miércoles, 26 de abril de 2017

Todos mis futuros son contigo



Marwan es uno de esos nombres que, de súbito, comienzan a extenderse entre los lectores y prenden como la pólvora. Se constituyen en moda, en consigna, en lugar común. Desde hace unos meses, un significativo número de mis alumnos del instituto invocan su nombre, lo repiten, se prestan sus libros, lo elevan a los altares, lo convierten en santo y seña. Hay épocas en las que a Antonio Gala (o a Paulo Coelho, o a Carlos Ruiz Zafón) lo encontramos hasta en la sopa; y esto, en principio, no es ni bueno ni malo. Es un hecho sociológico.
Así que cuando apareció en el sello Planeta Todos mis futuros son contigo pensé que podría acercarme hasta el libro. Sobre todo porque una de mis consignas como lector siempre ha estado inspirada en el Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, cuando dice que a la hora de escribir encierra los preceptos bajo llave. A mí me ocurre igual a la hora de leer. No acepto aprioris, ni denigratorios ni encomiásticos. Leo y juzgo. Y el juicio no pretende, después, sentar cátedra. Es mi opinión. Nada más.
Veo desde el principio de la obra que Marwan bebe de lo cotidiano y que luego lo transmuta mediante una mirada lírica, especial (“Para mí la poesía siempre ha consistido en contar todo lo que acontece (las cosas normales, el día a día, los amores y desamores, un pensamiento, los deseos, cualquier cosa que pueda suceder) de un modo extraordinario”). Pero nunca pierde de vista que se dirige a lectores jóvenes y del siglo XXI. ¿Qué implica esa doble referencia? En primer lugar, que debe hablarles de los temas que les interesan (el amor, la soledad, la tristeza, las relaciones familiares, las rupturas, las posiciones ideológicas) desde la proximidad. El lector juvenil (que luego será lector adulto) necesita sentir que los libros le están diciendo algo que le interesa, que el autor es alguien que experimenta sus mismas sensaciones, que “otro corazón sintió lo mismo” (como se lee en la página 12). Y en segundo lugar, debe recibir esa comunicación en un lenguaje que lo invada, que lo seduzca, que lo impregne, que forme parte de su ámbito cultural, emocional, vital. La literatura de diccionario no genera afición lectora.
Marwan acudirá entonces a su espléndida imaginación de poeta popular (y de cantante popular, no lo olvidemos) para decir a sus jóvenes seguidores que “el amor es el único deporte en el que hay que empatar” (p.18), que “la compasión es solo una ciudad bombardeada” (p.75) o que para ser feliz debes seguir “el ejemplo de los locos necesarios” (p.180). Y con el objetivo de aproximarse más a sus lectores recurrirá a la polimetría, a los versos blancos y a la renovación del arsenal de imágenes que pueblan sus composiciones (“Si el corazón al que llamas está apagado y fuera de cobertura, / si tus sueños tienen banda ancha pero mal conexión, / si el otoño llama a cobro revertido...”).
El crítico “serio”, académico, puede sentir la tentación de etiquetar estos versos como populistas o facilones, pero no conviene olvidar dos detalles, con los que concluyo la reseña: el primero, que Marwan trae a sus páginas referencias de un centenar de autores, bien asimilados y bien escogidos (desde Séneca hasta Luis Alberto de Cuenca, pasando por Ángel González, Gil de Biedma, Nicanor Parra o Fernando Pessoa), lo que demuestra una cultura amplia y versátil, que lo aleja del cliché de “zagal-que-escribe-para-adolescentes”; el segundo, la escandalosa cifra de “críticos serios” que han errado secularmente en sus apreciaciones sobre sus contemporáneos (Ramón Gaya afirmando que Pablo Neruda era “mal poeta”, Núñez de Arce definiendo como “suspirillos germánicos” las rimas becquerianas y un kilométrico etcétera, que casi produce bochorno recordar).

