puerto Errado. La soledad, el fracaso, la tristeza, el frío y la mezcla de odio y conmiseración que despierta en sus vecinos, tejen la malla gris de su vida. Antonio Parra Sanz ("Café solo"), en un texto de brillante estructura paralelística y avance amargo, empapado por la mordacidad de un humor sumamente inteligente, nos habla de Gonzalo, quien sufrirá embates laborales, económicos, conyugales y médicos con la resignación (finalmente quebrada) de un anacoreta. Y Lola López Mondéjar (que cierra este tomo con "Las invitadas") nos narrará cómo Clara, una mujer divorciada con una hija, decide prolongar sine die su estancia en el hogar que le ha prestado su amiga Anna. Para ello, cambia la cerradura, busca un trabajo, rompe lazos con su pasado... y arrastra a su hija en ese hundimiento absurdo. Venecia ejerce su hechizo sobre ella, y ni siquiera las peticiones de su hija, que está deseando volver a su antiguo hogar español, parecen convencerla... En suma, seis propuestas magníficas que nos servirán para recordar que en Murcia habitan unos cuentistas memorables, y que constituye un auténtico pecado de desidia no acercarse a sus obras.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Por favor, sea breve 2




Miguel de Unamuno le dijo una vez por carta a Sergio Fernández Larraín, con seca precisión bilbaína, que, a su juicio, cada obra que se reeditase en el futuro debería quedar reducida de extensión, a fuerza de eliminarle lo superfluo (Cartas inéditas, Rodas, Madrid, 1972). Quién sabe si nuestro escritor más energúmeno no estaba, a su forma, presagiando los microrrelatos, esos universos-Aleph donde, en apenas un puñado de líneas, ha de trasladarse al lector una emoción, una sorpresa, un chispazo de buena literatura. La escritora Clara Obligado (en tareas de timonel) y la editorial Páginas de Espuma (como generoso buque) acaban de poner en las mesas de novedades una bella antología de éstos titulada Por favor, sea breve 2, donde podemos disfrutar de extraordinarias producciones del género, y de egregios nombres que han cultivado con acierto esta parcela creativa.
Así, veremos en estas páginas cómo la fotografía casual o melancólica de alguien puede hacernos descubrir que todos viajamos por la vida sujetos a idénticas zozobras ("Daguerrotipo", de Rafael Camarasa); o descubriremos las posibilidades fundacionales de una mente herida por la diferencia, que concibe mundos donde otros, miopes, sólo advierten anécdota fungible (“Ocaso de un imperio”, de Manuel Moyano); o nos sorprenderá constatar que una sílaba, una simple sílaba de dos letras, puede otorgar con su evaporación un significado inaudito a la microhistoria (“Último cuento”, de Juan Carlos García Rey); o no tendremos más remedio que reírnos con el humor surrealista que se desprende de los golpes espasmódicos que son propinados a un frasco relleno de moscas, en un texto que encantaría a Germán Coppini (“Descansos de la escritura”, de Hipólito G. Navarro); o nos maravillará —y horrorizará— descubrir cómo una historia de dragones que arrojan fuego y extienden la devastación puede quedar condicionada y empapada de un sentido macabro, en función del título que cobije el cuento (“1936”, de Inmaculada Porcel); o nos deleitará ese texto donde todos los vocablos están encabezados con la vocal A, en un procedimiento fabuloso que hubiera encantado a Jardiel Poncela (“Palabras parcas”, de Luisa Valenzuela)... Muchas, muchas sugerencias, que van poco a poco adelgazándose (como las huellas de las gaviotas en las playas, que diría el poeta chileno) hasta llegar al microrrelato de la página 223, tan exacto como transparente. Una de las últimas entregas del volumen la firma Ángel Olgoso y no me resisto a copiarla aquí. Se trata del texto "Conjugación", que dice así: “Yo grité. Tú torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos olvidarán”. Estremecedor. Por cierto, que del andaluz Ángel Olgoso acaba de salir, también en Páginas de Espuma, la recopilación de cuentos La máquina de languidecer. Poco voy a tardar en sacarla en este blog.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Paparruchas




Los cultivadores del mundo de la imagen poseen una mirada especial, una especie de virtud milagrosa para ahondar en su entorno y trasladarlo al papel o al celuloide de una forma tan sencilla como efectiva. De ahí que los humoristas gráficos y los cineastas resulten ser los grandes testigos de su tiempo, los notarios de la cotidianidad. En ese orden de cosas, hace poquísimos días que he podido leer unas declaraciones de mi buen amigo Antonio Gómez Rufo, en las que afirmaba que Luis García Berlanga es el mejor sociólogo español del siglo XX. Quizá podríamos decir lo mismo de Antonio Mingote y de algunos privilegiados más.
Álvaro Peña, murciano de la cosecha del 68, es humorista gráfico. Y no sólo realiza viñetas cómicas, o imparte talleres de acuarela, o forma parte de la Real Academia Alfonso X el Sabio, o alimenta con asiduidad un blog amenísimo (www.paparruchas1.blogspot.com), sino que ha tenido tiempo de licenciarse en Ciencias Políticas y Sociología, y además publicar varias obras. La última de ellas es la que aparece arriba: una selección de sus “Paparruchas”, que ha lanzado la editorial Tres Fronteras en su Línea Gráfica. El prólogo, breve, atinado y espléndido, lo pone Enrique Nieto, otro artista que enorgullece a su tierra. Y las 52 imágenes que vienen después son las reflexiones agudas que Álvaro nos propone acerca de la crisis económica, los políticos, la corrupción, los problemas educativos y culturales, la guerra de Afganistán y otras cuestiones de no menor interés. A mí las que más me gustan son las que aparecen en las páginas 43 (por su agudeza ecológica) y 51 (por su religiosidad modernizada). Aunque la reina del volumen se me antoja la página 28, donde la vestimenta de las mujeres que dialogan permite dar una vuelta de tuerca más mordaz al chiste. Álvaro Peña en estado puro. Para no perdérselo.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Nosotros



Con la fuerza aplomada y rítmica de los endecasílabos (“El esclavo”), con la liviandad vaporosa de los heptasílabos (“Nana”) o con la mezcla fértil de ambos (“Fiestas”), el poeta Ginés Aniorte vuelve a maravillarnos en una nueva entrega literaria a la que ha puesto de título Nosotros, y que sale auspiciada por el reconocido sello Renacimiento. El resultado son noventa páginas llenas de luz, melancolía y pájaros, donde el poeta revisita zonas especialmente sensibles de su corazón, en las que nos invita a penetrar, con generosa elegancia. En la puerta nos recibe con un poema lleno de zozobra, donde se descubren dolores muy hondos que se sedimentaron en el alma del poeta. Y, a partir de ahí, los textos comienzan su conmovedor desfile. ‘El extranjero’ supone un viaje emocional a lo largo del tiempo, posando los ojos en una trilogía de arrugas: las que atesoraba primero la abuela; las que se advirtieron después en el padre; y, finalmente, las que ostenta ahora con resignada perplejidad el propio poeta, habitante desconcertado de sí mismo. ‘Las tormentas’ nos comunica el amor que desde niño ha sentido éste por los rayos, los truenos y otras manifestaciones tormentosas de la naturaleza (acaso porque —y son palabras suyas— ‘siempre vi en ellas un alma desolada semejante a la mía’). ‘Asombro’ supone toda una declaración íntima: el día —nos dice el poeta— en que deje de maravillarme por todo (por la luz del sol, por el milagroso hilo de una telaraña, por un correo electrónico que me llegue desde un amigo amado, por los sonidos que emergen de un teléfono) significará que habré perdido mi última condición de ser humano, ‘porque sólo los muertos no se asombran’. ‘Lecciones’ nos ofrece un episodio de comunión entre padre e hijo, con ambos recorriendo la sierra, y compartiendo los aromas, los colores y la maravilla estallante del mundo natural. ‘El quincallero’ vira desde la melancolía hacia el dolor amargo, reflejado en el hombre que vendía encajes. La madre del poeta, que los compraba con la sana ilusión de verlos incorporarse al ajuar de su hija, acabó luciéndolos en el triste funeral de ésta. Pero también la rememoración del pasado puede venir, no sólo cargada de melancolía, sino empapada de humor. Es lo que Ginés nos demuestra en el poema ‘La foto de boda’. ¿Y qué se podría decir de ‘Nana’, delicioso y sentido homenaje en el que el autor, rememorando las perdidas canciones de cuna con las que su abuela lo arrullaba en la infancia, le tributa el homenaje especular de este poema, nana inversa? ¿Y qué de ‘Ruinas’, reflexión amarga de un adulto que, tras observar su foto infantil con el Partenón como fondo, intuye en esa imagen una amenaza premonitoria a la que, ahora, el tiempo ha concedido firmeza? Hay quien prefiere ensimismarse contemplando el nacimiento de los ríos, porque supone que en el alboroto de la alfaguara es donde el líquido resulta más puro; hay quien, por el contrario, se extasía contemplando el delta, porque la corriente se ha vuelto sabia cuando allí arriba. Yo, sinceramente, juzgo río todo el río. Y así veo a Ginés Aniorte: río limpio desde la fuente, río brioso durante el curso, río lánguido y lleno de belleza cuando se aproxime a su tramo final. Toda su poesía es una belleza elongada, fluente, impetuosa y llena de joyerías interiores. Y Nosotros supone una nueva demostración de tal pujanza.

