miércoles, 23 de mayo de 2018

Diario de Adán y Eva




Por primera vez en mi vida, me leo una obra completa de Mark Twain (creo que leí alguna siendo niño, pero no podría jurarlo, ni dejar constancia de que la acabase. El recuerdo es vago). Su título es Diario de Adán y Eva, y lo traduce Cristina García Ohlrich (Trama Editorial, Madrid, 1986). Me ha parecido un tomo agradable y simpático, aunque un poco simploncete en su moraleja final, que me parece que estropea la obra. Adán se queja desde el comienzo de que Eva “siempre está hablando”, y de que se empeña en bautizar sin su consentimiento las cosas del Edén. Buena humorada la que Twain introduce cuando dice que “la serpiente le aseguró (a Eva) que la fruta prohibida no era la manzana, sino las castañas”. Simpático el gesto de Adán quien, convencido de que su recién nacido hijo Caín es un pez, lo lanza al agua para ver si nada; y luego, ignorando su filiación humana, decide bautizarlo como “Canguro adamiensis”, y llega a creer que es un nuevo tipo de oso. También nos indica Twain que Eva es zurda. Y muchas más cosas, todas ellas divertidas.
Vale, vale. Está bien que Mark Twain juegue a desacralizar, y también me parece atinado que haga del humor un recurso narrativo de primer orden. Pero lo que no logro entender es por qué se pone tan blandengue en las páginas últimas, cuando la “tensión novelesca” no pide eso. Una sátira amable de los pecados del Edén no se puede cerrar con un cántico solemne en pro de la pareja (me parece). Por lo demás, sonrisas a pleno rostro.

lunes, 21 de mayo de 2018

Una pena en observación




Me detengo hoy en la obra Una pena en observación, de C.S. Lewis, traducida por Carmen Martín Gaite (Anagrama, Barcelona, 1997). Son las anotaciones que este escritor realizó tras la muerte de su esposa, víctima de un cáncer. Son meditaciones donde se nos obliga a pensar sobre el sentido de la vida, la fuerza o las resquebrajaduras de la fe, el poder del recuerdo y el vacío que nos queda cuando perdemos a una persona fundamental en nuestra existencia. Un libro bello y terrible, en el que he encontrado una consideración interesante: Dios no nos envía pruebas para medir las dimensiones de nuestra fe (que él conoce de antemano), sino para que nosotros seamos conscientes de ellas.
“Hay una especie de manta invisible entre el mundo y yo” (p.9). “Me pregunto si los afligidos no tendrían que ser confinados, como los leprosos, a reductos especiales” (p.19). “Es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio” (p.36). “Si los muertos no están en el tiempo, o por lo menos en nuestra clase de tiempo, ¿hay alguna diferencia notoria, cuando hablamos de ellos, entre era, es y será?” (p.37). “El tiempo en sí mismo no es ya más que otro nombre de la muerte” (p.39). “Creía que podría describir una comarca, elaborar un mapa de la tristeza” (p.83). “Los muertos puede que sean eso: puro intelecto” (pp.100-101).

sábado, 19 de mayo de 2018

Cómo me convertí en un estúpido




Leo la simpática novela Cómo me convertí en un estúpido, de Martin Page, traducida por Javier Albiñana (Tusquets, Barcelona, 2002). Tiene desparpajo, desenvoltura y talento narrador, pese a que de vez en cuando da la sensación de estar “demasiado de vuelta” para ser tan joven. Un poco pasado de rosca, pero bien. Me he sonreído no pocas veces con su originalidad y con su peculiar sentido del humor. Tampoco creo que se puedan extraer más conclusiones o enseñanzas de un volumen concebido, tan sólo, para entretener.
“Las palabras de nuestra mente gustan de aliviarnos y reconfortarnos al tiempo que nos engañan”. “La inteligencia es un mal por partida doble: hace sufrir y a nadie se le ocurre considerarla una enfermedad”. “No existe una cura de desintoxicación para la inteligencia”. “Como nunca había tenido de verdad la impresión de vivir, no temía la muerte”. “(Un escritor fallecido) Dejando una obra que influiría en generaciones de termitas”. “El intelectual es como un pianista que, por el hecho de utilizar con virtuosismo sus manos, creyera poseer aptitudes para ser, al mismo tiempo, jugador de póquer, boxeador, neurocirujano y pintor”. “No existe mayor suplicio que ser un ángel en el infierno, cuando un demonio se siente en su casa dondequiera que esté”.

