miércoles, 18 de octubre de 2017

Nazarín



Hermosa, muy hermosa novela ésta de Benito Pérez Galdós titulada Nazarín (Alianza Editorial, Madrid, 1986). Y muchas son las cosas que de ella quisiera anotar. La primera, sus inequívocas conexiones con la historia de don Quijote. Sirvan como ejemplo tres frases (“Huía, sí, de un mundo y de una vida que no cuadraban a su espíritu”, p.70; “Érale forzoso partir para dar cumplimiento a su peregrina y santa idea”, p.90; “No por santo le han de soltar, sino por loco; que ahora priva mucho la razón de la sinrazón”, p.201) y el planteamiento general de su proyecto: salir al mundo llevando a cuestas su ideal, aunque los otros lo juzguen perturbado o anacrónico. También es muy clara la filiación cristiana de la obra, con “calcos” de la vida de Jesús (la escena del prendimiento es idéntica a la de Cristo, incluso con la “espada” de Ándara por medio). Lo que ocurre es que don Nazario no es, pese a las apariencias (a veces, plastosillas), un santo; y Benito Pérez Galdós se preocupa de hacerlo pecar de soberbia, al insultar a Ándara, juzgándola sin tener por qué hacerlo (“corrompida” y “tú no eres buena”, le dice en la página 74, por ejemplo), y haciéndole que falte a la caridad (cuando se ríe del enano Ujo, en la página 147).
Es una novela sólida, llena de reflexiones, madura y atractiva. Creo que, aun habiendo leído ya bastantes obras de Galdós, lo leeré mucho más en el futuro, sobre todo para descubrirle lindezas estilísticas como las que consigue cuando habla de los “labios hemorroidales” de una mujer, o de las “dos alpargatas por orejas” que tiene un hombre. Grandioso el canario.

“Madrid, la ciudad (o villa) del sarcasmo y las mentiras maleantes”. “Llegará día en que sea tanto, tanto lo almacenado en las bibliotecas, que no habrá posibilidad material de guardarlo y sostenerlo”. “No tener ningún vicio, ninguno, lo que se dice ninguno, vicio también es”. “La soledad es una gran maestra para el alma”.

lunes, 16 de octubre de 2017

La relatividad del error



Me leo un libro de Isaac Asimov que se titula La relatividad del error (RBA Editores, Barcelona, 1994). Admito que algunas de las cosas que este científico explica no consigo entenderlas, porque mi preparación en estos terrenos del saber es más bien escasa. Pero como tengo curiosidad por acercarme a todo (bueno, tampoco me pasaré de pedante: a muchas cosas), creo que seguiré en esta línea de trabajo. De la parte “científica”, diré que me han llamado la atención varias cosas: la demostración de que la luna no tiene nada que ver en el ciclo menstrual de las mujeres (yo creía que sí, por informes leídos en revistas de divulgación); tener noticia de que el primer “marcador radiactivo” se utilizó por parte del químico húngaro Hevesy para descubrir si su patrona usaba restos de comida de unos días para servírselos en otros; que la velocidad de la luz no es (como me enseñaron en el instituto) un máximo insuperable; etc.
Pero me han llamado más la atención todavía las petulancias (no diré que estén injustificadas, pero sí que resultan chocantes) de Asimov. En general, éstas se desprenden de todas las “introducciones” que realiza para los distintos capítulos del libro; pero en ocasiones, hay frases sorprendentes por su soberbia. Así, tras proponer algunos vocablos científicos nuevos (en la página 138), afirma que ojalá los demás astrónomos adoptaran dichos términos, por ser una “propuesta eminentemente inteligente”. Otras veces, la jactancia se disfraza de humor... pero sigue siendo jactancia, indudablemente: “Ni siquiera un tonto lo es hasta el punto de que quiera renunciar a uno de mis libros cuando lo tiene en sus manos” (página 34). Supongo que son ínfulas que harían sonreír formuladas por otros, pero que se pueden perdonar a alguien como Isaac Asimov.