domingo, 15 de noviembre de 2009

No digas que estás solo



Cuando Ángel Ramírez, director de proyectos de TVE2, convoca a dos de sus becarios (Alberto y Begoña) a su despacho y les comunica que cuenta con ellos para elaborar un amplio reportaje sobre el pueblo de Cotela (una población perdida en el Pirineo aragonés), los dos jóvenes experimentan una gran alegría, porque les da la impresión de que esta oportunidad servirá para ganar confianza en el difícil mundo del periodismo televisivo. Les acompañará también Menchu, una veterana de TVE2 que, a pesar de sus notorios problemas con la bebida, cuenta con el total apoyo profesional de Ángel. La idea de éste consiste, fundamentalmente, en rodar imágenes en aquel pueblo abandonado y usarlo como metáfora de tantas y tantas poblaciones que se encuentran en las mismas condiciones en zonas limítrofes, y de las que nadie ha contado la historia (Susín, Barbenuta, Otal, Espierre, Berbusa...). Lo que ignoran los protagonistas es que este pequeño pueblecito arrastra una larga historia de maldiciones, muertes y desgracias desde que allí fue asesinado el joven Luis Ángel Cepeda Balaguer, un adolescente con problemas físicos que era objeto de burlas por parte de sus compañeros y que murió despeñado. Nada más llegar a Cotela, Alberto y Ángel comenzarán a darse cuenta de que se escuchan ruidos más bien misteriosos, voces anómalas (Ángel llega a grabar lo que entiende que es una psicofonía), objetos que se caen sin aparente intervención humana, sombras que palpitan aquí y allá... En un instante de lucidez, Ángel pronunciará una frase que provoca escalofríos en sus acompañantes: ‘Cotela tiene alma, un alma asesina’ (página 77). El viento enloquecedor y la nieve constante, que no cesan de abatirse sobre las calles y los viejos edificios del pueblo, añaden su toque macabro a la escena... En medio de ese terror, aparece un hombre llamado Cipriano, antiguo médico de Cotela, que les dice que conoció a Luis Ángel y que mantuvo con él una buena amistad. A partir de ese instante, los acontecimientos van a adquirir un giro cada vez más veloz: Menchu ha de ausentarse porque la llaman por teléfono para decirle que su madre se encuentra con problemas graves de salud, aumentan los ruidos inquietantes del entorno (los protagonistas llegan a escuchar la frase ‘Los tres asesinos moriréis. No quedaréis ninguno’, página 110), etc. Y las cosas llegarán a un punto de tensión casi insoportable cuando Alberto y Begoña descubran que el gato de Menchu sigue en la casa, y que eso sólo puede significar una cosa: que su compañera no se ha ido a ningún sitio. En efecto, un poco después terminarán por descubrir su teléfono móvil... sin ninguna llamada en él. Esta apasionante novela de ambiente pirenaico atrapa a los lectores, que se ven sometidos en sus páginas a un continuo aluvión de sorpresas, sustos y enigmas, y les hace reflexionar sobre los límites del rencor, la misericordia con el prójimo... y el pánico que puede provocar una buena guadaña, cuando avanza en medio de la ventisca. Una narración sencillamente estupenda.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Diario del primer amor



“El conde Giacomo Taldegardo Francesco di Sales Saverio Pietro Leopardi (Recanati, 29 de junio de 1798 – Nápoles, 14 de junio de 1837) fue un poeta, filósofo, filólogo, erudito italiano del Romanticismo”. Con estas palabras se abre en Wikipedia la pestaña biográfica de unos de los escritores más interesantes del siglo XIX en Europa. Un hombre al que la enfermedad no respetó (nació con una grave deformación de origen óseo y luego padeció también de los ojos), al que el amor no galardonó nunca (se enamoró de la forma más impulsiva de varias mujeres que no correspondieron a sus afectos) y al que la muerte tampoco enriqueció con sus glorias instantáneas (estuvo a punto de ser enterrado en la fosa común, tristeza que evitó su amigo Antonio Ranieri); pero que nos dejó una obra literaria de inmensa envergadura y delicadeza, que ha sido traducida, admirada y glosada por poetas e intelectuales de todo el mundo, desde Juan Valera hasta Eloy Sánchez Rosillo.
Ahora, el sello madrileño Errata Naturae, que edita obras con un primor y un gusto que son la delicia de los amantes de los libros, ha lanzado este Diario del primer amor, traducido por César Palma y prologado por Rafael Argullol, donde el poeta de Recanati nos explica la pasión fulminante que sintió a mediados del mes de diciembre de 1817 por Gertrude Cassi, una joven de 26 años, casada con alguien que le doblaba la edad. Esta bella dama encandiló al escritor, que entonces contaba con 19 años “y medio”, como él mismo estipula con afán risible; y provocó que el muchacho se apartase de lo que más le gustaba hasta entonces: los estudios. Llenas sus pupilas con la belleza de la mujer, y alejado de ella, Leopardi se mostró perezoso a la hora de seguir leyendo obras literarias (“Así como no puedo ver bellezas humanas reales, tampoco soporto las descritas, y me empacha que otros cuenten sus afectos”, p.29), e incluso llegó al peregrino convencimiento de que jamás volvería a las pretéritas aficiones (“No acierto a ver cómo recuperaré el antiguo amor por el estudio, porque creo que, una vez que pase esta enfermedad de la mente, seguiré pensando siempre que hay algo más deleitoso que el estudio, y que ese algo ya lo he experimentado”, p.35).
Este primer amor, galvánico, explosivo, absorbente y platónico, hizo surgir en el alma de Giacomo las primeras reflexiones en prosa y verso sobre las mieles de Eros, a las que tantas páginas habría de dedicar en años posteriores... Pero duró (y esto es muy chocante) un número muy corto de días. Dos semanas después ya manifestaba su seguridad de haberse repuesto de este flechazo, al que le otorgó la cualidad de haber sido la primera puerta amorosa que se abría en su corazón. No obstante, quizá lo que más sorprende de estas páginas es la “distancia reflexiva” que Giacomo Leopardi imprime en ellas. ¿Qué joven de 19 años “y medio” tendría la madurez de escribir párrafos como éste: “Considero que, por mi inexperiencia, otro rostro bello, que hubiera hablado y tratado conmigo del mismo modo, me habría cautivado igualmente, aun cuando sus actos y sus facciones hubiesen sido del todo diferentes” (p.42)? Incluso en medio del marasmo emocional que supone el éxtasis del primer amor, Leopardi mantiene sus riendas sentimentales con pulso firme, raramente maduro, extrañamente frío. Es un ejemplo notable de cómo el pudor, la inteligencia y la contención embridan las palabras de un poeta tan joven como consciente de su tarea.
Errata Naturae, que ya había publicado en su colección “La mujer cíclope” obras de Michel Onfray o de Franz Overbeck, continúa enriqueciendo su catálogo con piezas de inigualable exquisitez. Por eso se ha situado en la primera línea de calidad dentro del mercado editorial español.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Me acuerdo de...




