domingo, 28 de agosto de 2016

El universo malogrado



Lo dice el pensador José Ignacio Nájera en la página 157 de esta obra, que lleva por título El universo malogrado (Carta a Cioran): “El riente amargo es alguien que sabe exhausta su fuente de disgustos y decepciones; es, en fin, un resignado que se ha liberado de la amenaza de la candidez”. Cuando se han cumplido ya 21 años desde la muerte del pensador rumano-parisino, anonada comprobar cómo Nájera aborda en estas páginas la difícil tarea de aproximarse crítica y lúcidamente a la obra de ese Gran Maestre de la Decepción (pero también Hermano Mayor de la Cofradía Irónica) que fue Emil Cioran. Y lo hace con una extensa carta de más de doscientas páginas donde se dirige a este “escéptico interesado por el eco de su escepticismo” (p.82), al que confiesa leer desde su juventud y con el que siente numerosas afinidades intelectuales y algunas netas discrepancias.
Esto permite al autor del ensayo iniciar la obra diciéndole a Cioran que, tras el conocimiento de sus primeras obras, se “instaló” en él (p.17); y acabarla con un colofón de idéntico espíritu: “He estado rememorando no sólo su trayectoria sino también los años de mi relación con su escritura” (p.204). Es verdad. En el fondo, esta larga epístola es un denso estudio sobre Cioran, pero también y sobre todo una reflexión sobre el estado de la filosofía en el siglo XX, y aun sobre los pensamientos del propio Nájera, que se manifiesta en primera persona en varios instantes del libro: cuando se reconoce un esclavo del orden, frente al sempiterno caos del que hacía ostentación Cioran (p.12); cuando indica que ambos han sufrido grandes períodos de postración (p.47); cuando constata sin ambages “ese estado de provisionalidad en que vivo desde hace años” (p.62); etc... Pero también cuando se incorpora como sustancia opinante al libro, comentando la docilidad de Martin Heidegger (p.89), la capacidad seductora de Friedrich Nietzsche (p.143) o la falsedad esencial que se esconde tras el amor (“Pocas palabras hay tan falsamente igualatorias y tan productoras de amnesia, y ahí están los dos sexos transaccionando con ella”, p.171).
En un mundo occidental cada vez más obstinado en la autoflagelación, con una filosofía que se regodea y atasca en el análisis de sus propios límites, la postura intelectual de Cioran es la del disidente perpetuo, la del extravagante (en su más puro sentido etimológico), la de quien mira el mundo desde una fosa o desde una montaña. O tal vez desde ambos sitios a la vez (y para resolver esa aparente paradoja bastaría con recurrir al título de una de sus obras más conocidas y singulares: En las cimas de la desesperación).

José Ignacio Nájera, que conoce bien la obra de Emil Cioran, analiza su postura (y dejaré ese “su”, tan ambiguo como enigmático) sobre la escritura, el suicidio, la mujer, Dios, la enfermedad, la mística, los judíos, la melancolía, el ocaso del pensamiento o el fascismo, en un tomo que no admite resumen, pero al que sí conviene aproximarse, porque está lleno de sugerencias, sabiduría y meditación. Si el argentino Jorge Luis Borges dijo una vez que un libro es siempre una ocasión para la Belleza, añadiremos que, en tomos como éste que hoy nos ocupa, es también una ocasión para la Inteligencia.

