miércoles, 23 de agosto de 2017

Los dientes de Trino Rojo



Los hijos son nuestro trabajo más importante, la tarea en la que más empeño deberíamos poner al cabo del día, todos los días. Por eso, no se trata simplemente de invitarlos a venir a este mundo sino que hemos de esforzarnos para que su existencia dentro de él resulte lo más plena y alegre: acostumbrarlos a que sigan una alimentación sana y equilibrada, educarlos con respeto y cariño, animarlos para que realicen actividades físicas adecuadas a su edad y, por supuesto, adiestrarlos en los caminos de la higiene, para que su salud se mantenga en las mejores condiciones durante el máximo tiempo posible.
Marta Zafrilla se centra en este último aspecto en su trabajo Los dientes de Trino Rojo, un álbum ilustrado que le publica Cuento de Luz y que, editado con papel de piedra (para evitar la tala de árboles y el consumo de agua y cloro), cuenta con las magníficas aportaciones gráficas de la alemana Sonja Wimmer. En sus páginas se nos relata la historia de un pajarito de nombre sinestésico que se obsesiona con la idea de cómo cuidarse la dentadura. Ha visto a su amiga humana hacerlo y se muere de curiosidad por imitarla, de ahí que inicie una investigación para descubrir cómo cumplen esa medida higiénica otros animales, con resultados tan graciosos como educativos.
Tras haber sido galardonada hace unos años en los premios Moonbeam Children's Book Awards de Estados Unidos (obtuvo la Medalla de Plata al Mejor Libro Español por Hijito pollito y la Medalla de Oro al Mejor Libro sobre Salud por Los despistes del abuelo Pedro), Marta Zafrilla vuelve a sumergirse en una historia simpática, tierna y llena de sentido del humor, que nos permitirá mostrar a nuestros hijos más pequeños los beneficios de la buena salud bucodental. Y todo ello contado con un lenguaje sencillo y con un gran despliegue didáctico, que convierte este álbum en lectura obligada no solamente en las casas sino también en la consulta de los mejores odontopediatras.

De forma simultánea a su edición en español, el sello Cuento de Luz lanza también una deliciosa versión en inglés (Chirpy Charlie’s Teeth) para el mercado norteamericano.

lunes, 21 de agosto de 2017

Recetas para astronautas



Ser un excelente teórico de la literatura y ser un delicioso y eficaz creador no son atributos que suelan confluir de ordinario en la misma persona, porque la naturaleza no transige con demasiadas vulneraciones al código de la normalidad. Pero Basilio Pujante (Murcia, 1982) constituye en el mundo del microrrelato una de esas gozosas excepciones: se doctoró con una tesis relacionada con el tema y, en 2016, publicó con el sello Balduque esta maravilla que hoy comento y que se titula Recetas para astronautas.
En sus páginas descubrimos el desasosiego por vía intravenosa (“Cuestión de confianza”), la inquietud que siembra en nuestro corazón un relato casi tenebroso (“El bebé del 3º A”), la trivialidad que nos rodea y que se puede subvertir en apenas unos segundos (“Siempre saludaba”), la increíble habilidad del autor para trazar el retrato de una vida en apenas un folio (“Miss Pedanía”) o la posibilidad de que los dioses no tengan la forma que solemos atribuirles (“Dios. Una historia de amor”), entre otros.
Y, como colofón del volumen, tres relatos de mayor extensión, protagonizados por un bibliófilo obsesionado por coleccionar primeras ediciones firmadas por sus autores (“El ladrón de libros”), por una niña que vive una jornada mucho más traumática que festiva (“Comunión”) y por un joven aspirante a profesor universitario que se verá envuelto en Suiza en una situación rocambolesca (“El tema del doble”).
Brillante el lenguaje de Basilio, brillante la selección de diapositivas que pone ante nuestros ojos, brillante su amplitud temática, brillantes sus cierres. Todo en este tomo contribuye a que el lector salga encandilado, puesto en pie, con los ojos echándole chispas y con las manos rojas de aplaudir.