Todos somos, en cierto sentido, tiendas de antigüedades. Cobijamos en nuestro interior un caos tibio de amores quebrantados, amistades diluidas, paisajes que se fueron para no volver e instantes que el tiempo, esa guillotina, desbarató. Pero disponemos, a la vez, de un arma que nos permite aherrojar todas esas imágenes y retenerlas, siquiera de un modo vicario. Hablo de la memoria, ese baúl lleno de caricias, desengaños, adioses, osos de peluche, aromas de café, excursiones, zapatos viejos, músicas, anécdotas escolares, olores antiguos, caramelos de Semana Santa, fríos de Navidad y primeros cigarrillos. Miguel Espinosa, el gran Miguel Espinosa, dijo una vez que la Historia comienza cuando un día sucede a otro día; es decir, cuando el hombre “se revela como animal de memoria”. Siempre me ha fascinado esa definición con la que se abre Reflexiones sobre Norteamérica. Sí, es cierto, somos animales de memoria.
Ahora, la activa editorial Tres Fronteras, siguiendo un modelo de George Perec adaptado por Lola López Mondéjar y Alberto Soler, acaba de publicar el breve tomo Me acuerdo de..., un volumen en el que docenas de ciudadanos anónimos han ido consignando pequeños diamantes de su memoria, hasta conformar una especie de “caja negra murciana”. Desfilan por sus páginas personas que recuerdan aquellos enormes vasos de leche que era obligatorio tomar en las Escuelas Graduadas de Archena, hace medio siglo; y otras que recuerdan aún el suelo de tierra que tenía “El Tío Sentao”, las estanterías de madera que podían verse en la librería Aula, la tormenta que asoló Fuente Álamo en 1964, los viajes en vetustos R11 (cuya velocidad punta eran los 80 kilómetros a la hora), los teléfonos que funcionaban con manivela, las primeras discotecas de Murcia (Taplons y Ditirambo), el pintor José María Párraga llevando a su hija al colegio, o los chicles de bazoka... Burbujas de un tiempo que ya no está en los calendarios, pero sí en la retina emocional de miles de personas, que quieren compartir en estos renglones su particular trastero de melancolías.
Y el libro concluye dejando diez páginas en blanco, para que los lectores añadamos nuestras propias remembranzas. ¿De qué te acuerdas tú? Me acuerdo de...

martes, 10 de noviembre de 2009

La vida secreta de los números




Siempre me han gustado los libros de divulgación. Sobre todo, los que se emplean con rigor, solvencia y buena prosa a la tarea de lograr que una determinada órbita del conocimiento humano sea asequible para los profanos en la misma. Por eso, he disfrutado mucho con el libro La vida secreta de los números, de George G. Szpiro, que ha traducido Francisco Bermejo para la editorial Almuzara. Es un intento (logrado) de poner algunas peculiaridades de las matemáticas al alcance del gran público. Y tiene, además, una de las explicaciones de contraportada más nítidas y convincentes que he leído jamás (felicidades para los responsables). De hecho, no me voy a resistir a copiar un fragmento: “Cuando una persona muestra su don de gentes en una fiesta o recepción recitando un poema se le considera culto e instruido. Si por el contrario lo que se recita es una fórmula matemática la cosa cambia. Lo más que cabe esperar son algunas miradas compasivas y la etiqueta de “invitado más empollón de la fiesta”. La mayoría de los invitados admitirían que no se les dan bien las matemáticas, que nunca se les han dado bien y que nunca se les darán bien. Lo cierto es que esto resulta sorprendente. Imaginemos a nuestro abogado diciendo que se le resiste la ortografía, o a nuestro asesor financiero asegurando divertido que siempre confunde a Voltaire y Molière. Tal vez tacharíamos a esas personas como incultas. Eso no ocurre con las matemáticas. Las carencias en este campo suelen aceptarse tranquilamente”. No se puede explicar con más nitidez.
Una vez dentro del tomo, el lector podrá encontrarse con la teoría de nudos... aplicada a las corbatas (p.116); con las implicaciones matemáticas del juego del Tetris (pp.129-131); con las diferentes mediciones que pueden realizarse de una frontera o de una costa, dependiendo de los fractales (p.185); con la curiosa explicación matemática del método que usan las moscas para volar (pp.194-195); o con la relación estrechísima que guardan los procesos criptográficos con el café con leche (p.208)... En suma, un libro inteligente, peculiar, con sentido del humor y con enormes dosis de atractivo para enamorarse de una materia secularmente considerada árida. Un trabajo muy valioso.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Poe




Celebramos durante 2009 el segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, el atormentado genio de Boston Y, aparte de leer sus obras (que es siempre el homenaje más completo que se le puede tributar a un autor), otra de las posibles actividades que podemos realizar es conocer más a fondo su biografía, ese cúmulo de desgracias, tormentos y tensiones que zarandearon al escritor desde la infancia hasta su prematuro fallecimiento, malherido por el alcohol y las visiones aterradoras que su cerebro le deparaba, cuando apenas acababa de cumplir 40 años. La editorial Libros del Zorro Rojo acaba de poner ante el público un volumen delicioso, del que es autor Jordi Sierra i Fabra, y que bajo el título rotundo e inapelable de Poe, constituye una biografía estupenda del norteamericano. Nos enteramos en sus páginas de que en 1811, cuando apenas tenía 2 años, Edgar fue adoptado por la señora Frances Allan (con el apoyo no muy entusiasta de su marido John). Hijo de unos actores pobres y fracasados, Edgar se tuvo que amoldar al nuevo hogar de los Allan, y con ellos emprendió viaje hacia la Inglaterra decimonónica, donde padeció colegios infames, profesores que utilizaban más la vara que la ternura, y castigos tan peculiares como copiar los epitafios de las tumbas locales a la edad de 8 años. De vuelta a los Estados Unidos, su maestro Joseph Clarke desaconseja al padrastro de Edgar que aplauda sus composiciones literarias, porque eso sólo serviría, a su juicio, para ensoberbecer al niño. Y muy pronto, apenas ingresado en la adolescencia, el rosario de amores imposibles: el primero lleva el nombre de Jane Stanard; el siguiente, Elmira Royster (de la que tiene que separarse cuando ingresa en la universidad de Virginia, momento que los padres de la muchacha aprovechan para casarla con otro joven, más rico y más prometedor que el inestable Edgar). Luego vienen el abandono de los estudios, el comienzo de su irregular carrera militar (llegó a pertenecer a la disciplina de West Point), la muerte de su madrastra, la boda con su prima Sissy (que siempre sintió por él una irrefrenable admiración), los mil proyectos de revistas que jamás llegan a concretarse, las colaboraciones mal pagadas en la prensa, los pequeños éxitos literarios, las conferencias, las borracheras, los delirios, la tuberculosis de su mujer, las damas letraheridas que merodean a su alrededor y lo agasajan con su fervor... Y, por fin, su muerte extrañísima durante una jornada electoral en Baltimore. Nunca se ha aclarado la causa de su fallecimiento: se ha hablado de una borrachera extrema, de una paliza propinada por camorristas, de drogas, de fallo cardíaco, de rabia, de tuberculosis y hasta de suicidio. Como legado (y ése es el punto en el que Jordi Sierra i Fabra insiste con loable lucidez) nos han quedado sus cuentos, sus poemas, sus novelas y sus ensayos, todos ellos impregnados por el hálito de la genialidad. Este volumen, editado con auténtica exquisitez, incorpora unas bellas ilustraciones de Alberto Vázquez.

