jueves, 21 de septiembre de 2017

Censura y política en los escritores españoles



Vuelvo al terreno de la entrevista (género que me gusta bastante, aunque sólo tiene de literario un porcentaje muy reducido) con el volumen titulado Censura y política en los escritores españoles, de Antonio Beneyto (Euros, Barcelona, 1975). Se trata de un recorrido a lo largo y ancho del pensamiento y circunstancias de cuarenta y tres intelectuales, que sufrieron en mayor o menor medida la censura del régimen franquista.
Algunas declaraciones me han parecido soberbias, tanto desde el enfoque ideológico como desde el punto de vista literario. Otras, en cambio, me defraudan por la exasperante sequedad del autor (caso de José Manuel Caballero Bonald). Y otro grave defecto que le encuentro al libro es que Antonio Beneyto, queriendo someter a sus protagonistas a un “cuestionario”, se deja llevar por una excesiva rigidez. En ocasiones, tiene que variar el rumbo de la conversación con un giro brusquísimo, con tal de esclafar la preguntita que tiene preparada. (Por cierto, ¿cuál será el motivo de que, en ocasiones, formule una pregunta con exagerada objetividad formal, y en otras dicte la misma con un tono de claro subjetivismo, tratando de influir en la respuesta? Me parece jugar con innoble ventaja manipuladora). Por cierto, lo de Carlos Edmundo de Ory me lo he dejado a medias, porque no hay Dios que entienda a ese tipo. En fin. Páginas para conocer y conocernos, que es de lo que se trata.

“La censura es un problema de estilo, de modo que las cosas se pueden decir todas porque en literatura no importa tanto lo que se dice, importa lo que no se dice, lo que se sugiere” (Francisco Umbral). “El demonio de hoy es anónimo” (Llorenç Villalonga). “Los problemas de conciencia están hechos para los pobres o los vencidos” (Joan Brossa). “Todo escritor que cede a las ofertas especulativas de los financieros o a los halagos del poderoso, alquila su talento para que aquellos lo desprecien” (J.V.Foix). “Sería necesario que el hombre llegara a ser un animal, además de racional, razonable” (Joan Oliver). “El intelectual es el peor enemigo del intelectual” (Joan Fuster).

martes, 19 de septiembre de 2017

El enfermo imaginario



Pocas líneas serán precisas para recordar el asunto de esta comedia del inmortal Molière: el risible caso de Argan, un estrafalario señor que lleva años obsesionado con la idea de que lo aquejan múltiples “dolencias y alifafes” (como diría Azorín) y que el único modo de conservar la vida es ponerse en manos de médicos y boticarios que, con su palabrería y sus remedios invasivos (sangrías, lavativas, etc), “depuran” su organismo y mantienen su equilibrio. De nada vale que su hermano Beraldo despotrique contra los galenos (llegando a invocar el nombre del dramaturgo Molière, que tanto ha dado en burlarse de ellos); de nada valen tampoco los sarcasmos de su sirvienta Antoñita, que juzga ridícula su postura… El incauto Argan se ha empeñado en someterse con suma docilidad a todas las exigencias de sus cuidadores; y eso lo convierte en un personaje ridículo, en un títere patético al que manipulan y del que se aprovechan vilmente, amenazándolo con una muerte rápida si no completa los tratamientos prescritos.
Lo que ven muy claro algunos personajes de su entorno (es decir, que su segunda esposa lo alienta para seguir con esos disparates hipocondríacos porque desea heredar pronto todo su dinero) es inadmisible para él, quien la estima un dulce ángel sin más horizonte que velar por su bienestar y por su dicha.