Memorable.

sábado, 19 de agosto de 2017

Las máscaras del héroe



Novela larga, juvenil y perfecta, que leí y reseñé en la prensa murciana allá por septiembre de 1996: Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada (Valdemar, Madrid, 1996). La releo ahora con más reposo, pero con el mismo deslumbramiento estilístico que entonces. En ella, Fernando Navales nos cuenta las peripecias reales o inventadas de Pedro Luis de Gálvez, poeta olvidado del primer tercio de nuestro siglo, que recayó desde la niñez difícil y la juventud bohemia hasta la infamia y el crimen. Con un estilo brillante, sinuoso de metáforas, imaginativo y fértil, Juan Manuel de Prada se adentraba por los vericuetos de la novela con un increíble primer paso, de extraña e incontestable perfección. Además, y por si todo lo ya expuesto no se antojara suficiente, la amenidad preside sus líneas cuando nos habla de las correrías nocturnas de aquellos vividores que poblaron el Madrid de los años veinte y treinta; del asesinato de Canalejas (en el que Gálvez actuó como cómplice, según Prada, y teniendo a Ramón Gómez de la Serna como encubridor ignorante del asesino); del intento de desvirgar a Jorge Luis Borges en un prostíbulo (Navales es quien, según propia confesión, llega a abrirle la bragueta); de un concurso de pedos en la célebre Residencia de Estudiantes; del saqueo nocturno de un camposanto; del nacimiento de la Falange; de un atentado frustrado contra José Antonio Primo de Rivera; etc.
Otro detalle que llama la atención es la advertencia final de Prada, en el sentido de que los personajes del volumen, aun los históricos, han sido tratados con perfecta creatividad literaria. Me gusta que estas frases figuren al final del tomo, y no al principio: le añade verosimilitud, porque nos “desengaña” cuando ya hemos salido de la historia, y no a priori.

“Con demasiada frecuencia, la verdad sólo encubre la falta de imaginación”. “Mejorar la vida de la Humanidad no es obra de una generación, sino de muchas y de muchos esfuerzos”. “El escritor de raza se distingue del diletante por su instinto asesino, lo cual no quiere decir que escriba mejor o peor”. “La pornografía es otra forma de la taxidermia”. “Los espejos no reflejan la realidad, sino que la anticipan”. “Para ser un humorista cabal, hay que padecer algún desarreglo gástrico”. “Un escritor se fortalece perseverando en sus errores”. “Nada tan socorrido como atribuir las calamidades de la patria a un gobernante extinto”. “El remordimiento es una especie de cobardía retrospectiva”

jueves, 17 de agosto de 2017

Madame Bovary



Releo esta obra maestra de Gustave Flaubert que es Madame Bovary (Bruguera, Barcelona, 1982), en la traducción de Carmen Martín Gaite. Y diré que pertenezco a la estirpe de quienes (lo sospeché en la primera lectura y lo confirmo ahora) odian a Emma, la figura central de la novela. Proveniente de una familia nada rica, me parecen de todo punto impropios los finos humos que se da y el desprecio que prodiga a Charles, su marido. Cierto que es un pusilánime, y un mediocre médico de pueblo, pero ambas cosas las corrige con su amor obnubilado por ella: la mima, la idolatra, la tiene en un pedestal, paga todos sus caprichos, confía en ella ciegamente, etc. No es digno de las humillaciones que ella le reserva. Emma, además, es manirrota, lúbrica, infiel, desagradecida e imprudente. La cercan oportunistas como Rodolphe (plano emocional) y Lheureux (plano económico), pero es su atolondrado espíritu el que en sus manos la abandona. He acabado la narración encandilado con Flaubert, pero abominando de esta criatura falsaria, veleidosa, inconstante y egoísta que es Emma Bovary.
Literariamente, por supuesto, me quito el cráneo con Flaubert, como siempre.
Una escena de todo punto memorable: ese carruaje que vuela con León y la adúltera, en el primer capítulo de la tercera parte, y cuyas cortinillas dejan ver una mano que esparce al viento los trozos de una inútil carta de ruptura.
Una crítica amable a la traductora: las metáforas (y menos aún las evidentes) no se explican (en la página 123, comenta en nota al pie que el “abrigo de pino” que necesitará un moribundo es el ataúd).