lunes, 26 de octubre de 2009

Bel: Amor más allá de la muerte





Quienes somos asiduos lectores de Care Santos estamos habituados a que nos hable de fantasmas, de presencias que están ahí de un modo sobrenatural, de seres que han dejado cuentas pendientes en el mundo y necesitan aclararlas antes de pasar al otro lado de la línea negra. Lo ha hecho en sus novelas para adultos (La muerte de Venus), en sus cuentos (Los que rugen) y en sus novelas juveniles. La última manifestación la tenemos en el tomo Bel: Amor más allá de la muerte, que ha publicado con el sello SM. Nada más empezarla, nos encontramos con Bel (odia que la llamen Belinda), una muchacha que asiste con impotencia a los esfuerzos de Ismael para sobrevivir, tumbado en su cama del hospital con respiración asistida. Página a página descubriremos que Bel ya no tiene entidad corporal, y que acaba de morir en circunstancias sospechosas. Con maestría inigualable, la escritora de Mataró construye una trama compleja con bastantes personajes transversales, pero el lector (y he ahí la maravilla) no percibe en ningún momento esa densidad arquitectónica, porque todo le es servido por vía novelesca. Así, oscilaremos entre una serie de paisajes muy distintos (la casa de Bel, la casa de su amiga Amanda, la casa de una anciana bruja, un parque de atracciones, un cementerio, una estación de Metro abandonada, un hospital, una comisaría, un orfanato) y, sobre todo, nos será presentado un elenco de personajes de gran variedad: varios amigos de Ismael, aficionados a implicarse en aventuras paranormales, como las invocaciones a los espectros o las visitas nocturnas a camposantos; Amanda, amiga íntima de Bel, que comienza a comportarse de una forma francamente extraña tras la muerte de su compañera; Alma, una médium que se interesa muchísimo por el caso de Bel y trata de ayudarla en su búsqueda de respuestas; Hyerónimus, el más misterioso de los parapsicólogos, que vive en un subterráneo, alejado de la luz del sol; Fernando, el chico que trabaja como encargado de una montaña rusa y al que encontrará la muerte de forma prematura; Carlos, el policía padre de Bel, que se empeña en investigar los pormenores de su fallecimiento, que todos juzgan suicidio o accidente, salvo él; la anciana Rosalía, de ademanes bruscos, que practica unas actividades brujas más bien repelentes y que provoca una muerte dentro de la novela; Blanca, la madre de Bel, que vive dentro de su burbuja de dolor y que se empeña en mantener vivo el recuerdo de su hija; y, por encima de todos, el espíritu de la protagonista absoluta, que sufre, ama, protesta, se resiste a abandonar a Ismael mientras éste no se recupere... y llegará a convertirse en un monstruo violento y vengativo, cuando descubra ciertos pormenores del pasado, que la afectaron profundamente. Únanse a todo ese conglomerado de atractivos la introducción de unas músicas muy adecuadas (el libro incluye fragmentos de canciones muy conocidas, y un CD que se adjunta al final); el delicado análisis que Care Santos realiza sobre los más profundos sentimientos de sus protagonistas; el extremo cuidado que pone en los diálogos, para hacerlos plásticos y creíbles; y obtendremos una novela que cautiva a los lectores, sumergiéndolos en un universo doble (real y fantasmagórico) que los llevará en volandas. El éxito de la obra está asegurado.

viernes, 23 de octubre de 2009

Escribir es un tic




Son muchas las anécdotas y curiosidades que se conocen acerca de las manías de los escritores, de sus extravagancias y de sus rituales a la hora de ponerse a trabajar. Y Francesco Piccolo (Caserta, 1964) ha tenido la feliz ocurrencia de irlas recopilando, ordenando y comentando con gracejo e inteligencia en un libro que se titula Escribir es un tic, publicado en España por la editorial Ariel (traducción de Juan Vivanco) y que lleva unas ilustraciones geniales, absolutamente geniales, de Anthony Garner. Allí, expuestas sin asomo de burla, están las curiosidades de los novelistas y de los poetas, antiguos y modernos, clásicos y vanguardistas, hombres y mujeres, perezosos y grafómanos, disparatados y rigurosísimos, en una colección que maravillará a todos aquellos que paseen por sus páginas.
Allí se nos explica, por ejemplo, que Ana María Matute necesita música suave de fondo, para conseguir concentrarse; y que Cynthia Ozick, por el contrario, no escribe sino de noche, porque durante esas horas se suspende el escándalo del mundo; y que Juan Ramón Jiménez, el Neurótico Mayor del Reino, cambiaba de forma constante de domicilio en cuanto el más mínimo ruido venía a perturbar el inmaculado silencio de su despacho, en el que concebía sus páginas; y que Gonzalo Torrente Ballester solía pasear con una pequeña grabadora japonesa en el bolsillo, que usaba cuando una idea o una frase le venían a la mente (Carlos Barral, mucho más sibarita y adinerado, podía permitirse el lujo de tener una secretaria para los mismos menesteres); y que Gina Lagorio es tan escrupulosa en las mil correcciones de sus escritos que su agente tiene casi que robarle el original para llevárselo a la imprenta dentro de los plazos previstos; y que el universalmente conocido autor de best-sellers Michael Crichton se impone por norma escribir 20 folios diarios, en tanto que la no menos célebre Barbara Cartland fija su límite en 6000 palabras (el extremo lo representaría Marco Lodoli que escribía un folio diario, y si al final de éste quedaba una palabra a medias... la completaba al día siguiente); y que Isabel Allende coloca en su mesa de trabajo una vela encendida, y da por terminado el trabajo diario cuando ésta se consume y apaga; y que Gabriel García Márquez se sienta delante del ordenador para escribir con un mono de trabajo, como si fuera un mecánico; y que...
Mejor les dejo que sigan ustedes leyendo la obra. Las palabras de Piccolo y las imágenes de Garner merecen, sin duda, nuestra atención.

miércoles, 21 de octubre de 2009

El relámpago inmóvil





Pocas cosas tiene ya que demostrar (probablemente ninguna) el narrador Pedro García Montalvo, nacido en Murcia en 1951, autor de ensayos, cuentos y novelas, al que han publicado en editoriales exquisitas (Seix Barral o Pre-Textos) y al que se le ha rendido incluso un colofón universitario de gran interés, como es la tesis doctoral que Pascual García le ha dedicado a su obra. Ahora, el importante sello Destino, que ya promocionó su anterior novela (Retrato de dos hermanas, 2004), acaba de lanzar su última producción: El relámpago inmóvil. Se trata de una historia de enorme solidez ambiental y psicológica, construida con la pericia a la que su autor nos tiene acostumbrados, y donde entran en juego pasiones como el amor, la venganza, el odio, la soledad, el abatimiento o la desorientación. Adrián e Inma forman una pareja a la que todo parece sonreírles: gozan de una posición económica más que privilegiada (ella es cirujana cardíaca y él es hijo del senador Mateo Salazar), tienen dos hijas encantadoras (María, de 10 años, y Cheli, de 6) y su círculo de amistades está formado por parejas que comparten su status. El cielo no tiene nubes, y las baldosas amarillas que formaban el camino de “El mago de Oz” brillan bajo sus pies. Pero un episodio tan terrible como aciago va a destrozar la calma de esa laguna que constituye sus vidas: María y Cheli van a morir en un accidente, dejando a sus padres, como diría Luis Rosales, huérfanos de hijos. No obstante, ese dolor se verá incrementado por las asechanzas de Cecilio Toval, un septuagenario que le tiene jurado odio eterno a la familia Salazar desde que el viejo senador denunciara las prácticas inmobiliarias turbulentas de los Toval y sumiese a la familia en el deshonor. El implacable Cecilio, dueño de poderosos resortes en el mundo económico y político, no vacilará a la hora de golpear donde más duele. Y ni siquiera el momento doloroso que viven los Salazar, con la muerte de las dos niñas, impedirá su venganza. Dedicados a la dolorosa ingeniería de la supervivencia, ni Mateo, ni Adrián, ni Inma, advierten la oleada de fango que Cecilio planea verter sobre ellos utilizando a la pelirroja Gemma, antigua novia de Adrián. Una foto donde se los ve a ambos cogidos de la mano en fecha reciente (estando ya casado con Inma, y con sus hijas recién fallecidas) le servirá como arma... Pero es probable que lo más importante de esta novela no sea la trama argumental, siendo como es poderosa y atractiva, sino el análisis que Pedro García Montalvo elabora sobre el alma de sus personajes. Ávido indagador del espíritu humano, el novelista nos disecciona los sueños de sus protagonistas, nos expone sus flaquezas, nos muestra sus angustias y sus esperanzas y nos traza unos “mapas interiores” de inigualable solidez. En un ciclo de charlas que, alrededor de su persona y de su obra, se celebró en el Aula de la CAM en 2007, intelectuales de la talla de Francisco Javier Díez de Revenga, José María Pozuelo Yvancos, Santiago Delgado o el propio Pascual García analizaron la importancia de García Montalvo en el marco de la actual narrativa murciana. Hoy se puede afirmar, sin temor a la hipérbole, que El relámpago inmóvil supone un escalón más (un escalón muy alto y muy firme) en la escalera de su consagración absoluta.