“Cuanto más sé, más plena es mi vida y mejor aprecio mi propia existencia”. “En mi opinión las mujeres han sido creadas para que las besen”. “La seudociencia de la astrología, que todavía impresiona a personas poco cultas (es decir, a la mayoría de la humanidad)”.

sábado, 14 de octubre de 2017

Miguel Hernández: en las lunas del perito



Catulo, el bravo poeta italiano, lo dijo imperecederamente en una de sus páginas: “Difficile est longum subito deponere amorem”. En efecto: es casi imposible abandonar de pronto un largo amor. Y como “amor” conviene definir, porque el sustantivo resulta exacto, el vínculo que el catedrático Francisco Javier Díez de Revenga ha establecido desde siempre con la figura y la obra del escritor oriolano Miguel Hernández, sobre quien ha compuesto y dictado lecciones imborrables.
De ese fervor se nutre el volumen Miguel Hernández: en las lunas del perito, que acaba de ver la luz en la Fundación oriolana que lleva el nombre del poeta. Allí, reunidos en feliz orden, encontramos un buen número de detalles sobre el “genial epígono” del 27 (Dámaso Alonso dixit), sobre “el sorprendente muchacho de Orihuela” (habla ahora Juan Ramón Jiménez) o, si nos ceñimos al fulgor de la poesía, sobre el autor de las “Nanas de la cebolla”, la “Elegía a Ramón Sijé” o los versos incandescentes de El rayo que no cesa.
Con el acostumbrado rigor que preside sus trabajos, el catedrático murciano se acerca a la historia de cómo Perito en lunas se fue conformando (con octavas descartadas, con rectificaciones textuales) y vio la luz en la colección Sudeste (se reproduce incluso el contrato de edición en la página 27); nos aproxima hasta los dialectalismos que aparecen en los versos juveniles de Hernández; nos sintetiza jugosas anécdotas sobre la amistad que lo unió a grandes periodistas murcianos, como José Ballester o Raimundo de los Reyes; nos informa sobre las colaboraciones de Miguel con la Universidad Popular de Cartagena; nos explica las vinculaciones literarias y amistosas que lo unieron a los componentes del 27; nos aporta explicaciones acerca de las deudas que la poesía de Hernández tiene con Góngora y Quevedo, con Lope y con Calderón de la Barca, con Rubén Darío… pero también con el fresco y sencillo venero de la poesía popular, que humedeció sus raíces líricas de principio a fin; nos habla de sus conexiones con el artista murciano Ramón Gaya (ambos nacieron en octubre de 1910, con veinte días de diferencia); o nos transcribe unos versos donde el malogrado poeta de Orihuela llega a sugerir y anhelar “nada menos que el trasvase del Tajo y del Ebro a las huertas de Levante” (p.298).
¿Un libro para profesores? Qué duda cabe. ¿Un libro para especialistas y críticos literarios? Por supuesto que sí. Pero, sobre todo y ante todo, un libro para lectores enamorados de Miguel Hernández, para quienes se hayan sentido conmovidos hasta las lágrimas con sus versos. Porque, por encima de su erudición y de su vasta sabiduría, eso es Francisco Javier Díez de Revenga: un lector de Hernández que nos ayuda a entender mejor muchas de sus composiciones.

jueves, 12 de octubre de 2017

Máximas, pensamientos...



Anoto hoy la lectura de las Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, de Chamfort, en la traducción de Antonio Martínez Sarrión (Península, Barcelona, 1999). Había leído en muchas ocasiones juicios sobre este autor francés, y hasta algunos de sus aforismos, pero no había entrado ampliamente en su obra. Lo hago ahora, y no me defrauda: tiene destellos de auténtica genialidad. Lo malo de este tipo de libros, para mí, es que adolecen de dos circunstancias enojosas; la primera, que me privan del soberano placer de descubrir por mí mismo las frases más bellas o memorables de una novela, de una obra teatral o de un poemario, aislándolas de su entorno, quizá más grisáceo; y la segunda, que pueden llegar a acumular tanta sabiduría y tanto tino expresivo… que lleguen a fatigar por acumulación. Pero en fin. Ya puedo decir que he leído, profunda y seriamente, a Chamfort.