Llena de diálogos graciosos, de situaciones hilarantes y de pullas contra las frases empingorotadas y el vocabulario pseudocientífico que exhiben los médicos y boticarios de la obra, Molière consigue una crítica imperecedera contra los malos cuidadores de la salud, que se sigue leyendo sin fastidio y con una sonrisa en los labios.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Vida y aventuras de Jack Engle



Será raro el lector que, leyendo o escuchando el nombre de Walt Whitman, no piense de inmediato en su descomunal, germinador volumen Hojas de hierba, quizá el poemario más influyente en la historia de la literatura norteamericana. Desde 1892, este volumen ha extendido su influencia sobre todo tipo de autores, que lo han leído, comentado, traducido y elogiado de mil maneras distintas. Pero Whitman también publicó en 1842 una novela, muy desconocida, con el título de Franklin Evans, el borracho, lo que convertía esta faceta literaria del neoyorkino en una rareza.
Y aquí es donde interviene el doctorando Zachary Turpin, de la universidad de Houston, quien tras revisar unos cuadernos de notas de Whitman se encontró con varios nombres apuntados y con detalles que parecían aludir a una novela en vías de escritura. Tirando de ese hilo, en el que nadie había reparado hasta ese instante, se encontró en la Biblioteca del Congreso de Washington con el único rastro hemerográfico que se conserva del periódico The Sunday Dispach. Y allí estaba, publicada por entregas, una novela de Walt Whitman: Vida y aventuras de Jack Engle, que ahora traduce Miguel Temprano García y prologa Manuel Vilas para Ediciones del Viento.
En sus páginas nos lleva a un Nueva York que empieza a desplegarse hacia el futuro, y por cuyas calles y edificios pululan los abogados sin escrúpulos (Covert); los ancianos a quienes el alcohol ha desmigajado el cuerpo (Wigglesworth); las bailarinas que se empeñan en encontrar un sitio digno dentro del mundo del espectáculo (como la española Inez); los hombres de negocios que no permiten que la honradez les vede el lucro (Fitzmore Smytthe); o los aprendices con más entusiasmo que buen sueldo (Nathaniel). Con esos mimbres, que a ratos recuerdan a Charles Dickens y a ratos nos hacen pensar en Wilkie Collins (de quien fue casi rigurosamente coetáneo) el escritor de Long Island compone una novela sobre la orfandad, el coraje, la virtud y la búsqueda del camino, que se lee con agrado y con sorpresa. Que nadie espere encontrar aquí las tempestuosas osadías del Whitman poeta, pero sí la cálida dicción de un prosista elegante, eficaz y fino, al que hemos recuperado de manera casi milagrosa gracias al tesón de Zachary Turpin, que actualmente se encuentra impartiendo clases en la universidad de Idaho.
La celeridad con la que Ediciones del Viento ha vertido esta obra a nuestra lengua es digna del mayor de los aplausos.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Soliloquios y conversaciones



Los libros de artículos de Miguel de Unamuno son siempre así. Lo vemos avanzar, recular, darse testarazos contra los conceptos, idear paradojas, protestar de que los lectores las consideren paradojas, afirmar algo para después negarlo dos o tres textos después, exaltarse, serenarse, encender luces para de inmediato teñirlas de sombra y, en fin, dejarse llevar por el hilo del discurso hasta que se le corta, se le agota o se le tuerce. En Soliloquios y conversaciones nos encontramos con los mismos procedimientos.
La sensación que queda es la imagen de un líquido que no se resigna a mantenerse calmado sino que salta en calientes borbotones. Y no creo que al escritor vasco le molestase esta definición, en caso de haberla leído. Unamuno toma la punta de un hilo y, con una absoluta falta de plan expositivo, va enlazando citas, reflexiones y posibilidades. Le sale así un discurso que carece de método y que lo mismo se introduce por senderos convincentes que por trochas atrabiliarias. Lo mejor de este mecanismo argumentativo: la sensación de frescura y de humanidad que sus líneas desprenden. Lo peor: que no consigues tomártelo del todo en serio, porque le ves las costuras.
En medio de un maremoto de ideas ortopédicas, refractarias al rigor y a los cauces de la linealidad, Unamuno nos habla de sus filias y fobias (“Aborrezco a los hombres que hablan como libros, y amo a los libros que hablan como hombres”); opina sobre la auténtica misión que debe tener un pensador o un filósofo (“Hay que sembrar en los hombres gérmenes de duda, de desconfianza, de inquietud, y hasta de desesperación”); nos resume sus opiniones literarias (“Homero o Shakespeare son más modernos que los más de los escritores vivos que hoy pasan por más modernos […]. Moderno viene de moda, y tú debes huir de las modas”); nos interroga sobre la actualidad periodística de su tiempo (“¿Es la prensa la que engendra esa insana curiosidad pública a la busca siempre de espectaculosidades y de fútiles informaciones, o es el público el que exige eso de la prensa? Yo creo que se corrompen mutuamente”); se adelanta a teóricos como Ortega y Gasset o Bauman (“La muchedumbre es líquida y no sólida”); o se rebela de una forma estruendosa contra la “vulgocracia” que, en su opinión, está destrozando el mundo del pensamiento y la creatividad.