lunes, 19 de octubre de 2009

España, aparta de mí estos premios





Muchos lectores (y críticos literarios, y profesores) de España almacenan, enquistado en sus mentes, un difuso prejuicio contra el humor, al que son capaces de tolerar, aplaudir o incluso buscar en libros y revistas, pero al que niegan con vehemencia todo atisbo de profundidad. Así, maravillosos escritores como Hipólito G. Navarro o Juan José Millás son tildados de ingeniosos, lúdicos, chispeantes o rateros (“autores para pasar el rato”); pero cuesta muchísimo que se les reconozca la genialidad o la brillantez que se regala casi al instante a todos aquellos que, llenando folios con cara de vinagre o mostrándose renuentes a los peines, se instalan en la zona noble de los suplementos literarios. El sello Páginas de Espuma, lejos de transigir con esta tendencia general, se rebela de forma ostensible contra ella en una de sus últimas publicaciones: el tomo España, aparta de mí estos premios, una colección de relatos que firma Fernando Iwasaki (Lima, 1961) y que tienen en común el hecho de haber sido “premiados” en una serie de certámenes a cuál más extravagante, donde los escritores deben idear cuentos que glorifiquen al Sevilla F.C., ensalcen la gastronomía vasca, transcurran en la cueva de la Pileta, glosen el papel de la nueva mujer catalana o aludan a los héroes del Alcázar de Toledo (en un singular concurso patrocinado al alimón por Izquierda Unida Los Verdes y Falange Auténtica, ahí es nada). Situándose en estos disparatados cauces, el escritor que quiera conquistar premios literarios (indica Iwasaki) tendrá que amañar sus relatos con sutiles retoques para que el mismo texto, “refrito varias bases según las veces y viceversa” (p.13), tenga opciones de alzarse con el triunfo. Así, nos encontraremos con Makino Yoneyama, un brigadista nipón que sale de una cueva e interrumpe un programa televisivo, sin saber que la guerra civil acabó hace 70 años; o con Makoto Komatsubara, quien emerge de las catacumbas del Alcázar de Toledo, ignorando la misma circunstancia; o con Michiko Arakaki, una antigua lanzadora de cuchillos y amante de Picasso, quien lleva décadas viviendo de incógnito como trabajadora en el ayuntamiento de Barcelona; o con... No creo que haga falta añadir más nombres para que los lectores se hagan una idea del contenido de este volumen. Un relato que actúa como “célula madre” es clonado con sutiles diferencias, para adaptarse a las exigencias más peregrinas de los ayuntamientos, cajas de ahorros y demás organismos convocantes de concursos de cuentos. Zumbón como él solo, didáctico, explosivo, iconoclasta, irreverente y disparatado, Fernando Iwasaki construye siete cuentos que son siete mecanos, siete estrategias, siete carcajadas, siete provocaciones, siete desplantes con los que todos los lectores disfrutarán. Y, como colofón para el libro, incluye un "Decálogo del concursante consuetudinario", en el que, entre otras cosas, aconseja a los novatos que firmen con seudónimos femeninos, que no aborden jamás el tema de los templarios (que funciona en las novelas, pero no en relatos cortos) y que, en la medida de lo posible, ambienten sus creaciones en Nueva York, porque “nunca falla”. En suma, una obra irónica, muy bien escrita y que garantiza sonrientes horas de lectura a sus usuarios.

domingo, 11 de octubre de 2009

Alas





Durante más de veinte años, que se dice pronto, Leopoldo Lugones no ha tenido para mí existencia literaria alguna. Y esta circunstancia no varió ni siquiera después de asistir durante tres años a las clases de Literatura Hispanoamericana en la facultad de Letras de la Universidad de Murcia: jamás escuché su nombre o se me mencionaron sus obras mientras permanecí sentado en aquellos pupitres. Todo lo más, leí algunas anécdotas sobre él por propia iniciativa en ciertas páginas de Jorge Luis Borges, que no fueron suficientes para que me interesara por ninguno de sus libros.
Ahora, mi inefable amigo Pepe Colomer me regala el delicioso tomo Alas, que lleva el sello de la editorial valenciana Pre-Textos, y compruebo que Lugones es un autor al que adorna lo que podríamos llamar la exquisitez coyuntural. Es decir, que presenta adherencias muy fuertes de la corriente imperante, el Modernismo, pero que sabe extraer de ellas un aliento especial, diferenciador, único, que no es fácil advertir en otros seguidores del movimiento encabezado por el nicaragüense Rubén Darío, tan devastador y calcinante. Así, Leopoldo Lugones nos dirá en este libro dedicado a los pájaros que el grito del chingolo se asemeja a una “pizca de cristal” (p.27); o que una siesta “se entibia, lenta en una suave claridad de aceite” (p.40). También construye poemas tan juguetones y danzarines como “El zorzal” (pp.63-64); o desliza aquí y allá aliteraciones como la que se advierte en la página 44: “Tritura el vidrio del trino”.
Leopoldo Lugones, un auténtico experto en mezclas (de hecho, se suicidó en febrero de 1938 mezclando whisky y cianuro), combina lo más delicado de la tradición literaria con lo más aprovechable de las aportaciones del Modernismo, consiguiendo un cóctel de deliciosa factura, donde escuchamos los colores de los pájaros y nos habituamos a su algarabía de picoteos. Estas Alas que ahora nos ofrece Pre-Textos en edición exenta pertenecieron en su día al volumen El libro de los paisajes, publicado en 1917. Y se me antoja una buena manera de acceder a la obra del escritor argentino. Yo, de hecho, he entrado por esa puerta.

domingo, 27 de septiembre de 2009

La hija del optimista





Eudora Alice Welty fue una escritora del sur de los Estados Unidos. Y esta indicación no quiere simplemente señalar su procedencia geográfica, sino que es mucho más amplia, y francamente doble: significa que nació en el Sur y que escribió sobre él. Por eso sus libros nos trazan el retrato de aquellas gentes y de aquellos paisajes con una finura inigualable, como auténticas imágenes al pastel (Eudora fue también una excelente fotógrafa). Ella vivió en el Sur, y el Sur vive en sus obras. Es una ósmosis tan hermosa como infrecuente.
Ahora, la editorial Impedimenta, con la colaboración traductora de José C. Vales, nos ha permitido a los lectores españoles disfrutar de su novela La hija del optimista que, por una desidia tan misteriosa como inexplicable, estaba aún sin verter al español, a pesar de haber obtenido el prestigioso premio Pulitzer en 1973 (¿cuántos premios Goncourt o Pulitzer aguardan en silencio su traspaso a la lengua de Cervantes, para enriquecernos con sus maravillas?)... El juez McKelva tiene que ser sometido a una delicada operación en los ojos; su segunda esposa, la irritante y egoísta Fay, se opone tajantemente a que sea intervenido; pero Laurel, la hija del primer matrimonio del juez, da su consentimiento. Ciertas complicaciones van minando el proceso postoperatorio y el juez termina por morir. Esta desgracia nos permitirá acceder al enfrentamiento sordo, desequilibrado y acre entre las dos mujeres, cada una de las cuales representa una serie de valores distintos: Laurel se acordará de su padre como de un hombre “que se enfadaba con mucha educación” (p.185); y Fay pretenderá convertirse en la única y plenipotenciaria heredera del fallecido, sobre cuya hacienda se dejará caer como un ave de rapiña, alimentada por la ridícula especie de que el juez ha actuado innoblemente dejándola sola. Laurel, reacia a la disputa y convencida de que su camino vital es otro, constata que “la idea de morir no es más extraña que la idea de vivir. Pero sobrevivir a alguien es quizás la idea más extraña de todas” (p.202).
El juego de tensiones, sentimientos y modales provoca páginas magistrales en esta novela, que ha sido editada con la distinción y la exquisitez habituales del sello Impedimenta.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Crepusculario