Moraleja: no dejes que nadie lea por ti, ni que opine por ti. Nunca.

lunes, 24 de abril de 2017

Imagen



Tras unos primeros trabajos poéticos clásicos, canónicos, el cántabro Gerardo Diego se propuso en Imagen una aventura más arriesgada en el aspecto formal. O, como él mismo explicaba en el primer poema del libro, trató de “repudiar lo trillado / para ganar lo otro. / Y hozar gozoso el prado / con relinchos de potro”. En suma, se aprestó a ensayar procedimientos nuevos, para que sus versos circularan por caminos distintos y eso le permitiera comprobar qué resultados obtenía. Queda así tronzada la seriedad apolínea de El romancero de la novia y da paso a unas propuestas gráficas y conceptuales mucho más intrépidas.
Por ejemplo, introduce juegos semánticos y rítmicos de los que no está ausente el humor (“La luna en cuarto creciente / es como un huevo esplendente. / Todo el cielo se resiente / de su luz. / Los faroles en hilera / son estrellas de primera, / de segunda y de tercera / magnitud”, leemos en la composición titulada Nocturno funambulesco); o compone curiosas estrofas dedicadas a los signos del Zodíaco, llenas de rimas intrépidas y de alusiones mitológicas; o se deja llevar por delicias alígeras como la que rotula con el nombre de Apunte... Gerardo Diego se adentra por una línea arriesgada, en la que los lectores más convencionales pueden tener la sensación de que el poeta “se les ha ido”, se ha dejado embelesar por un arrebato dionisíaco, en el que extravía buena parte de su música, de su esencia. Pero lo cierto es que sigue encontrando imágenes de enorme poder intelectual (“El tiempo sabe a cloroformo”), ritmos juguetones que provocan sonrisas (“Los verbos irregulares / brincan como alegres escolares”) y perlas brillantes que siguen lanzándonos su luz entre la aparente hojarasca vanguardista...
Y en ocasiones ocurre también (negarlo resultaría absurdo) que el santanderino roza peligrosamente la ñoñería o el infantilismo lírico. Sirvan de ejemplo estos versos, que producen rubor incluso en un lector condescendiente: “Estribillo Estribillo Estribillo / El canto más perfecto es el canto del grillo / Paso a paso / se asciende hasta el Parnaso / Yo no quiero las alas de Pegaso”.

En síntesis, un experimento coyuntural y con algunos altibajos, del que Gerardo Diego salió airoso porque era un magnífico poeta.

sábado, 22 de abril de 2017

Sopa de fauno



Cuando se termina de leer este libro surge una gran pregunta en la mente del lector: ¿qué es Sopa de fauno? ¿La obra que permanece en silencio sobre la mesa, junto a un paquete de cigarrillos? ¿El original inédito que revisa en el borde de un acantilado el lector de una editorial? ¿Ese volumen ajado que reposa esperando manos redentoras en una consulta médica? ¿La novela que planea escribir un escritor novel? ¿El tomo que lee por las noches el taciturno empleado de una gasolinera? ¿Una extraña pieza esotérica redactada por Óscar del Prado? ¿El título que elige un cuentista para encabezar los ocho textos que envía a un concurso de la editorial Satélite? Sin ánimo de desconcertar a los lectores de esta reseña, conviene responder de inmediato: “Sí”.
Pero, sobre todo, lo que Sopa de fauno nos ofrece es un espectáculo de gran literatura, donde se combinan unas atinadas ilustraciones de Lola Castillo, una bonita edición por parte de Adeshoras y, como plato principal del menú, diez espléndidos relatos de Diego Prado (Mahón, 1970), autor que aparece aquí por segunda o tercera vez, si no me falla la memoria. En ellos descubrimos sorpresas argumentales, brillantes despliegues estilísticos, humor y neurosis, que se combinan siempre en la dosis justa: el actor que logra un singular trabajo en la casa de una familia tan rica como extravagante (“Planta de interior”); el albañil italiano que no consigue encontrar una colocación estable en los Estados Unidos y que recibe, de súbito, una oferta laboral y sensual de lo más tentadora (“El infierno bajo la nieve”); la aparición de una figura femenina que transporta un mensaje para dos amigos a quienes la vida ha mantenido separados durante mucho tiempo (“Ella aguarda”); la turbación que experimenta el protagonista de un viaje en coche por Extremadura cuando entra en la consulta de una doctora (“Un viaje familiar”); los desconcertantes sonidos que emergen de un frigorífico (“El oráculo de hielo”); los sofisticados juegos eróticos a los que se entrega una pareja, y su relación con el mundo de los espejos (“El rostro deshabitado”)...
El escritor menorquín ha vuelto a conseguir lo que muy pocos logran pero todos envidian: un fantástico libro de relatos. Son legión quienes, huérfanos de talento para conseguirlo, camuflan su inoperancia con fatigosas promociones en las revistas especializadas, estridencias snobs en las redes sociales, fotos de estudio y titulares gamberros o provocadores en periódicos de toda laya. Pero Diego Prado es mucho más que todo eso: es un escritor de raza, un narrador musculoso de ideas sorprendentes, que desarrolla siempre con solidez, sin tener que recurrir a extravagancias, propuestas estructurales rompedoras y otras hierbas (alucinógenas) de las que tanto abundan en el mundo mentiroso de “lo moderno”. Diego Prado piensa, organiza y relata. Al viejo estilo. Con la solvencia de quien ha leído mucho y ha aprendido los resortes sabios de la narración. Así, lo que en otras manos más inexpertas o ansiosas se convertiría en material de segunda, adquiere en él categoría de hallazgo y condición de joya.