En suma, nos ofrece el espectáculo siempre cambiante y siempre llamativo de sus argumentaciones de energúmeno (en el sentido que le concedió Julián Marías: el que lleva un demonio dentro y se siente agitado por él y habla con sus voces), que nos seducen, nos asombran, nos repelen, nos convencen y nos irritan. A veces por separado y, a veces (otra paradoja), todo a la vez.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Extravagancias y disparates



Termino hoy el chocante volumen misceláneo Extravagancias y disparates, de Martin Gardner, en traducción de Jordi Fibla (Alcor, Barcelona, 1993). El tomo contiene una lista casi increíble de historias sobre impostores, paracientíficos, médiums y demás ralea. Y Martin Gardner, con la ayuda de sus múltiples lecturas, de su experiencia científica y de su sagacidad, los va desenmascarando.
He de decir que casi siempre me ha convencido (claro está que, en algunos casos, no estaría mal escuchar a la otra parte; o, al menos, saber si las cosas sucedieron tal y como Gardner las cuenta). Pero hay páginas que no me han terminado de aclarar el “fraude”: por ejemplo, el levantamiento de grandes pesos con ayuda de los dedos. Gardner insiste dos o tres veces en que el “truco” está perfectamente explicado, pero yo debo ser algo lento, porque no termino de “verlo”.
He hallado también auténticas joyas irónicas (unas escritas por Gardner, y otras que tienen distinta paternidad). Por ejemplo, ésta, donde se ridiculiza la creencia en un Dios que juega confundiendo al hombre: “Tras el Diluvio, Dios tuvo la amabilidad de restaurar las leyes que hoy conocemos y amamos”. O este comentario sobre la fe astrológica de Ronald Reagan y su mujer: “Mi comentario favorito fue una carta de Mel Mandell que apareció en el New York Times (15 de mayo de 1988): “La noticia de que importantes decisiones en la Casa Blanca se basaban en consejos astrológicos es muy turbadora. Los resultados podrían minar la fe en la astrología”...”. En fin. Ratos divertidos sí me ha deparado el tomo, y también la enseñanza de que sólo el escepticismo reflexivo nos mantiene alertas, y suele evitarnos el ridículo.

“Gentry me aseguró que Adán y Eva no tenían ombligo y que los árboles del Paraíso carecían de anillos”. “Los científicos no tienen más arrogancia que cualquier otra persona y, desde luego, mucha menos que los fundamentalistas que cometen el pecado de ignorancia voluntaria”. “Hoy, una gran parte de la población va a la universidad, la ciencia ha dado pasos asombrosos, abundan los libros y revistas populares sobre ciencia y los grandes periódicos tienen redactores científicos de primera clase. ¿El resultado? Casi todos los periódicos publican un horóscopo diario, y los libros de astrología, como los libros sobre dietas absurdas y a veces nocivas, se venden mucho más que los libros sobre ciencia seria”.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Retratos