A veces, la poesía es una exhibición (Góngora, Pound); y en otras es una expansión (Whitman). También puede ocurrir que los versos de un volumen se adornen, de principio a fin, con las galas tímidas del pudor. Es lo que, según entiendo, ocurre con la obra Crepusculario, de Francisco J. Illán Vivas, un poemario breve y limpio en el que el autor nos invita a pasearnos por sus galerías interiores. Pero, como todos los anfitriones sensibles, lo hace de un modo lento, delicado y paulatino. Así, comienza hablando del incienso, de una pila, de un gato, de árboles y de paleras, de vallas y de bidones... y de pronto, en la última sección del libro, es cuando descubrimos que el autor nos ha ido conduciendo hacia su interior, allí donde los desiertos no son de arena sino de lágrimas, allí donde las nubes no portan lluvia sino dolores, allí donde las bodegas no cobijan aromáticos vinos sino besos naufragados. Cada poema, entonces, se convierte en una polaroid del alma (“Esa instantánea / de quien soy / y cuanto siento”, p.51), en un puente que se tiende para ver si los demás quieren cruzarlo (“No será tan nuestro / nuestro libro de la vida / cuando otros tienen que leerlo”, p.16), en una agónica tentativa de comunicación con nuestros semejantes.
Francisco J. Illán Vivas, con un lenguaje de apariencia sencilla y con versos cortos y exactos, donde importa más el contenido que el continente, nos va entregando revelaciones parciales de su estado anímico (“No puedo evitar / llorar espinas / de tortura”, p.28) y nos acaba confesando la desolación general que lo zarandeó mientras componía estas páginas (“No hay agua donde beber, / y voy sediento, abrasado / por el polvo del camino, / no hay árbol donde cobijarse / de esta vida que me consume”, p.42). En suma, nos encontramos ante unos versos, negros de tinta y rojos de sangre, que convencerán a más de un lector.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Accidental ternura




Dice Antonio Muñoz Molina, en el primer escrito de su volumen La vida por delante, que un periódico es “una costumbre de la inteligencia”. No le falta razón al escritor de Úbeda. Podría añadirse también que la poesía, con los mismos derechos, es “una costumbre de la sensibilidad”, una tarea en la que el corazón se embarca para decirse a los otros y para poner en limpio la biblioteca del alma. Ésa es, en esencia, la pretensión que ha movido al profesor Julián Montesinos a ofrecer a sus lectores el poemario Accidental ternura, por el que le han otorgado el premio Gerardo Diego, que concede el IES Eladio Cabañero. En él se nos explica que el poeta anhela “la quietud que serene su vida” (p.11) y que tiene como objetivo “ser algo más feliz” (p.12). Cualquier cosa, menos tolerar impunemente que la tristeza “pase su lija de hielo por mi corazón” (p.22). De ahí que el poeta dirija su mirada hacia su alrededor, buscando las astillas que la luz va dejando en las cosas. Por ejemplo, en los torsos de unas muchachas que toman el sol tumbadas en la playa (“Cazador de claridades, he descubierto / que la ternura brota de las pequeñas cosas”, p.38). Por ejemplo, en la fascinación morbosa o tierna que puede provocar el teléfono de una prostituta, memorizado por alguien que desea abrir horizontes nuevos para su piel (como ocurre en la composición “Fantasía de abrazos”)... El poeta es aquí un ser que necesita ver más allá de la sabiduría; un ser que viaja hacia lo desconocido, y que lo hace en los vehículos más dispares (a lo largo del texto aparecen trenes, helicópteros, autobuses, aviones y avionetas); un ser que se empeña en infringir la tibieza exterior (se menciona cuatro veces el otoño y cuatro veces la primavera) con el latido urgente de su sangre arrebatada. Y un ser que, en fin, dibuja ventanas a su alrededor, para empaparse de luces y de oxígeno (es muy llamativo el número de ventanas que hay en esta obra: no menos de diez textos las cobijan y subrayan). Estamos, pues, ante una obra francamente lograda, en la cual poemas de amor tan delicados como el que ilumina la página 40 (“No venimos a este mundo...”) se combinan con poemas durísimos, como el que tributa a alguien cuyo padre bebe demasiado y enturbia la paz del hogar (“Mordedura”), o con bellas composiciones de plasticidad impresionista (como la que nos muestra el pintor de trenes del poema “Ante el misterio”). Un notable poemario, sin duda alguna.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Gracias





Tiene que ser maravilloso acceder a la cúspide de la fama literaria, porque eso permite escribir bazofias y, firmándolas con tu nombre egregio, ser publicado en tu país y fuera de él, sin problemas, cartas de rechazo ni demoras. El ejemplo más cristalino que me ha sido dado encontrar en los últimos meses se titula Gracias, y el pergeñador de tan solemne patata no es otro que Daniel Pennac. Y digo “patata” por no recurrir, como quizá sería justo, a otras comparaciones más olorosas. En síntesis, se nos cuenta en este pequeño timo encuadernado en tapa dura la historia de un señor al que se ha galardonado por sus méritos artísticos y que, encima del escenario, agradece el premio. Lo hace, eso sí, con una irritante acumulación de frases truncas, balbuceos y puntos suspensivos, en una especie de prosa cangrejera y tartamuda, que no engañará a ningún lector razonable. Fin. Eso es todo. Extiéndase esa insufrible nimiedad con una tipografía gorda, achátense las páginas para que este folleto adquiera dimensiones de “libro” (¿se escucha mi risa al otro lado de la pantalla?) y tendremos la tontería que El Aleph Editores nos ha esclafado nada más empezar el verano de 2009, quizá con el peculiar objetivo de fastidiarnos las vacaciones. Por fortuna, han cuidado muchísimo la presentación de la obra, y salvo las tildes evaporadas (“agradecermelo”, página 33), los nombres equivocados (“Le Corbousier”, página 42), los disparates de orden numérico (“Doceava ciudad”, página 49) y otras lindezas de parecido cuño que me permitiré la elegancia de no añadir, el resto puede ser leído por niños de Primaria, aunque quizá lo encuentren demasiado infantil. ¿Y es que la obra no tiene acaso ningún párrafo salvable? Pues si hay que ser justos, sí que lo tiene: el que los sagaces editores han puesto como reclamo, anzuelo o trampantojo en la contraportada del volumen. Quienes deseen conocer esas líneas, que le den la vuelta al libro y, sin comprárselo (se me ocurren medio millón de obras más interesantes en las que invertir el dinero), empleen minuto y medio de su vida en leerlo. Dedicarle más sería un desperdicio.