viernes, 26 de agosto de 2016

Ley matinal



Llega hasta mis manos el libro Ley matinal, que la profesora Isabel Moreno García publica en el sello Plaza & Valdés y que está compuesto por setenta secuencias narrativas, de breve extensión. Es un volumen (pronto lo advierte el lector, casi desde la primera página) de conceptos densos, de formulaciones literarias exigentes, en las que no es posible extraer el jugo estético si se deja que los ojos viajen veloces por sus líneas. Al contrario, sus propuestas exigen una concentración meticulosa y una voluntad de aprehender los sustantivos, los adjetivos, el sentido de las frases, para que el mensaje último (literario pero también vital) no se escape como mercurio entre los dedos.
Esa mujer que posa para que una amiga la dibuje en el interior de una gruta (“El rostro espera”); el misterioso compañero de vagón con el que la narradora compartió trayecto, y al que vio romper una carta con expresión seria y meditabunda (“Viajeros”); las líneas que se escriben mientras se aguarda el inicio de un viaje, en el aeropuerto (“El poema”); o cuadros que nos sitúan ante emociones sutiles, que debemos gustar con una lentitud sagrada o reverente (“Fuga cromática”) son algunas de las secuencias que Isabel Moreno construye con sus manos ante nuestros ojos.
¿Microrrelatos? No estoy muy seguro de que puedan ser etiquetados con esa palabra, porque muchos de ellos no pretenden “relatarnos” nada, en sentido estricto. Si los tuviera que definir (y soy consciente de que toda definición es una cárcel gris, la mayor parte de las veces injusta) diría que son como esos cristalitos que, colocados sobre el portaobjetos de un microscopio, nos deparan un mundo invisible hasta que posamos el ojo sobre ellos. Estos setenta episodios narrativos contienen escenas de amor, de tristeza, de melancolía... O simplemente cuadros descriptivos, de alta belleza lírica: instantes de paseo, conversaciones durante una comida, la congoja que depara el llanto de la persona que va a nuestro lado en el autobús...

Un proyecto interesante, que me ha gustado leer.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Versos con Hélade y lujuria



Juan Francisco Vivo es un poeta que siempre ha demostrado una fascinante capacidad para llenar sus páginas con las metáforas más intrépidas, con las analogías más inesperadas, con las más intensas emociones. Lo dejó patente en Piel de tramontana (2001), lo ratificó en Que... (con la que obtuvo el I premio de poesía Gregorio Parra y que fue publicada en 2003) y lo llevó hasta la excelencia en La blancura de Sherezade (2004). Después de esa época editorial efervescente vino un período de pausa, en el que no cesó de escribir ni de ser valorado en concursos relevantes (ha sido hasta tres veces finalista en el certamen Dionisia García, que convoca la universidad de Murcia). Y ahora, por fin, para deleite de quienes siempre lo hemos leído con asombro y con admiración, salen a la luz estos Versos con Hélade y lujuria.
El volumen está integrado por tres secciones, datadas minuciosamente por el poeta: “La blancura de Sherezade” (2004), “El reino de las vejaciones” (2005) y “Versos con Hélade y lujuria” (2006). En ellas sus líneas se encienden de lirismo y de indignación, de osadías y de lágrimas, de cotidianidad y de magia, porque quien tiene la mirada de un poeta auténtico (y el pleguero sin duda pertenece a esa reducida nómina) puede alzarse hasta el cielo y descender hasta el infierno con la misma elegancia, con el mismo desgarro, con la misma fuerza verbal. Así, los versos de Juan Francisco Vivo nos llevarán por jardines, por estaciones de autobuses, por balcones besados por el sol, por socavones para caer de bruces, por casas de lenocinio o por parques de atracciones donde muere una niña. Y sus líneas, siempre brillantemente inesperadas, están salpicadas de pañuelos, teléfonos móviles, miel ceñida, nenúfares, lluvias, trenes de alta velocidad, violines y dinosaurios.
Es muy difícil de explicar, pero muy fácil de advertir leyendo estas páginas, deliciosamente ilustradas por Juan José Ayllón: a Juan Francisco Vivo Díaz se le desborda la poesía por los poros, se le sale por los ojos, por la boca, por las manos, como si ni siquiera él tuviera la capacidad para frenarla o ponerle cauces. Por momentos, parece casi una fuerza de la naturaleza: un huracán, un tsunami, un seísmo. Los versos que va escribiendo burbujean, brillan, laten. A ese prodigio lo ha llamado Versos con Hélade y lujuria. Es hora de disfrutarlo.