“Ese rictus fijo que suele fruncir la cara de las solteronas y de los fracasados en su ambición”. “En provincias, la ventana es como un sucedáneo del teatro y del paseo”. “La exuberancia del alma rebasa muchas veces las metáforas”. “La palabra humana es como una especie de caldero roto con el que tocamos una música para hacer bailar a los osos, cuando lo que nos gustaría es conmover a las estrellas con su son”. “A los ídolos es mejor no tocarlos porque algo de la pintura dorada que los recubría se nos queda siempre entre las manos”. “Todos los notarios llevan dentro de sí las ruinas de un poeta”. “Cuando muere una persona, siempre sobreviene una especie de estupor, por lo difícil que es aceptar esta irrupción de la nada y prestarle credibilidad”.  

martes, 15 de agosto de 2017

Ojo de pez



Antonio J. Ruiz Munuera no obtuvo el XX premio Nostromo (que ahora publica la editorial Juventud) con una novela temáticamente complaciente. Ni mucho menos. Por el contrario, eligió la vía de la denuncia, del humor negro, de la crudeza, para poner ante los ojos de los lectores una situación insostenible que, pese a todo, muchos se empeñan en maquillar, camuflar o desmentir: la atroz contaminación que durante décadas ha destrozado las costas de Cartagena por culpa de unas empresas químicas y mineras que han operado a su antojo, sin que ninguna haya sido sancionada ejemplarmente por tal motivo.
Tampoco eligió (bien evidente resulta) unos personajes convencionales, sino que se decantó por propuestas arriesgadas: un inspector, Lucas Daireh, que posee un “cuerpo escombro” y cuyo padre es magrebí de Alhucemas; unos mandos de la Benemérita que producen más asco que respeto; un dueño de la empresa Peñarroja que vive como el rajá de Kapurtala y actúa con amenazas mafiosas; una forense con muy mal humor (apellidada Escarbajal) que se empeña en llamar “morito” al inspector; y unos ecologistas de Greenpeace que son calificados por sus oponentes como “hippies” y “melenudos”.
Pero el resultado final es una pieza muy bien equilibrada, redactada con limpieza y que consigue mantener la atención del lector durante sus dieciocho capítulos, bien porque nos muestra acciones sobrecogedoras (como la autopsia de una chica que ha aparecido muerta y violada), bien por su sentido del humor (“El sol, ocupado en momificar a los turistas centroeuropeos que renegaban de su condición de sapiens, se regodeaba en la arena con sus cuerpos de mojama. Vistos desde lejos e impasibles a los elementos, eran parte del decorado veraniego, flemáticos insectos palo mudando la piel”), bien por sus reflexiones sobre el deplorable influjo que los seres humanos ejercemos sobre nuestro entorno natural.

Si con su anterior obra (La luz de Yosemite) el autor lorquino llegó a ser finalista del premio Desnivel de Literatura (2014) y del premio Setenil (2015), con ésta ha logrado el máximo galardón del certamen Nostromo, que convoca anualmente el Museo Marítimo de Barcelona. La solidez de estos primeros pasos augura un futuro muy prometedor para Antonio J. Ruiz Munuera.