viernes, 18 de mayo de 2018

Los nietos del Cid




Decido pasearme por un antiguo libro de Andrés Trapiello, al que hace bastantes meses que no visito. Se trata de Los nietos del Cid (Planeta, Barcelona, 1997), un fértil recorrido personal por la literatura escrita en España entre 1898 y 1914. Se abordan, claro está, las figuras más egregias y consagradas (Unamuno, Azorín, Baroja), pero también las desasistidas y tragadas por la incuria del olvido (Zamacois, Noel, Fortún). Es un libro documentado, sólido y febril, en el que descubro datos sorprendentes (por ejemplo, que todas las obras de Gregorio Martínez Sierra las escribió su mujer, María de la O Lejárraga), curiosos (que Eugenio Noel murió un 23 de abril) o inaprehensibles (centenares de opiniones sobre obras que no he leído, y de las que no puedo opinar). Hay en el volumen, también, sanas dosis de humor, análisis desprejuiciados y, sobre todo, la confianza que produce en el lector saber que las obras de las que está hablando se las ha leído (aserto que no puede propalarse de todos aquellos que se titulan como “historiadores de la literatura”).
Trapiello podrá resultar más o menos simpático, más o menos seductor, pero es innegable que buceando en sus páginas siempre se encuentran informaciones enriquecedoras, escritas con elegancia y magnetismo. A mí, desde que me aficionó a su lectura mi amigo Pepe Colomer, me gusta revisitarlo de vez en cuando. Es una costumbre que no pienso perder.
“Todos los salvapatrias tienen algo de curas”. “Contarle al mundo las caridades de uno no deja de ser una pequeña canallada”. “Lo cuenta todo con una gran seriedad precisamente porque está completamente loco”. “La verdadera progresión se lleva a cabo efectuando sumas, no restas”.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Tartessos y otros enigmas de la historia




En este día de mediados de mayo acabo un libro del jienense Juan Eslava Galán titulado Tartessos y otros enigmas de la Historia (Planeta, Barcelona, 1999), que me decidí a leer después de haber paseado durante unos días por una novela de Manuel Pimentel que me hizo recordar la existencia de este volumen.
Ha habido algún segmento de la obra que se me ha hecho un poco más tedioso (por ejemplo, la crónica de los almorávides); pero, en general, la mezcla de historia, datos empíricos, sugerencia y fantasía siempre me ha resultado fascinante. La Atlántida, la arquitectura de Stonehenge, las leyendas sobre la presencia española en Australia en época tempranísima, etc, me han llevado de la mano durante una serie de noches, y eso tengo que agradecérselo al autor. Ha sabido poner un estilo elegante y eficaz a unos temas que eran atractivos, pero que podían haberse malogrado en manos de un tontorrón o un prosista ampuloso.
“Dios creó el mundo exactamente a las nueve de la mañana del veintitrés de octubre del año 4004 a.C., si admitimos las conclusiones del arzobispo Ussher y otros sabios ingleses del siglo XVII”.

lunes, 14 de mayo de 2018

Diálogos y otros escritos




Me voy cinco siglos para atrás y me leo los Diálogos y otros escritos de Juan Luis Vives, en la traducción de Juan Francisco Alcina (Planeta, Barcelona, 1988), que me han resultado interesantes y amenos, aunque lastrados de coyunturalismos gastronómicos, indumentarios e ideológicos. Siguen brillando en el estilo del humanista algunas perlas; pero pocas. He sonreído con la maldición de las 50 hijas de Danao, condenadas a rellenar de líquido unos vasos agujereados (una buena metáfora de la enseñanza). Me ha sorprendido que Vives ya se refiera al “Vuelva usted mañana”, normalmente atribuido a Larra. He cabeceado conforme cuando define la escuela como “taller de fabricación de hombres”. Y he esbozado una sonrisa cuando Grajo, después de escuchar que Nugo solamente bebe agua, le espeta: “Nunca harás un buen poema”. En suma, diríamos que he aprendido más que disfrutado. Para eso se acude a este tipo de obras.
“Saludable y gustoso todo es uno, como el dormir la siesta”. “(Sócrates, en un mercado) ¡Oh, dioses inmortales, cuántas cosas hay que yo no necesito!”. “Los tontos, al evitar unos vicios, corren hacia los vicios contrarios”. “Resulta inaguantable el adolescente inclinado a hacer pronunciamientos y afirmaciones”. “Los hombres, al no hacer nada, aprenden a hacer el mal”. 

sábado, 12 de mayo de 2018

La decadencia de la mentira




Abro el sábado subiendo la reseña de La decadencia de la mentira, de Oscar Wilde, en la traducción de Mª Luisa Balseiro (Siruela, Madrid, 2000), un centón de aforismos disfrazado de discurso estético. Me ha parecido hermoso, chocante y atrabiliario. O sea, Wilde. Si existen el aforismo beato (Blaise Pascal), el aforismo angustiado (E. Cioran) o el aforismo intelectual (Elias Canetti), también está el aforismo estético. Y Oscar Wilde es uno de sus monarcas indiscutibles.
“Pensar es la cosa más insana del mundo, y hay gente que se muere de eso”. “Los periódicos han degenerado. Ahora son absolutamente de fiar”. “Habla tan alto que no se oye lo que dice”. “Las únicas personas de verdad son las que nunca existieron”. “El objeto del Arte no es la verdad sencilla sino la belleza compleja”. “Cuando el Arte abdica de su medio imaginativo abdica de todo”. “La Verdad es entera y absolutamente cuestión de estilo”. “El Arte obra milagros a su antojo”. “Ningún gran artista ve jamás las cosas como son. Si lo hiciera dejaría de ser artista”. “Es una gran suerte que el arte no nos haya dicho la verdad ni una sola vez”.