lunes, 22 de agosto de 2016

LLegarás a Recuerdo



No supuso una sorpresa para los lectores murcianos la aparición de este libro, Llegarás a Recuerdo (Azarbe, 2007), tercera obra publicada por el gran José Cantabella. Y no sorprendió porque, aparte de que ya se trataba de un autor conocido, en sus líneas generales mantenía la espléndida tónica que ya mostró en sus volúmenes anteriores: Amores que matan (2003) e Historias de Chacón (2005). El autor, consciente de estar construyendo un territorio muy particular (aunque inequívocamente inspirado en Murcia, pues habla del Jardín de la Seda, el café del Arco, el teatro Romea o el museo Ramón Gaya), indica que toda persona que se acerque a estas páginas debería encontrarse, para entenderlas bien, “en un estado de ánimo diferente, un estado alterado” (p.7).
Y lo que encontrará ese lector predispuesto es un manojo de historias bien chocantes: el robo que ejecuta un hombre para aliviar su impostergable deseo de leer (“El lugar secreto de los libros”); las reflexiones irónicas y mordaces sobre las erosiones que el matrimonio incorpora a la vida de pareja (“Una separación formal”); las sonrientes instrucciones farmacológicas de “Hombres”; la crónica apolínea de una obsesión hereditaria (“Carta a mamá”)... y así hasta veinticinco relatos, todos ellos magníficos.

Algunas intertextualidades camufladas con ingeniosa habilidad, pero que podrá descubrir un lector atento (Federico García Lorca en la página 73; Julio Cortázar en la 89; etc) añaden la sabrosa pimienta culturalista a un volumen de amena lectura y de espléndida formulación literaria.

sábado, 20 de agosto de 2016

Pigmalión



Resulta muy difícil (punto menos que imposible) olvidarse de las imágenes de Rex Harrison o Audrey Hepburn cuando se aborda la lectura de Pigmalión, de George Bernard Shaw, pero lo cierto es que la obra literaria no incorpora los matices excesivamente ternuristas o falsarios que sí adicionaba la película del año 1964, dirigida por George Cukor.
En las páginas de Shaw nos encontramos al profesor Henry Higgins, autor de El alfabeto universal Higgins, un purista insufrible que, escuchando en la calle a la florista Liza Doolittle y horrorizado por su infame modo de hablar, le espeta estas frases, absolutamente demoledoras: “Una mujer que emite sonidos tan deprimentes y repugnantes no tiene derecho a estar en parte alguna... no tiene derecho a vivir. Recuerda que eres un ser humano que tiene un alma y el don divino del idioma arti­cularlo; tu idioma nativo es el de Shakespeare, el de Milton y de la Biblia”. A partir de ese momento, y en colaboración con el coronel Pickering (experto en dialectos hindúes), se pondrá en marcha un experimento tan interesante como sofisticado: convertir a la arrabalera y sucia Liza en una especie de duquesa, de elegantes modales y refinada pronunciación. ¿El plazo para conseguirlo? Apenas seis meses. Durante ese tiempo, se someterá a clases de fonética y recibirá nociones de conversación social.
El auténtico problema surgirá cuando, transcurrido el plazo de reeducación y comprobado si el éxito lo corona, la muchacha tenga que volver al arroyo del que ha surgido. ¿Cómo se sentirá, ahora que ni sus modales ni su pronunciación son los de antaño? ¿Encajará? ¿Se sentirá aliviada o humillada?
El experimento de George Bernard Shaw tiene mucho de sociológico y también de psicológico, aunque desde el punto de vista literario o teatral convendremos en que descuida un aspecto que al lector le hubiera gustado conocer con más detalle: cómo es el proceso de desbastado de la muchacha (el autor lo omite casi íntegramente, saltando desde el estado salvaje al estado ducal).

Una pieza simpática, mitificada por el mundo del cine.