Apunten su nombre, apunten el título de este libro y salgan hacia su librería de confianza para pedirlo. Se van a enterar de lo que es bueno.

jueves, 20 de abril de 2017

Cartas inéditas



Gracias a la recopilación de Sergio Fernández Larraín, puedo leer estas Cartas inéditas, de Miguel de Unamuno (Rodas, Madrid, 1972), donde advierto la complejidad terriblemente contradictoria de este vasco universal y terruñero. A veces, Unamuno incurre en discursos que sorprenden por su insensibilidad (en la carta del 3 de mayo de 1896, comenta la hidrocefalia de su hijo, de la cual parece que sólo la muerte lo sacará; y luego, tras colocar un punto y aparte, sigue hablando de sus publicaciones, y de asuntos filológicos); pero la mayor parte de las ocasiones, sus asertos son agudos y exactos. Como la mejor muestra nos la ofrecen sus propias palabras, dejaré algunas de las citas que he subrayado en el tomo: “No hay nada que más sostenga en el mundo, después del cariño a una mujer, que el propósito de llevar a cabo alguna obra de fin impersonal y desinteresado”. “La ciencia es propiedad colectiva y el egoísmo debe quedar para tratantes de bacalao”. “Hoy creo que lo que hace falta es al publicar una nueva edición de una obra se debe hacerlo corregida y disminuida”. “El buen tono es la seriedad del burro: ir a dormirse a la Ópera”. “Si en mí consistiera ya se estaban quemando todas las obras de Calderón de la Barca, eterno desconocedor del corazón humano, gongorino inaguantable, teólogo echado a perder, sofista, inflador de gaita”. “Yo soy antidemócrata, creo que el pueblo es pueblo y no puede dar ni quitar patentes de talento. Estimo en más la opinión de cuatro inteligentes que el aplauso de todo un pueblo de profanos”. “El cura y el soldado son hermanos, los dos soportes de un mundo que se va, demasiado lentamente por desgracia”. “¡Qué verdad la de que se riega con sangre la fortuna y que debajo del proceso industrial hay un festín de antropofagia”. “Mientras haya ejércitos no habrá civilización”. “Ciencia que no tienda a filosofía no merece atención”. “La ciencia se está convirtiendo en superstición, el microbio va a ser una entidad teológica. ‘La ciencia dice...’”. “Comprendo que se coleccionen cosas naturalmente limitadas, como insectos, o históricamente limitadas, como monedas árabes, pero no objetos que se fabrican para coleccionistas. Eso de coleccionar tarjetas que se hacen para colecciones no me parece serio”. “Malo es leer libros para escribir sobre ellos (...). De entre todas las profesiones la peor es la de lector”. “El que piensa por su cuenta es progresivo, piense como pensare, y el que piensa por otros, es regresivo, así repita las mayores novedades”.

Un intelectual, sin duda, lleno de singularidades, admirable y odioso casi en las mismas proporciones. Sé que seguiré leyéndolo en los años venideros.

martes, 18 de abril de 2017

La espalda del círculo



Reconozco que, cuando comencé las primeras páginas de La espalda del círculo, de Alfonso Vallejo, una sensación de intriga teatral y de complacencia lectora me fue ganando con rapidez. Estaba en el embarcadero, junto a la hermosa Helga, dispuesto a subir con ella al “Río de la Caoba”. Luego llegó Coburn y se fue desarrollando entre ellos un diálogo fascinante, en el que quedaba claro que ambos tenían la misma misión: descubrir a bordo del barco fluvial si el nuevo jefe de la muchacha, Klausner, es en realidad Frank Stender, al que quieren identificar y eliminar.
Pero este punto de partida, que prometía una acción magnética y un desarrollo dramático lleno de interés, se fue diluyendo lentamente: diálogos que giraban en direcciones confusas o que se volvían repetitivos, personajes innecesarios e incluso patéticos (como la voz del capitán del barco), figuras que quedaban como de cartón piedra (el camarero Moltke) y, en general, una sensación de desperdicio temático que me resultaba irritante. Lo que podía haber sido una pieza densa sobre la culpa, sobre el amor o sobre el perdón se malbarata en un fuego pirotécnico de mediana intensidad.