viernes, 28 de agosto de 2009

Asklepios o La añorada infancia de Miguel Espinosa





Da igual que contemplemos mil amaneceres. Daría igual que fuesen un millón. Cada amanecer es, siempre, el amanecer. Su novedad pura y constante no incluye el tedio como ingrediente. De la misma manera, tampoco la obra literaria de los más grandes (y estimo que Francisco Sánchez Bautista es uno de los más grandes) incorpora nunca la fatiga de la repetición, o los colores apagados, o la sorpresa fotocopiada. Cada libro de un gran escritor es un hallazgo, la apertura de una ruta nueva para subir a la cima del Everest, una donación de luz que el poeta tiene la gentileza sublime de otorgarnos.
Francisco Sánchez Bautista publica Asklepios o La añorada infancia de Miguel Espinosa en la Real Academia Alfonso X el Sabio; y el volumen, que tiene mucho de “catálogo de fidelidades” (Miguel Espinosa, José Ballester, los clásicos grecolatinos, la huerta murciana, Párraga), nos sirve para enriquecer aún más la imagen literaria que de este autor imprescindible tenemos fraguada (aunque constantemente corregida y aquilatada) sus lectores.
En el primer tramo del libro se centra en Miguel Espinosa (“el más lúcido y genial escritor que ha dado Murcia durante todo el siglo XX”, como se pregona en la página 91), de cuya obra "Asklepios" realiza una lata y minuciosa paráfrasis, que completa con gran cantidad de citas, algunas bastante extensas. Luego, aborda dos textos bien diferentes entre sí, pero complementarios: en el primero (“Sobre la tierra calcinada”) nos traza su particular ruta del secano, donde va intercalando los versos que ha ido dedicando durante años a estos parajes de Fortuna, Abanilla o Archena; en el segundo (“Visión poética personal del mundo huertano”) eleva su atronador, emocionado, juicioso y entendido réquiem por los últimos coletazos de un mundo que se pierde (él lo sabe) sin remisión, bajo la crueldad del cemento. El poeta lo condensa en un párrafo magistral: “A toda persona responsable, habitante de las tierras y riberas de nuestro río, le duele saber que lo que soñó el romano, hizo el moro, cultivó el mudéjar y se repartió el cristiano, muere por falta de asistencia”, página 116.
Posteriormente, Francisco Sánchez Bautista realiza un repaso inteligente y mordaz a las mezquindades, paradojas y bochornos de nuestro tiempo, y lo hace acudiendo a los textos imperecederos de sus clásicos favoritos (Sócrates, Juvenal, Marcial, Horacio, Cicerón, Plutarco, Tácito…), que lo auxilian con el alto ejemplo de sus enseñanzas.
Y, como cierre del volumen, un fenomenal catálogo de homenajes que el autor tributa, y que incluye a personajes de la talla de Antonio de Hoyos, María Pilar López, Gabriel Miró o los pintores José María Párraga y Manuel Avellaneda. Pero quizá los dos textos más hermosos de esta coda sean los titulados “La brujería de Paco Sánchez Bautista”, de Salvador García Jiménez (tan genial como todo lo que escribe este ceheginero de diamante) y “Elogio del libro” (donde el poeta de Llano de Brujas nos refiere algunos de los pormenores de su escolarización precaria durante los años de la República).
Un libro maravilloso y memorable de Francisco Sánchez Bautista.
Otro amanecer.

viernes, 14 de agosto de 2009

La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche





Franz Overbeck (1837-1905), que fue amigo íntimo de Friedrich Nietzsche y docente en una universidad suiza, tuvo la inestimable idea de anotar algunas de sus reflexiones, remembranzas y anécdotas sobre el filósofo alemán. Y ahora el sello Errata Naturae, con la valiosa colaboración traductora del profesor Iván de los Ríos, nos ofrece a los lectores españoles un buen número de esas páginas (incluidas algunas que el pudoroso Carl Albrecht Bernoulli, discípulo de Overbeck, consideró prescindibles cuando editó el volumen en 1906). Con buen juicio dice el profesor De los Ríos que “Franz Overbeck escribe al margen de todo interés encomiástico, sin ínfulas filosóficas, y escribe para demostrarse a sí mismo que nunca comprendió plenamente a un hombre al que amó y veneró por encima de todas las cosas; escribe para comprender y para expiar la culpa de no haber comprendido; escribe para quedarse a solas con su amigo Friedrich Nietzsche, cuyas carencias nadie supo advertir con igual cautela” (p.14). De ahí que la obra alcance cotas de gran intensidad intelectual y emocional. Tras declarar su sumisión ante lo ciclópeo de la figura de Friedrich (“Nietzsche fue un portento ante el que me incliné una y otra vez, y aun hoy no me arrepiento de haberlo hecho”, p.25), el analista Overbeck se aproxima con lucidez y elegancia crítica a “un Nietzsche cuyo pensamiento no se ramifica, creciente, superando obstáculos, sino que avanza como una [...] corriente de lava” (p.39). Lentamente, respetuosamente, Franz Overbeck comenta diferentes aspectos sobre el antisemitismo de Nietzsche, sobre sus posturas ante la religión cristiana, sobre su aparente soledad (“Nunca fue un auténtico solitario”, p.43), sobre el controvertido tema de la muerte de Dios (“Partiendo de mi relación habitual con Nietzsche sólo puedo decir lo siguiente: nunca tuve la impresión de que contara con una respuesta sobre la existencia o la inexistencia de Dios, pero ignoro si alguna vez pretendió decir algo al respecto”, p.54) y sobre varios temas de indudable interés erudito, como las relaciones que la obra de Friedrich Nietzsche guarda con Proudhon, Rousseau, Pascal, Herder, Stirner o Erwin Rohde. Y llega a proporcionar datos muy minuciosos, como la anécdota de que fue el historiador y pensador Jakob Burkhardt (autor de la monumental Historia de la cultura griega) el primero en tener noticia clara de la locura de Nietzsche, a través de una carta de enero de 1889, donde el filósofo evidenciaba su desvarío... Este hombre, que fue un fiel amigo del filósofo de Basilea “hasta que todos perdimos a Nietzsche por culpa de la locura” (p.90), explica con viril emoción que no ha querido mercadear con su amistad, ni someterla a manipulaciones de ningún tipo, cuando tan fácil le hubiera resultado hacerlo (“Su amistad ha sido demasiado importante para mí como para sentir el deseo de contaminarla con exaltaciones póstumas”, p.102). En suma, Errata Naturae nos acaba de regalar un delicioso tomo con el que, sin la menor duda, mejoramos nuestro conocimiento del padre de Zaratustra. Y eso siempre hay que agradecerlo.

sábado, 8 de agosto de 2009

Afán de certidumbre



Hay muchos tipos de poesía, y todos tienen su segmento de público lector: la culturalista, la oscura, la ñoña, la ingeniosa, la melancólica, la comprometida, la experimental... A mí, desde hace años, sólo me dejan impresión duradera en el alma aquellos versos que, sea cual sea el ropaje que los cubre, brillan con la luz de la emoción. Eso le pido a la poesía: belleza emocionada. O emoción embellecida. Un pulso de sangre que, saliendo rojo del corazón, se vuelve negro de tinta en la mano de quien escribe. Y lo acabo de encontrar en otro libro: en el volumen lírico Afán de certidumbre, de José Cantabella. Hasta ahora, su producción se centraba en el mundo del relato breve, en el que había compuesto maravillas como Amores que matan (2003), Historias de Chacón (2005) y Llegarás a Recuerdo (2007). Y cuando sus lectores esperábamos una nueva entrega de cuentos, pensando que la secuencia de años impares así permitía deducirlo, nos sorprende con este poemario de breve estructura pero deliciosa técnica, en la que el autor murciano tiende su mirada y explora el mundo, en la más amplia extensión de la palabra: celebra el gozo de vivir, descubriendo en cada amanecer los matices de la felicidad posible (“El nuevo día”); ingresa en la metafísica con la lectura matutina de un periódico (“Noticia esperada”) o con el verbo final de un poema (“Dos hombres mirándose”); intenta establecer una difícil solución de consenso para conjugar los avariciosos territorios del amor y de la literatura, que tantas veces coliden entre sí (“Pacto”); compone sinfonías urbanas donde una tormenta acompaña a los seres humanos, en su paseo de cotidianidad y amor (“Lluvia”); retrata los clichés de una familia ‘típica’, de la cual busca distanciarse, por juzgar banales sus ritmos y sus rituales (“Familias”); nos entrega episodios de apariencia autobiográfica, como cuando se detiene a contarnos el reencuentro con un viejo docente, que lo martirizó de niño con su intransigencia nada pedagógica (“El maestro”); o, en fin, esculpe líneas en las que le comunica al mundo su eviterna pasión por Carolina, con quien comparte el sendero de vivir (“Celebración del amor eterno”).
Y todo esto con un lenguaje de limpia sencillez, donde los adjetivos, los sustantivos y los verbos están tan bien elegidos, tan escrupulosamente calculados, que no tienen necesidad de mancharse de retórica barata. José Cantabella hubiera hecho las delicias de aquel Juan Ramón Jiménez que le pedía a sus poemas “el nombre exacto de las cosas” o de aquel Antonio Machado que pretendía contar “lo que pasa en la calle”. Algunos reticentes podrían pensar que esa desnudez es falta de pericia o de capacidad; pero se equivocará quien así razone. Existen lenguajes líricos que precisan de una escritura y una lectura inocentes, y que sólo desde la inocencia entregan su tesoro. Aduciré un ejemplo cinematográfico: en la película Profesor Holland hay un instante en que Richard Dreyfuss le está contando a su esposa que, de joven, escuchó un disco de John Coltrane y no le gustó. Pero que, cuando lo escuchó por segunda, por tercera, por cuarta vez, fue descubriendo los pliegues de belleza que cobijaba. Y así se convenció de que John Coltrane era un genio, y que su música le llegaba al corazón.
La poesía (y éste es el gran descubrimiento de la modernidad, a la que José Cantabella pertenece) no necesita de la pirotecnia. Su misma pureza, si es real, sirve para construir el edificio del poema. Hay una música secreta dentro de los buenos versos, y el autor murciano la ha descubierto, para delicia de quienes lo leemos desde hace tiempo.
Y si a tales maravillas verbales le unimos el exquisito tratamiento visual que la pintora Francisca Fe Montoya le ha dado al poemario, adornándolo con imágenes de tan gran sencillez como poder evocador, el resultado global no puede ser tildado sino de excelente.