jueves, 18 de agosto de 2016

De este pan y de esta guerra



Cuando tuve ante los ojos la cubierta del volumen De este pan y de esta guerra (1916), de Jesús Zomeño, estaba lejos de imaginar que sus relatos conseguirían maravillarme como lo han hecho. Y no porque desconfíe de los autores a los que aún no he leído, ni porque descrea de la posibilidad de los milagros literarios. Se trata más bien de que los bostezos son en el mundo de la literatura actual más habituales que los asombros, tanto si nos adentramos en autores nacionales como foráneos. Pero aquí hubo magia, hubo hallazgo feliz, hubo literatura.
Las atmósferas que Jesús Zomeño perfilaba con sus palabras eran tan sutiles como eficaces. Y de pronto me vi rodeado por la Primera Guerra Mundial, por las trincheras, por el barro, por las ratas, por los hombres de ojos devastados, por las prostitutas lánguidas, por las anécdotas de los combatientes, por el hambre, por la desesperanza, por la inmundicia del hombre matando al hombre. Me encontré con aquel soldado que recordaba a una mujer que se suicidó, tras limpiar meticulosamente sus zapatos; con un viejo que trabajaba en un urinario y que escuchaba con respeto las historias que iban desgranando en sus oídos las personas que lo frecuentaban; con un cartero que imaginaba qué calles rotularía con los nombres de sus amigos del frente (algunos ya fallecidos); con el pobre infeliz que, justo el día antes de la ofensiva, recibía un queso y ponía toda su atención en protegerlo de la voracidad de sus compañeros; con aquel soldado que, tras una atroz matanza, sostenía entre las manos una lata de conservas que no era capaz de abrir porque carecía de ningún instrumento para hacerlo; o con aquel otro que, disponiendo de siete días de permiso, se dedicaba a subir y bajar por una escalera...
En las páginas de este excelente libro hay profundas reflexiones sobre el espíritu humano, sobre la mezquindad, sobre la resignación, sobre la ira, sobre la muerte. Y hay muchos silencios. Muchísimos. Y son silencios que nos ayudan a sentir el desasosiego de sus protagonistas.
Pero lo más importante es que todos los relatos están escritos con una bellísima técnica, donde la sintaxis se vuelve mirada, o al revés. Si uno de los prodigios mayores de la literatura consiste en descubrir autores que saben crear atmósferas con sus palabras, Jesús Zomeño pertenece a la categoría de los mejores.

Un libro, sin duda, muy recomendable.

martes, 16 de agosto de 2016

Los vikingos de Marte



Que a un investigador estrafalario se le tome en serio (y estoy pensando en personajes del estilo de Erich von Däniken) constituye una simple anécdota en la historia literaria. Pero que a un analista serio, documentado y solvente se le tome en broma por el simple hecho de que se aproxime a temas salpicados por innumerables tomaduras de pelo roza los límites de la tragedia. El bioquímico Alejandro Navarro Yáñez, que es también doctor en Ciencias Económicas y Empresariales, acaba de publicar con el sello Guadalmazán un espléndido volumen cuyo singular título (Los vikingos de Marte y otras historias científicas sobre la búsqueda de vida extraterrestre) podría desorientar a más de un lector. Y podría hacerlo porque el tomo, lejos de ser un compendio de tonterías, excentricidades, bulos y fraudes, presenta una aproximación rigurosa al fenómeno de los ovnis y del origen de la vida en la Tierra.
Por tanto, quien espere encontrar aquí informes secretos sobre autopsias realizadas a alienígenas, revelaciones sobre objetos extraterrestres hallados en excavaciones arqueológicas o misteriosas fotos sobre platillos incrustados en los hielos de la Antártida, que se vaya buscando otro libro. Más bien se encontrará con citas de Flavio Josefo, fragmentos de textos noruegos del siglo XIII, referencias a Luciano de Samósata o Giordano Bruno (“el heterodoxo monje y erudito que abogó por la pluralidad de mundos habitados”, p.79) o explicaciones sobre los experimentos realizados por Louis Pasteur para determinar si era posible la existencia de vida por generación espontánea. Es decir, un planteamiento riguroso, académico y objetivo, que no cede nunca a la tentación del sensacionalismo.
El investigador Alejandro Navarro nos habla con la misma seriedad del incidente Roswell que del meteorito ALH84001 (que procede de Marte y que contiene moléculas orgánicas complejas, indicadoras de vida incipiente), del radiotelescopio Big Ear que de las presuntas abducciones. Y lo hace con una prosa amena, informativa y que no pierde nunca su gran altura científica.

Quien quiera conocer lo último en investigaciones sobre los planetas que flotan más allá de nuestro sistema solar, sobre la sopa primordial, sobre los hallazgos de agua congelada en varios cuerpos celestes de nuestro entorno o sobre los experimentos que se llevan a cabo en Río Tinto (Huelva) sobre organismos extremófilos, que acuda a estas páginas. Para todo lo demás, que acuda a las páginas absurdas de Internet.