“Temo morir sin haber vivido”. “Los éxitos hacen perder el tiempo”. “Un hombre honesto debe obtener la estima pública sin haberlo previsto y, por así decirlo, a pesar suyo. Quien se dedica a buscarla, revela su estatura”. “La pérdida de las ilusiones supone la muerte del alma”. “Se echa en falta la pereza de un malvado y el silencio de un tonto”. “La razón es un mal necesario”. “La ambición prende en las almas pequeñas con mayor facilidad que en las grandes”. “De todas las jornadas, la más desaprovechada es aquella en que no hemos reído”. “Existen dos cosas a las cuales hay que hacerse, so pena de encontrar la vida insoportable: las injurias del tiempo y las injusticias de los hombres”. “Es más fácil legalizar ciertas cosas que legitimarlas”. “La falsa modestia es la más decente de todas las mentiras”. “Cuando en el mundo se desea agradar, hay que resignarse a dejarse enseñar muchas cosas, que se saben, por personas que las ignoran”. “Goza y haz gozar, sin dañarte a ti o a los demás; a esto se reduce, creo yo, toda la moral”. “La mayor parte de los libros del presente tienen el aire de haber sido escritos en un día, con los libros leídos la víspera”. “Lo que comporta el éxito de buena cantidad de obras es la relación que se establece entre la mediocridad de las ideas del autor y la mediocridad de las ideas del público”. “Los éxitos producen éxitos, como el dinero, dinero”. “Los pobres son los negros de Europa”. “Se gobierna a los hombres con la cabeza. No se juega al ajedrez con buen corazón”. “El hombre desembarca novicio en cada edad de la vida”.

martes, 10 de octubre de 2017

Vida de los doce césares



Otra voluntad de lectura cumplida. Hace ya unos dos meses (más o menos) que había propuesto releer la Vida de los doce césares, de Suetonio. Y ahora lo hago en la traducción de Vicente López Soto (Juventud, Barcelona, 1990). 
Me han aburrido, de nuevo, las cabalgatas de nombres y cargos de la época romana, que nada me enseñan. Me han aburrido las truculencias reiteradas que acometían estos energúmenos para alzarse con el poder (aunque me han demostrado la podredumbre eterna del ser humano, que sólo cambia de modos, pero no en su esencia). Y, en cambio, he disfrutado como un cosaco con los detalles menudos, con el anecdotario imperial. Eso es lo que perdurará en mi memoria. Anoto, pues, estas cosas. 
Julio César sufría ataques epilépticos; se hacía depilar; se peinaba hacia adelante para disimular su más que avanzada calvicie; y murió de 23 puñaladas. Augusto gozaba desvirgando doncellas (y su propia esposa se las proporcionaba); usaba zapatos con alzas para simular más estatura de la que tenía; tuvo cálculos renales; y tenía faltas de ortografía. Tiberio presenciaba “numeritos eróticos” para excitarse, e incluso frecuentaba a los niños; y le aterrorizaban los truenos. Calígula mantuvo con todas sus hermanas relaciones incestuosas; pensó en destruir todas las obras de Homero, Virgilio y Tito Livio; padeció fuertes ataques de insomnio; y no sabía nadar. Claudio era llamado “aborto” por su madre; su hijo Druso murió en un juego: lanzó una pera al aire y, al recibirla con la boca abierta, se ahogó; le goteaba la nariz y tartamudeaba. Nerón cantó por primera vez en Nápoles, y se produjo un pequeño terremoto; era bisexual y muy promiscuo; jamás se puso dos veces el mismo vestido. Galba tenía deformados los pies y las manos por la gota. Otón usaba peluca. Vitelio era tan hambrón que comía “tres veces al día” (perplejidad de Suetonio); y no tenía problemas porque vomitaba con gran facilidad. Vespasiano, para mantener la salud, se ponía a dieta un día al mes. Tito dijo al morir que sólo se arrepentía de un acto en su vida (y no dijo cuál). Y Domiciano se acostumbró a torturar quemando los testículos. 
En fin. Lecciones asombrosas de la Historia, que siempre es interesante conocer.