lunes, 27 de julio de 2009

Muerte dulce





Pocas veces he esperado la continuación de una novela con más ansia y con más curiosidad. Y pocas veces he quedado tan feliz como ahora, después de leer Muerte dulce, del espléndido Félix G. Modroño. La primera aventura de don Fernando de Zúñiga, contenida en la novela La sangre de los crucificados (que también publicó Algaida), me pareció tan maravillosa, tan bien escrita, tan bien organizada desde el punto de vista narrativo, que la saludé con alborozo, como era mi obligación de lector agradecido y de crítico honesto. Y me alegra enormemente decir que en esta segunda parte de las aventuras del médico salmantino su autor continúa demostrando que es un fabulador brillante y sagaz.
Ahora don Fernando de Zúñiga, el médico-investigador que ostenta el título de vizconde del Castañar, ha de enfrentarse a un caso especialmente triste: la muerte por envenenamiento de quien puede ser catalogado como su mejor amigo, don Pedro de Urtiaga. Un tiempo antes, había sido encontrado muerto otro amigo de este último, Mikel Jauregi. Y aunque las pistas para esclarecer estas dos muertes resultan al principio tan difusas como endebles, una partida de mus parece estar detrás de sus asesinatos. ¿Los sospechosos? Obviamente, los contrincantes que se alojaban al otro lado de la mesa: Legizamon y Uría. Pero después de que un fuego esté a punto de matar a don Fernando y a su ayudante Pelayo, los problemas irán ramificándose: aparece el cuerpo de Legizamon con una espada clavada. Y resulta ser la espada de Zúñiga. El cadáver de Jon Uría será el siguiente, para desconcierto del investigador, que no atina a encontrarle sentido a estos crímenes encadenados.
¿Qué está ocurriendo, en verdad? ¿Quién es el misterioso asesino que va eliminando a todos los integrantes de aquella partida? ¿Y por qué razón lo hace? El método de don Fernando de Zúñiga (“Intuición aderezada de sentido común”) va a ser puesto a prueba una vez más.
Si a este planteamiento seductor e inquietante le unimos el amor delicado que Félix G. Modroño despliega en estas novelas por las descripciones de paisajes, los pormenores históricos (los fueros, los ornamentos, las comidas, los ritos de embalsamiento, el proceso de elaboración de un vino, los venenos de la India) o los mil detalles policiales de la trama (que terminan encajando a la perfección, sin que advirtamos fisuras, como las teselas de los mejores mosaicos), convendremos en que estamos ante una novela de gran calibre, inquietante, milimétrica, seductora, precisa y preciosa. Me quité el sombrero ante La sangre de los crucificados y, con doble felicidad, me lo quito ante Muerte dulce. Félix G. Modroño ya figura en mi prontuario de autores predilectos.

miércoles, 15 de julio de 2009

El centro de la Tierra





Es difícil sustraerse al hechizo que Andrés Pérez Domínguez imprime a su prosa, tanto novelística como cuentística. En esta ocasión, lo que nos ofrece es una magistral recopilación de relatos que, con el título de El centro de la Tierra, le publica el sello sevillano Paréntesis. En este tomo podemos encontrarnos con todo tipo de personajes y de historias: el hombre que, después de ser despedido, decide robar en la oficina donde trabajaba, ataviado de Papá Noel; el portero de fútbol que se dispone a detener un lanzamiento, en las horas últimas de su carrera deportiva; el ex-convicto que consigue que su ex-mujer le deje pasar la tarde con su hija; el joven que, en su despedida de soltero, encuentra en el puticlub a la chica que lo volvía loco en el instituto; el ladrón que tiene la mala suerte de entrar a desvalijar la casa de una ciega; la mujer que intenta escapar, agónicamente, de ese pueblecito de montaña donde comprende que su vida está agostándose; o aquella profesora de instituto que descubre, en el autobús donde viaja, al torturador que la golpeó y violó durante la dictadura militar que aquejó su país... Y, como elemento vertebrador de tan dispares propuestas, la prosa siempre galvánica, siempre pura y equilibrada de Andrés Pérez Domínguez, que tiene el poder seductor de los mejores estilistas. Con la fuerza de sus palabras y de sus frases, el sevillano consigue que el sudor nos empape el cuerpo mientras aguardamos el lanzamiento del penalti (en “El silencio”) o que nos congelemos de frío (mientras avanzamos en el tren que nos traslada desde Buchenwald hasta Mauthausen en “El último viaje”); que sintamos la emoción que se desprende de un pañuelo que fue entregado durante la guerra civil de 1936 (“Viejos”) o que nos irritemos con los maltratos físicos que sufre una mujer (“Sesión matinal”). En suma, Andrés Pérez Domínguez logra hacer que la literatura se transforme en vida, en vida imaginada y bien contada, en vida llena de luces y sombras, palpitante, enérgica, dulce y melancólica. Un maestro.

jueves, 9 de julio de 2009

Los objetos nos llaman





Sería injusto, a estas alturas de su trayectoria, pretender dar un retrato literario de Juan José Millás, así que me ahorraré la pedantería. A la torre Eiffel o a la Estatua de la Libertad no es necesario explicarlas. Pero lo que no omitiré será la anotación de un hecho que juzgo incontestable: Millás cada vez escribe mejor. Y no se trata tan sólo de una cuestión estilística, o temática, o estructural. Es el hecho de haber accedido a un dificilísimo estadio de “naturalidad narrativa”, como la que demostró Miguel de Cervantes en sus páginas mejores: las frases y las imágenes se van encadenando de modo fluido, armónico, necesario. Las historias (disparatadas unas, emocionantes otras, seductoras todas) van desfilando ante nuestros ojos con la elegancia simple que sólo alcanzan a adquirir los mejores narradores del mundo. Y Juan José Millás (lea sus libros quien me juzgue hiperbólico) forma parte de ese selecto grupo. Su última entrega cuentística, publicada por el sello Seix Barral bajo el título de Los objetos nos llaman, es una increíble demostración de cuanto aquí trato de explicar: setenta y cinco cuentos donde el ingenio, el humor, la fantasía y la tierna ironía de Millás se amalgaman para seducir al lector. Esa vieja etiqueta que usan los publicistas de “No podrá dejar el libro una vez empezado” es, en este volumen, rigurosamente exacta. Personas que están muertas sin saberlo; maniquíes que sudan en los escaparates; las mentiras que rodean el mundo de los Reyes Magos; matrimonios mal avenidos, que se articulan sobre las peleas constantes; llamadas que se reciben desde la ultratumba; un padre con poderes negativos, que es capaz de predecir las cosas que no van a suceder; un hombre que se enamora de la chica que le hace encuestas telefónicas; alguien que, a los cincuenta años, consigue que sus padres le confiesen la verdad: que es cojo de nacimiento... La explosión de historias es tan fértil, tan deslumbrante, tan proteica, que sólo alcanzaría a ser totalmente justo si detallara los setenta y cinco argumentos, uno detrás de otro. Y ésa es otra: ¿qué narrador que no sea un prodigio de talento imaginativo se puede permitir el lujo de regalar a sus lectores, en un solo libro, tal cantidad de cuentos, sin caer en la avaricia calculadora de desarrollar quince o veinte, y guardar los restantes para futuras publicaciones? Estamos ante el Millás más generoso, el Millás más brujo, el Millás más genial. La madurez de los grandes es un regalo para la Historia de la Literatura.