Vuelvo a Giovanni Papini, para leer sus Retratos, que me traduce el servicial José Miguel Velloso (Luis de Caralt, Barcelona, 1984), y encuentro otra vez el pulso narrativo de un genio. Entre otras cosas, he podido encontrar en sus páginas unos buenos análisis del Quijote y de Walt Whitman, así como una interesantísima biografía de Edgar Allan Poe, redactada con pericia magistral. Este hombre (Papini) tenía muchas cosas en la pluma, pero también en la cabeza. La parte dedicada a Tristán Corbière es lo único plomizo del volumen: ni lo conocía, ni lo había leído, ni tampoco me apetece hacerlo tras leer el opúsculo del italiano.
En suma, un libro bello, de lectura enriquecedora, y donde Giovanni Papini juega —con plenas garantías intelectuales y con pleno desparpajo— a francotirador dulce de aquellos autores a los que ama. Ojalá hubiera hecho otro trabajo (sería muy interesante leerlo) con aquellos a los que odiaba. 
“(Cervantes) Un desgraciado, célebre por haber escrito la historia de un desgraciado”. “Con Don Quijote, el realismo plebeyo se contrapuso a aquel lánguido y artificioso idealismo de las clases superiores”. “El Don Quijote es la primera obra maestra de la reacción contra la elegancia, la mundanidad, la futilidad, la irrealidad y la melindrería de los literatos humanistas a la antigua”. “Para cumplir grandes empresas, la barriga sobra”. “Sansón Carrasco —símbolo siempre vivo de la pequeña burguesía medio instruida y enemigo de cualquier audacia— es el verdadero asesino del alma y del cuerpo del inmortal Don Quijote”. “La manera más segura de falsear el Quijote es suponer que en él hay una filosofía”. “Los libros más profundos y a la vez más populares son libros de viajes”. “Ningún hombre es una repetición, y mucho menos el hombre de ingenio”. “En materia de poesía no gustar a nadie es propio de imbéciles o de genios demasiado nuevos; gustar a pocos, o a todos, es propio de los grandes”. “No quisiera (...) hacer crítica literaria (...) como suelen aquellos que, no teniendo nada propio que decir, estudian de qué manera dicen los otros sus cosas”.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Conversaciones con Borges



Recupero de la estantería el hermoso volumen dialogante que Roberto Alifano titula Conversaciones con Borges (Debate, Madrid, 1986), y que estructura en treinta secciones, representativas del pensamiento y la obra del argentino. Personalmente, encuentro en este tomo las mismas virtudes y los mismos defectos que en otros similares, como es natural. Las virtudes están puestas en la brava inteligencia del entrevistador y en el ingenio y cultura del entrevistado; por ahí, todo bien. Los defectos hay que computarlos en el terreno de la mitomanía. ¿Para qué quiero yo saber, por mucho que admire a Borges (y lo admiro) lo que éste piensa del tango, de Xul Solar o del insomnio? Me parece un modo absurdo de descarriar las cosas, y de construir adoraciones abominables por su estupidez. Sí me interesa lo que Borges piensa de Blake, de Joyce, de Quevedo o de las traducciones (es decir, todo aquello que compete al mundo literario). Y, sobre todo, lo mucho que tiene que decir sobre sus propias obsesiones (el tigre, los laberintos, la ceguera, etc). El resto, me parece es purpurina.

“He aprendido que se debe procurar que el interlocutor sea quien tenga la razón y no uno”. “Virgilio es la poesía de todos los tiempos; es un arquetipo”. “Gómez de la Serna (...) lamentablemente se perdió por el acto de pensar en burbujas, con eso que él llamaba greguerías”. “Poseemos lo que perdemos; ése es el encanto que tiene el pasado. El presente carece de ese encanto. Yo creo que el pasado es una de las formas más bellas de lo perdido”. “La noche, el café y el insomnio son casi la misma cosa”. “Yo no sé cómo podemos definir las cosas esenciales”. “Un político en un país democrático es un individuo que vive haciendo promesas, que vive haciéndose retratar, que vive sonriendo todo el tiempo y estando siempre de acuerdo con el interlocutor. Así recorre todo el país en busca de votos”. “El libro es una de las posibilidades de felicidad que nos es dada a los hombres”. “Si los libros desaparecieran, desaparecería la historia y, seguramente, también desaparecería el hombre”. “Tendemos a juzgar estéticamente una obra siempre en función de la historia de la literatura”.  “Cuando una frase es ingeniosa no importa que sea justa o injusta”.