lunes, 14 de agosto de 2017

Refranes vascongados



Quienes me conocen saben de mi poco afecto por los refranes, ese catálogo de vaciedades, vacuidades, perogrulladas, sandeces o maldades que se han ido consolidando con el paso del tiempo. Pero no he podido resistir la tentación de leerme el breve trabajo Refranes vascongados, de Esteban de Garibay y Camalloa (Imprenta de José Rodríguez, Madrid, 1854; facsímil de Librerías París-Valencia, 1995). Las sentencias que contiene no son, en sí, mejores que las castellanas, pero lo que me ha llamado la atención han sido dos apreciaciones contenidas en el prólogo y en el epílogo. Ninguna de las dos tiene por qué convencerme desde el punto de vista filológico, pero he de reconocer que son muy singulares, si las miramos desde un enfoque poético.
La primera, obra de Garibay, dice así: “La lengua bascongada es una de las setenta y dos de la confusion de la torre de Babilonia, y la que traxeron á España Tubal, hijo de Jafet y nieto de Noe, y sus compañeros quando vinieron á poblarla, 142 años despues del diluvio universal, y 2,163 años antes del nacimiento de Nuestro Señor”. ¿No querías precisión? Pues toma: dos tazas.
Y la segunda, igualmente chocante, sale de la mano de don José de Aizquível, cuando expone con total seriedad que “Lo que creo firmemente es que los Euskaldunes vinieron á Europa, y la bautizaron con este nombre por el gran sequio que hubo en Asia; Euri-opa (deseo de lluvia) y en ninguna lengua se encuentra su etimologia mas que en el Vascuence”.

O sea, que la lengua vasca ya se usó en la torre de Babel y que el nombre mismo de nuestro continente es también obra suya. ¿Qué se puede añadir, después de estas dos humildes declaraciones?

sábado, 12 de agosto de 2017

Utopía



Perplejo, doy fin a la lectura de Utopía, de Tomás Moro, que traduce el profesor Joaquim Mallafré Gavaldá (Planeta, Barcelona, 1984). Y comienzo con ese adjetivo porque el volumen me ha pasmado. ¿Esta bobada es la que pasa por ser núcleo vertebrador de todas las “utopías” ideales del mundo? Pues menuda mierda. Se nos describe una isla claustrofóbica, atenazada por la geometría más férrea, donde se tolera y fomenta la esclavitud, nadie tiene propiedades y nadie goza tampoco de libre albedrío. Como guarnición del plato, justifica sus expansiones coloniales advirtiendo que la tierra es de todos. Y como salsa para acompañar, soborna a los enemigos, utiliza mercenarios para la guerra, niega la libertad de desplazamiento a sus ciudadanos, propone una riqueza agrícola jamás mitigada por el clima ni por los desastres naturales, condena con brutal exageración la sexualidad llevada a cabo antes del matrimonio, etc. El ser humano es, pues, una máquina para cumplir objetivos (¿quinquenales?); y la sociedad, una fábrica silenciosa y bien lubricada, llena de aquiescentes maquinitas. Patético, ingenuo, cruel, pueril y orwelliano. Bobada supina.

“Por naturaleza todos los hombres sobrevaloran las propias ocurrencias”. “No dejéis que tantos se eduquen en la ociosidad”. “¿No es como una locura estar orgulloso de vanos e inútiles honores? Pues ¿qué natural o auténtico placer encuentras en la cabeza descubierta o en las rodillas dobladas de otros hombres? ¿Aliviará esto el dolor de tus rodillas o remediará tu jaqueca?”. “Es más propio del hombre prudente evitar la enfermedad que querer medicinas”. “Pensó que era una cosa inadecuada y estúpida y una señal de arrogante presunción obligar a todos los demás con la violencia y las amenazas a estar de acuerdo con aquello que uno cree que es verdadero”. “Los muertos conviven realmente con los vivos como observadores y testigos de todas sus palabras y hechos”. “Los ricos, tanto por fraude particular como por las leyes públicas, cada día esquilman y arrebatan al pobre parte de sus medios de vida diarios”. “Aquella misma apreciada princesa, doña Moneda”.