domingo, 8 de octubre de 2017

La vida es sueño



Miguel de Unamuno le dedicó hace décadas a Pedro Calderón de la Barca algunos denuestos tan marmóreos (inflador de gaita, gongorino echado a perder, etc) que sólo existe una forma serena de desmentirlos intelectualmente: leer piezas como La vida es sueño. Porque sí, es cierto que su expresión a veces peca de complicada y que su contenido filosófico roza lo abstruso; pero no es menos verdad que el dramaturgo madrileño compensa esas dificultades (más aparatosas que insalvables) con una dicción prodigiosa, una música exquisita del verso y unas figuras literarias que llenan de luz sus páginas de principio a fin.
El argumento de la obra es tan conocido que se puede reducir a unas pocas líneas: el rey Basilio de Polonia, después de haber tenido un heredero (Segismundo) y haber sido informado sobre las futuras monstruosidades que éste cometerá, lo recluye durante años en una mazmorra, sin que le sea revelada su condición de príncipe. Años después y convertido en un mozo educado por Clotaldo, el rey decide someterlo a una prueba: lo adormecen con opio y beleño y es conducido a la corte, donde se le hace saber que es el legítimo heredero de la corona. Su reacción es de lo más inesperada: embriagado por la adquisición de este súbito poder, se muestra altanero con los demás nobles, desdeñoso con sus sirvientes (arroja a uno por el balcón cuando le hace observaciones muy juiciosas, pero que a él se le antojan inadmisibles: “Nada me parece justo / en siendo contra mi gusto”) y soez y libidinoso con Estrella, su prima. Horrorizado por esos desmanes, Basilio ordena que vuelvan a sedarlo y que lo depositen otra vez en su celda, donde Segismundo despierta confuso y triste: ha llegado a la conclusión de que la vida es un sueño, y que él ha soñado todo lo anterior.

El resto (es decir, la manera en que Calderón resuelve la trama) es mucho más banal, porque se construye con tópicos sensibleros y conservadores bastante previsibles. Pero el núcleo de la confusión y los juegos que propone o sugiere son tan brillantes, están tan impregnados de posibilidades (psicológicas, líricas, etc), que no se puede sino ponerse en pie y seguir considerando a Calderón uno de los autores imprescindibles de nuestro teatro.

viernes, 6 de octubre de 2017

La historia comienza



El escritor Amos Oz dispone de una trayectoria tan sólida y tan premiada que se ha erigido en uno de los iconos de la literatura actual: Caballero de la Legión de Honor (1997), premio Israel (1998), premio internacional Cataluña (2004), premio Goethe (2005), premio Príncipe de Asturias (2007), premio Franz Kafka (2013) y varias veces candidato para obtener el premio Nobel son algunas de las distinciones que ha merecido su obra.
Aún no había incorporado a este Librario ninguna obra suya, pero ha bastado que mi hermano Armando me regalase hace unas semanas el volumen La historia comienza (unos ensayos literarios que, traducidos por María Condor, publica Siruela) para que me animara de inmediato a hacerlo.
La idea que subyace en estos diez trabajos es tan sencilla como curiosa: Amos Oz entiende que los autores establecen en los primeros párrafos de sus obras un “contrato inicial” (así lo llama) con los lectores, facilitándoles pistas sobre el tono, la intención e incluso el rumbo que el texto tomará a partir de ahí. Del lenguaje, la perspectiva y el ritmo de esas secuencias iniciales podrá deducirse o intuirse lo que vendrá a continuación. Para ilustrar la tesis se acerca hasta las páginas de Franz Kafka, Gabriel García Márquez, Anton Chéjov y otros excelentes prosistas, que va diseccionando casi palabra a palabra, con finura de cirujano.
Un libro muy útil, también, por su prólogo y su epílogo, que contienen todo un ideario creativo y una declaración de intenciones literarias.

Muy recomendable para lectores inteligentes y para escritores que empiezan en el laborioso mundo de la creación.