Una pena.

domingo, 16 de abril de 2017

A cada cual, lo suyo



Los pueblos pequeños tienden a constituirse en unidades claustrofóbicas, en las que sus integrantes se ven sometidos a una estrecha vigilancia (física, emocional y hasta espiritual) por parte de sus convecinos. La historia que nos traslada en esta novela el italiano Leonardo Sciascia contiene muchos ingredientes de esas atmósferas asfixiantes.
Nos encontramos en un diminuto pueblo de Sicilia, en el año 1964. Después de haber recibido un anónimo amenazándole de muerte, el farmacéutico Manno aparece asesinado junto a su amigo el doctor Roscio, que participa con él en una jornada de caza. ¿Qué justifica este brutal crimen? ¿Qué actuaciones pudieran provocar este horrendo suceso? Las habladurías comienzan a dispararse casi de inmediato, y todos acarician la posibilidad de que el farmacéutico tuviera una aventura galante con una mujer casada, cuyo esposo se ha vengado. Pero entre los vecinos se encuentra el profesor Laurana, que ha comenzado a elaborar sus hipótesis sobre el crimen y que ha comenzado una ronda de pesquisas acerca del caso (“Su curiosidad era puramente humana, intelectual, que no podía ni debía confundirse con la de quienes, a sueldo de la sociedad, del Estado, capturan y entregan a la venganza de la ley a aquellos que la transgreden o violan”, p.119). Un recorte de prensa que proviene de L’Osservatore Romano, la actitud cada vez más sospechosa del abogado Rosello, la exultante sensualidad de la viuda del farmacéutico y el ritmo creciente de las murmuraciones populares le irá llevando en una dirección tan inequívoca como peligrosa.

Leonardo Sciascia, traducido por Juan Manuel Salmerón para el sello Tusquets, construye en estas páginas un relato sencillo pero cenagoso, donde muchas de las miserias del ser humano afloran a la superficie con inquietante velocidad. Un texto seductor de un novelista maravilloso.

viernes, 14 de abril de 2017

Una hora sin televisión



Patricia y Eduardo forman un matrimonio que, aunque se prolonga desde hace dieciocho años, naufragó hace tiempo. Él, publicista y mujeriego, le ha sido infiel a su esposa en múltiples ocasiones; ella, concertista de piano que no ha logrado ser feliz en su hogar ni ha obtenido el éxito en su trabajo, está a punto de explotar de tristeza y amargura. Hoy es su aniversario y la mujer, aunque se sienta abatida porque él ha olvidado la fecha, le propone resarcirla con un regalo especial: concederle una hora de conversación sin que esté encendida la tele.
Eduardo se sirve un whisky y accede... Y entonces se produce la gran sorpresa: Patricia le comunica que quiere abandonar el hogar, que está enamorada de otro hombre (un empresario de Boston) y que quiere irse con él para iniciar una nueva vida. Burlón, prepotente y sabedor de su influjo sobre ella, Eduardo se mostrará cáustico: no cree ni una sola palabra de las que le está diciendo. Es una fantasía más, tan absurda como su pretensión de convertirse en una pianista reconocida. Pero cuando ella insiste, el marido no aceptará tan fácilmente su posible condición de cornudo: se mostrará seductor para engatusarla; le pedirá que se acueste una última vez con él; la agredirá físicamente; la amenazará con un arma; insistirá en que recurrirá al suicidio con pastillas... Todo le vale para construir su oposición. Incluso dudar de la misteriosa existencia del hombre de Boston.
Con este análisis de las relaciones de pareja, Jaime Salom nos ofrece una agria disección del matrimonio, de las servidumbres y flaquezas humanas y de los mecanismos (a veces sutiles, a veces nauseabundos) que pueden ser empleados para hacer daño a la persona que más cerca tenemos, y de quien detentamos (y el verbo es exacto) la posesión.

Breve, contundente y con un final que podrá ser entendido de distintas formas, para mayor enriquecimiento de la pieza, Una hora sin televisión, se lee en una hora pero necesita muchísimo más tiempo para ser pensada y digerida.